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Fiestas de San Pacho en Quibdó, Chocó, septiembre |
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| La diversión y el regocijo tienen un encuentro cada año en Quibdó, capital del departamento del Chocó, que vive entre lo místico y lo carnavalesco las Fiestas de San Pacho, nombre con el que los quibdoseños denominan a su santo patrono, San Francisco de Asís. Las crónicas relatan que el 4 de octubre de 1648, un monje franciscano inauguró el templo consagrado al santo y para festejar el acontecimiento realizó una procesión en canoas a lo largo del costado derecho del río Atrato, justo frente al primer caserío construido en el lugar donde hoy se levanta la ciudad. Desde entonces se viene celebrando la festividad. Durante casi 300 años las fiestas patronales se limitaron sólo a los oficios religiosos, pero a partir de 1926 las celebraciones incluyeron desfiles y comparsas en los que participaron todos los barrios que por aquella época tenía Quibdó. Hoy se conserva esta tradición, que permite a los habitantes de los diferentes sectores engalanarse con disfraces en homenaje a San Francisco de Asís. Las fiestas se inician oficialmente en los últimos días del mes de septiembre, cuando se realizan procesiones conocidas con el nombre de Marchas de la Fe. En ellas las oraciones y los cantos al santo patrono congregan en la fe y la diversión a todos los quibdoseños. A partir del 20 de septiembre, la música y los bailes se toman la ciudad; es entonces cuando de los barrios franciscanos salen los desfiles y comparsas que recorren las calles, danzando al son de la chirimía chocoana en un acto de devoción hacia el santo cuyo fervor fue difundido en la región desde los días de la conquista. EVENTOS DE LAS FIESTAS DE SAN PACHO Alborada: En la primera noche de celebración se inician las fiestas con la alborada. De cada sector salen las procesiones, que se concentran en el Parque Centenario para asistir a la eucaristía. Concluido el servicio religioso, se hace entrega a cada uno de los barrios franciscanos de las banderas que simbolizan la responsabilidad de realizar las fiestas. Balsada, desfile de disfraces y juegos pirotécnicos: Como recordatorio de la primera celebración al santo, en el mes de octubre se realiza la balsada, un desfile por el río Atrato en el que participan balsas que llevan la imagen de San Francisco de Asís sobre elaborados altares. Para el desfile de disfraces cada barrio elabora el caché, nombre con el que se denomina al disfraz en las Fiestas de San Pacho y cuyos orígenes se remontan al teatro religioso español. Estos atuendos representan a princesas africanas, personajes de la vida nacional o situaciones relacionadas con el acontecer del país y con ellos se viste a muñecos articulados que posteriormente desfilan en carrozas por la ciudad. Durante los desfiles se realiza el revulú, una celebración espontánea en donde la gente forma enormes grupos para cantar y bailar. Cierran la jornada los juegos pirotécnicos. Gozos Franciscanos, procesión y misa campal: El día 4 de octubre, fecha que conmemora el fallecimiento de San Francisco de Asís, las festividades tienen un tono ceremonial y religioso. La ciudad amanece silenciosa para dar inicio a los gozos franciscanos, que despiertan a los pobladores. Se trata de procesiones solemnes que recorren las calles hasta llegar a la Catedral de Quibdó, donde se realizan misas en homenaje a San Francisco de Asís. Durante el trayecto, los quibdoseños visten atuendos franciscanos y adornan la imagen del santo con collares y otros objetos de oro, como símbolo de devoción y como un tributo de la tierra chocoana a su patrono. Cierre de las fiestas y desfile de Arriada de Banderas: El día 5 de octubre, en las horas de la tarde, se realiza un desfile que recorre las calles de la ciudad. En él los abanderados arrían las banderas, mientras que las chirimías y la pólvora anuncian el final de las Fiestas de San Pacho, que regresarán un año después con sus manifestaciones de alegría, música, danzas y devoción. Tomado del folleto Vive Colombia, Septiembre a febrero de 2010
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El fotógrafo León Darío Peláez lanza un libro sobre las fiestas de San Pacho en Quibdó. El primer registro visual de esta tradición. Hace cinco años, el fotógrafo León Darío Peláez registró por primera vez las imágenes de las fiestas de San Pacho en Quibdó. Al regresar, decidió que su trabajo no estaba terminado y continuó yendo cada septiembre, hasta que el año pasado, con una selección finalizada, se propuso hacer un libro. San Pacho, un santo blanco para un pueblo negro, el único registro visual que existe en Colombia sobre la tradicional celebración, se lanzó la semana pasada en el Centro Cultural de Moravia en Medellín y se lanzará en Quibdó el próximo septiembre.
La ocasional lluvia y la temperatura de casi 35 grados no son obstáculo para que los residentes de los 12 barrios franciscanos de Quibdó se armen con sus coloridos uniformes -a los que llaman caches- y se vuelquen a las calles al ritmo de las chirimías. Un día por barrio. Doce días. Hay también un desfile de banderas, amaneceres y verbenas, desfiles de balsadas en el río Atrato, misas y dos procesiones mayores. Todo esto viene acompañado por los disfraces, que son los carros alegóricos, cuyo tema se mantiene en secreto durante un año y que, por lo general, es una crítica social y un llamado a los gobernantes para que detengan la corrupción y la indiferencia. El libro está dividido en cuatro secciones, más un video documental dirigido por Carlos Mario Muñoz. Las fotos registran no solo las fiestas oficiales, sino sus preparativos y la cotidianidad de los participantes. Pero, además, visibilizan el contraste entre el colorido de los vestidos y la alegría de la gente, con los huecos en las calles y las paredes tapizadas de avisos políticos. Y también hay historias, como la de la comunidad gay de Quibdó, que crea los mejores caches, aunque nunca ha recibido un premio. O la de las verbenas de los ancianos. O la procesión del 4 de octubre en la madrugada. Este año se celebra la edición número 85 de San Pacho, y para quienes no han ido el libro de Peláez es una buena iniciación. Tomado de la Revista Semana, Edición No. 1476, 16 de agosto de 2010
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por León Darío Peláez *
Son 15 días de fiesta en los que 12 barrios franciscanos se turnan sucesivamente la conducción diaria de la celebración. La más arraigada fe cristiana, una fe santera que halla en San Francisco de Asís una fuente anual de milagros, protección y algarabía, se expresa diariamente en las más coloridas procesiones religiosas. Con mucho respeto y con una infinita alegría, me sumergí con mi cámara fotográfica en cada uno de los instantes de estas fiestas patronales, mirando y aprendiendo en extasiado silencio. Debo confesar que en Quibdó me siento feliz. Disfruto mucho esos días de jolgorio en los que se alternan el sol y la lluvia. Puedo pasar horas contemplando el río Atrato, que siempre me recuerda los versos del poeta Alfonso Carvajal: "Entrar en San Pacho es estacionarse en un lugar privilegiado del infierno. No es un carnaval, es la liturgia de la pobreza. No es la fiesta de un pueblo, es la lujuria de una cultura. Los chocoanos no son objeto de San Francisco, el santo es un instrumento corporal de los chocoanos. Un lazo espiritual los une: el eros y la ternura luchando contra la adversidad". A San Pacho, siempre querré volver. Tomado de la Revista Avianca No. 67, octubre de 2010 * El fotoperiodista León Darío Peláez recopiló en un libro la desbordante alegría de las fiestas de San Pacho, en Quibdó, 2010
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| La religión y lo afro se funden en una fiesta por Catalina Oquendo B Quibdó (Chocó). Tal vez sea el guarapo, tal vez la chirimía o el revulú, pero, por un momento, en las fiestas de San Pacho uno pierde de la noción de dónde está. ¿Esto es África?, preguntamos. La calle sin pavimentar, las casas coloridas y un río de gente bailando frenéticamente al son de una tambora seguían diciendo que sí. Un hombre negro y alto de traje verde fosforescente, sombrero tipo kufi y un bastón de mando; mujeres con peinados afro, que se hacían llamar diosas, y la música posesionada de sus cuerpos gritan que es el continente africano. Y eso es. La expresión más evidente de la diáspora que se quedó en Chocó y que sale por los poros en las fiestas de San Francisco de Asís, el patrono del Chocó, la celebración más larga de Colombia y la única con una carga tan religiosa como pagana. Una fiesta que tuvo que esperar 363 años para ser nombrada Patrimonio Inmaterial de la Nación y está en proceso de serlo de la Humanidad. El que peca y reza...
El desfile está a punto de empezar. Desde el solar de su casa de cemento, la profesora Betsaida Rentería mira con nostalgia la algarabía, los cuerpos que sudan y brillan bajo el sol de las 2 de la tarde. Quisiera estar de ese lado. Este año, aunque su cuerpo le salta desde adentro, no puede bailar, como lo ha hecho por más de 50 años. Hace meses la arrolló una de "los millones" de motos que hay que esquivar en las caóticas calles quibdoseñas y, como dice ella, tuvieron que volverla a armar. "Estuve muerta por 20 minutos. De no ser por mi san Pachito no estaría viva", dice. Elegante, de cabello al rape,, la profe es la muestra viva de la tradición de esta fiesta. Para ella y el barrio entero, participar es un ritual sagrado. Recogen dinero durante un año para la carroza que los va a representar y a la que ellos llaman disfraz, y para el guarapo y el sancocho de tres carnes que ofrecen en cada casa a la que lleguen a festejar. Ponen heliconias, velas blancas e imágenes de san Pacho en sus vestidos. "Los disfraces son nuestra manera de manifestarnos contra las injusticias sociales y de recordar nuestras tradiciones: nuestro arroz atoyao, tapao, guarrú", va hablando Betsaida y, para ese momento, ya hay 8 vasos de guarapo en una mesa improvisada y se reparten pedazos de pan recién hecho entre los invitados, también improvisados. Es como si ante toda la injusticia que han vivido no tuvieran más opción que protestar bailando. Están seguros de que sirve. El año pasado, aseguran, el disfraz fue sobre la necesidad de una terminal de transportes y se la pusieron, y en otra oportunidad pidieron el estadio de fútbol y, aunque empezaron a construirlo, apenas van unas graderías. Por eso, ponen su fe en san Francisco. Así ha sido desde 1648, cuando el misionero fray Matías Abad navegó por las aguas del río Atrato con la imagen de san Francisco y los chocoanos lo acogieron como su patrono. Desde entonces, se celebraron las fiestas de forma exclusivamente religiosa, pero en 1898, por iniciativa de las mujeres de la región, la fiesta se convirtió en una expresión de la cultura chocoana. Así, empezaron a hacer misas y danzas con tambores en honor de su santo, al que no siempre ofrecen pan o vino, sino chontaduro, borojó y todos los productos de la región. "Es que a él lo sentimos como uno más del pueblo, como un compañero, logramos humanizarlo y para nosotros ya no es italiano: es un santo con corazón de negro", dice la profesora Ana Lida Ayala. La prueba son los miles de niños chocoanos bautizados con el nombre del santo, que se encuentran en cada esquina. Jackson Ramírez es otra encarnación del fervor por san Pacho. Decidió hacer una manda (promesa) de humildad, se despojó de anillos y se dejó una barba que lo asemeja a san Francisco, de la que cuelga una trenza afro, que piensa dejarse hasta que las fiestas sean declaradas Patrimonio de la Humanidad. "San Pacho es la máxima expresión de patrimonio afro-descendiente, simboliza un sincretismo religioso, una amalgama", asegura el documentador de las fiestas. Viene el revulú Por esa razón, en la mañana antes del desfile, el mismo barrio que ahora parece África en fiesta tuvo un momento de misa, para adorar a san Francisco, y después dedicarse a la gozadera. "Ahora, en la tarde, es el momento del sabroseo, de disfrutar estas fiestas, que son hipermegafabulosas, impresionantemente bonitas", dice Didier Peña y se va a bailar.
Salen las comparsas y, en cuestión de minutos, detrás de ellas se forma el revulú, el desorden, la brincadera, tal como lo describe Beto Zaa en su canción: No acaben la fiesta que esto es de amanecida/ que esta fiesta es buena y no se ve todos los días./ No me rempujes, no me rempujes/ Revulú, revulú, viene el revulú, viene el revulú. La fiesta no se acaba y dura ocho amanecidas más, como en la canción, entre aguardiente y guarapo. No todos están tan felices. "A mí no me pregunte nada de la fiesta, que eso me parece una tornadera de trago", me dice sorprendentemente un joven que atiende el hotel donde se hospedan los músicos de las fiestas. Para su alivio, y para tristeza de muchos chocoanos, la celebración se extiende hasta el 4 de octubre, cuando la gente de los barrios deja atrás la algarabía y prepara cadenetas de colores y arcos para la procesión, en la que se escenifican pasajes de la vida de san Francisco. Luego explotan los juegos pirotécnicos y el santo vuelve a la catedral, mientras el sonido silenciado de las chirimías anuncia el final de la fiesta. Tomado del periódico El Tiempo, 24 de septiembre de 2011
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| Festejo de 363 años, Patrimonio Cultural de la Humanidad Las fiestas de San Pacho, expresión de la diáspora de Africa en el Chocó. La Unesco oficializó la declaratoria.
Con estas palabras, el gestor cultural Jackson Ramírez Machado reportó anoche desde París el éxito de la delegación colombiana ante la Unesco, para que las festividades de San Francisco de Asís (o San Pacho), que se realizan en Quibdó (Chocó) desde hace 363 años, fueran declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Ramírez habló ante el auditorio de la capital francesa, y no tuvo que leer un discurso porque tiene grabada en su mente la importancia de las fiestas. "Yo le pedí al ‘Seráfico’ (San Francisco) de Asís, nuestro patrono, que me acompañara, y le ofrecí dejarme crecer la barba, que hoy está muy grande, con moñas y todo. Aspiro a estar afeitado el lunes para la rueda de prensa en Bogotá", dijo. Las fiestas de San Pacho ya eran Patrimonio Inmaterial de la Nación y una de las celebraciones más largas del país: arrancan con desfiles y comparsas, al empezar septiembre, y acaban el 4 de octubre. Adriana Molano, coordinadora de Patrimonio Inmaterial del Ministerio de Cultura, explicó que "la designación implica un compromiso para la comunidad y los gobiernos nacional y local: hacer el plan especial de salvaguardia, que garantizará que las fiestas sigan vivas". Estas fiestas son consideradas la expresión más evidente de la diáspora africana que se quedó en Chocó y la única con una carga tan religiosa como pagana. Tomado del periódico El Tiempo, 6 de diciembre de 2012 Información adicional en http://www.eltiempo.com/colombia/occidente/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12435887.html
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El Desencantado De La EternidadPor: Alfonso Carvajal *LAS FIESTAS CHOCOANAS DE SAN PACHO, homenaje a San Francisco de Asís, acaban de ser declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Este es un fragmento de la única novela (editada por El Camello Sonámbulo) que se ha escrito inspirada en esta tradición religiosa Permanecer
mucho tiempo en la muerte da ganas de soñar.San Francisco llegó a Quibdó una noche bañada por los vientos profundos del río Atrato. Un olor, como cuando se cambia bruscamente de clima, dulcificó sus sentidos. Un olor a almizcle, a caña de azúcar, destapó sus poros resecos por la inmovilidad de los años. Tomó en sus manos su aureola adornada de espinas, que en la tierra adquirió un peso mayor, y la arrojó a las apacibles aguas sintiendo alivio. Una pequeña barba roja le cubría el rostro como una herradura. Su frente amplia relució en la noche como el casco de un navío emergiendo victorioso de la tempestad. La ciudad tenía una fachada de pueblo y una húmeda temperatura febril le daba un aspecto espiritual, que no había previsto en su vida, ni posteriormente en su larga muerte. Una arquitectura desordenada, hecha con los machetazos inconfundibles de la pobreza: viejas casas de madera, desgajándose tibias en la oscuridad, y algunos edificios modernos, era el espectáculo que veían sus ojos de recién despierto. Una frase, unas palabras ligadas por el azar, lo habían devuelto al mundo de los vivos: “San Pacho es un bacán”; mundo que estuvo lejos de sus recuerdos hasta que un ángel negro, amante de las palabras y la perturbación, le contó la historia durante un desayuno casual, donde los espíritus errantes de Dios encuentran un momento para comunicarse. Diálogos eventuales para no extraviar el uso del lenguaje y la conciencia, que en la muerte son innecesarios porque la existencia trasiega perenne como ideas puras, sucesivas y vacías de eternidad. El vecino del cielo le relató que a principios del siglo XVI, el día exacto era un misterio, los conquistadores españoles y los misioneros franciscanos entraron quinientos años después de su muerte, la imagen de él (imagen que la religión fue transformando en un símbolo de sufrimiento, pureza y bondad), a través del río Atrato, y fundaron a San Francisco de Quibdó. Los dueños del lugar, los aborígenes que habitaban estas tierras, maliciosos y fervientes creyentes en sus dioses sin rostros humanos: el sol, la luna, las fieras, ignoraron aquella estatuilla sostenida como una divinidad por los misioneros franciscanos. Los otros hombres que llegaron siglos después por un macabro destino a estas selvas remotas, negros cimarrones y atletas de la adversidad, adoraron de inmediato esa faz melancólica y de ojos dolorosamente bellos, y lo bautizaron San Pacho. Con el tiempo la veneración religiosa se convirtió en un extraño ritual de la carne. La raíz africana brotó en ese pedazo verde de la naturaleza suramericana, y nació una fiesta anual llamada San Pacho, que permitiría un escape a la desolación y a las tribulaciones de una raza perseguida por la mentalidad perversa de la historia. Un grito de libertad y sensualidad. El culto de un lenguaje corporal: un canto al señor de las chirimías. La noche estaba serena. Francisco caminó por el solitario malecón y al otro lado del río distinguió un titilante pesebre: era el caserío de Bahía Solano. Luego vio una gigantesca mole gris, imponente en el silencio de la noche: la Catedral San Francisco de Asís. Cierto espasmo de narcisismo recorrió su antigua columna vertebral. Divisó sus torres y la gran puerta de chocolate, y el reloj, detenido mecánico en una hora ancestral. —Paisa, regáleme unos pesos por amor a Dios —le dijo la voz que salía de la penumbra. Una voz de mujer ronca, asfixiada. San Francisco se acercó y observó a una anciana con un trapo blanco en la cabeza y una muleta sosteniendo la locura. Era Ana Lucía, cómplice del prócer César Conto, que tiene su sitio, nicho de piedra, en la esquina del Parque Centenario mirando hacia el occidente. —De allá vienen ustedes los paisas —afirmó la mujer y señaló el horizonte imaginario, una latitud borrosa escondida detrás de la cordillera. Perturbado (aun no acababa de llegar), por las aseveraciones de la mujer, en un tono bíblico expresó que él venía de Italia, y que su último hogar había sido el cielo y que un inesperado azar lo trajo por estos lugares. Ana Lucía soltó una carcajada que sonrojó al santo. Atrás quedó Ana Lucía, con la silueta erguida de un pirata miserable. A San Francisco no se le ocurrió otra cosa: escogió dormir en la Catedral. Se acomodó en una de las puertas laterales del aposento. En cierta forma, la iglesia le pertenecía, su nombre había perdurado incólume en la memoria de piedra. Le pertenecía un pedazo del mismo material de los sueños, un pedazo que no tiene contextura sino en el recuerdo. El sonido de un piano y el candor de unas voces femeninas lo despertaron. Abrió los ojos con lentitud como si temiera amanecer en otro mundo. La misa de siete irrumpió en la mañana. Todavía no se acostumbraba al cambio de las horas. Tiempo que no estaba regido por las manecillas del reloj, sino por la unión compacta del cielo y la tierra. Entró temeroso a la Catedral y vio a un hombre blanco, canoso y delgado; por su atuendo descubrió que era un claretiano. El padre Isaac Rodríguez lo miró con una mezcla de intimidación y de estupor. Un grupo de mujeres negras, adustas, concentradas en una seriedad providencial, entonó un ritmo vocal que sedujo sus oídos del siglo XII. Se sentó en la primera banca y advirtió desolado que su presencia era inadvertida por los feligreses. Recordó los ojos escrutadores de Ana Lucía y del padre Isaac, y prefirió olvidar el asunto. Todavía no creía su odisea, pensó en darle más tiempo al tiempo para clarificar si se hallaba en un sueño o en una realidad que superaba cualquier hipótesis. Por el portón principal, como un cañonazo solemne y pacífico entró un coro angelical, suave tropel de ángeles negros. Un puñado de hombres y mujeres llevaba alegre, a cuestas, a un pequeño santo, San Pachito. La réplica, idéntica a otras, repetición del mito, fue colocada en el altar. Francisco pasó los dedos temblorosos por sus ojos. No lo podía creer. Ahí estaba, su pequeño doble como un príncipe sin trono esculpido en la madera. Según la tradición permanecería todo el día en la Catedral: dormiría, soñaría y al día siguiente, después de la vigilia estática de la noche, un nuevo San Pachito, otra de sus personalidades, de otro barrio, de otra porción de patria del universo, ocuparía su lugar. Era la ley transgresora y alegórica de las fiestas de San Pacho. Se agarró la sotana por la cintura para comprobar si estaba vivo, gesto ridículo pero sobrenatural, o si soñaba delirante en algún rincón perdido del cielo. Se levantó con la pesadez del asombro y el padre Isaac le envió desde la distancia una bendición, conjuro paralítico de las manos religiosas. Asistió hasta el fin de la ceremonia, extraña a sus apetitos celestiales, pero muy cercana al estallido momentáneo de su piel. Los hombres cargaron el San Pachito, como si arrastraran la salvación instantánea de sus deseos. Acompañados de una música melancólica y espiritual abandonaron la Catedral. En la calle un carro destartalado llevaba un pequeño faraón, y a su alrededor tres ancianas vestidas con faldas multicolores bailaban al son de las chirimías. El faraón era Vicente Díaz, emérito funcionario público, que apenas medía un metro treinta centímetros de estatura. Después de mirar al pueblo con solemnidad africana, comenzó a leer el pergamino que anunciaba el inicio de San Pacho. La proclama prohibía que se fueran el agua y la luz, en una ciudad sedienta de servicios públicos. Además se encarcelaría a los revoltosos hasta que el gobierno construyera el canal Atrato-Truandó. Es decir, se les condenaría a cadena perpetua. Las últimas palabras de Vicente Díaz dominarían esas extrañas fiestas religiosas: “Pueblo de Quibdó, vamos al corrinche general...”. La caravana del bullerengue partió rítmica. San Francisco la siguió, imantado, hasta el barrio Kennedy, barrio memorable de polvo y pobreza juntos. Suburbio ardiente de la selva. La polvareda como un humo inofensivo se enderezaba en las calles y se escurría en el horizonte. Las sonrisas de las poderosas dentaduras blancas de los niños colorearon esa mañana inédita. Era el bautizo premonitorio de un futuro incierto. “Hermano sol alumbras y abres el día, eres bello de dicha y tu esplendor lleva por los cielos crónicas de tu autor”, exclamó ensimismado, parodiando la recuperación de su individualidad. Esa nueva vida, ese fulgor avasallándolo, acaloró el corazón del santo de Asís. Esa negrura venturosa que le producía aquella remota ciudad, construida con parches de madera y de música de carnaval, de humildes cantores, le permitía volver a sentir el encanto fugaz y luminoso de la existencia. Sonrió entre la multitud como si fuera la primera vez, y una lágrima milenaria, fatigada de no ser, cayó en la calle natural y destapada que pisaba su desbordada alegría. * Novelista, cuentista y poeta, director editorial de Ediciones B en Colombia. Ha publicado los libros ‘Memoria de la noche’, ‘Un minuto de silencio’, ‘Los poetas malditos, un ensayo libre de culpa’, ‘Pequeños crímenes de amor’ y ‘Hábitos Nocturnos’. Tomado del periódico El Espectador, 23 de diciembre de 2012
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| CULTURA POPULAR:
Patrimonio universal
Durante las tardes de estos 12 días, el carnaval o ‘revulú’ recorre como un huracán los barrios de Quibdó. Después de la última verbena, en la noche del 3 de octubre, con orquestas, baile y sancocho de siete carnes, los ‘sanpacheros’ se reúnen, a las dos de la madrugada, en el atrio de la catedral San Francisco de Asís. De allí parte la Procesión de los Gozos por el mismo recorrido de los’ revulú’, pero con una estación en el altar de cada barrio. Al amanecer, regresan jubilosos a la catedral para la misa de seis e ir a dormir hasta las tres de la tarde, cuando se inicia la majestuosa procesión central. Por única vez en el año, San Pacho sale adornado con joyas de oro chocoano que los devotos le han dado en gratitud, para recorrer casi veinte kilómetros bajo un sol demoledor o un aguacero descomunal. En el crepúsculo, los feligreses regresan con San Pacho a la catedral, en cuyo atrio se celebra otra solemne misa como culminación de la fiesta. Como dice el investigador Julio César Uribe Hermosillo:.. La fiesta ha terminado y habrá que esperar hasta el próximo año para volver a vivirla, es decir, para volver a celebrar la dicha de estar vivos para vivir a San Pacho, a ¡San Pacho Bendito!, un santo blanco para un pueblo negro, un santo pobre para un pueblo empobrecido al que lo único que no han podido expoliarle es la alegría. Tomado de la Revista Semana, 10 de diciembre de 2012
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