Oreste Sindici

Ceccano, Italia

Compositores, Cantantes (Himno Nacional)

Personaje

 

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Oreste Sindici

compositor, cantante

 
A ColArte

 

 

 

Oreste Síndici (nació Ceccano, Italia; 21 de mayo de 1828 - falleció. Bogotá, Colombia; 12 de enero de 1904), fue un compositor musical italiano, nacionalizado colombiano, famoso por ser el autor de la música del Himno nacional de Colombia.

Después de realizar estudios musicales en Roma, llegó a Bogotá en 1865 como tenor de una compańía de ópera y decidió permanecer en Colombia. Allí se dedicó a enseńar música en las escuelas públicas y a tocar música religiosa en diversas iglesias de Bogotá. En 1887, a solicitud de José Domingo Torres, Síndici compuso la música para el Himno Nacional de Colombia, cuya letra era un poema escrito por el presidente Rafael Núńez y se estrenó el 11 de noviembre de 1887. La canción se hizo muy conocida rápidamente y se oficializó como símbolo patrio por la ley 33 de 1920.

Tomado de http://es.wikipedia.org/wiki/Oreste_S%C3%ADndici , 2011

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  ORESTE SINDICI (1837 - 1904) se radicó en el país, trabajó con fracaso en el cultivo del ańil en una finca en Nilo, fue maestro de música en las clásicas escuelas en la época de don Dámaso Zapata y en el Seminario, compositor de música religiosa de inspiración teatral, autor de los famosos Cantos de la Escuela con letra de don Rafael Pombo.

A poco de llegar se prendó su corazón de Justina, la bella hija de un francés Monsieur Jannaut. Pronto saltó la chispa de la pasión que se apoderó de dońa Justina por el tenor rubio de perilla garibaldina y da testimonio esta anécdota que refiere el doctor Miguel Aguilera:

"Dábase en el Teatro Maldonado, único que se conocía y que se hallaba donde se alza el Colón, la fastuosa ópera Hernani de Verdi. La sala se veía colmada de concurrentes. Entre éstos, y en uno de los palcos más próximos al escenario, se contaba la familia Jannaut. Dońa Justina brillaba como un diamante espléndido. La música voluptuosa y la animación intrigante de la escena arrebataban los sentidos de los espectadores, quienes así pagaban el lucido trabajo de los actores y los músicos. El centro a donde convergían todas las miradas era el tenor. Hernani era la ópera de su predilección. Todo había marchado con regularidad irreprochable hasta el último acto, en que la fama del tenor Sindici cobraba mayor aliento. Con una maestría insuperable cantó la última aria. Una tempestad de aplausos cortó la nota final del protagonista, mientras se desplomaba éste fingiendo un suicidio maravillosamente realizado. Pero ante el estupor de la densa multitud, se vio que un grueso hilo de sangre hervoroso manaba por la abertura del amplio jubón, mientras la punta del cuchillo adquiría un tono mate muy distinto del aspecto brillante del rostro. El caso parecía grave. Los actores, el apuntador, el director de orquesta y los músicos, de un salto se pusieron sobre el escenario para cerciorarse de lo ocurrido y prestar auxilio indispensable. La confusión y el vocerío no tuvieron precedentes. Loca, fuera de si, en un arrebato de dolor moral, salió del palco la primorosa Justina hacia el lugar donde habían puesto el cuerpo de su amado, para examinarle el dańo inferido: Ya fuese por la sofocación en que Sindici se hallaba, ya por el aterramiento de sentirse herido involuntariamente, su imaginación trató de embotarse, pues las palabras que exhalaba eran incoherentes y confusas, pudiendo destacarse como más inteligibles estas dos: pugnóle avvelenato. Esto aumentó la algarabía y el desconcierto, pues al accidente de la herida se acumulaba la contingencia de que el cuchillo estuviese envenenado, aunque fuera con la caparrosa que se adquiere en el fondo de los baúles por oxidación de la empuńadura de cobre. Hubiese o no motivo para temer esto último, la joven procedió a ejecutar lo que manda la medicina de urgencia y no desautoriza la cirugía del amor: aplicar fuertemente los labios a la herida y succionar con todo el poder que comunica la angustia. El remedio obró instantáneamente, como era natural. Sindici se levantó lívido, desencajado y midiendo en toda su apasionada extensión el sacrificio de su novia, la miró dulcemente, e inclinándose luego con reverencia, estampó sobre la breve mano un beso de incontenible gratitud.

"He aquí un incidente en que Sindici se vio jocosamente envuelto, en aquella escena de Hernani, que otra vez asumiera proporciones de tragedia chica. Alternaba en las tablas con el tenor, el simpático y ocurrente Antonio Espina. Pero antes de seguir adelante debemos advertir que Sindici era un fumador intemperante: antes dejaría la barba a la Garibaldi, que el atado de cigarros fuera del bolsillo de su chaleco. De tal modo se apropiaba el actor de su papel de suicida, que algún dańo se causaba con el cuchillo, aunque fuera en la ropa. Al caer exánime al suelo, y -mientras la orquesta desarrollaba alguna frase alusiva a lo acontecido, se acerca uno de los personajes a observar lo que sucede en la penumbra.

Desempeńaba este papel departichino el célebre Antonio Espina. Y piénsese en el asombro que éste experimentaría al percatarse de que un cuerpo, o muchos cuerpos extrańos, cilindricos, de color al parecer rojizo, salían por la desgarradura causada en el jubón del suicida. En aquel momento Espina tenía que decir algunas palabras del libreto, mas como la garganta se le volviera un nudo por el terror, apenas pudo exclamar con voz cavernosa:

? Hola, Oreste, que se te salen las tripas!

Una estruendosa carcajada del agonizante vino a poner fin a la delicada y exigente obra de Verdi. Espina había creído ver en los estragos del puńal sobre el intestino, en el reguero de cigarros que se escapaba por entre la abotonadura desgarrada del traje medioeval. Así pues, el famoso y agitado drama musical concluyó en modesto saínete, aunque con el beneplácito y alegría de todos los concurrentes, quienes se dieron cuenta exacta de lo ocurrido.

Sindici contrajo matrimonio con la ambicionada Justina Jannaut. Vivió en una casa situada en la carrera 4 con calle 19, y en la carrera 14 con calle 14, calle del gasómetro en la cual compuso el Himno Nacional.

Tomado del libro La Opera en Colombia, Litografía Arco, Bogotá, 1979

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Un investigador de 25 años prepara libro con los pormenores de la vida del músico Oreste Sindici.

Una vieja tumba en el Cementerio Central con errores de ortografía, los vestigios de su historia regados por el mundo y tal vez el recuerdo fugaz del colegio, ese en el que decían que él, el italiano, era el que había compuesto la música del Himno Nacional, son los recuerdos vagos de una sociedad en deuda con su historia.

Eso inspiró a Alexánder Klein, de solo 25 años y recién graduado como músico y compositor teórico en la Universidad de Los Andes, a indagar en la historia de la música colombiana. Así se topó con el capítulo que cambió el curso de sus días, el de Oreste Sindici, aquel genio de la música, el educador que murió solo, endeudado y con reconocimientos mínimos por lo que sus enseñanzas musicales le dejaron a la sociedad bogotana. “La gente no dimensiona que él fue el compositor de la música del Himno Nacional, el que escuchamos todos los días”.

En hemerotecas, archivos antiguos, páginas web y museos, Klein encontró tantos tesoros que hoy ya es un hecho que publicará, y lo dice sin titubear, el libro más completo del italiano. “Soy su biógrafo y voy en rescate de todas sus obras musicales religiosas, escolares, sus misas, sí, las que hacían parte de la vida bogotana”, dice.

Pero no solo eso. Recorrió sus pasos desde que nació ese 31 de mayo de 1828 en Ceccano (Italia), dato que corroboró en la parroquia donde fue bautizado. “En todos los registros estaba mal su fecha de nacimiento, como 21 de mayo”, cuenta indignado.

Documentos, hallados en Italia, revelarían que a los 3 años murió su padre y que su niñez transcurrió en un hospicio apostólico de Roma mientras su madre contraía matrimonio con otra persona. Fue casi un huérfano. “Estudia canto y a los 25 años debuta como tenor en varias compañías de ópera. Con sus conciertos tuvo buenas críticas, pero, a fin de cuentas, su profesión, en Italia, no era una novedad; era uno más”, dice Klein.

En una carta que permanece en el Archivo Histórico de Cartagena de Indias, condenada a ser carcomida por el polvo, se evidencia la llegada del barco en el que arribó Sindici desde Oporto (Portugal), el 12 de octubre de 1862. Partió porque no tenía familia, tal vez aventurar le daba sentido a sus días.

Aquí encontró la venía de los más fino de la sociedad bogotana. Claro, era el extranjero. Sindici fue grande en la temporada de ópera de 1865 en Bogotá. Hizo vibrar al teatro Maldonado, demolido a finales del siglo XIX para construir el Colón. Vio la gloria sin buscarla, y fue aclamado por la damas de la élite, que le pedían que fuera el maestro de sus hijas cuando la música era uno de los pocos oficios permitidos para el género, y hasta le dedicaban poemas. Era visto como un mesías de la ‘verdadera civilización’.

Alexander KleinComo profesor dejó su mayor legado. Amaba enseñar. Así formó una compañía de zarzuela infantil en 1879 y estrenó tres obras musicales para niños. “Lamentablemente, ninguna de estas ha podido ser localizada, aunque sobreviven los libretos de dos de ellas”, se lamenta el investigador.

Aquí también conoció el amor. Una cubana de padres franceses. “Mi bella Justina Jannaut”, le escribía en cartas de amor cuando la distancia en un país sin vías los mantenía alejados meses, años. Con ella se casó en 1866, en la Catedral Primada de Bogotá, y tuvieron cuatro hijos; un hombre y tres mujeres, y de ella se despidió en medio de lágrimas cuando tuvo que soportar su partida prematura, en 1894, en Nilo (Cundinamarca), donde Sindici adquirió una hacienda que aún existe y de la que partió, en quiebra, otra vez a la capital.

Tuvo que despedir a dos de sus hijos. A Oreste Justino, su único varón, lo asesinaron; María Teresa murió muy joven, y Eugenia y Emilia permanecieron solteras y sumidas en la tristeza esperando a que algún gobierno reconociera la composición musical de su padre. Apenas en 1938 el Museo Nacional realizó la compra de la partitura del Himno. Nadie más honró la vida de su padre. Es tanto así, que en una de las casas en donde vivió Sindici en Bogotá durante décadas, en la calle 14 con carrera 15, hoy hay un taller de motos. “Lo bonito es que los mecánicos se saben la historia, incluso que una placa conmemorativa fue retirada por la Academia Colombiana de Historia. Iba a ser robada”, contó Klein.

Sindici murió el 12 de enero de 1904 en una casita en el barrio Las Aguas que hoy no existe. Se fue con la humildad que lo caracterizó, la misma con la que ofreció conciertos gratis para recaudar fondos para los establecimientos de caridad.

Todavía hay mucho que contar, sí, del hombre al que le debemos ese júbilo inmortal cada vez que escuchamos el Himno Nacional de la República de Colombia.

Carol Malaver
Redactora de EL TIEMPO
Escríbanos a carmal@eltiempo.com , 2014

Tomado del periódico El Tiempo, 14 de junio de 2014 

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