Guillermo Uribe Holguin

Bogota

Compositores (Violinista, orquesta sinfonica, conservatorio)

Personaje

 


 Guillermo Uribe Holguín

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compositor
 

 
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Enlaces

http://www.lablaa.org/blaavirtual/biografias/uribguil.htm 

Del Terruño: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/arcadia-100-del-terruno-guillermo-uribe-holguin/35019

 


Bogotá, 1880 - 1971

Creador del Conservatorio y de la Sinfónica Nacional

por Ellie Anne Duque

La influencia de Uribe Holguín (Bogotá,17 de marzo de 1880 - 26 de junio de 1971) sobre los estamentos musicales académicos en la primera mitad del siglo XX fue considerable. Su importancia hoy en día no radica en el legado de su obra musical, pues se escucha poco y no ha sido objeto de grabaciones de valor, sino en la importancia de sus acciones a nivel institucional. Con empuje y visión futurista pudo sacar adelante un proyecto de conservatorio musical, tomado del molde francés, y establecer una orquesta sinfónica que creció y evolucionó hasta convertirse en la actual Orquesta Sinfónica Nacional.

En 1907, el entonces joven violinista Uribe Holguín ganó una beca para estudiar en la Schola Cantorum de París, presentada por Vincent dIndy, de donde se graduó en 1910. A su regreso al país tomó las riendas de la Academia de Música fundada en 1882 por Jorge Price y en donde se había formado; la convirtió en conservatorio y estuvo al frente de ella hasta 1935. Allí dictó las cátedras de composición, violín y dirección orquestal y sembró el germen de la Orquesta Sinfónica Nacional. Su retiro se produjo en medio de controversias que giraban en torno al nacionalismo musical, discurso predominante en la estética artística colombiana de la década de los ańos veinte y renuentemente adoptada por Uribe Holguín, sin los apuntes tipistas y costumbristas anhelados por la crítica.

Si bien en el listado de obras del compositor hay abundantes piezas con temática nacional, defendía la prerrogativa de componer en un estilo europeo y academizante cuando le fuera necesario. Los Tres ballets criollos, los 300 trozos en el sentimiento popular, la Fantasía folklórica para dos pianos, la Sinfonía del terruńo, son ejemplos de su pensamiento musical inspirado en aires andinos tradicionales. El tema de la nacionalidad también aflora en sus poemas sinfónicos Bochica, Bolívar y Conguistadores y en su única ópera, Furatena. Compositor prolífico, el listado de obras de Uribe Holguín incluye once sinfonías, veinte trozos sinfónicos variados, diez cuartetos para cuerdas, siete sonatas para violín inspiradas en textos de poetas nacionales y franceses. Uribe Holguín es el primer compositor colombiano en componer sinfonías, cuartetos y sonatas en múltiples movimientos y con procedimientos estructurales neoclásicos y neorrománticos.

En 1975 los herederos del maestro Uribe Holguín y su esposa Lucia Cutiérrez Samper establecen, junto con el Patronato Colombiano de Artes y Ciencias, la Fundación Uribe Holguín, para la conservación y difusión de su obra. Si bien allí se pueden consultar sus manuscritos, no se ha generado un gran interés entre nuestros intérpretes por su obra siempre elegante, teńida de armonías francesas preimpresionistas y ejemplo de los primeros logros académicos en el panorama musical colombiano

Tomado de la Revista Credencial Historia No.120, diciembre de 1999

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Guillermo Uribe Holguín

por Julio Sánchez Reyes

LA VIDA MUSICAL colombiana, en el período acaso más decisivo de su historia, se confunde con la vida misma de Guillermo Uribe Holguín. Así lo reconoció el propio compositor cuando dijo, en el prólogo de su autobiografía, que su vida "no tiene más interés sino el que le da esa estrecha unión".

Guillermo Uribe-Holguin, Cuadro de Eugenio ZerdaDe su ciudad natal, Bogotá, recuerda Uribe Holguín su aspecto todavía colonial, con sus espaciosas plazas, estrechas calles, su semblante modesto y provinciano, la escasa animación de sus calles, el tranvía de muías que unía a la ciudad con el lejano Chapinero, las amables tertulias, las fiestas en que se bailaban valses, pasillos, cuadrillas y lanceros. En fin, recuerda Uribe Holguín, aquella sociedad de costumbres sencillas y celosa de su bien merecida reputación, especie de grande y amable familia sacudida a veces por brotes de pasión política pero aliviada siempre por un humor fino y oportuno.

En esta ciudad nació Guillermo Uribe Holguín el 17 de marzo de 1880, en una familia de rancio abolengo y exquisita cultura. Su padre, Guillermo Uribe, bogotano, y su madre, Mercedes Holguín, caleńa, no tardaron en descubrir las dotes musicales del nińo. Como las lecciones de piano eran consideradas casi reglamentarias en el programa de una buena educación, el futuro compositor se convirtió, después de un breve aprendizaje, en el pianista de las reuniones familiares.

Como muchos de los jóvenes de su clase y generación, Guillermo Uribe inició su educación general con la célebre Hermana Himelda, en el Colegio Mayor de Nuestra Seńora del Rosario, más tarde Colegio Colón, donde haría la mayor parte de sus estudios de bachillerato. La música habría quedado reducida a la categoría de los juegos de salón, si en 1890 un pequeńo violín no hubiera llegado a sus manos. El entusiasmo del nińo indujo a sus padres a ponerlo en manos de un profesor, y poco más tarde, a comienzos de 1891, lo matricularon en la Academia Nacional de Música. Dice el compositor que cuando fueron puestas las firmas de padre e hijo al pie de la matrícula, "se selló su pacto con la institución que lo haría músico indefectiblemente".

Para comenzar, Uribe Holguín estudió violín con Ricardo Figueroa y armonía con Santos Cif uentes. Logró alcanzar a sus compańeros de clase más adelantados, y terminar con ellos el curso de 1894. Ese mismo ańo, en plena adolescencia, ocupó una cátedra de violín. Enseguida ingresó en el curso de contrapunto del director de orquesta italiano Augusto Azzali, quien quizás por falta del idioma no logró transmitir sus conocimientos. "La definición de contrapunto que nos dio a sus discípulos el primer día de clase ?recuerda el compositor? fue un rompecabezas que ninguno acertó a comprender y que lamento no haberlo conservado como documento curioso".

La brillante y halagadora posición del muchacho en la Academia había de ser efímera. En efecto, al llegar a Bogotá el panameńo Narciso Garay, violinista de sólida formación, Uribe Holguín decidió tomar con él lecciones particulares. Pero la enemistad de Garay en la Academia, hizo que no se mirara con buenos ojos la actitud de Uribe en relación con su nuevo profesor. El aprendiz no dudó en quedarse con éste, y su situación en la Academia se hizo pronto insoportable. Terminó sin embargo sus estudios, pero rehusó recibir el grado.

Al partir Garay para Europa, Uribe Holguín decidió proseguir su educación como autodidacta. Encargó de Europa revistas y textos, leyó cuanta partitura importante llegara a sus manos y dio los primeros pasos serios en la composición. Con Guillermo Valencia, Sanín Cano, Ricardo Hinestroza Daza y muchos otros, integró la llamada Gruta de Zaratustra, en cuyo derruido local se le oyó algunas veces como ejecutante.

Al terminar sus estudios de bachillerato, Uribe Holguín eligió la carrera de ingeniería, que suspendió con el primer pretexto. Se inició entonces en el ramo de los negocios. Perdió en unos lo que había ganado en otros, pero tuvo ocasión de conocer, a lomo de muía, buena parte del país. Estas experiencias no hicieron sino avivar su vocación musical. En 1903 abandonó la casa paterna, el país arruinado por tres ańos de guerra civil, y viajó a Nueva York en busca de nuevos horizontes. En la gran urbe hizo de todo un poco para ganarse la vida, y llegó "hasta cometer el pecado de confeccionar una transcripción para banjo de la Obertura de Tannhauser". Fue aquella época de indecisión, "de desconfianza en sí mismo", como él mismo lo confiesa. En cambio pudo disfrutar, por primera vez, de un gran ambiente musical. Escuchó óperas de Wagner, obras sinfónicas y de cámara interpretadas por magníficas agrupaciones. Los Poemas Sinfónicos de Ricardo Strauss, dirigidos por el compositor, le impresionaron particularmente y su influencia se reflejaría en sus primeras obras sinfónicas. En 1904, después de una breve permanencia en México, regresó al país. Terminaba así una etapa en la vida del músico, importante en la medida en que su vocación musical se vio vigorosamente estimulada, y en que nuevos puntos de referencia le permitieron medir la longitud del camino que aún le faltaba recorrer.

El contraste entre los Estados Unidos y Bogotá debió serle cruel, si pensamos que esta ciudad carecía casi totalmente de vida artística, la Academia Nacional de Música permanecía cerrada desde la última guerra civil. Fue entonces cuando un grupo de amigos entusiastas, encabezados por Uribe, pidió al gobierno que nombrara director de la Academia al pianista Honorio Alarcón. La solicitud fue atendida. Pero a poco de tomar posesión de su cargo, Alarcón tuvo que viajar a la costa. Fue la primera de una serie de ausencias, en las que lo reemplazó Andrés Martínez Mon-toya. Para Uribe Holguín esta fue una circunstancia afortunada, ya que Martínez era uno de sus mejores amigos. Actuando siempre solidariamente, los dos artistas enfrentaron con éxito los ataques de sus adversarios y lograron erigir, con base en la vieja Academia,.una nueva institución. No la ideal, pero sí la mejor que podía tenerse con los limitados recursos humanos y materiales de que disponían.

Uribe Holguín desempeńó en el Instituto las clases de violín y de solfeo; y al retirarse Santos Cifuentes, se hizo cargo también de la de armonía. Pero sus mejores energías las consagró a la formación de la orquesta del plantel, sin la cual no era concebible ninguna vida musical. Su lucha para alcanzar este propósito fue titánica, ya que los instrumentistas eran mediocres y los instrumentos inadecuados. Llevar a cabo un concierto, como se logró finalmente el 6 de diciembre de 1905, equivalía a obtener, como dijo Uribe, "la cuadratura del círculo". El éxito fue enorme y tuvodos consecuencias prácticas realmente importantes: evitar que la Academia se cerrara por carencia de recursos financieros, y hacer que el gobierno se decidiera a brindar al músico la oportunidad de ampliar sus conocimientos en Europa.

En 1907, poco después de la muerte de su padre, Uribe Holguín viajó a París con su madre y su hermana. No bien establecido en la ciudad, conoció a Lucía Gutiérrez Samper. Esta joven artista, nacida y educada en París, había hecho estudios muy completos de armonía, contrapunto y composición, había estudiado piano con excelentes maestros, y comenzaba a ser reconocida como pianista de dotes excepcionales. El noviazgo y el matrimonio de Guillermo Uribe y Lucía Gutiérrez no podía dejar de constituir, para ambos, un acontecimiento de enorme trascendencia. Sobre todo para él, que en ella encontró compańía, inspiración y consejo. Muchas páginas de su autobiografía, Vida de un músico colombiano, son un homenaje a la memoria de su esposa, desaparecida prematuramente. "Si como artista fue grande ?dice el compositor? qué decir de lo que fue como esposa, como madre, como hija, como amiga? Ser de elección, de los que por excepción se complace la naturaleza en producir".

En el mismo ańo de 1907, Uribe Holguín se presentó al examen de admisión en la Schola Cantorum que dirigía Vincent dln-dy, a quien admiraba de tiempo airas. Admitido, se matriculó en el curso superior de violín de Armant Parent. Tuvo inmediatamente la ocasión de mostrar a dlndy una de sus composiciones, y éste resolvió que ingresaría en su propia clase de composición. Como muchos de sus contemporáneos, Uribe Holguín consideraba a dlndy como el genio renovador del arte francés. Por ello, cuando el crítico Emile Vui-llermoz atacó públicamente a Uribe por uno de los polémicos artículos que publicó en el "Mercurio de Francia", el colombiano consideró como gran honor el que Vuillermoz lo pusiera hombro a hombro nada menos que con dlndy, comparando sus ideas y hasta su estilo.

Para los exámenes de primer ańo de la Schola Cantorum compuso Uribe Holguín una canción con texto de Verlaine y un coral variado que le valieron el primer premio de la clase. Más adelante obtuvo un premio más consagratorio cuando dlndy, haciendo excepción a su costumbre, no sólo felicitó a Uribe por la obra que acababa de remitirle para el concurso de composición, la Sonata opus 7 para violín y piano, sino que impuso su ejecución en la audición correspondiente. Esta audición se llevó a cabo el 15 de junio de 1909. Algunos días más tarde, en la residencia del millonario Charles Stern, se reunió lo más representativo del mundo artístico y social para oir la nueva obra del colombiano. Los asistentes expresaron su admiración con entusiasmo, y más adelante la prensa repitió con autoridad estos elogios al ser interpretada la Sonata en la Sociedad Nacional de Música, por 2 artistas notables: el pianista Ricardo Vińes y el violinista Gabriel Willaume.

Aunque el éxito de su Sonata le abría insospechadas y halagüeńas perspectivas, Uribe Holguín y su esposa tuvieron que regresar al país. En Bogotá encontró Uribe un ambiente musical particularmente agitado. Como director de la Academia Nacional de Música estaba de nuevo Jorge Price, al que se oponía un grupo disidente encabezado por Martínez Montoya. La crisis proclamaba una solución y muchos pidieron al gobierno que nombrara a Uribe Holguín como director. A mediados de octubre el ministro de Instrucción Pública le comunicó la decisión oficial de ponerlo al frente de la Academia, y le pidió que redactara un nuevo reglamento para la institución. Uribe, que ya había esbozado uno, lo envió al día siguiente. El gobierno lo aceptó sin ninguna modificación, aprobándolo mediante decreto de 2 de noviembre de 1910. Simultáneamente Uribe fue nombrado director.

Su primera medida fue la de cambiarle el nombre de Academia por el de Conservatorio. Con ello quiso indicar que el viejo Instituto se transformaba en uno enteramente nuevo, con nuevos métodos y nueva orientación. Era una empresa difícil, que el nuevo director asumió con decisión y lucidez. "Venía yo al país a educar y no a agradar, lo que hubiera conseguido sin mayor esfuerzo. Opté por no pensar en mí mismo, sino exclusivamente en el porvenir de la obra que acababa de confiárseme".

Con un pequeńo grupo de colaboradores, a quienes infundió su fe y su entusiasmo, Uribe Holguín puso en marcha varias iniciativas básicas: adopción de los mejores métodos de enseńanza, creación de los concursos de admisión, formación de una biblioteca, etc. Se empeńó enseguida en la formación de una verdadera orquesta sinfónica. Reunió los músicos que podían integrarla y, como preludio a lo que vendría, ofreció un concierto el 4 de diciembre, apenas un mes después de iniciadas las tareas. Con programas muy nutridos se ofrecieron, en el ańo en curso, tres conciertos más. El segundo tenía ya todo el aspecto de un gran concierto sinfónico; en él se interpretaron la Obertura de Ifigenia en Aulide de Gluck; la Pavana de Fauré; el Concierto para piano de Grieg, con Lucía Gutiérrez de Uribe como solista; la Sinfonía Inconclusa de Schubert; la Toccata de Debussy y un Estudio de Chopin, interpre-dos por la pianista; y el Concertó Grosso No. 5 de Handel. Se demostraba así que los proyectos del quijotesco director no eran tan descabellados ni tan impracticables como supusieron algunos. Los mismos que, ante la realidad de los hechos, lo criticaron por haber formado la orquesta antes de contar con elementos perfectamente preparados.

Mientras tanto el Conservatorio no dejaba de progresar. Pero como toda empresa de este género, no tardó en tener enemigos. Ya por incomprensión, ya por envidia, estos gratuitos enemigos se lanzaron al ataque, poniendo en entredicho la obra de Uribe Holguín, y provocando lamentables equívocos. El más significativo de éstos se^ refiere al supuesto "antinacionalismo" del compositor. En un artículo publicado en el No. 12 de la revista "Cultura", en febrero de 1916, Gustavo Santos declaró nulo y completamente primitivo el arte musical indígena. Curiosamente, sus declaraciones no suscitaron iras sino cuando fueron identificadas con el hispanismo de Uribe Holguín. Hubo de intervenir éste en la controversia que se desató, no porque temiera que se viniera a tierra "la obra llevada a cabo en el Conservatorio tras largos ańos de lucha" (según lo expresara el mismo Gustavo Santos) sino porque se atacó a Uribe "como reo irremisible", oponiéndolo injustamente a un arte nacional del que se quería hacer campeón a Emilio Murillo. Es cierto que para Uribe Holguín el nacionalismo no fue nunca una solución definitiva. Sin duda hubiera suscrito la afirmación de Alejo Carpentier de que "la producción musical culta de un país no puede desarrollarse, exclusivamente, en función de un folklore". Pero comprendió Uribe, como más tarde el cubano, que si bien el nacionalismo es un mero tránsito, es tránsito lo bastante inevitable para haberse hecho necesario a todas las escuelas musicales de Europa.

En 1919, Uribe Holguín regresó a Francia. Cuatro ańos de guerra habían hecho de París una ciudad de agudos contrastes: en medio de gentes eufóricas, soldados mutilados; bullicio y animación mezclados con rostros sombríos; optimismo creador surgiendo del luto, la ruina y la escasez. Algunos de los amigos de Uribe habían muerto en la guerra. Otros como Manuel de Falla y Joaquín Turina habían regresado a sus países. Tuvo en cambio la satisfacción de volver a ver a su querido maestro Vincent dlndy, a quien mostró algunas de sus nuevas obras. "Sus opiniones sobre ellas, dice el compositor, me animaron grandemente a seguir componiendo".

A comienzos de 1920 Uribe Holguín hubo de regresar a Colombia. La travesía del Atlántico resultó especialmente accidentada, y en ella cayó enferma dońa Lucía de Uribe Holguín. El buque, averiado, logró atracar en la isla de Martinica, donde gracias a una hospitalaria familia fueron menos aciagos los días que permanecieron los Uribes en la posesión francesa. Al llegar a Bogotá, reasumió el compositor la dirección del Conservatorio con el mismo entusiasmo de siempre. Y al frente de la orquesta del plantel, que entonces comenzó a llamarse Sociedad de Conciertos Sinfónicos del Conservatorio, realizó una intensa labor de divulgación.

Al mismo tiempo tuvo Uribe Holguín que luchar contra los incansables enemigos del Conservatorio, que intrigaron ante el Congreso de la República para que se suprimiera del presupuesto la exigua partida para el sostenimiento de aquel. Resuelto a defender su obra, Uribe corrió al Capitolio. Varios congresistas, entre ellos el doctor Fidel Cano y el general Lucas Caballero, le manifestaron su extrańeza por lo ocurrido y prometieron ayudarlo. Lo hicieron en forma tan eficaz que al ser reconsiderada la cuestión, la partida para el Conservatorio fue aprobada casi por unanimidad. Te: minada la sesión, fue Uribe a darle las gracias al general Caballero. Le contestó éste que no las aceptaba, sino más bien se las daba a él en nombre de la nación.

En 1925, tras un período de agitadas polémicas originadas en la supuesta actitud antinacionalista del compositor, se restableció la calma en el ambiente musical bogotano. Pero aquella etapa de tranquila y fecunda labor había de terminar trágicamente el 9 de junio de ese mismo ańo. Aquel día recibió Uribe Holguín, según sus palabras, "el más rudo y terrible golpe que podía asestarme el destino: la muerte brutal y repentina, con preludio de pocos días, de esa mujer que me había hecho feliz durante 15 ańos; mi ideal compańera, mi impulsora a quien se debe gran parte de mi obra".

Agobiado, Uribe Holguín pensó seriamente en abandonar la composición. Su carrera terminaría, pensaba el compositor, con un Réquiem a la memoria de su esposa. A mediados de 1926 terminó la composición. El estreno, con cerca de 120ejecutan-tes, se llevó a cabo en la Iglesia de San Ignacio de Bogotá el 9 de junio de ese mismo ańo. El público, muy numeroso, dio a la obra una recepción entusiasta, de la que participaron incluso los críticos opuestos al compositor.

Las funciones de Uribe Holguín como director de la Sociedad de Conciertos y del Conservatorio de Bogotá, que había ejercido desde 1910, terminaron bruscamente en 1935 al cabo de una serie de crisis. La última y definitiva se presentó cuando el director de Bellas Artes, Gustavo Santos, aconsejado por los opositores de Uribe, declaró públicamente desfavorable el balance del Conservatorio, y en su calidad de "contabilista de la situación actual de nuestro arte, actitud que el cargo me impone", según sus palabras, se sintió obligado a declarar mala en resultados la labor de Uribe Holguín. Ese mismo día presentó éste renuncia de los cargos de director del Conservatorio y de la orquesta, dando fin así a una etapa de su vida y abriendo otra no menos fecunda.

Cuadro El Cuarteto, de Eugenio Zerda - Uribe hOlguin interpreta el violinCon una perspectiva de casi medio siglo, hoy ya nadie se atrevería a negar los resultados muy positivos de la labor de Uribe Holguín al frente del Conservatorio. Como nadie podría tampoco destruir la obra fundamental desarrollada por el fundador y director de la Sociedad de Conciertos Sinfónicos del Conservatorio, representada por 221 obras de 62 autores, que fueron interpretadas durante aquellos ańos. Sin aquella Sociedad se hubiera retardado, con enorme perjuicio, el advenimiento de las agrupaciones que le sucedieron: la Orquesta Sinfónica Nacional y la actual Orquesta Sinfónica de Colombia. A partir de 1935, y por cerca de 30 ańos, Uribe Holguín repartió su tiempo entre sus negocios particulares y su labor como compositor. En ambas ocupaciones, que desarrolló principalmente en su finca cafetera cerca de Bogotá, se mostró incansable. Reservó también algún tiempo a su tercera vocación: la polémica. Así, al agradecer el homenaje que le rindió el Conservatorio en 1938, advirtió la necesidad de poner en claro, en alguna otra ocasión más oportuna, la verdad histórica de ciertos hechos desvirtuados, según sus palabras, "por quienes creen poder anular con simples frases la obra de 25 ańos de labor y sacrificio".Aquel hombre casi sexagenario, algo ascético y un poco solitario, necesitaba tal vez de ese estímulo para mantener viva su energía creadora, que nunca como en aquellos ańos había de manifestarse tan plenamente.

En junio de 1942 se le volvió a ofrecer a Uribe Holguín la dirección del Conservatorio. Sin pensarlo dos veces le manifestó al rector de la Universidad Nacional, su amigo Julio Carrizosa Valenzuela, su decisión de no aceptar. Pero Carrizosa lo comprometió a reunirse con Germán Arciniegas, ministro de educación y también amigo suyo. En el curso de la entrevista el ministro declaró enfáticamente que si no tomaba

Uribe las riendas del Conservatorio, lo cerraría. Ante riesgo semejante, no tuvo más remedio que ceder. Pero condicionó su aceptación a que se fijaran para el Conservatorio, mediante ley de la República, reglas específicas independientes de los Estatutos de la Universidad, ya que en su opinión éstos eran incompatibles con la marcha de un establecimiento de arte. Seis meses esperó Uribe Holguín a que el proyecto fuera sometido a la consideración del congreso. Entonces, y como no parecía que ello llegara a ocurrir, Uribe le comunicó al rector su resolución de separarse definitivamente del Conservatorio. Termina así otra breve etapa de su vida, que no tuvo más consecuencia positiva que el fortalecimiento de su voluntad creadora.

Debemos a Luis de Zulategi el siguiente retrato de Uribe Holguín: "Una imagen de Hidalgo Don Alonso Quijano apareció a mi vista: un hombre delgado como espátula, de cuyos gruesos labios emanaban palabras acogedoras y refinadas. Veinte ańos más tarde lo vio transformado en seńor de cara plácida y amiga, que invitaba a continuar el simple saludo en agradable conversación. Imagen opuesta, como se ve, a la de un viejo cascarrabias, encastillado en sus recuerdos y en sus teorías". Este retrato es de 1946. Uribe Holguín se acercaba victoriosamente a los 70 ańos, con el espíritu apaciguado pero no menos ágil y vigoroso que en los ańos de dura lucha diaria al frente del Conservatorio. Acababa de componer su obra más ambiciosa: la ópera Furatena; y la más conocida: los Tres Ballets Criollos. En lo que le restaba de vida había de terminar 8 nuevas sinfonías y 5 nuevos cuartetos.

En 1952 Uribe Holguín y José Rozo Contreras viajaron a Europa, con la misión oficial de contratar músicos y comprar instrumentos para la Orquesta Sinfónica Nacional. En Espańa encontraron al gran contrabajista Manuel Verdeguer; en París adquirieron instrumentos y música para la orquesta; en Munich escogieron, entre muchos aspirantes, 15 músicos, y en Viena los 10 restantes que les faltaban. Estos elementos, sumados a los de la vieja orquesta, fueron la base de la Orquesta "Sinfónica de Colombia, creada por decreto del 24 de noviembre de 1952, y que prolongó, a través de la Sinfónica Nacional, la Orquesta de la Sociedad de Conciertos del Conservatorio fundada por Uribe Holguín en 1910. La nueva orquesta, constituida sobre bases más sólidas desde el punto de vista económico y administrativo, fue confiada desde el comienzo al director estoniano Olav Roots, quien fue contratado en Suecia, donde residía en ese momento, a fines de ese mismo ańo. A la decisión con que el maestro Roots mantuvo la política de presentar las mejores obras de los compositores colombianos, debemos sin duda la rica y abundante producción sinfónica de Uribe Holguín en los postreros ańos de su vida.

En marzo de 1970 la Orquesta Sinfónica de Colombia, dirigida por Olav Roots, interpretó una vez más los 7"res Ballets Criollos de Uribe Holguín. Se trataba de rendir homenaje de admiración y aprecio al más grande de nuestros compositores, quien llegaba entonces a los 90 ańos de una vida consagrada a la música como compositor, educador y divulgador incansable. Hacía ya casi una década que había dejado de componer. "Antes vivía de la lectura y componía mis obras ?dijo a un periodista?. Hoy no puedo leer ni componer porque estoy casi ciego; paso el tiempo escuchando radio".

En su casa de Bogotá vivió Uribe Holguín, con dos de sus hijos, los últimos ańos de su vida. Allí recibía a sus amigos y admiradores. A un extremo de la amplia sala podía verse, sobre el tapete rojo, el piano que el maestro compró en París para su esposa. Pero era un piano tan silencioso y solemne como los retratos que adornaban la pared; entre éstos el de Felipe Pedrell, el músico espańol que 60 ańos atrás le dijo a Uribe estas palabras proféticas: "Su patio es Colombia. Tome usted la dirección de la música y si le faltan elementos los formará". Estaba también el retrato de Ricardo Vińes, el pianista que estrenó en París en 1909, en una memorable velada, la Sonata opus 7. Y había otros retratos de personas que tuvieron relación personal y artística con su vida. De ellas hablaba a veces. De su esposa, la gran pianista Lucía Gutiérrez de Uribe Holguín, lo hacía siempre. Cuando ella murió, siendo aún muy joven, pensó dejar la música. "Pero un artista ?decía el compositor? no es dueńo de sí mismo".

En aquella casa bogotana murió Uribe Holguín el 26 de junio de 1971.

El compositor

El 17 de marzo de 1980, al cumplirse cien ańos de su nacimiento, la Schola Cantorum de París descubrió una placa conmemorativa que dice: "Al maestro Guillermo Uribe Holguín, quien llevó a Colombia el espíritu de esta escuela".Reconocen estas palabras una realidad de nuestra fisonomía musical: Colombia forma, con otros países de América Latina de características étnicas y culturales parecidas, una región del mundo en donde fue necesario trasplantar, a falta de otras más auténticas, las tradiciones artísticas europeas. Sin duda no es éste el procedimiento ideal. Pero siendo el único posible, dependía de cierta difícil mezcla de entereza y humildad el que estas tradiciones "se vigorizaran con la sabia generosa de los países nuevos".

La música llamada "culta" no había logrado proyectarse en nuestro país desde la época de la colonia. Solo en 1882, ańo en que murió el último de nuestros compositores románticos, José María Ponce de León, Jorge W. Price fundó la Academia Nacional de Música. Allí se formaron, a pesar de muy comprensibles limitaciones, los compositores y ejecutantes a quienes correspondería mejorar el nivel de nuest cultura musical. Pero si algo importar*.. aprendieron en aquella academia Ąsantos □fuentes, Andrés Martínez Montoya y, pocos ańos más tarde, Guillermo Uribe Holguín, fue que para llegar a ser buenos maestros era preciso comenzar por ser óptimos discípulos.

Discípulos de quién? De los maestros europeos, obviamente. De ellos habían sido discípulos, en forma directa o indirecta, todos nuestros músicos románticos. Pero a éstos les faltó casi siempre, en su vida creadora, entusiasmo, ciencia y rigor. Poco  les importó que su vida de músicos fuera una serie de frustraciones, de derrotas que veían llegar sin oponer mayor resistencia, y como si ello fuera el destino ineludible del artista. Por el contrario, la severa vocación musical de Uribe Holguín le hizo desconfiar de los caminos fáciles y aborrecer cualquier actitud resignada y rutinaria.Desde un comienzo vio la necesidad de superar el ambiente provinciano en que le había tocado vivir; y como buen discípulo de ia Academia Nacional comprendió que a falta de una tradición musical propia, necesitaba estudiar y asimilar la cultura musical tradicional de occidente.

No tardó, pues, según vimos, en buscar las enseńanzas de la Schola Cantorum; y al adquirirlas, se convirtió en continuador consciente del director de la "escuela", su maestro Vincent dlndy. Ello significó que lo fue también de César Franck, y por consiguiente del clasicismo alemán a través de Beethoven. Así, de la música de Uribe Holguín puede decirse, como de la de Franck, que se manifiesta con preferencia según la disposición regular de las partes consagradas por la tradición; pero no extrae su belleza de la reproducción de las formas de la sonata o de la sinfonía clásicas. Su pensamiento es clásico, aunque no en virtud de una teoría preconcebida ni déun dogmatismo reaccionario.

La experiencia de París fue para Uribe Holguín el primer paso. El segundo tenía que darlo "en su patio", según el consejo de Pedrell. Luchando por la falta de recursos humanos y materiales, con la inercia, con el hábito de condescendencia, con la soberbia de los que no veían la necesidad de pensar, con la inclinación nacional a desfigurar el comportamiento de los hombres eminentes, y hasta con las imposiciones de personas ajenas a la música, Uribe Holguín lograría poner en marcha, en el campo de la enseńanza, la serie de iniciativas que sentarían las bases de un renacimiento musical colombiano. Ya nadie puede negar, de buena fe, la importancia de los esfuerzos realizados por Uribe Holguín en tal sentido. Y menos ahora, cuando parece comenzar a disiparse la vieja querella que dividió a la música nacional en bandos irreconciliables.

Pero ya esbozamos su obra de maestro. Hablemos ahora brevemente de su vida de compositor, y recordemos que Uribe Holguín confesaba con orgullo una doble filiación: la espańola y la francesa. "Los vestigios de la Schola Cantorum de dlndy ?decía el maestro? se descubren hasta en mis últimas obras". Reconocía también, desde luego, otras muchas influencias: la de los impresionistas, la de Wagner, la de Ricardo Strauss, la de la moderna escuela espańola.

Hacía hincapié en que cualquier gran obra necesita apoyarse en la tradición, sin la cual el verdadero progreso no es posible. Y afirmaba que su escritura había cambiado con el tiempo sin llegar a lo que llamaba "excesos actuales". Para Uribe, estos excesos se producían en el serialismo de Arnold Schonberg, a quien acusaba de haber roto innecesariamente con la tradición.

El tradicionalista Uribe Holguín fue tenido en su juventud por revolucionario. No lo fue en absoluto, aunque utilizó algunos procedimientos modernos, en especial algunos del impresionismo. No podemos afirmar sin embargo que fue un compositor "impresionista". Muchos han dicho que lo fue, sin determinar el significado de tal afirmación. No entendemos sin embargo cómo pudo serlo, al menos en forma tan excluyente, si para nadie es un secreto que los pintores y músicos llamados "impresionistas" sacrificaron sistemáticamente la forma al colorido. En Uribe Holguín la forma tiene, por el contrario, una importancia decisiva. "Si alguna cosa tienen mis obras ?dijo? es el tratamiento de las formas". En este aspecto, Uribe Holguín está más cerca de Franck que de Debussy, aunque debe mucho a ambos. A decir verdad, debe casi todo a la escuela francesa. También lo dijo: "Yo en la instrumentación soy todo francés". Y hubiera podido agregar que lo era también en la búsqueda de sonoridades tenues, en la melodía refinada y, desde el punto de vista armónico, en un estado constante de transición. Y sobre todo, desde luego, en el perfecto dominio de los recursos técnicos y en su empleo responsable dentro de una expresión mesurada. Si algunas páginas de Uribe Holguín pueden parecer "impresionistas", ello se debe a que, en su habitual intento de traducir impresiones súbitas, el compositor desarticula en cierta forma el discurso y confiere cierta vaguedad al dibujo melódico.

En cuanto a la influencia de lo nacional en la música de Uribe Holguín, se puede afirmar que, a pesar de su escepticismo respecto a la posibilidad de un nacionalismo musical propiamente colombiano, su obra no fue en modo alguno impermeable a esa influencia. Claro está que no fue un compositor deliberadamente nacionalista, ni prescindió nunca de la escuela europea. Precisamente porque asimiló perfectamente las enseńanzas de esta escuela, pudo darle validez y consistencia a su expresión musical. Lo que ocurre es que para él la producción musical culta de un país no podía desarrollarse, exclusivamente, en función de su folklore; y personalmente sentía afinidad profunda con la tradición clasico-romántica del viejo mundo. Cuando recurría al documento folklórico hacía previamente la salvedad de que todo aquello "le venía de Espańa". Esta última afirmación es sin duda discutible. Lo que no podemos negar es que Uribe fue un compositor nacionalista en el sentido menos obvio de la palabra. Su concepto de una música nacional lo expresó él mismo, al final de su vida, de manera inequívoca: "Actualmente ?dijo? hay una reacción contra el nacionalismo musical y en favor de la música como lenguaje supranacional, pero este esperanto no podrá hablarse en todas partes, porque la raza, la patria, la escuela, son factores decisivos de una obra de arte".

Raza, patria, escuela. Es decir, lo que se recibe por herencia y lo que se crea mediante una disciplina. De estos factores es producto, y no de lo meramente accidental, la obra de Guillermo Uribe Holguín.

Tomado de la Revista Lámpara No79, junio de 1980