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VICHADA 

Reinas de Vichada 

Parque Nacional El Tuparro

 

 
 

La biodiversidad del departamento se extiende por miles de kilómetros a través de paisajes de transición entre llanura y espesa selva. Bosques y ríos conforman escenarios propicios para la práctica del ecoturismo en este lugar, que se suma al catálogo de preciosuras naturales que pululan en la Orinoquia, apreciables exclusivamente en esta pródiga tierra colombiana. 

LUGARES PARA VISITAR

Parque Nacional Natural Tuparro. Hay varias alternativas para llegar a esta reserva de 548 mil hectáreas de flora y fauna, que colindan con Venezuela. Por carretera, desde Villavicencio, en un recorrido que puede durar hasta 25 horas y que se aconseja realizarlo en campero. O por avión, hasta Puerto Carreño, de donde se toma una lancha que lo llevará en 15 minutos a la entrada del parque. También puede llegar en un avión liviano hasta la pista de aterrizaje de El Tapón o Centro Administrativo. El parque está habitado por los indios guahibos, pero actualmente se encuentra cerrado para el ecoturismo.

Las Gaviotas. Centro de investigación dotado de modernas instalaciones dedicado al estudio de nuevas tecnologías que contribuyan al desarrollo de la región, como la aplicación de las energías solar y eólica. El acceso a este sitio se hace por la carretera que conduce a la frontera con Venezuela. Cerca de 46 resguardos indígenas que habitan el lugar le permitirán practicar el etnoturismo.

GASTRONOMÍA DE VICHADA

Un delicioso pescado acompañado con yuca, papa o un poco de arroz, es la comida típica del Vichada. La tierra fértil y la riqueza hidrográfica del departamento hacen que este menú sea la base de la alimentación.

ARTESANÍAS

Objetos indígenas elabora dos en cuero y tejidos , en fibras de la región son algunas de las artesanías que el turista puede incluir en sus compras. También son muy comunes las escobas de palma de chiqui chiqui. 

CAPITAL PUERTO CARREÑO

Definido como muelle internacional por su estratégica ubicación y el dinamismo del intercambio y la actividad comercial y ganadera. Se encuentra entre los ríos Orinoco, Meta y Vita, a 875 km de la capital del país. Fundado en 1904, Puerto Carreño es el punto de la bifurcación para un itinerario por la Orinoquia. Desde allí se parte y se regresa en las tardes para descansar y emprender al día siguiente una nueva aventura por la región.

El muelle. Uno de los mejores planes en Puerto Carreño es salir a pasear por el muelle sobre el río Orinoco, a donde llegan decenas de embarcaciones que recorren la Orinoquia colombiana y muchas provenientes de Venezuela.

Bay Camp. Importante complejo turístico con canchas deportivas, piscina, bar, restaurante, pista de baile y cómodas cabañas dotadas de ventilador y televisión.

Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007



 
 


PARQUE NACIONAL EL TUPARRO

por Andrés Hurtado García

Y volvimos al Llano. A él vamos periódicamente como imperativo del amor a la libertad y a los espacios abiertos que sugieren el infinito y se diluyen en los espejismos del horizonte. Vistos desde las cumbres de la cordillera Oriental semejan un mar verde detenido en el tiempo.

Nuestro destino es ahora el Parque Nacional Tuparro, que fue creado en 1977 como territorio faunístico. Sobrevolamos las planicies, y el cielo despejado nos permitió gozar del espectáculo del río Meta y sus numerosos afluentes de la margen izquierda:

El río corre por una falla que marca la división de las dos llanuras: la alta y la baja. Más adelante apareció bajo nosotros y se alejó poco a poco hacia la derecha en busca de su destino final en el Orinoco, el río Tomo, que discurre tranquilo, sin raudales, entre bosques de galería.

Aterrizamos en Puerto Carreño; una población cuya ubicación, en ese ángulo recto que forma el río Meta al morir en el Orinoco, me gusta. También produce cierto encanto su forma de explayarse entre rocas graníticas y el ser, quizás, el pueblo más arbolado de Colombia. Cuando llega la cosecha la ciudad entera huele a mango, es un perfume que no está exento de peligro, pues un mangazo en la cabeza es un agridulce recuerdo.

Pasamos el ancho Orinoco y nos dirigimos hacia el sur por una carretera que corre paralela al río y nos lleva a Puerto Ayacucho, la metrópoli venezolana de esta región. Estamos frente al raudal del Átures, que como todo el río en la zona limítrofe pertenece por igual a los dos países.

Del lado colombiano se encuentra el pueblo de Casuarito. Seguimos avanzando hacia el sur por una carretera solitaria hasta Canturama. En este campamento nos embarcamos. El Orinoco ha trabajado a lo largo de los siglos las rocas de su cauce y sus brillas, y todas son redondeadas. Nos detenemos un momento en las instalaciones del campamento que el padre Javier de Nicoló ha construido para sus gamines, del lado colombiano. Una gran efigie de Bolívar es visible desde la lejanía.

Y entramos a los dominios del parque, que engloba sabanas, rocas en medio de ellas, bosque de galería, ríos como el Orinoco y el Tuparro, islas y raudales como el poderoso Maipures, el más grande y peligroso del Orinoco. El sabio Humboldt pasó por aquí a principios del siglo XIX y quedó admirado de la belleza de la región y la denominó la octava maravilla del mundo.

En su viaje a las regiones equinocciales narra cómo millares de tortugas desovaban en las arenas de la orilla, mientras el cielo se cubría de bandadas de miles de garzas y corocoras. Dice que por las tardes era frecuente ver, a su paso por el río, a los tigres que descansaban en las márgenes.

Sobre una roca que domina el. raudal de Maipures se levanta el centro de visitantes. Dormir aquí, arrullado por, el estruendo asordinado de la furia de las aguas endiabladas del raudal, es inolvidable. A lo largo de seis kilómetros el río se quiebra en una serie de chorros, cascadones, canalones, rápidos y torbellinos de infernal belleza. Una lancha pilotada por uno de los funcionarios, un verdadero mago sobre olas y chorros, nos traslada al otro lado del raudal, a una isla donde montamos nuestra carpa para pasar una noche. Bajo la luz de la Luna tuvimos visitas inesperadas: una serpiente pudridora de regular tamaño y la escolopendra grande, que con sus 30 centímetros lleva precisamente el nombre científico de Scolopendra gigas, (gigante). Apareció un indígena guahibo que al verme con ella en la mano se asustó mucho y lo único que alcanzó a decir fue: mata, mata. En efecto, el dolor de su mordedura es tan grande que él solo puede producir la muerte.

El sabio Humboldt presenció cómo los indios preparaban el famoso veneno del curare, que permitía y todavía permite a los nativos desplazarse tranquilos por selvas y sabanas. El veneno es letal y vasoconstrictor. Escalamos la roca de la isla Guahibos o Carestía, que desde una altura de 150 metros nos permite gozar del paisaje hasta perderse en el horizonte. Abajo, a nuestros pies se explaya la tromba del Maipures y a lo lejos, las sabanas.

Un bosque tupido crece sobre las rocas y al atravesarlo un tigrillo saltó ante nosotros y se perdió entre la vegetación. Otro de los tesoros del Parque Nacional Natural El Tuparro es Caño Lapa. En la desembocadura del Tuparro en el, Orinoco se encuentran las que considero las piedras de río más bellas de Colombia. El encuentro de las aguas de ambos ríos es todo un espectáculo: las verdes del Tuparro con las leonas del Orinoco. Remontamos, pues, con mis compañeros John Bejarano y Wilfredo Garzón, el río Tuparro hasta encontrar las bocas de Caño Lapa. Es un río estrecho y debemos avanzar muy despacio quitando los troncos caídos y qué impiden la navegación.

Llegamos luego de tres horas a un lugar encantado y que fue sagrado para los nativos de estas regiones. Admiramos y recorremos un conjunto de canalones estrechos entre las rocas graníticas. Hay pocetas y cascadas. En el camino encontramos ranitas de vivos colores y, de repente, a una anaconda, la enorme boa acuática, le dio por sumergirse en un charco.

Este parque Tuparro es rico en fauna, que va desde tigres, dantas y venados en tierra hasta poderosas águilas arpías en los aires. Abundan las serpientes, los caimanes, las babillas, los micos, las tortugas y cruzan los aires innumerables aves de todas las especies y tamaños. Dedicamos dos días a hundirnos en las sabanas, visitando los bosques riparios o de galería y, sobre todo, subiendo los cerros rocosos que se encuentran regados entre las sabanas. En estos riscos llamados tepuyes la vegetación es rara y vistosa. Una familia de zorros nos recibió en el primero de las lomas que trepamos.

En un cerro llamado ículi encontramos en una cueva un entierro indígena. La momia estaba atada con fibras vegetales a la manera de costales. La última noche la quisimos pasar a orillas del raudal de Maipures. Imaginamos a la indiecita Mapiripana, la creadora de todos los rápidos de la selva, tratando de que regresara a su lado el misionero que huía luego de haberla embarazado y darle dos hijos horribles, un vampiro y una lechuza. Cuando el misionero huía por los ríos, la indiecita creaba los raudales para detenerlo.

Tras cada paso, tras cada gota de sudor que el calor arrancaba de nuestros cuerpos, le dábamos la razón a Humboldt: este territorio es, sin lugar a dudas, una de las maravillas naturales más espectaculares, no solo de Colombia. Humboldt hablaba de todo el planeta.

Tomado de la Revista Viajar, No. 63, 18 de mayo de 2008