Gloria Castro

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Gloria Castro

directora ballet

   
 

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La mamá del ballet

Por Diego Leon Giraldo S.

Con un megáfono y acompañada de una secretaria, Gloria Castro se fue por los barrios de Cali a decirles a los muchachitos y a los padres que el ballet no era una cosa de clases altas, que tampoco era de `gays y que los niños y niñas de los estratos 1, 2 y 3 podían convertirse en artistas a la vez que estudiaban su primaria y su bachillerato.

Fue hace 30 años, justo cuando tuvo aprobado el programa de Incolballet, la primera escuela (pública) que enseñaba danza en el país. La idea le había surgido mirándose a sí misma, recordando las dificultades con que logró formarse en cursos de todo tipo y a escondidas de don Jaime, su padre, un comerciante para el que eso de pararse en puntas no era cosa seria. Fue doña Margarita, su mamá, la que la llevó a hurtadillas, a los 9 años, a las primeras clases -aunque sin el deseo de que fuera su oficio pues "se moriría de hambre"-. Y Gloria se enamoró mucho más cuando vio la cinta Las zapatillas rojas (de 1948, con la bailarina Moira Shearer).

Una de las menores de una familia de 15 hijos, creció en el barrio Santa Rosa (en el centro de Cali) y alternó los cursos con el manejo de una oficina en la que llegó a administrar personal y de la que salía como loca a las 6 p.m. para seguir bailando. Gloria renunció a hizo lo que sabía. Bailó en Cali y luego se enrumbó a Italia, cuando su mamá y sus hermanos se fueron a vivir a Nueva York. Estuvo en el cuerpo de baile del Máximo de Palermo, hizo temporadas en la Arena de Verona, vivió en Checoslovaquia y tomó clases de teatro con el maestro español Pepe Monleón. Aprendió a explotar su dramatismo. "Tampoco quise quedarme en Nueva York". Volvió en 1970, con la idea loca de crear una escuela que hoy es modelo internacional y que en el 2008 cumplirá tres décadas.

A los dos años de fundada Incolballet, Gloria bailó por última vez el segundo acto de El lago de los cisnes. Salió juagada en llanto pues entendió que debía colgar las zapatillas para que otros bailaran. Estricta y hasta temida por su severidad, la maestra reconoce que es perfeccionista, pero dice que ante todo es paciente: "Lo único que nos salva es la calidad del trabajo".

Doña Margarita, contrariando la sabiduría popular según la cual las mamás nunca se equivocan, con Gloria erró. La bailarina no se murió de hambre y, al contrario, les ha dado de comer a muchos con el mismo sueño.

Tomado de la Revista ALO No.478, 20 de abril de 2007