Kevin Simon Mancera Vivas

Bogota

Pintores

Figura, Fauna

 

Kevin Simón Mancera Vivas

pintor

A ColArte
 
Bogotá, 1982


Estudios

Bellas Artes. Universidad Jorge Tadeo Lozano, Bogotá

Exposiciones

2007 - Hostipitalidades. Encuentro Internacional MDE 07, Medellín.

2006 - Bienal internacional de dibujo, Fundación Valenzuela 8 Klenner. Bogotá.

Salón regional de artistas zona centro. Procesos académicos seleccionados por Mano Opazo. Bogotá.

6o Festival de performance, Colectivo pornomiseria. Cali.

Procesos Urbanos, Fundación Gilberto Alzate Avendaño. Bogotá.

2005 - Artrónica, Colectivo radio plagio. Bogotá.

2004 - Migraciones, Exhibición itinerante. Universidad Nacional, Universidad de Los Andes, Universidad Jorge Tadeo Lozano. Bogotá.

Fuente Abierta, Universidad Nacional. Bogotá.

Otras actividades

Octubre 2005 mayo 2007
Miembro del Consejo Curatorial de El Bodegón (arte contemporáneo vida social)".

Tomado del folleto 100 cosas que odio, Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2007

 

 

“100 cosas que odio”  

Guillermo Vanegas psicólogo y curador describe la obra de Kevin. “Hay dos personas con destreza en el dibujo y con la certeza de que esta técnica es una excelente herramienta de expresión, incluso conocen sus implicaciones como medio formal. Una de ellas es un caricaturista afamado, que tiene afectos encontrados respecto a la imagen pública que transmite un presidente con intenciones mesiánicas en un país dispuesto a soportar cualquier exceso con la esperanza de que su situación se modifique de algún modo. La otra persona es un artista semidesconocido, vinculado aun con una academia de arte y bastante suspicaz sobre la formación que adquirió durante sus estudios. Como el dibujante inicial, esta persona también odia a ese mismo presidente y en consecuencia, quiere hacer un dibujo. Aquí es posible pensar que ambos sujetos se ubican en el mismo lugar: saben dibujar, tienen una idea clara sobre el tema que van a tratar y no están interesados por imponer ninguna innovación formal en la elaboración de su imagen: ambos realizarán un dibujo a lápiz sobre una superficie neutra.  

Sin embargo, cuando se compara el resultado de cada trabajo, las dos imágenes se separan gracias a la diferencia del tipo de mensaje que transmiten al espectador. Mientras el caricaturista busca una garantía en la interpretación eficaz y rápida de su trabajo, al artista le resulta mucho más significativo hacer un retrato ideal y adecuadamente informado del sujeto representado. De hecho no agrede sus rasgos y evita interpretar su psicología. Su dibujo es más una estampa solemne de un hombre maduro, que mira sin sonreír. Que no habla, ni se incrimina, que aparece embellecido casi hasta el homenaje. Aparentemente, el sentimiento de odio parece haberse diluido aquí en una actitud de adoración por el tema. Al contrario de lo que sucede con el dibujo del caricaturista, este retrato difícilmente podría ilustrar un artículo dirigido a atacar a ese presidente; parece más la escena central de un documental hagiográfico. 

La serie de dibujos que Kevin Simón Mancera ha reunido bajo el título “100 cosas que odio” es una recopilación que parece no querer dejar lugar a dudas. La exhibición de cada dibujo, su recopilación en libro, la producción de delicadas escenas a lápiz, la dependencia explícita entre texto e imagen que predomina en toda la obra y la selección de cada ilustración, configuran una serie de decisiones aparentemente afortunadas. En realidad, al tratarse de cosas que alguien odia, fácilmente podría pensarse en que como motivo de reflexión, su compendio es una campaña publicitaria perfecta.  Sin embargo, esta apreciación no se resuelve tomando las vías habituales para abordar el asunto: corrientemente, respecto a lo que se odia se suelen dar comportamientos de burla o rechazo. En el caso de Kevin Mancera la resolución de su obra se da más a través de una elaboración pausada, que desplaza y vuelve inútil la atención hacia la técnica elegida o el tema expuesto. Al explotar la ambigüedad presente entre el desprecio y el agasajo, no sólo pone al observador ante la disyuntiva de apreciar la ejecución de cada viñeta  o pensar en la asociación entre tema e imagen de ilustración. Mediante la exhibición de un dispendioso ejercicio de copiado e imitación, de observación e interpretación, promueve descripciones que se escabullen de la anécdota fácil y ubica al espectador entre la molestia y la satisfacción. En realidad, y aunque su odio parece justificado en algunos casos, evita importunar con el reclamo por una identificación inmediata. Más bien enseña -como todo buen artista (que siempre enseña algo)-, que una buena práctica de odio consiste en seleccionar atinadamente cada motivo, porque tal vez éste dure toda la vida y lo mejor sea conocer y realzar cada uno de sus detalles”.

Información gentilmente suministrada por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, 2007

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Doce dibujos del fracaso

En una docena de dibujos a lápiz, Kevin Mancera se lanza en clavado a las profundidades del fracaso.

No porque su exposición en la galería Nueveochenta, de Bogotá, sea un desastre, sino porque con ella busca ahondar en ese tema al que muchos temen.

Para ello, además, invitó a doce amigos suyos, artistas e intelectuales, para que reflexionaran sobre el tema. Ojo, no sobre los fracasados.

Porque en esta exposición, dice Mancera, no hay perdedores: "Dibujé gente que falló en alguna parte de su vida, eso no los hace fracasados", explica el dibujante.

Por eso está Franz Kafka: "Él no es un fracasado, pues es uno de los mejores escritores del siglo XX, pero no pudo publicar un libro en vida. Tuvo un fracaso, pero no es un fracasado. Fracasado suena peyorativo".

Si no es un homenaje a esos que han luchado por una meta que no lograron, sí es -dice- una mirada al "lado no negativo del fracaso".

Entre los dibujos hechos con una gran técnica, cultivada sin descanso en los últimos dos años y medio (desde que egresó de la universidad), está el de Aldelir Antonio de Carli, que murió luego de que se elevó en un racimo de globos, en su natal Brasil. Un fracaso que dio la vuelta al mundo en las noticias.

Pensando en lo inalcanzado

Mancera, consciente de que algunos dibujos perderían sentido si no se explicaban, invitó al escritor de la Universidad de Antioquia Selnich Vivas para hiciera una presentación corta y literaria sobre quienes protagonizan cada uno de sus dibujos.

Ahí se ve la historia de otro de los personajes, Raymond Poulidor, quien montado en su bicicleta, tal como aparece en el dibujo, llevó el estigma de ser el eterno segundón del famoso Tour de France.

"¡No era mal ciclista! -dice Mancera- pero con los contrincantes que tuvo, siempre llegó de segundo, algo que ya es muy meritorio".

Otro que fracasó en uno de sus intentos y que está dibujado fue Quintín Lame. "No pudo hacer su revolución para los indios. Le dieron palo y cárcel, pero no es un fracasado porque se casó y lo quisieron en su pueblo", dice el artista.

Hay, también, en este panorama, hombres con ideas salidas de la realidad, como Antonio Goyeneche, que a finales de los años 60 vendía su candidatura presidencial anunciando que era posible pavimentar el Río Magdalena, y mujeres que parecen de otro mundo, como Cristina Onassis, que, según comenta Mancera, "fracasó en su intento de conseguir el amor".

El dibujante deja ver la situación como parte del ser humano, aunque sabe que, según el punto de vista, "el fracaso puede ser algo muy sencillo o muy trascendental". De pocas palabras sobre el tema, para hablar deja a sus invitados, como Manuel Kalmanovitz, que dice en un aparte de su texto: "Darse cuenta de que el fracaso es una categoría engañosa, que nada significa. En realidad, hay fracasados exitosos y exitosos fracasados".

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de julio de 2010 

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Las líneas del futuro

Quería ser diseñador, pero no pasó el examen en la Universidad Nacional y decidió inclinarse por el arte. Fue una buena jugada del destino, porque se dedicó a dibujar y se ganó pronto el aprecio de galeristas como César Gaviria, cuya galería Nueveochenta, de Bogotá, le abrió un espacio a sus proyectos cargados de introspección, casi todos capaces de exaltar las pequeñas tragedias cotidianas. Con su serie sobre el fracaso se ganó el prestigio de ser uno de los mejores dibujantes del país para la Revista Arcadia y buena parte de la crítica especializada.

En 2007, cuando desarrolló su tesis de grado -100 cosas que odio-, que expuso en la Gilberto Alzate Avendaño, encontró en el dibujo la técnica que más ha explorado estos años. "El dibujo tiene mucha cercanía con la gente, no es tan elaborado como una pintura. Los míos están hechos con lápiz".

Sin embargo, no es capaz de hacer su trabajo en silencio. Cuando dibuja siempre oye salsa, punk o tiene encendida la radio. Se levanta a las siete de la mañana, a veces monta en bicicleta, según él la mejor terapia cuando quiere escapar del mundo, y luego dibuja hasta que oscurece. Puede realizar un dibujo en un mes o varios; eso depende de las ideas que tenga, las cuales, dice, le "bajan muy despacio a la cabeza". Eso le sucedió con la exposición Sobre el fracaso, que lo llevó a leerse todo el diccionario para buscar palabras con significado negativo, y luego plasmarlas con un rapidógrafo en papel rosa para que contrastara con la carga negativa.

Su obra ha tratado temas como el odio, la tristeza, el fracaso y la felicidad, pero Mancera sostiene que no le gusta escribir sobre su trabajo y que prefiere explicar lo que hace en una frase: "No soy tan inteligente para criticar el arte, esas conclusiones acerca de lo que uno quiere decir las sacan personas que se dedican a leer las obras de otras personas". Asegura que no le angustia producir para vender y que, por el contrario, prefiere preocuparse por qué va a dibujar o qué nuevo Ubro va a comprar. En este momento está leyendo Abaddón el exterminador, de Ernesto Sabato, y trabaja en dos nuevos proyectos: los diarios de un viaje en tierra por Latinoamérica que presentará este año, y uno sobre la historia del ciclismo, que prepara para 2013. Está seguro de que dibujar es lo único que sabe hacer en la vida. Y lo hace bien, sin duda alguna.

Tomado de la Revista Diners No.502, enero de 2012