Corralejas de Sincelejo Festival

Festival (Festival - Cuadrillas, Toreo, Reinado, Comparsas)

Figura Humana, Fauna

 

Corralejas de Sincelejo

Fiestas

Sincelejo, Sucre, enero

 
A ColArte

 

 


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Los toros encienden la parranda en Sincelejo

Las fiestas de la Corraleja, declaradas Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Nación en el 2009, se celebran anualmente en la capital de Sucre, a partir de la segunda semana de enero, en honor del santo patrono Dulce Nombre de Jesús.

Durante este evento, que se prolonga por varios días, también se realizan desfiles infantiles y de parejas bailadoras de fandango, reinado popular y campeonatos de gallos.

Las actividades más tradicionales, las tardes de toros, se llevan a cabo en la corraleja El Toro Bravo. Otro de los eventos centrales es el Fandango más grande del mundo, que se realiza  en el Estadio La Mochila, y cuenta con la participación de  orquestas de fandango.

El corazón de las fiestas es la elección y coronación de la reina

Basado en artículo del periódico El Tiempo, 14 de enero de 2011

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La nostalgia de la corraleja

En momentos en que está sobre el tapete el debate público sobre la prohibición a los espectáculos con toros en el país, la región sabanera vive la tradicional parranda que ha resistido dos siglos

por Laura Ardila Arrieta

La muerte puede llegar a pesar 500 kilos y para enfrentarla es mejor tomarse un trago desde temprano. Ojalá fuera uno de ñeque. De ese fuerte, montuno, que don Chano Romero, el gamonal, regalaba en la plaza por allá en 1875, cuando se estableció que la fiesta se haría todos los 20 de enero y los tragos eran así, regalados y sin factura. La muerte puede ser negra, blanca o colorada y rara vez se deja mirar a los ojos. No busca a nadie en especial, pero cuando elige a quién llevarse no hay súplica que le valga ni llanto que la contenga. Por eso, para enfrentarla, es mejor tomarse un trago desde temprano.

Los más tradicionales garrocheros de la región sabanera del país (departamentos de Sucre y Córdoba) se limpian el sudor con los ponchos y se abanican con los sombreros vueltiaos, mientras en la improvisada rueda que arman para conversar va pasando de mano en mano el vasito plástico lleno de aguardiente caliente que les quema la garganta y cualquier dejo de cobardía. Es un círculo como de cinco, al que llegan y del que salen hombres, según la frecuencia con la que se sirve el trago, que se alista para entrar en unas dos horas a hacer su trabajo en el ruedo. A un lado de ellos, la plaza; al otro, los caballos amarrados que también sudan a chorros. Y a su alrededor, como si fueran moscas, muleteros, capoteros, banderilleros, amarradores y el resto de personajes que arman la fiesta.

Ahí están los famosos por estas tierras: John Garay,£/Mono Garay, y Napoleón Jaraba, Fabio Jaraba y Rafael Cabarcas. Hombres de campo, ninguno menor de 30 años, que han dedicado sus vidas al aparentemente inexplicable oficio este de, desde un caballo, puyar los toros de las corralejas. Lo hacen con palos de madera de casi dos metros que en la punta llevan una lima de metal afilada. Le hacen daño para poner más bravo al toro.

Invariablemente criados en fincas, amansadores de caballos, ordeñadores, silvestres todos, su oficio no dista mucho del que todas las madrugadas se levantaban a hacer los antepasados que también con la garrocha lidiaban los toros en el campo, acosaban los terneros con la soga para que se movieran hacia el corral y a veces capoteaban los novillos. Vaqueros sabaneros en briosos caballos, fornidos, de pelo en pecho, que cantaban por las tardes.

Cuando yo tenía ganado,
cantaba la vida mía. 
Ahora que no lo tengo, le canto a ¡a vaquería.
Ejeeeeeeeeee vacaaaaa, 
ejeeeeeeee torooo.

Con una ganancia de entre $100.000 y un $1 millón por tarde de corralejas (cifra que varía según el garrochero, el toro y el ganadero que les paga), estos de ahora son el más contundente y original símbolo vivo que queda de la llamada fiesta de toros del 20 de enero en Sincelejo. Un evento que, tal y como se hace en esta época, resiste dos siglos en el país en medio de críticas, tragedias, conflicto armado, invasiones comerciales y, más recientemente, la oposición que a la fiesta brava —cuya diferencia básica con la corraleja es que en la segunda no se mata al toro— ha hecho en Bogotá el alcalde capitalino Gustavo Petro. Curiosamente, Petro es hijo del vecino y también sabanero municipio de Ciénaga de Oro, Córdoba.

Como la yuca, como el ñame, como el algodón, hijos de estos sabanales, se trata de una fiesta que brotó de la tierra a orillas del río San Jorge, en el antiguo Bolívar Grande. Era el único divertimiento de los vaqueros, los peones y los esclavos de la región. Si llegaba el hijo del patrón, si el vecino se animaba a casarse, si la mujer quedaba nuevamente en embarazo. Si llovía, si hacía brisa. Cualquier excusa servía para que un grupo de hombres bravos decidieran demostrar públicamente y en medio del alcohol cómo era que se burlaba un toro de lidia. Una herencia importada de España.

Del monte se trasladó a los pueblos. A Caimito, a San Benito Abad, a Ayapel... en donde los ganaderos prestaban sus mejores toros para celebrar las fiestas patronales. Pero fue Sincelejo la ciudad llamada a ser bautizada como la capital mundial del toro bravo. Acaso porque ha sido la población que más toros, ganaderos y garrocheros legendarios ha visto triunfar.

No hay sino que referirse a los toros El Balay y El negro, y a los ganaderos Arturo Cumplido y Juan Perna Mazzeo, y a los garrocheros Juan Osorio y Anselmo Ortiz. Ah, en esta tierra saben de lo que se está hablando cuando se les menciona. Todos quedaron inmortalizados en los porros cantaos de las bandas de viento que históricamente amenizan la fiesta.

Por ejemplo, El Balay, así se llama la canción del compositor Julio Fontalvo en honor al toro inmortal del sincelejano Arturo Cumplido, que recorrió las mejores corralejas y fue herido de muerte en Córdoba con unas banderillas envenenadas por el familiar de una de sus víctimas.

Se murió El Balay en tierra cordobesa. 
Y quedó su cuerpo tendido en la arena, compa.
Él nació en la hacienda de Santa Teresa.
Dice Arturo Cumplido, de una raza buena, compa.

Eran las épocas doradas de las fiestas del 20 de enero que, cuenta el historiador de la región Inis Amador, tenían menos interés comercial y más artístico. Lo importante no era cuántos pagaban boleta para subir a los palcos de madera que llegaron a tener hasta tres pisos, sino quién se le medía a burlar al más bravo de los toros y qué ganadero se lucía como dueño del animal.

Toda la parranda murió, claro, la tarde del 20 de enero de 1980, cuando una lluvia inexplicable por la época cayó sobre la corraleja e hizo caer los palcos en los que se encontraban alrededor de 20 mil personas. La tragedia del 20 de enero. Nunca se supo oficialmente cuántos fallecieron, pero se habla de entre 400 y 500 muertos.

El periodista Alfonso Hamburger detalla los mitos que con el tiempo se crearon alrededor de aquel drama monumental. Esa tarde debía ser para los toros de Arturo Cumplido, como era tradición todos los 20 de enero. Sin embargo, por primera vez le terminaron dando la jornada a los animales del ganadero Pedro Juan Tulena. La leyenda dice que por eso se cayeron los palcos. Aquella noche, un decreto de la Alcaldía acabó por 15 años seguidos con el evento.

A la pregunta de un periodista sobre de quién era la culpa de la tragedia, el gobernador de Sucre entonces respondió; "Será Dios".

Tomado del periódico El espectador, 20 de enero de 2012 

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