Juan Manuel Echavarria

Medellin, Antioquia

Artistas Visuales, Fotografos

Varios, Visual

 


 Juan Manuel Echavarría

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artista visual
 

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Esa guerra que no hemos visto (Arcadia, 2017)



 
 


Artista para la dura realidad

por Paola Villamarín

El instante decisivo de Juan Manuel Echavarría, ese que lo sacó de la escritura y lo envió para siempre a la fotografía, tuvo lugar en el concurrido barrio 20 de Julio, en Bogotá. Mientras caminaba con su cámara, vio un montón de maniquíes expuestos sobre la carrera 10. Todos estaban rotos y mutilados. Les faltaban desde las orejas hasta los brazos. Y nadie lo notaba. Los transeúntes, ávidos por comprar, solo veían la ropa que llevaban puesta.

"Me comprobé como una persona indiferente a la violencia porque hasta ese momento no la había visto", dice Echavarría sobre ese hallazgo que marcaría su vida y le daría pie para crear su primera serie como artista visual.

Hasta ese momento, 12 ańos atrás, Echavarría no había tomado una sola foto, ni siquiera en sus viajes alrededor del mundo. "Me aterraba porque yo pensaba que la fotografía era para cumpleańos y matrimonios", agrega.

Iba a cumplir 50 ańos y la palabra lo había "dejado". Atravesaba por una crisis como escritor. Ya había publicado dos libros a intentaba, sin éxito, hacer el tercero, pero se demoraba hasta un mes escribiendo un párrafo.

Sus amigas Ana Tiscornia y Liliana Porter, reconocidas artistas latinoamericanas residentes en Nueva York, le sugirieron hacer fotografía. Y no era una propuesta gratuita. La escritura de Echavarría, a la que se había dedicado por 30 ańos, era completamente visual.

"Pensé que Juan Manuel podía explorar con la fotografía la creación de una imagen más anclada en las realidades que le inquietaban y más densa en el sentido de su simultaneidad (ya que la literatura tiene una linealidad in evitable)", dice Tiscornia.

Con los maniquíes rotos, Echavarría supo que quería hablar de este país a través de la metáfora. Y su segunda serie, Corte de florero (1997), ahondó en eso. Era sobre los aterradores cortes que se hicieron durante La violencia. De lejos: unas flores delicadas que parecen láminas de botánica en blanco y negro. De cerca: huesos humanos organizados para simular flores y tallos. Sus nombres: Maxillaria vorax. Orquis mordax, Orquis negrilensis. "Hoy entiendo que use la estética para atraer y atrapar al espectador. Una vez seducido, llega lo fuerte, la historia detrás", dice el artista.

En las obras de Echavarría siempre hay una historia. Ha tenido una gran obsesión por la tradición oral, por escuchar de viva voz lo que tienen para contarle colombianos que han sido testigos y víctimas, pero también victimarios de la guerra y por recorrer él mismo los lugares y volverse un visitante asiduo que intenta entender.

Como es un artista con métodos de antropólogo, su taller se ha convertido en sitio de paso y sus obras, en espacios de encuentro entre realidades dolorosas y espectadores que las desconocen o no las quieren ver. Eso es Bocas de Ceniza (2003-04), una poderosa serie de siete videos en la que testigos y sobrevivientes de masacres cantan a capela sus propias composiciones, con las que narran e intentan exorcizar lo ocurrido.

Al primero de los cantantes, Dorismel Hernández, lo encontró en una población del Atlántico. Con su canto daba gracias a Dios por haberlos salvado a él y a su herma no de una masacre (Trojas de Arácataca). Echavarria lo grabó de la manera más simple: con un fondo blanco y abarcando con la cámara solo su cara. "Su melodía y. sus palabras me despertaron muchas noches seguidas. Pensé: este no es un fenómeno aislado en Colombia. Voy a buscar a otros. żY cómo lo hago en esta burbuja que es mi estudio?", recuerda Echavarría de cuando regresó a Bogotá.

Y aunque los términos de artista comprometido tienen una carga histórica fuerte, dice el curador Conrado Uribe, del Museo de Antioquia, "evidentemente Juan Manuel asume su trabajo desde una perspectiva ética profunda. Busca servir como generador de procesos de visibilización de realidades en Colombia".

Echavarría intenta preservar la memoria de la guerra por medio del arte, pero sin recurrir al espectáculo, sino de forma austera, respetuosa, amorosa. "Se acerca a aspectos dramáticos de la realidad sin volverse un mero ilustrador", dice Tiscornia.

Para ello, ha fotografiado objetos cargados de sentido: el trapo rojo con el que un grupo de mujeres secuestradas por el Eln en Cali secaron sus rostros durante sus cinco meses de cautiverio o la colección de insectos que armaron en la selva con ayuda de guerrilleros, así como los cuadernos que nińos de Chicocora (Chocó) abandonaron al huir de los paramilitares.

Y sé ha acercado a espacios más rituales, como el cementerio de Puerto Berrío, para mostrar cómo la gente rescata cadáveres que van por el río Magdalena, los entierra y los "escoge" para que les pagan favores. "Pintan las tumbas y bautizan a los NN con su propio apellido -agrega el artista=. Los humanizan en la muerte. Es extraordinario porque les están diciendo a los perpetradores: `Ustedes no los desaparecen del todo. Acá los volvemos nuestros. Eso es resistencia":

Echavarría no diferencia el arte de la vida. Y entiende que el arte puede ser también una liberación para quienes han visto tantas pesadillas en el país. Uno de sus proyectos más recientes es el de talleres con muchachos ex soldados, ex paramilitares y ex guerrilleros. Las pinturas, que pronto serán expuestas, son crónicas de guerra. Muchos expresan algo que nunca contaron.

A su manera, Echavarría hace su propia resistencia. Al olvido. A la ausencia de. reflexión. Al oportunismo. A la indiferencia, esa que notó cuando vio los maniquíes mutilados en el barrio 20 de Julio, y no la ropa que llevaban.

Tomado del periódico El Tiempo, 19 de octubre de 2008

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  En la Galeria Sextante:

Los tableros del olvido

El fotógrafo Juan Manuel Echavarría se adentró en los Montes de María para delatar los vestigios de la guerra desde sus escuelas abandonadas y sus repisas caídas.

por Angélica Gallón Salazar

Las aulas de clase se han convertido en potreros. Los tableros abandonados han olvidado las tizas y el borrador y habitan callados, camuflados, desde hace más diez ańos, los pueblos fantasmas de los Montes de María. Ven pasar por su lado novillos. No nińos. La guerra triunfa cuando esos espacios en donde la sociedad se teje sucumben a su miedo.

El artista colombiano Juan Manuel Echavarría recorrió, junto a los ciudadanos de Mapuján, el pueblo que abandonaron hace una década por las amenazas que padecieron por parte del bloque Héroes de los paramilitares. Acompańando a esas mujeres, con las que había trabajado en sus proyectos artísticos, a reandar las calles solitarias, el artista se encontró con una imagen tímida que, sin embargo, resumía lo que había pasado en el lugar.

Un tablero verde se mantenía en pie. Encima de él, en la pared, las vocales coloreadas y alegres parecían entonar aún las lecturas en voz alta que alguna vez debieron hacer los nińos que a diario iban a ese aula a aprender el abecedario. Ya nadie las lee, ni las ha leído desde hace mucho tiempo, pero siguen ahí, como dejando una memoria de las voces ausentes.

"Marzo 11 de 2010. Esa fue la primera imagen que tomé, y cuando la tuve en mi lente me di cuenta de que la única vocal que había desaparecido era la o. Decidí embarcarme en el proyecto de fotografiar esas ruinas de la guerra, esos esqueletos de escuelas que había dejado la violencia, y la titulé La o", explica el artista que, cámara en mano y con la ayuda de muchos viejos amigos que le ha heredado su trabajo artístico por esas tierras, se internó en la trocha, por varios de esos pueblos de Sucre y de Bolívar en los que ya nadie vive, ya nadie aprende leer.

Echavarría entró así a otro salón de Mampuján. El techo y el piso de la escuela ahora hacían parte del reino de la tupida vegetación. En medio de la maleza, sin embargo, un tablero desteńido, desgajado, esperaba a que alguien lo encontrara.

Cuando el espectador tiene la oportunidad de acercarse a esta imagen, expuesta por estos días en la Galería Sextante de Bogota, no sólo podrá notar en la fotografía esa solitaria repisa sobre la que la luz ha ganado la batalla. Si se acerca bien, descubrirá una frase que el mismo Juan Manuel Echavarría sólo notó cuando tuvo la imagen del tablero impresa en gran formato: "Lo... bonito es... estar... vivo", se lee en mala caligrafíay en una tinta que ha sucumbido a la inclemencia del tiempo.

"Mampuján fue un pueblo en donde no hubo masacre, pero toda la población fue desplazada. Alguien que vivió la alerta de que tenían que abandonar el pueblo en las siguientes horas debió escribir esta frase. Queda inmortalizada para la memoria colectiva que tiene que hacerse de esta guerra", asegura el artista, quien recuerda que entre 1999 y 2001 hubo más de cuarenta masacres en los montes y alrededor de 354 campesinos asesinados en ese ciclón de violencia.

"Llevo 15 ańos trabajando en la fotografía y tratando estos temas de la violencia en Colombia. Es un camino corto, para una tragedia tan compleja y con raíces tan profundas en el tiempo, pero con esta serie de La o descubrí que a través de la fotografía se puede escribir con luz".

Las imágenes desoladoras que componen este trabajo encierran, a pesar de todo, una gran belleza. Al final, en la obra de este artista es la belleza, la estética, la puerta que invita a entrar en el contenido. "En el destejido social que genera la guerra busco los agujeros por donde se asoma la humanidad", sentencia Echavarría. Quizás son esos vestigios de humanidad que se asoman en los tableros los que más sacuden.

Hay salones convertidos en casas, habitados con cortinas y ropa que lleva la tierra del campo y en los que el tablero parece un inmenso cuadro. Hay salones que son como tumbas, inmersos en un silencio del que ya no hay forma de expurgar todo lo que han presenciado. Hay paredes con tableros que no se han caído a pesar de que toda la estructura escolar se ha venido abajo; en ellos, los grupos armados que han pasado por ahí registraron su presencia: "el hejesito colombiano buscando paz para todos", se lee en uno maltratado, lleno de figuras soeces y consignas políticas.

Después de tantos tableros vistos, el artista revisa el trabajo que le ha tomado un ańo y medio. Parado en frente a la fotografía El testigo, en la que un novillo mira a la cámara con un tablero como fondo, Echavarría dice: "Es imposible no sentir culpa ante esos ojos. Es ese ternero el símbolo de los nińos ausentes, ese ternero nos hace pensar que no podemos perder esta guerra. Las escuelas muertas son la victoria de una guerra de gente que ha decidido no aprender a leer".

Tomado del periódico El Espectador, 25 de octubre de 2011

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Vocales desplazadas

Las fotografías de La "O" muestran escuelas abandonadas.

por Melissa Serrato Ramírez

"En el destejido social que genera la guerra, busco el agujero por donde se asoma la humanidad", dice el artista antioqueńo Juan Manuel Echavarría, a propósito de su más reciente obra La "O", y cuyas fotografías tienen como escenario y telón de fondo la destrucción que ha dejado a su paso la guerra en Colombia, particularmente, en las escuelas.

La primera de esta serie de imágenes surgió el 11 de marzo de 2010, cuando el artista viajó al viejo Mampuján, en los Montes de María, por una invitación que recibió de la comunidad que solía residir allí, para conmemorar los 10 ańos de su desplazamiento, por el grupo paramilitar Héroes de los Montes de María.

Allí, fueron las escuelas en las que los nińos solían aprender sus primeras letras las que capturaron su atención. "Tableros, aulas y escuelas abandonadas eran la metáfora y el símbolo perfecto de algo que fue y ya nunca volverá a ser", dice Echavarría. Y lo asegura con la convicción que le da comprender que a los nińos que vivían allí no sólo los arrancaron de su tierra: también les arrancaron las letras y, con ellas, el tejido social del que hacían parte. Por eso es que en todas las imágenes que componen la muestra se ve cómo las vocales, de caligrafías y colores particulares, parecieran estar desplazándose del tablero hacia la pared: "Es como si también estuvieran huyendo", ańade el artista.

A ello se suma que la vocal o era la que siempre estaba a punto de desaparecer, un aspecto del todo curioso y definitivo, que para él es "la voz de los nińos que intenta salirse del tablero -explica-, pero que cada vez se apaga más, a pesar de que esa y todas las vocales se deben aprender y repetir a viva voz".

Fueron 15 escuelas las que visitó durante un ańo y medio que duró dándole cuerpo a esta muestra, pues él tiene claro que su estudio fotográfico no es en cuatro paredes que lo encierren; más bien, en donde pueda ver de manera directa el azote de la violencia y las cicatrices de la guerra.

La escuela

"Quise traer estas escuelas que están en una geografía tan lejana, tan abrumada y tan desolada por la guerra a Bogotá, que es la capital de la indiferencia", comenta Echavarría, pues para él la institución de la escuela no es solamente un lugar para impartir clases, sino un espacio esencial del tejido social en el que las personas se construyen a sí mismas. Por eso, su intención es mostrar aquí cómo la guerra desmiembra las comunidades en su núcleo más sensible y las convierte en habitación de otros desplazados que vienen de lugares lejanos.

Sin embargo, está convencido de que a pesar del drama y la tragedia que implica un desplazamiento por el miedo a la muerte, la vida siempre se impondrá. Así se lo demostró una frase muy tenue y endeble por el paso del tiempo y de las balas en uno de los tableros que retrató y en la que se lee: "lo bonito es estar vivo".

Tomado del periódico El Tiempo, 7 de noviembre de 2011

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El cementerio vivo de Juan Manuel Echavarría

Novenario en espera es la más reciente obra de este artista antioqueńo, que rememora a los cadáveres que llegan por el río Magdalena a Puerto Berrío.

por Melissa Serrato Ramírez,

Cadáveres que van río abajo por el Magdalena y que al llegar al municipio antioqueńo de Puerto Berrío son rescatados por sus habitantes. Ese fue el motivo que le dio sustento a la obra Novenario en espera, del artista colombiano Juan Manuel Echavarría.

Esta pieza es un video hecho a partir de fotografías que por disolvencia van mostrando cómo se transforman las tumbas de los cadáveres anónimos que flotan por el Magdalena. Y es que esa transformación está dada por ?un ritual que ocurre en el cementerio de Puerto Berrío, donde los habitantes adoptan a los NN, los rescatan del río, los entierran, les piden favores a las almas y, a cambio, pintan la tumba, los bautizan; es decir, les dan un nombre e, incluso, en ocasiones, les dan sus apellidos, como adoptándolos?, explica Echavarría.

Así, Novenario en espera se convierte en una obra potente y demoledora, que hace reflexionar al espectador acerca de cómo, de uno u otro modo, en este rincón del país va quedando, al menos, un rastro tenue de la memoria de esos NN, por medio de un particular ritual que, por un lado, habla de la idiosincrasia y las creencias de los pobladores de esta región y también de la espera sinfín de los familiares de los desaparecidos.

A este aspecto, Echavarría le dio el mayor énfasis, pues de ahí sale el nombre de Novenario en espera. ?Sabemos que son familias que nunca podrán finalizar su duelo, porque aún falta que lleguen esos cuerpos a sus casas, para que puedan enterrarlos y concluir ese duelo interminable que hay en Colombia?, comenta el artista.

La imagen que se ve abajo hace evidente la transformación de una de las tumbas, a la que Echavarría denominó ?Lucas?. El primer retablo muestra una tumba blanca con dos flores. El segundo dice ?Escogido Lucas?, y hace referencia al ?bautizo de este NN? y el tercero, con una plaqueta mucho más elaborada, se le agradece a ?Lucas? por los favores recibidos.

El proceso

Cuenta Echavarría que la fotografía le permitió entender que este es un cementerio vivo y que las tumbas se van transformando a través del tiempo. De modo que la escogencia del lenguaje fotográfico le permitió comprobar los cambios de las tumbas.

Para ello, empezó la investigación en noviembre de 2006 y que hasta hace poco vio la luz, pues este trabajo es el más extenso que ha hecho Echavarría, a pesar de que hace 15 ańos empezó a investigar la violencia en Colombia a través del arte.

?Todo empezó porque leí en 2006, en la prensa, que en Puerto Berrío había tumbas milagrosas de los NN; entonces, desde que leí eso, fui y he tratado de volver cada 3 o 4 meses para seguir registrando esta memoria de ritual, a través de la fotografía y del arte?, recuerda Echavarría.

Hay que aclarar que todo el video transcurre en completo silencio, pues el artista quería hacer que el espectador adoptara una actitud de respeto y dignidad ante la situación que presencia y, además, quería que fuera el sentido visual el que absorbiera al espectador.

Echavarría aclara que esta obra hace parte de un tríptico, pues la primera parte es Réquiem NN, que son las tumbas lenticulares (la foto de una lápida puesta sobre otra a manera de holograma), que le permitían hablar de una misma tumba en dos tiempos diferentes y de la metáfora de que atrás de un NN puede haber otro u otros. La segunda parte es Novenario en espera, que se puede ver actualmente en Galería Sextante.

Y para completar la trilogía, Echavarría prepara una película en la que las mismas personas de Puerto Berrío cuentan la historia detrás de los NN que adoptan.

Tomado del periódico El Tiempo, 29 de diciembre de 2012 

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Guerra y pa

por Pedro Adrian Zuluaga

Juan Manuel EchavarriaManiquíes mutilados, huesos humanos que simulan flores cortadas, bocas que cantan contra el olvido, escuelas abandonadas, cuerpos arrojados al río de la indiferencia a los que unos “desconocidos” les rinden homenaje y protección, pinturas que exorcizan fantasmas. La obra del artista antioqueño Juan Manuel Echavarría ha registrado desde hace casi dos décadas las huellas de la guerra. No la guerra en sí misma, la cual permanece irrepresentable.

En este opus sobre los desastres de la guerra –pero también sobre los gestos de dignidad que resisten a sus efectos– los formatos son flexibles: fotografía, video, pintura, documental, sin que se afecte la unidad. Lo que obras como Retratos, Corte de florero, Bocas de ceniza, Escuela Nueva o Réquiem NN transmiten, tiene por lo general la contundencia de lo simple, lo que las convierte en poderosas sinécdoques que nos permiten dimensionar la totalidad del conflicto colombiano.

Guerra y pa es un video de nueve minutos realizado en el 2001, en un contexto político marcado por el fracaso de las negociaciones de paz entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc. Echavarría trabaja con elementos mínimos y un lenguaje decantado: la imagen y el sonido de dos loros que ocupan y desocupan un palo de madera –que también es una cruz– emplazado sobre un fondo claro. Son diez fragmentos, cada uno separado por un fundido en blanco de la imagen. Uno de los loros dice “guerra”, el otro “pa”. Los animales, peleando por su espacio a picotazos como si ambos no cupieran en él, interpretan a su manera la tragicomedia política colombiana.

Los loros fueron entrenados por Bonifacio Pacheco, un amigo del artista, en el Caribe colombiano, en el municipio de Barú. Esto explica que el animal preparado para decir paz no pronuncie la “z”. Lo que en principio fue un accidente lingüístico no previsto por Echavarría terminó por producir significados nuevos: la paz es una palabra mutilada. Mientras la guerra suena nítida, la paz es casi ininteligible. Pa es también la onomatopeya que se ha popularizado para recrear el sonido de los disparos: ¿hay que hacer la guerra para conquistar la paz? Echavarría muestra cómo las palabras “guerra” y “paz” se convierten en eslóganes vaciados de contenido, palabras que los políticos repiten mecánicamente. El logro de este video es haber encontrado la manera de ser crítico de forma llana, evitando cuestionar la retórica política con retórica artística. En medio de las conversaciones en La Habana, y a propósito del uso político de los discursos sobre la guerra y la paz, el video de Echavarría gana una perturbadora actualidad.  

Tomado de http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-arcadia-100/articulo/guerra-pa-juan-manuel-echavarria/35115

 

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