Cuadrillas de San Martin Festival

Festival (Festival - Cuadrillas, Musica popular, Baile)

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Cuadrillas de San Martín

Departamento del Meta

A ColArte

 

   
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Las Cuadrillas de San Martín, originarias del municipio de San Martín de los Llanos, en el departamento del Meta, son una celebración que data de 1785, cuando el sacerdote Gabino de Balboa, párroco de la población, organizó un festejo para celebrar el final del año. Lo hizo por medio de una coreografía ecuestre en la que participan cuatro comparsas que representan a las razas que hicieron parte del proceso de gestación de América Latina: los cachaceros o negros, los guahibos o indios, los galanes o españoles y los moros o árabes que ocuparon la Península Ibérica durante siete siglos.

Cada una de estas cuadrillas está conformada por I2 jinetes, que a todo galope rinden tributo a una región en donde el ejercicio de la caballería se arraigó firmemente. Ellos lucen atuendos que identifican el grupo al cual pertenecen: los cachaceros, representantes del África negra, tiznan su cuerpo y lo cubren con máscaras rituales elaboradas con pieles de animales. Los galanes visten calzón blanco, polainas y casaca negra, y portan espadas, floretes y banderines al estilo de los conquistadores españoles. Los guahibos usan pantalón negro, collares con dientes de fieras, tocado de plumas y llevan, además de sus banderas, arcos y flechas conocidas con el nombre de bodoques, que emplean a manera de armas en la fiesta. Los moros utilizan vestidos con tocados de turbante, babuchas y cimitarra al cinto.

Tradicionalmente las Cuadrillas comienzan con una procesión en tributo a San Martín Obispo, patrono del municipio. Posteriormente se inician los actos, diez ejercicios en los cuales las cuadrillas demuestran su pericia ecuestre. Unos son juegos de guerra en los que se recrean las luchas de los españoles y africanos con los árabes y nativos americanos. Otros son demostraciones de paz que representan la fusión de culturas que dio lugar al pueblo latinoamericano. En la actualidad estas Cuadrillas de San Martín se llevan a cabo el segundo domingo del mes de noviembre en la Plaza de Cuadrillas Gabino de Balboa, como homenaje a San Martín de Tours, patrono del municipio.

Eventos de Las Cuadrillas de San Martín

La alborada: Al amanecer los cuadrilleros salen a las calles del municipio para tocar cacho, es decir, soplar un cacho de vaca para producir un sonido que anuncia a los habitantes que ha llegado el día de las Cuadrillas.

Desde este momento los jugadores deben exhibir la actitud propia de la cuadrilla a la cual pertenecen, así: los galanes son arrogantes y egoístas, los moros serios y ambiciosos, los guahibos bulliciosos y divertidos, y los cachaceros misteriosos, fuertes y bromistas.

Las contradanzas: Entre las 8 y las n de la mañana los bailarines de joropo invaden las calles de San Martín de los Llanos para realizar 12 paradas en las que invitan a los sanmartineros a participar de la fiesta. El baile se hace alrededor de un tubo del que se desprenden doce cintas con colores alusivos a las Cuadrillas.

La procesión: A las 12 del día se realiza una procesión encabezada por la imagen de San Martín de Tours, la cual se dirige hacia la Plaza de Cuadrillas Gabino de Balboa. Una vez allí las cuadrillas se ubican en las esquinas del lugar, denominadas rancherías, desde donde elevan sus plegarias al santo patrono y dan inicio a las Cuadrillas.

Las Cuadrillas: Estas se desarrollan a l largo de diez juegos o actos, dos protocolarios, cuatro de paz y cuatro de guerra, denominados saludo, desafío o guerrillas, oes, peine, medias plazas, caracol, alcancías, culebra, paseo y despedida. Finalizado el evento la celebración continúa en la plaza del municipio, donde se llevan a cabo muestras de joropo y reinados de folclor.

Tomado del folleto Vive Colombia - Septiembre a febrero, 2010 

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2014: El ballet de San Martín

 

Desde hace 279 años los sanmartineros celebran uno de los rituales más coloridos y alegres de Colombia: unos juegos que representan la guerra y la paz

 

por Pablo Correa 

La lluvia torrencial amenazó con arruinarlo todo. El puente sobre el río Humadea, que conecta San Martín con Villavicencio, estuvo a punto de irse abajo arrastrado por la súbita corriente. Carros, buses y motos quedaron atascados varias horas en la noche del viernes 14 de noviembre hasta que por fin, por un solo carril, se reanudó la marcha hacia el pueblo más antiguo de los Llanos Orientales, hacia las fiestas más tradicionales de esta región de Colombia.

Cuadrillas de San MartinMuchos sanmartineros confiaban en que su santo, San Martín de Tours, evitaría que la fiesta se aguara. Otros razonaban que la lluvia tarde o temprano pasa de largo. Unos y otros corrían a refugiarse en las carpas instaladas en las dos plazas y bebían aguardiante al son de las voces templadas, agudas, chirriantes, toscas y suaves de los cantantes llaneros que lanzaban a diestra y siniestra sus coplas, los viejos cantos de vaquería, sus canciones de amor.

El Festival Internacional de San Martín había comenzado una semana atrás con una serenata frente a la iglesia y una procesión con la estatua del santo encaramada en el carro de bomberos. Siguieron desfiles, concursos de música llanera, coleo, muestras gastronómicas, grupos de joropo y conciertos. Un gran preámbulo para el momento más importante, las Cuadrillas, esos juegos a caballo cuyo nacimiento se pierde en la historia de estas sabanas.

Pese a que el origen de esta tradición cultural aún no es claro, la versión más aceptada señala que el cura misionero Gabino de Balboa, hacia el año de 1735, se inspiró en unos juegos de intercambio entre los indígenas achaguas para crear un juego en el que participan cuatro grupos de hombres representando cuatro razas: moros, españoles (galanes), indios (guahibos) y negros (cachaceros).

El sonido de un cacho, soplado a todo pulmón por algún guahibo, anunció a todos muy temprano en la madrugada del domingo el inicio de los juegos. También los voladores reventando contra el cielo opaco y lluvioso. Como lo han hecho desde hace 279 años, cuarenta y ocho jinetes principales, doce suplentes y cuatro coordinadores despertaron para darle un año más de vida a su más rica herencia cultural.

Los moros se vistieron con sus camisas amarillas y chalecos negros. Los galanes se ajustaron sus pecheras y cascos plateados. En un rincón del pueblo se reunieron los guahibos, fáciles de distinguir por la camisa roja de lunares blancos y el tocado de plumas de pavo real. Y en otra casa los cachaceros se disfrazaron con trajes elaborados con pieles, caparazones, vertebras de güíos y peces, dientes de vaca o cerdo o zaino o cachirre, huesos de reptiles y aves disecadas, hojas, cortezas y semillas y crines de caballos.

Los antropólogos Blanca Gómez Lozano y David Gómez Manrique han explicado que los galanes deben ser arrogantes en la representación de sus personajes: son la imagen de los colonizadores españoles que llegaron al nuevo mundo en el siglo XVI. Los moros deben tener una actitud codiciosa; representan a los árabes que ocuparon el territorio español. Los guahibos son bulliciosos, alegres y ágiles; representan a los nativos. Los cachaceros, detrás de sus máscaras, adquieren licencia para jugar bromas y asustar a la gente; representan a los negros traídos a América en calidad de esclavos.

Luego de disfrazarse y ensillar los caballos, los cuadrilleros recorrieron las calles de San Martín. Pidieron la bendición al párroco y cargaron con ellos la estatua del santo. La procesión terminó en la plaza de cuadrillas Gabino de Balboa, ubicada a las afueras del pueblo.

En esa misma plaza jugaron una vez más los diez juegos que dicta la tradición y representan la guerra, la paz y la mezcla de culturas. Diez juegos que guardan cifrados instantes de la historia de la región. Mientras dos de los miembros de la Junta Patronal de Cuadrillas explicaban por altoparlantes las instrucciones de cada juego, los jinetes hacían su danza y sus recorridos por la plaza. En la tribuna que rodea la esquina donde se reúnen los cachaceros, un carnaval ya se había formado a esa hora. A quien se asomaba por allí lo embadurnaban de melaza con carbón, lo vestían de espuma y lo embriagaban con guarapo.

Los juegos se extendieron por casi cuatro horas. Al final, cansados y sudorosos, los jinetes se apearon de los caballos para confundirse con los invitados y disfrutar la fiesta en la plaza, que terminó al amanecer del día siguiente.

Sólo pasará un año antes de volver a repetir el ritual que les recuerda, a estos llaneros sobrevivientes de tanta violencia, quiénes son.

pcorrea@elespectador.com

Tomado del periódico El Espectador, 27 de noviembre de 2014 

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