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XXIX Salón Nacional de Artistas, 1985
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Respecto de La carta (Betsabé), que obtuvo el primer premio en pintura en 1985, anota Eduardo Márceles que "( ...) se trata, en realidad, de una pintura de naturaleza ecléctica, de tendencia citacionista en la medida en que cita, de manera casi literal, la obra del austriaco Gustav Klimt en su tratamiento del color, en especial la tersa epidermis femenina con un trasfondo decorativo que, así mismo, alude a cierto colorido y diseños popularizados por pintores como Kandinsky, Klee o Miró. Es, de todos modos, una obra de exquisita ejecución (...)" Carlos Salazar dice sobre su obra: "La carta es un ejercicio sobre un tema arquetípico: el tema de David y Betsabé. El tema del voyeur, en este caso el rey David, y el sujeto que no sabe que es observado y deseado: Betsabé. El tema fué muy popular durante el siglo XV y XVI por cuanto era para los artistas un pretexto perfecto para poder trabajar el desnudo femenino sin temor a la censura dado que estaban avalados por una historia bíblica. Pero lo más importante es que de alguna manera es un anticipo del concepto del artista voyeur del rococó (Watteau, Boucher...), de Courbet, de Balthus, de cineastas como Buñuel y de fotógrafos contemporáneos como Araki. También es un ejercicio de resistencia. Ya en 1985 resultaba un poco absurdo presentar pintura figurativa en un salón en el que comenzaba a dominar el Arte Conceptual y por eso el premio fue bastante sorpresivo". " La escultura de Ronny Vayda combina de manera acertada la dureza del hierro sin pulir, con la pátina de una oxidación natural y la fragilidad del vidrio" explica Eduardo Marceles Daconte sobre la obra ganadora del salón XXIX. La combinación de los elementos y su interrelación hace que " el metal asuma la opacidad que contrasta con el brillo de matices azul- marinos del material transparente". Tomado de la Revista Mundo No. 13, agosto 2004 - Texto: Luz Adriana Hoyos, Nicolás Polanía
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Vitrina en la montaña 300 obras de 170 artistas en el Segundo Salón Regional en Manizales El segundo de los cinco salones regionales que han de celebrarse previamente a la concertación de artistas escogidos en cada uno de ellos, en Bogotá, a principios de 1985, está a la vista en Manizales. Las obras se muestran en forma bastante fracturada si se tiene en cuenta que se debe visitar dos edificios y cuatro espacios distintos y mal acondicionados en el Banco de la República y el Teatro Fundadores, para conocer lo que fue aceptado de entre las 300 obras que mandaron los 170 concursantes de los departamentos de Caldas, Chocó y Antioquia. El jurado distinguió cuatro categorías: 1. Los que fueron rechazados. 2. Los que fueron aceptados para ser mostrados en Manizales. 3. Dentro del grupo anterior, los que además fueron aceptados para ser mostrados en Bogotá, y dentro de este último, 4. los premiados. Los artistas caldenses y chocoanos tuvieron que competir, así fuese en territorio manizalita, contra el Coloso del Norte, o sea los artistas antioqueños, de modo que ningún premio "cayó" fuera de Medellín. La fractura del espacio de la muestra se repite a otro nivel si se considera que la gran mayoría de los participantes y ciertamente de los aceptados y premiados son artistas de la capital de la Montaña que para ver su obra confrontada deben venir hasta Manizales, y lo mismo se aplica al amplio público de Medellín al que, por razones obvias, le han sustraído la exposición. Todo esto se ha hecho con el supuesto objetivo de descentralizar el evento pero se ha convertido en un tremendo despropósito, ya que se logra privar a la mayoría de los espectadores de la posibilidad de ver el conjunto. Como si lo anterior fuera poco, la exclusión de un sector numéricamente considerable y que seguramente era de muy pobre calidad, ha impedido hacer comparaciones entre lo bueno y lo malo, porque esta última categoría no ha estado a la vista. Entonces no hay referencias visuales que sirvan para aplicar criterios de juicio, ni para ejercitarlos, ni para aprender a ver arte. Si el Salón celebrado en provincia intentaba, al menos en parte, tener una función didáctica, ella quedó seriamente cortada. Y mostrar las obras en cuatro espacios diferentes creó situaciones confusas para un público mayoritariamente lego en la materia que no podía mantener claras las referencias entre los distintos trabajos cuando se vio forzado a salir a la calle, recorrer un buen trecho de ciudad y continuar viendo la exposición en otra sede. El contenido del Salón, así como está, desprovisto de lo que supuestamente es su sector ínfimo, representa un nivel medio de calidad en el cual, y como es la tendencia actual en el horizonte internacional y nacional de las artes plásticas, predomina lo figurativo y las vías expresionistas, emocionalmente exageradas y dramáticas, algunas más o menos convincentes, por sobre los abstraccionismos geométricos o expresivos, clásicos o románticos, que habían llevado la voz cantante hasta hace relativamente poco tiempo. Esto indica que nuestros artistas, en su gran mayoría, o tienen buen oído para coincidir adecuadamente con las inclinaciones que predominan en el medio internacional, o son proclives a dejarse arrastrar por las corrientes de moda. En estos términos la premiación del jurado es muy respetable. El primer premio fue otorgado a Rony Vayda, escultor abstracto que trabaja con tremendas concreciones imaginísticas de vidrio y metal y quien es uno de los pocos artistas en el país que ha logrado continuar actuando dentro de esta vena sin agotar el sistema de misterios encerrados y difícilmente revelados desde la densa apretazón de sus formas duras y afiladas, a través de una aparente profesión de no comunicar, de no ser obvio, para actuar con hieratismo y auto-contenimiento. El tercer premio a Hugo Zapata es interesante por cuanto sus esculturas de bronce y madera asimismo parecen referir un arcano sentido de significaciones altamente personales que han sido elaboradas para la producción de un lenguaje significativo y profundo. Ambas obras (Vayda y Zapata) articulan sus materiales a lo largo del método dialéctico de los opuestos y hacen que tales contradicciones se conviertan en fuente de contenidos. Los papeles murales de Hugo Hernán Ceballos también corresponden a una categoría de considerable interés, pero que trasciende su material, y que quizás por ello, entre otras consideraciones, se ha hecho merecedora del segundo galardón. De entre las premiadas, sólo la obra de Gloria Isabel Arango se sitúa en el territorio del Neo-Expresionismo que amenaza con volverse lugar común. Hay otros artistas interesantes, algunos de los cuales no quedaron incluidos en la selección que habrá de mostrarse en Bogotá, pero que constituyen un núcleo digno de ser tenido en cuenta. Entre ellos debe mencionarse especialmente a Santiago Uribe Vélez, quien participa con una colección de objetos inicialmente utilitario y ahora adaptados a otras funciones, que articulan mágicas invenciones, surrealistas e imaginativas, casi tan divertidas, casi tan finas, casi tan poéticas como aquéllas en que el suizo Paul Klee conjugaba cuatro o cinco formas geométricas y armaba alguna mujercita que regaba las flores, por ejemplo. En la obra de Uribe, los artefactos o utensilios (escobillas de jardinería, azadones, rayadores de cocina, etc.) ahora gozan de instalaciones de luz para quedar convertidas en graciosísimos "objetos de exportación"; lámparas para mandar desde el mundo prosaico al inspirado; configuraciones que han debido ser incluidas no sólo en la selección para Bogotá sino también en la premiación. En el mismo caso insólito está la obra de Pedro Pablo Lalinde, ventana pintada al tamaño real, que se presenta como objeto que significativamente interrumpe la continuidad de la pared donde se cuelga y del espacio interior en que aparece. Aparte de excepciones como las que se acaban de mencionar, el resto de la selección es bien interesante. Ella nos permite encontrar un grupo de obras gráficas de excelente calidad de factura y de serios procesos investigad vos, técnicos y significativos, como las elaboradas en grabado sobre plancha de metal por Armando Montoya y Bernardo Arias; por Tulio Restrepo y Mario Escobar con experimentos fotoserigráficos, y por Vicente Matijasevic con una bella investigación en el grabado en cemento, con temas que se remontan al pasado prehispánico pero que, más allá de esta referencia, tienen una visión absolutamente actualizada. La pintura de corte expresionista a alto nivel de calidad se da en las obras politizadas de Alberto Betancourt con sus "Perros y perros", con Ethel Gilmour, quien relata el paso del Pontífice por Centroamérica por medio de una visión inocente y al mismo tiempo perversa, en el trabajo de Luis Hernando Giraldo, quien hace abstracciones cromáticas líricas, llenas de un sentimiento ajustadísimo por el color, sus unidades y variaciones, y en los cuadros de Raúl Fernando Restrepo quien, con tremendas intensidades cromáticas, evoca el expresionismo alemán de principios de siglo, especialmente el trabajo de Schmidt-Rottluf, pero a través de una fuente colorística colombiana que convierte su trabajo en objeto de especial interés. Como caso aislado de escultura expresionista en este Salón, se presenta la obra construida en cemento vaciado con colores y otras adiciones, de Alfredo Gómez Palacio. Debe mencionarse de manera especial la presencia de Beatriz Jaramillo con un bello cuadro pintado en esmalte sobre cartón, que toma como referencia principal una de las figuras de la decoración de la arquitectura popular, así como la obra de Antonio Sierra quien, también a partir de lo popular, elabora personajes del cine a través del lenguaje de las tiras cómicas para hacer un pop tardío, divertido e intencionado. También notable es el trabajo de Jorge Iván Jaramillo, quien con hollín hace dibujos sobre papeles marcados con grandes cuadrículas y configura extrañas y sugestivas atmósferas cuyas profundidades se logran con efectividad a pesar de la elementalidad de sus recursos. Por último debe mencionarse en esta enumeración las fotografías de Luis Fernando Valencia que van "cosidas" sobre pequeños lienzos templados en aros de bordar y que refieren el paisaje urbano de Medellín a través de una novísima nostalgia en juego inteligente con los valores del intelecto y las referencias con que la percepción se convierte en proceso de absolutas relatividades. Asimismo la obra de Jorge Ortiz y su toma de conciencia del entorno hace un aporte por todo lo alto a los posibles contenidos y, sobre todo, a las posibles funciones de un Salón de Arte Regional entre nosotros. Galaor Carbonell Tomado de la Revista Semana, No. 122, 4 de septiembre de 1984 |
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