Entró sin pedir permiso una madrugada del 8 de abril de 2003. Quizá fue Picasso, quizá un espíritu burlón o un delirio que permanece después de ocho años. Desde esa madrugada, Luis Restrepo abandonó su trabajo y se dedicó a pintar y esculpir más de 300.000 obras, según él, guiado por el espíritu del maestro español Pablo Picasso.

Luis Restrepo recuerda que estaba sentado en la mesa del comedor iluminado por una lámpara de techo mientras diseñaba unos muebles para su empresa. En la mesa reposaban lápices, pocillos de tinto vacío y semivacíos y montones de hojas blancas. Ya había pasado la media noche y él sabía que el trabajo podía extenderse hasta el amanecer. Espantaba el sueño tomando los resquicios de tinto y continuaba pintando sillas, mesas y escritorios de oficina.

A la una de la mañana empezó a sentir que la mano derecha se movía sola. Comenzó a rayar las hojas, a rayar la mesa, a romper minas de lápices. Sentía la mano helada. No podía controlarla. Comenzó a gritar.

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