Salon Nacional de Artistas 2004 XXXIX Concurso

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 XXXIX Salón Nacional de Artistas, 2004

 

A ColArte
 

Vea muestra representativa de las obras presentadas

   
 


39 SALON NACIONAL DE ARTISTAS: UN DEPÓSITO DE TRAVESÍAS 

por Javier Gil, Asesor de Artes Visuales, Ministerio de Cultura

Uno de los habituales "eventos paralelos" al Salón Nacional de Arte es el cuestionamiento al mismo Salón. Desde el lado crítico normalmente se argumenta que el Salón es una figura del pasado; su formato exhibitivo no cubre las prácticas artísticas actuales; no es representativo del arte nacional; se aproxima a un Salón de arte joven; no responde a criterios curatoriales rigurosos. Por el otro, se acostumbra a señalar: sin los Salones muchos grandes artistas no hubiesen surgido, a través del Salón las regiones muestran sus artistas, el Salón y sus hijos -las regionales - son el único evento para cotejar y exhibir el arte regional, permite ver una gran variedad de artistas con propuestas libres, es una tradición con importantes vínculos afectivos con la colectividad.

La Dirección de Artes del Ministerio de Cultura no es ajena a esa discusión y reconoce que coda gran tradición trae en su seno el germen de la renovación, las tradiciones fuertes no se inmovilizan en el pasado, conservan su vigencia porque saben transformarse. Meses atrás, a incluso años atrás, se viene intentando renovar la figura del Salón. Se han realizado distintas tentativas por actualizar su formato, encaminándose hacia dinámicas curatoriales que articulen procesos de investigación, creación y apropiación y que -de paso- hagan más borrosas las demarcaciones tan lineales y estáticas de la figura del artista, curador y espectador. Procesos en los que el curador pueda expandir su antiguo rol para involucrarse en la propia producción de las obras, trabajando en colaboración con los artistas y creando exposiciones que relacionen el arte de manera novedosa con los contextos culturales mediante otros recursos de circulación y apropiación.

El Ministerio se plantea fórmulas para intensificar el Salón, justamente por abrirle las puertas a la renovación. El Foro Académico, organizado en el marco del Salón, se concibió con ese espíritu, aspiraba a generar relaciones más integrales entre las diversas instancias de la prácticas artísticas: investigación, creación, circulación y apropiación. La configuración y ejecución de programas más duraderos, prolongables más allá de los eventos puntuales, se soporta en la tentativa de potenciar articuladamente esas dimensiones. Se están formulando proyectos regionales con mayor impacto cultural y con mayor sensibilidad hacia la diversidad que caracteriza al país. Es nuestra intención que el Salón reafirme y haga más visible su condición de ser el resultado de diversos procesos y proyectos, y de otros usos de las prácticas artísticas al interior de las colectividades.

En este rnomento quisiera abandonar los "eventos paralelos" para apostar por algo más celebrante como es la experiencia misma del arte, preferiría invitar a recoger lo que se tiene en las manos, sin lamentaciones ni proyecciones futuras, actitudes distintas pero semejantes en tanto que una y otra nos distraen del presente. Me parece más aconsejable recoger el instante, con la actitud abierta y la percepción dispuesta, acogiéndonos a la consigna de Cézanne: volvernos el minuto de tiempo que pasa.

Choques, remolinos y paraguas para mojarse

De tiempo atrás carecemos de criterios pragmáticos que nos definan qué es lo artístico, las propias prácticas artísticas continuamente redefinen sus propias definiciones y reglas de operación. La belleza contemporánea es difícil, compleja, incluso dolorosa, una experiencia algo desconcertante y extraña. Las obras se inclinan por opciones más conceptuales, tienen pretensiones más cognoscitivas y críticas. Los artistas aspiran a que sus obras y acciones signifiquen y expandan su radio de influencia más allá de sus propios límites, obras con un valor cognitivo que trascienda la relación con ellas planteadas desde el gusto. Tres breves comentarios en torno a concepciones estéticas actuales pueden arrojar luz sobre esta ambición del artista.

- Postulan algunas teorías contemporáneas que las obras son construcciones que transforman y crean la realidad. Al representar el mundo lo cargan de un sentido antes inadvertido, hacen visible aspectos inéditos, destacan dimensiones desapercibidas, otorgan una nueva presencia a las cosas. Lo representado accede, a través del arte, a una nueva manifestación de sí; cobra -por mediación suya- una presencia inhabitual que supera las referencias primeras a inmediatas. Buena parte de la excelencia artística contemporánea radica en esa posibilidad cognitiva, posibilidad construida poéticamente, por medios estéticos, y no desprovista de un placer que excede el goce sensorial. Es un placer alojado en la satisfacción que produce incrementar el conocimiento de lo representado.

- "Imágenes que nunca vimos hasta que las recordamos", nos dice Sigrid Weigel, citando a Walter Benjamín. Frase cargada de tensión poética, única manera -quizás- de rodear el enigma de lo que nos sucede frente a ciertas obras, tan extrañas como familiares, y cuya inquietante condición radica en desplegar un más allá de su apariencia sensorial. Es el valor de choque de ciertas imágenes, cuyas formas -por simples y fugaces que sean- se abisman al tiempo que nos asombran.

Se trata de una potencia reveladora, capaz de multiplicar conexiones e inventarnos un pasado y un futuro: "Una imagen, al contrario, es aquello en que el Antaño se encuentra con el Ahora en un relámpago para formar una constelación". Pero es justo observar que esa aparición relampagueante no tiene -en los tiempos actuales- un lugar privilegiado para aparecer. No existen formas ideales para que emerja, surge en cualquier momento y lugar, en cualquier fragmento, en el simple deambular por las calles. Asoma en el gran arte pero también en manifestaciones sin pretensión artística. Acontece en el propio fluir de la vida, en lo próximo y cotidiano, en lo minúsculo. ¿Acaso no hemos salido heridos de vida al pasar por un pequeño pasaje de una novela o de una película?, o ¿al con templar una mancha o un simple gesto?.

Esa "Sublime violencia de lo verdadero" era asimilada por Benjamín, en algún momento, a la metáfora del remolino en el río, pues este relanza el curso del agua y hace resurgir cuerpos olvidados. Su desconcertante intensidad hace que el pasado sólo se comprenda en ese momento, como cuando Picasso inventa un pasado al arte de Occidente al introducir las máscaras africanas. Allí radica la desconcertante intensidad de la imagen, allí se insinúa su hermosa catástrofe. Por mediación suya nuestro pasado puede hacerse comprensible. Es probable que otro gran constructor de imágenes, como lo fue Godard, se refiriera al mismo sentimiento al afirl mar "Uno no mira sino lo que siente y lo que no quiere confesar como su secreto" .

- Esta inclinación del arte contemporáneo la expresó, con no menos belleza, Gilles Deleuze al asignar al artista la función de producir fisuras en los paraguas con los que nos protegemos de la vida. El artista se deja afectar, no se protege del caos, pasa por él, lo convoca, lo supera asumiéndolo. De ese viaje se desprende un testimonio que desarregla nuestras visiones del mundo, descompone nuestra protecciones para dar entrada a un claro de luz que entona otro canto a la vida: "En un texto violentamente poético, Lawrence describe o que hace la poesía: los hombres incesantemente se fabrican un paraguas que les resguarda, en cuya parte inferior trazan un firmamento y escriben sus convenciones, sus opiniones; pero el poeta, el artista, practica un corte en el paraguas, rasga el propio firmamento, para dar entrada a un poco del caos libre y ventoso y para enmarcar en una luz repentina una visión que surge a través de la rasgadura, primavera de Worsworth o manzana de Cézanne, silueta de Macbeth o de Acab. Entonces aparece la multitud de imitadores que restaura el paraguas con un patio que vagamente se parece a la visión, y la multitud de glosadores que remiendan la hendidura con opiniones: comunicación. Siempre harán falta otros artistas para hacer otras rasgaduras, llevar a cabo las destrucciones necesarias, quizás cada vez más mayores, y volver a dar así a sus antecesores la incomunicable novedad que ya no se sabía ver".

Cultivar imágenes para cosechar mundos

Esta vocación define al artista actual y se refleja en buena parte de las propuestas del Salón Nacional. Es claro el afán de vincularse con to real y de producir representaciones y acciones visuales ancladas en los con textos locales. Algunos proyectos se formulan desde una definición del sentido del artista al interior de las comunidades. En buena parte de los artistas es inocultable el afán por desafiar la presunta autonomía del arte, su aparente ensimismamiento. Intención legítima y loable, pero no exenta de peligros y simplificaciones, muchos esfuerzos reducen el amplio espectro de lo real, o terminan por convertirse en una ilustración o en un eco menor de los discursos generados por otras disciplinas, o se ajustan a las modas que imponen los centros internacionales del arte, ahora más interesados en lo multicultural.

Por un lado, la realidad no se agota en sus dimensiones más explícitas, o en sus aspectos más nítidamente socio-políticos. La realidad tiene un rostro múltiple, también incluye el silencio, la alegría, el encuentro con el otro, el dolor amoroso, y el amoroso dolor. También

son nuestros los mundos de Shakespeare, los problemas metafísicos de los personajes de Paul Auster, las ficciones que ensanchan lo posible de Borges, la inquietud religiosa en los trabajos de Bill Viola. La fidelidad a lo real, si bien conoce urgencias de orden socio-económico y cultural en nuestros países, no se agota en ellas.

Ser riel a la realidad es ser riel a multiplicidad de dimensiones que nos componen y descomponen, es ser receptivo a nuestro deseo y a las singularidades que nos constituyen. Tan elogiable es el deseo de un artista de insertarse las dinámicas socio-culturales como lo es la sinceridad de otro al abordar dimensiones más netamente subjetivas. Quizás menos elogiable sea la actitud de aquellos que se traicionan a sí mismos por la necesidad de parecer políticamente o culturalmente adecuados. O la de aquellos que, dominados por el peso de las teorías, terminan "enyesando" su espontaneidad y desactivando las formas poéticas de vincularse con la existencia .

El arte habla desde un pensamiento poético, desde una manera de operar lo real que compromete el intelecto pero igualmente lo trasciende. La razón poética vincula razón y emoción, sensaciones y percepción, afección a imaginación, en una dinámica difícilmente explicable. Hay realidades que sólo las comprendemos -y comprender no es necesariamente aclarar- cuando un artista nos las entrega en una imagen. Muchas veces hemos vislumbrado el amor, la vida y la muerte, mediante una inquietante imagen y no por una correcta y unívoca formulación conceptual. La extraña belleza del arte, al reordenar la rígida relación entre significantes y significados, se empeña en mostrar el claro-oscuro de la existencia, lo no expresable por los conceptos.

Algo que se agradece a muchos artistas en su tentativa de abordar la realidad es no renunciar a proceder como artistas. En el 39 Salón vemos muchas obras atentas a señalar el conflicto, la cultura, lo social, pero sin prescindir de los lenguajes artísticos. No se trata de ignorar -repetimos- el valor de artistas que han recurrido a las palabras como la materia prima de su práctica, en una dirección netamente conceptual y renunciando expresamente al gusto, al talen lo, a la misma visualidad. Artistas como Bernardo Salcedo, Antonio Caro o Alvaro Barrios, han logrado desplazar la imagen visual hacia la imagen mental con mucha penetración crítica. Lo que si resulta más difícil de aceptar es que esa opción sea válida para todos, o que un artista se sienta forzado a abandonar su talento poético o sus in quietudes vitales por ajustarse a las modas y modos imperantes. Una cosa son los procesos de creación, otra el intelecto intentando ofrecer explicaciones que contextualicen las prácticas artísticas. Si el concepto precede al sentimiento y la percepción, si se parte obsesivamente de él, se termina por encontrárselo irremediablemente. De paso se invalida el hallazgo y el encuentro con lo desconocido. Cuando se fluye con más espontaneidad el arte lo agradece y... probablemente la cultura también.

Artistas cuyo temática es abiertamente social como Beatriz González o Doris Salcedo, o como varios que nos acompañan en este Salón Nacional, no abandonan las posibilidades cognitivas de la emoción, la percepción o la sensación ( la raíz latina de emoción es emovere, y alude a aquello que pone la mente en movimiento).Sus obras logran acceder a los conflictos socio-culturales y políticos desde lugares inéditos, justamente por ejercer firmemente el pensamiento artístico. Sus obras expresan la vida y no sólo ideas acerca de la vida, por eso nos estremecen más allá de las palabras. Nos sentimos frente a un amasijo de sensaciones a ideas entremezcladas de una forma que rebasa la discursividad intelectual.

Ese mostrar el mundo por medios ceñidos a una poética visual, lo señalaba muy certeramente el crítico cubano Gerardo Mosquera al indicar que el arte latinoamericano sufre hoy menos la neurosis de escenificar la identidad: "...el arte latinoamericano comienza a apreciarse en cuanto arte sin apellidos. En vez de exigírsele declarar el contexto, se le reconoce cada vez como participante en una práctica general, que no tiene por necesidad de exponer el contexto, y que en ocasiones refiere al arte mismo". Y continua puntualizando esa "identidad desinteresada de la identidad", que brota naturalmente, sin necesidad de un programa previo o de una tarea por cumplir: "los nuevos artistas parecen menos interesados en mostrar el pasaporte. Los componentes culturales actúan más en el discurso de las obras que en su estricta visualidad, aún en los casos en que aquellas se fundamentan en lo vernáculo. No quiere decir que no aparezca un look latinoamericano en numerosos artistas, o aún que no puedan establecerse ciertas regularidades identificativas de algunos países o áreas. Lo crucial radica en que estas identidades comienzan a manifestarse más por los rasgos de una práctica artística que por la pulsión de elementos identificativos tomados del folclore, la religión, el ambiente físico o la historia"

Las realidades que soportamos aparecen "sin culpa" en todo aquel que establece una relación intensa con la vida, incluso pueden aparecer más vigorosamente en aquellas expresiones que no se las plantean tan explícitamente. El poeta Juan Manuel Roca, sin descartar que la realidad golpea al artista y se filtra inevitablemente en su quehacer, desarrolla una opinión similar: "la tensión de la violencia en la poesía, muchas veces está está más bajo la piel del lenguaje, en las atmósferas y en los silencios, que en sus enunciados directos, propagandísticos"

Un almacén de travesías

De este modo vamos sumando elementos para ver una exposición tan plural como lo es un Salón Nacional. Hay que considerar que alberga propuestas de jóvenes artistas y propuestas de artistas con reconocida trayectoria. Por otra parte se debe admitir que es un Salón desigual, como desigual es el país, recibe obras de regiones muy distintas y con muchos desequilibrios en materia de formación artística. El Salón, adicionalmente, y por su propia naturaleza, carece de una fuerte hilvanación conceptual, es una muestra amplia y sin delimitaciones temáticas, aunque sí con unos mínimos agrupamientos generados desde el guión museográfico para poder ver las obras tanto individualmente como a través de sus mutuas interpelaciones.

Pero lo que parece ser una desventaja, a la luz de una exhibición contemporánea, en el sentido de construir un horizonte de significa dos a partir de la asociación de las obras entre sí, se puede capitalizar favorablemente. El Salón puede ser una caja de herramientas, abierto a realizar trayectos diversos, cada cual puede construir su colección de obras, de fragmentos, desarrollar una lectura sin necesidad de darle un sentido de totalidad o de coherencia conceptual. El Salón, pues, se presenta como un almacén de travesías, de suyo se programaron visitas por especialistas de otras áreas del saber para que lo utilicen libremente, estableciendo encuentros entre las artes visuales y sus respectivos campos del saber. La invitación es, entonces, a guiarse desde el placer, gran arquitecto de trayectos inesperados, transitar las obras, abrirse a ellas sin prevenciones. Recorrerlas para entrar en sí mismo, valerse de ellas para recordar-se (las raíces de recordar son igualmente hermosas, aluden a re-cordare. ¡¡¡¡Cómo no asociarla a un retorno al corazón¡¡¡¡).

Re-cordarse, dibujar-se, mientras se aprecian las imágenes, emulando el trabajo de Oscar Munoz en el que una mano inventa incesantemente un rostro que no termina de aparecer. "No obstante, entre foto y foto nos encontramos siempre nosotros, lo cual no es raro en absoluto, pues tales instantes de iluminación brusca son también instantes del ser-fuera-de-nosotros, y mientras nuestro yo despierto, habitual, cotidiano, se mezcla, activa o pasivamente, en el acontecer de las cosas, nuestro yo profundo descansa en otro sitio y sólo se mueve por el choque, igual que un montoncito de polvo de magnesio lo hace por la llama del fósforo. Este pequeño holocausto del yo profundo en el shock es a quien nuestro recuerdo debe agradecer sus fotos indestructibles".

En una exhibición tan plural se pueden agrupar imágenes desde distintos centros temáticos. Uno, por ejemplo, muy recurrente, es lo urbano, un significativo número de obras encara la ciudad no como lugar físico sino desde los procesos culturales que la cargan de sentido. El Salón nos entrega obras impactantes sobre este tema, como la instalación del Proyecto Cundua, allí la memoria y el espacio, el museo y la ciudad, se interpelan mutuamente, el espacio queda escrito por los cuerpos y relatos de sus habitantes. Podemos añadir Cal y Canto, de Clemencia Echeverri, quien logra alterar la percepción de ciertos universos urbanos mediante singularidades sonoras, visuales y temporales. O las maneras como la pintura salta del lienzo para dialogar más estrechamente con la ciudad, por parte de Fredy Serna. O los sutiles registros y perspectivas visuales en el trabajo de Eduardo Consuegra.

Si nos inclinamos a las representaciones del conflicto colombiano, otra temática dominante en el arte colombiano actual, encontramos que la memoria del país se graba, progresivamente, en lo visual. La imagen fotográfica está produciendo una inquietante presentación de la realidad colombiana. Obras como las de Martha Cecilia Posso, o Jesús Abad, resultan sorprendentes porque en ellas vida y muerte respiran al unísono. Las siempre silenciosas pinturas de Germán Toloza, y las sugerentes y metafóricas imágenes de Johanna Calle en las cuales el agua deviene una clave simbólica para darnos cuenta, son también valiosos acercamientos al terna.

Una aguda percepción de nuestras prácticas culturales populares, en las que se funden identidad y creatividad, se puede encontrar en el mecanismo del bricollage, hecho visible por el colectivo del mismo nombre; por su parte Jaime Avila desarrolla unas muy particulares lecturas en las que lo popular y lo artístico, el humor y la crítica, se encuentran por mediación de su apropiación de la calle como una sorprendente pasarela. En esa misma línea, las fotografías de María Isabel Rueda se constituyen en un excelente ejemplo de múltiple apropiación de un ícono como es la imagen del "Ché" Guevara.

Si se prefiere tomar los géneros clásicos del arte, como el retrato, se puede apreciar un concepto extendido del género, ligado a un enorme cuestionamiento de la identidad contemporánea, en las obras de Carlos Castro, Boris Pérez, Juan Pablo Echeverri o Santiago Monge.

Otra manera de abordar el Salón es la de articular obras desde ciertas operaciones de los artistas. Tal es el caso del use del tiempo, y allí entra a dialogar la lentitud ritual de Maria Teresa Hincapié, con la acción creativa del tiempo en la obra de Jorge Ortiz y el juego temporal y cultural en la propuesta de Tomás Reyes. O ceñirse a una acción como el tejer y encontrarse "tejiendo" propuestas tan diversas como las finas imágenes de Humberto Junca en la que se tensionan quietud y movimiento, el objeto y su representación; el tejido reparador de heridas de buses y trayectos urbanos en la obra de Milena Bonilla; el coser, como metáfora del tiempo y la vida, en la acción de Adolfo Cifuentes o el tejido como texto de una vida con sus veranos, primaveras, otoños e inviernos, en la obra de Carmenza Estrada

Si nos inclinamos por las apropiaciones, como ejercicio artístico contemporáneo, el Salón ofrece la Formula 1 de Fabián Montenegro, imagen de la cultura global leída desde algo tan local como la cerámica. O la experimentación y puesta en escena de los ritmos formales de algo tan mundano, y en camino de extinción, como las tradicionales busetas por parte del Colectivo Ejecutivo.

Otras formas de circulación, y puesta en escena pública de las prácticas artísticas, aparecen en el Colectivo de Sergio Giraldo y Fredy Valencia. También en el deambular del Grupo Nómada por las calles, al otorgarle una travesía urbana a estructuras míticas que hablan del reencuentro con el otro.

Y así sucesivamente, pasando por el humor, agudo, crítico y transmutador, en la obra de Víctor Escobar; las exuberantes calidades pictóricas y visuales para exaltar un juego de tiempos y miradas, en el video de Miguel Angel Rojas; las poéticas tensiones entre el rigor y lo espontáneo, en las obras de Luis Roldán; el cruce de sentidos históricos y culturales en los herbarios plásticos de Alberto Baraya. Las relaciones entre cuerpo y poder en los diálogos entre la iconografía cristiana y el mundo actual, en el trabajo de José Alejandro Restrepo, la inquietante relación de tiempos y espacios, cuento popular y realidad social, en la fotografía de Adriana Duque.

En fin, son múltiples y variadas las asociaciones, ello sin incluir las lógicas perceptivas y visuales procedentes de aquellas regiones más distanciadas de un desarrollo artístico, como la de la Orinoquía, que -pese a su distanciamiento de lenguajes contemporáneos- deja ver la multiplicidad del país. Las lecturas están abiertas gracias a la bella edición de Lucas Ospina que permite a las obras perpetuarse en las manos de los lectores. Pero, más allá de este permanente ir y venir sobre las imágenes, más allá de la exhibición, es importante considerar un Salón Nacional como una importante matriz de actividades que reaniman el mundo artístico. También se constituye en una posibilidad de encuentro. Quizás en los tiempos presentes desentona un llamado semejante, pero al dolor y al conflicto también hay que responderle con alegría, de to contrario sucumbimos a su influencia. El arte debe convertirse en una opción de vida, en una presencia continua que anime la existencia pese, o justa mente, porque vivimos momentos aciagos. Celebración y arte se abrazan, el arte es una celebración y saber celebrar es un arte, Todo esto se puede sintetizar apelando a un Proverbio Chino, una población minoría del Japón actual. El proverbio simplemente dice: "el mundo se suma a quien lo goza y se resta de quien lo desprecia" .

Tomado del libro 39 Salón Nacional de Artistas, 2004, Ministerio de Cultura