Salon Nacional de Artistas 1989 XXXII Concurso

Grupos

Varios, Visual

 

 

 XXXII Salón Nacional de Artistas, 1989

 

A ColArte
 

Vea muestra representativa de las obras presentadas

   
 


En 1989 el primer premio fue compartido; acompañaron a Vélez en la distinción Diego Mazuera, Miguel Ángel Rojas y Hugo Zapata. "Entre todos, Bibiana Vélez parece recoger las expectativas del público al presentar en sus cuadros unas referencias interesantes de luz tropical, un manejo muy libre del color y una referencia a la situación del artista ante el medio", comentó Ana María Escallón.  

"Tiempo, espacio, memoria, matrimonio entre lo mineral y lo industrial, y sobretodo, esas sugerencias de la naturaleza...es eso lo  que Zapata sabe captar". José Hernández resaltó la obra de Hugo Zapata como la más importante del salón. donde "nada es simétrico. En su centro no es uniforme. Tampoco lo  es el color. Zapata trabajó el óxido de esas piedras encontradas en Pacho, Cundinamarca. les sacó el negro y distribuyó el óxido creando movimientos y texturas".

Otro de los premiados en 1989. "...yo no veo Armero sino más bien desastres emocionales... Mazuera utiliza brillantemente las tierras y los tonos opacos para obtener una calidad colorística y matérica que me recuerda a Tapies y a Kiefer. . así resumió José Aguilar la participación de Diego Mazuera, de cuyos cuadros opinó el jurado, en palabras de Raquel Tibol quien participo como tal. que ...transcurren en un espacio de desasosiego... estilísticamente se enmarcan en la transvanguardia, aunque sin estridencias de color.

En palabras de Germán Rubiano "Las técnicas mixtas de Miguel Angel Rojas-Partes I v Partes II - ratifican su afán experimental y su capacidad de observación de la realidad mas procaz con las más elaboradas fantasías. . Para Armando Silva, el artista ...presenta una obra fresca con alusiones cósmicas (a estilo de Mattal v sobre todo con la incógnita de una obra en búsqueda de sentido y de formas novedosas".

Tomado de la Revista Mundo, 100 obras para la memoria - No. 13, 2004; textos: Luz Adriana Hoyos, Nicolás Polanía

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Tomando el pulso al arte del país

por Beatriz González

La trayectoria del Salón Anual de Artistas Colombianos está profundamente unida a la historia del arte moderno en el país. La esperanza de quienes lo instituyeron -hace casi cincuenta años-, estaba cifrada en que el artista experimentara una razonable confianza en el estímulo del Estado y que el público se despertara y transformara la curiosidad, en entusiasmo por el arte. Valdría la pena preguntarse si esta intención original se ha logrado; no obstante, se puede afirmar en relación con el XXXII Salón que a pesar de las dificultades de orden práctico se logró ver el estímulo del Estado y el entusiasmo del público.

Los salones anuales permiten observar con mayor detalle y sin sobresaltos los cambios de los artistas a intuir las direcciones que toma el arte; existen salones esencialmente vanguardistas y otros que al parecer le toman el pulso al arte del país; la trigésima segunda entrega del salón pertenece a éstos últimos.

Si se analizan de manera panorámica las corrientes predominantes en la exposición, se llega a la conclusión de que la transvanguardia a pesar de su obsolescencia, sigue a la cabeza; los jóvenes cayeron bajo su seducción porque sienten que el placer de lanzar colores contra el lienzo o de plasmar formas agresivas los hace, por encima de todo, libres; en eso de las modas y el arte todo depende del talento del artista en apropiarse de lo que le conviene de cada corriente. Al parecer, la originalidad está en desuso. La recuperación de ciertos elementos, como la pincelada, cargada de color, la angustia -el grito de Karel Appel-, las texturas, ha enriquecido y transformado a algunos artistas, pero puede ser una espada de doble filo para jóvenes que aún no han aprendido suficiente sobre la autenticidad. Las obras de Diego Mazuera, "Desayuno en las rocas" y "Desayuno en la playa" premiadas en el Salón, demuestran que los sentimientos pueden predominar en la pintura sin convertirse en una resonancia de las tendencias internacionales. Lo mismo sucede con la obra de Miguel Angel Rojas, un artista que podría parecer experimental por los recursos gráficos y fotográficos utilizados para expresar lo que puede denominarse como un paradójico espectáculo interior. Bibiana Vélez -para tomar como paradigma los premios del Salón-, retratista del mar como Alejandro Obregón, sin apartarse de ciertos presupuestos de la transvanguardia, combina los procesos físico-sicológicos de los impresionistas, con anotaciones culteranas y la presencia del cosmos que se transforma por obra y gracia de la pintura en poesía fresca.

En el salón XXXII indudablemente hay varios sectores dedicados a las resonancias, esto es, a ecos desteñidos de artistas italianos y alemanes que confunden algunas veces al público. Ojalá el buen criterio con que se otorgaron los premios le sirva de orientación. Dentro de las resonancias hay algunos artistas jóvenes que llaman la atención por su destreza o por su desenfado. Carlos Eduardo Serrano, quien fue uno de los ganadores del Salón anterior, presenta una obra de intensa energía; Nancy Friedemann se aleja un poco de la relación ilustración-decorativismo que pesaba sobre su obra anterior, pero aún no ha encontrado el sentido de las cosas triviales. Una obra llamativa y escandalosa, "El tríptico de la crucifixión", de Doris Yamile Bedoya, permite, por su fuerza y vulgaridad, abrigar algunas esperanzas en la joven artista. Estas inspiraciones religiosas se logran más cabalmente en obras bastante alejadas de las resonancias como las de Marta Calderón -desafortunadamente ya conocidas en alguna exposición de la capital-, y las de Rodrigo Facundo. La búsqueda de una imaginería religiosa combinada con simbologías esotéricas se complementa con la pincelada expresiva que recuerda el grafitti y con espacios que insinúan cuevas o iglesias góticas.

Algunos artistas que han participado en eventos importantes en los últimos años se destacan en el Salón por su voluntad de búsqueda de un lenguaje personal: Nadin Ospina, con unos totems sugestivos de un rico material; sin embargo su obra "El retrato de familia", en el que enmarca el humor conceptual cae en lo retórico. Jaime Franco, uno de los pocos artistas representantes del arte geométrico en el Salón, trabaja con sutileza formas, texturas y colores que aunque recuerdan al informalismo; resultan novedosas. Dentro de un tipo de la pintura experimental hay que destacar la obra de Daniel Castro -digna de mención-, en la que la unión del soporte y la repetición muestra las relaciones con el ritmo y la pausa tan venerados en los últimos años de Mondrian.

En pintura se presentan además obras ya maduras como las de María Cristina Cortés, que pinta la placidez para comunicar el placer que le causa pintar y las obras de Ofelia Rodríguez, cajas preciosas y "pinturas-costura" que encantan. La actitud de estas dos pintoras contrasta con la atormentada y primitiva panfletaria Ethel Gilmour que recuerda con su obra los dramas de Medellín, su ciudad adoptiva. Entre los artistas mayores se presenta valientemente el maestro Grau con un retrato de su hermano el Almirante, con el que demuestra que si bien no está concursando, está permitiendo que su obra sea confrontada con la de otras generaciones.

El dibujo tiene un representante excepcional que habría merecido uno de los premios, pero que en los últimos eventos en virtud de su humildad no consigue detener la atención de los jurados: la obra de José Antonio Suárez, conformada por once unidades que se agrupan en trípticos es todo lo contrario del arte sensacionalista; un arte interior, atemporal que sólo se comunica con el público en voz baja, de sensibilidad a sensibilidad.

La escultura y la fotografía están representadas en menor escala con relación a la pintura; sin embargo en la escultura, la obra premiada de Hugo Zapata, sobresale particularmente por sus relaciones forma les con la topografía que a su vez se recrea en un material sacado de las entrañas de la tierra. Son connotaciones profundas e innovadoras en la escultura colombiana. Dentro de la búsqueda de nuevos materia les; se destaca la impresionante instalación "Huellas de arena" del Grupo de Bucaramanga, que realiza juegos de luz y geometría con arena de fundición. Más interasante formalmente son los pequeños módulos circulares de fundición de aluminio de Alejandro Castaño.

La fotografía, aparte de la obra ya aludida de Miguel Angel Rojas, sólo merecen destacarse los paisajes de Fredy Barbosa, que aunque dependiendo formalmente de Ansel Adams, denotan un culto por la naturaleza que se sale del género fotográfico común. También dos fotografías de Emil Morales que remiten a la reportería gráfica, simples y espontáneas; todo lo contrario a la foto-estudio o al museo de , trucos a que conduce el oficio con la cámara.

Es interesante anotar que el video, los computadores y el performance son esporádicos en los salones nacionales colombianos, en cambio el culto por la pintura se encuentra acentuado por las tendencias internacionales; esta actitud permitiría

catalogar al país de ultraconservador. Este es un recorrido a grandes rasgos por el Salón; y el jurado dejó contento a todo el público con los premios y descontento con las menciones; en estas últimas sólo la obra de Fabián Rendón merecía la distin ción.

El escoger como sede una ciudad de gran des inquietudes como Cartagena fue un acierto y las diversas exposiciones que se presentaron en el Museo de Arte Moderno y en la Escuela de Bellas Artes complementaron la visión de la actividad artística regional. Quienes intentaron vetar esta ciudad como sede del evento por considerarla "sólo un balneario apropiado para certámenes de belleza", deberían recordar por una parte la historia patria y por otra, de cómo el Lido, un balneario internacional de fin de siglo, se convirtió en sede permanente de la Bienal de Venecia. El ambiente cordial del Salón en Cartagena se reiteraba con la obra del artista manizalita Luis G. Vallejo, quien realizó cerca del castillo de San Felipe un gran mural "trompe-loeil", que sorprende al transeúnte y se convierte en publicidad para la exposición.

Finalmente, la junta de artes plásticas de Colcultura debería crear unos mecanismos que hicieran más acertada la selección y menos restrictiva para que no se estirice el Salón como sucedió en la década del setenta. Colcultura también debería considerar la posibilidad de crear una oficina dedicada únicamente a la organización del Salón para evitar detalles que puedan deslucir el evento más importante del arte colombiano.

Tomado del Magazín Dominical No. 306, 19 de febrero de 1989

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Salón entre murallas

Un nivel parejo y un magnífico escenario son las notas más destacadas del XXXII Salón Anual de Artistas Colombianos, que se realiza en Cartagena.

El marco no podía ser mejor. El Centro de Convenciones de Cartagena fue el sitio ideal para albergar las 147 obras de los 88 artistas que por estos días, y hasta el próximo 28 de febrero, toman parte en el XXXII Salón Anual de Artistas Colombianos. Un recinto espacioso, una magnífica distribución y un cuidadoso trabajo de curaduría, hicieron agradable la visita de esta muestra, que posiblemente sea la más pareja, en cuanto a calidad, que se haya celebrado en los últimos años.

Los problemas que debió afrontar  el XXXII Salón comenzaron en noviembre del año pasado, cuando los coletazos del huracán "Joan" hicieron de las suyas en el Coliseo Naval, lugar originalmente designado para realizar la exposición. Esto obligó a postergar su inicio y a cambiar de sede. El pasado 27 de enero la muestra fue abierta al público en el amplio salón Barahona del Centro de Convenciones, en un cambio de sede que a todas luces resultó benéfico para el evento. Valió la pena esperar.

En lo que tiene que ver con el aspecto artístico propiamente dicho, el Salón deja ver una nueva actitud de la mayoría de artistas. No hay una escuela que predomine, no hay una tendencia claramente definida. Los artistas colombianos, tanto escultores como pintores, y aun los fotógrafos, siguen manejando un lenguaje propio, innovando con los materiales y las técnicas. Un punto importante para resaltar en esta ocasión es el concerniente al desarrollo de todo ese flujo de ideas, que tradicionalmente se han quedado planteadas sin mayor evolución. Este año. buena parte de los participantes en el Salón llegaron con obras en las que se puede apreciar una mayor elaboración de propuestas que habían sido presentadas en años anteriores.

Seguramente por eso, se nota un mayor trabajo y, aunque todavía subsisten como un vicio o una manera de disimular la falta de talento, los trabajos efectistas no dan del todo la pauta. Es una muestra que se hace ver con calma, que obliga a una mirada detenida. Como es ya costumbre, la pintura marca la parada en cuanto a número de participantes y, ahora, en cuanto a calidad. La utilización de técnicas novedosas, la elaboración de otras ya conocidas, como en el caso de Diego Mazuera Gómez, uno de los premiados por el jurado, que trabaja acrílico con arena y tierras, va a la par con el desarrollo de una temática definida. En cuanto a la escultura, hay cosas interesantes, aunque nada descollante, lo mismo que en los ensambles. La fotografía es tal vez la menos favorecida y no muestra nada verdaderamente novedoso.

En general, se trata de un buen Salón. No se puede afirmar que alcanza la calidad que se quisiera, pero en comparación a lo presentado en años anteriores, el de Cartagena es el mejor. Parece como si los artistas colombianos estuvieran en un momento de reflexión, en el que se están elaborando planteamientos presentados de tiempo atrás. Si el Salón Anual de Artistas Colombianos es un reflejo válido de lo que pasa en la plástica nacional, se puede afirmar que los artistas colombianos no están matriculados en ningún movimiento por el momento. Cada cual tiene su propio lenguaje, sus temas, inquietudes y técnicas, así como sus propios desarrollos. Sin que se pueda decir si eso es bueno o malo, lo cierto es que en Colombia hay arte para todos los gustos.

El jurado de premiación, integrado por la mexicana Raquel Tibol, la venezolana Bélgica Rodríguez y los colombianos Carolina Ponce de León y Juan Antonio Roda, otorgó cuatro premios de un millón de pesos, y tres menciones. Los premiados fueron: Diego Mazuera Gómez, Miguel Ángel Rojas Ortiz, Bibiana Vélez Covo y Hugo Zapata. Las menciones recayeron en Edelmira Boller, Fabián Renden Tobón y Pedro Ruiz Correal.

En cuanto a las decisiones del jurado de premiación, los galardones se otorgaron por unanimidad y, fuera de uno que otro artista que se sintió decepcionado, todo el mundo está de acuerdo en que el fallo fue acertado. Como lo dijo a SEMANA uno de los participantes en el Salón, "los premios estuvieron bien dados, pero había muchas obras que también podían haber estado entre las ganadoras, lo que demuestra que el Salón estuvo parejo".

La cosa se pone de otro color cuando se toca el punto de la selección de participantes. De acuerdo con el reglamento que rigió para esta versión, todos los artistas que quisieran participar debían enviar cinco diapositivas de igual número de obras, a centros regionales de donde fueron remitidas a Bogotá. Con base en estas diapositivas, un jurado de selección decidió qué artistas y qué obras iban a estar presentes en Cartagena.

Esta práctica, a toda luces, es injusta y, por lo menos, facilista. Por muy buena que sea la foto de la obra, no deja de ser un elemento de juicio bastante débil para descalificar el trabajo de un artista, especialmente en el caso de la escultura, donde parámetros como el volumen y la profundidad no son fácilmente apreciables. Además, una buena obra puede verse afectada por una mala diapositiva. Utilizar este sistema para escoger a los participantes es tan irresponsable como criticar un evento sin haberlo visto, basándose únicamente en un testimonio fotográfico. De ahí que, a pesar del aceptable nivel del Salón de Cartagena, queden dudas sobre la idoneidad en la escogencia. Seguramente, muchos trabajos valiosos se quedaron por fuera por un albur fotográfico, y otros muchos ocupan un lugar en el Centro de Convenciones por la misma razón.

Al parecer, es hora de replantear tal sistema. Antes existían los salones regionales, como una especie de ronda eliminatoria. Colcultura debe pensar en una fórmula alterna, de no ser posible la reimplantación de los salones regionales, para subsanar este inconveniente. Sería conveniente que el jurado de selección viera las obras en vivo, in situ, para poder tener elementos suficientes para su elección. Claro está que eso traería problemas de tiempo y de costos, pero garantizaría un alza en la calidad del evento. En estos días se ha estado hablando de la posibilidad de realizar el Salón Nacional cada dos años, lo que permitiría un proceso de selección más riguroso y que los artistas mediten y trabajen con más profundidad en sus obras.

Lo de Cartagena es interesante. Con un nivel que, sin ser el que todo el mundo espera, mejora el de años anteriores, el Salón Anual de Artistas Colombianos se presenta como un evento de gran importancia para la plástica nacional, pero que debe optimizar sus criterios y exigencias si no quiere caer en la rutina y en la mediocridad de las que, por lo menos en la presente edición, se ha salvado.

Tomado de la Revista Semana No.353, 7 de febrero de 1989