Hernando Toro

Fotografos

Figura Humana

REOTRATOS

Del 18/02/2017 al 31/03/2017

La sombra lucida

Ver la exposición en la Cartelera ColArte

 

 


 Hernando Toro Botero

fotógrafo

A ColArte

 

 
Hernando Toro Botero (Supia, Colombia, 1949). Ha consolidado su carrera como fotógrafo en Barcelona. Desde 1993 ha expuesto y publicado su obra en numerosas revistas de fotografía, arte y cultura. Su especialidad son los retratos y los personajes marginales.

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Toro, el fotógrafo colombiano que vive en Barcelona, el de las series de retratos de la cárcel que le han dado varios premios y distinciones1. Dijo por teléfono: les tengo una cosa nueva; unas imágenes que les van a encantar. Quedamos de vernos en el sitio de encuentro de esta ciudad, el café Zurich, al comienzo del paseo de Las Ramblas. De entrada Toro saca varias fotografías. Quedo sorprendido. De nuevo, como con los presos, ha penetrado en los personajes, ha logrado extraerles algo más que una simple imagen plana, y ha contribuido a enloquecer aún más, si es posible, su apariencia. Un trago de brandy Torres 10 viene y otro va. Con Julio, escritor colombiano que habita Barcelona, lo interrogamos sobre su vida durante varios encuentros, unos en su casa, otros en el café. Toro, un dicharachero alegre y divertido, mamagallista, no se hace de rogar. Empieza hablando de cómo su relación con el arte comenzó barriendo la galería Belarca de Bogotá: «En ese tiempo Belarca era también boutique y vendíamos antigüedades, piezas hechas por Medina, el anticuario de Bogotá, en Paz del Río». De allí pasó a la galería de Estrella Nieto, donde vendía a los artistas del momento: Obregón, Botero, Ramírez Villamizar, Grau; «los trece artistas colombianos de hace 50 años, que son los mismos de ahora», ríe con sorna. En las noches se enrumbaban con Alejandro Obregón y hacían travesuras, como colgar al revés una exposición de Luis Caballero, porque a Obregón le parecía que los cuadros se apreciaban mejor así.

«Yo vendía una loca preñada —agrega. Fui campeón mundial de la técnica del clavo; iba y le colgaba el cuadro que le gustó al paciente y se lo dejaba ahí, encima de la chimenea; no se preocupe, le decía. Volvía a la semana y ya no quería devolver el cuadro». 

Toro vivió a fondo la que recuerda como una época dorada en Bogotá. Cuenta historias, anécdotas con Bernardo Salcedo y Álvaro Herrán. Habla de Hernán Díaz, de las minifaldas de Dora Franco. Relata cómo le vendieron a una señora un cuadro de Obregón con girasoles amarillos, y a la amiga de ella uno con girasoles fucsia, para que les salieran a las dos con los muebles de sus casas; claro, con la complicidad del artista. «En esos tiempos Bogotá rodaba de la calle 19 a Chapinero, y era la misma gente. No como ahora, que los del norte no se ven con los del centro, jamás».

Luego vino la época de las boutiques. Se enamoró de una azafata, «pero en ese entonces, no sé ahora, las azafatas ganaban muy mal, así que para sobrevivir tenían que traer contrabandito. Las corbatas de dólar de los judíos en Nueva York, las vendía yo en Bogotá. Mi amiga vivía con otras tres azafatas, así que cuando bajaban del avión yo les tenía los dólares listos y luego surtía a las principales tiendas de Bogotá. Un día me encontré con tanta corbata, tanta bufanda, tanta loción, tanta mierda en el apartamento, que me tocó poner una boutique. Terminé vistiendo al jet set de Bogotá, que por cierto andaba muy mal trajeado».

Finalmente, Europa. Negocios por aquí y por allá, aventuras y trotes en la vida que lo llevan a centrarse en algo, y lo hace en la fotografía. «Todo al final se junta», dice Toro. El trabajo con los artistas le aguzó su sentido estético. En las boutiques aprendió cómo se pone bien un trapo. La experiencia de Dora Franco y de varias amigas modelos le dio elementos para manejar a quienes retrata, «las películas de Diego León Giraldo, las cajas de Salcedo. Ser amigo de Hernando del Villar, de Manolo Vellojín. Haber conocido a Manzur, a Darío Morales y a todos los otros que la memoria me aparta ahora. Me debo, en lo bueno que tengo, un poco o mucho a ellos. Aquí en Europa, ahora, he pasado por el ojo crítico. He estado colgado al lado de Chillida, de Tapiés —se ríe, mira con picardía—; bueno con Tapiés, por la t de Toro, nos cuelgan juntos».

Tomado de http://www.revistanumero.com/22toro.htm 

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RELÁMPAGOS EN EL SÓTANO

por Guillermo González Uribe

De pronto aparece este ser de un metro con noventa de estatura, tacones de veinticinco centímetros, un ojo verde y el otro rojo, que dejan entrever su tierna mirada; el pelo morado en punta comouna gran cresta, pintura azul y roja que cubre su cara y pedazos del cuerpo, un pantalón de cuero que deja ver parte del trasero, uno que otro adorno de metal en su cara, en su cabeza, y colores y más colores por todas partes. Todo esto, más el chaleco con flecos que lo deja medio desnudo, lo hace ver como indio pielroja americano cruzado con punk elegante. «Arroba», como le dicen en las noches de Barcelona, dobla la canción «Piensa en mí», en versión de Toña la Negra, mientras docenas de personas dejan a un lado la sofisticada comida del café Miranda, situado en la calle Casanovas número treinta, para mirarlo con fascinación. Al terminar la canción se acerca a nosotros. Me saluda con un beso en la mejilla. Las mujeres que hay en la mesa, con quienes estudio, Pía la colombiana, Ruth la brasileña y Leyda la bella venezolana, me miran con sorpresa. Ahora «Arroba» las saluda de beso, al igual que a los otros que nos acompañan, Xavier Font, su productor, quien también lo fue del grupo Locomía, ese que basa su show en el juego con abanicos, y su compañero, François, quien está de cumpleaños. Mientras esperamos a que comience la segunda tanda cenamos como los dioses, como se hace casi siempre en Barcelona. Ahora sale un drag aún más alto que «Arroba»; parece que toca el techo del restaurante con su cabeza mientras camina por el corredor, entre las mesas, desplegando un vestido de seda azul que va cubriendo a quienes se acerca. Voltea la cara y la sorpresa es total. Es un pájaro o, por lo menos, parece un pájaro de verdad; mueve el pico, canta y vuela con esa seda que queda suspendida en el aire varios metros. Aparece otro con marcados rasgos masculinos, cadenas y punzones que penetran su cuerpo. Esperamos a que «Arroba», nuestro drag queen, haga su segunda pasada y salimos. Toro, Hernando Toro Botero, el fotógrafo, por quien estamos aquí, no pudo llegar, pues a Mayte, su mujer, su productora y su alma, se le estropeó el carro y ellos viven en la playa, cerca del balneario de Sitges. Seguimos con ellos sólo Pía y yo. Vamos a la noche de Barcelona con los drags. Caminando algunas cuadras por esta ciudad llena de detalles, de cosas bellas casi insignificantes que le dan personalidad, arribamos a un bar gigantesco de tres ambientes. Llegamos con «Arroba», rey de la noche. No pagamos consumos, no pagamos entradas. Los drags mandan la parada. A medida que avanzamos, la gente se detiene para ver a «Arroba». De nuevo arranca a doblar canciones. Le siguen otros drags trajeados de las más particulares formas. Asistimos a algo así como una especie de erotismo light. Las cosas, los adornos, los gestos, todo está predeterminado, creado en forma artificial con el fin de producir reacciones en el obsevador. Los drags parecen encarnar lo que no hacen los otros, lo que los otros añoran. Son el show, el espectáculo, pero no están allá en la tarima sino cerca del espectador, a su lado. Pueden ser palpados, tocados. La gente les habla. Se les acercan. Les conversan. Los admiran. Les ofrecen tragos. Ahora «Arroba» baila con Pía, quien apenas mide un metro cincuenta y algo. Las miradas se detienen sobre esta singular pareja. La noche avanza al igual que nuestra marcha sobre las calles y los bares de esta ciudad, hecha como pocas para disfrutarla caminando. Uno y otro sitio. De nuevo la entrada, el doblaje, el baile, los tragos. Finalizamos ya al amanecer en una discoteca trance de varios

Vea información adicional en http://www.revistanumero.com/22toro.htm