Verificar existe
/recuentos/M/ManzurDavid/SanSebastian.asp David Manzur, Pintores| ColArte | Colombia

David Manzur

Neira, Caldas

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Figura

David Manzur

pintor

A ColArte

recuento

 
ENLACE INCLUIDO

 

El Cristo Unicornio

Fausto Panesso

Pau Llosa Eduardo Serrano

Recuento

San Sebastian

A ColArte
En el Taller de Manzur Lucía Muñoz

Capitan de barco muerto

Dimensiones paralelas
www.davidmanzur.com Metáfora del deterioro
No se acabó la pintura en caballete

   

 


El último San Sebastian de Manzur

Por Germán Santamaría 

David Manzur acaba de terminar una de sus obras más monumentales, su último San Sebastián. Lo soñó durante veinte años y hace diez lo firmó, con un revólver en la sien. En exclusiva, la historia y el mito de esta obra que será exhibida en la Galería Mundo en marzo próximo.

Un hombre soñó la mano de otro hombre. Soñó después su cabeza. Más adelante su corazón. Después su tronco. Lo fue armando pieza por pieza, muy despacio y con mucha dificultad, hasta que lo soñó completo. Se sintió feliz porque había logrado soñar a todo un hombre. Pero en ese momento se despertó y perdió completa su felicidad cuando comprendió que él también era el sueño de otro hombre, o sea un hombre soñado que soñaba a otro hombre.

A David Manzur le sucedió esta parábola maravillosa de uno de los más hermosos cuentos de Jorge Luis Borges. Durante muchos años de pintor ha soñado muchos hombres pero también ha soñado muchos caballos, incluso ha soñado muchas moscas. Como esclavo de la sentencia de uno de los Machados, según la cual el destino de todo cuerpo es otro cuerpo, Manzur ha soñado muchos hombres, no como hombres sino como cuerpos, porque también podrían ser cuerpos de mujeres, porque lo ha venido obsesionando un solo cuerpo: el cuerpo humano.

Y en el imaginario de estos cuerpos, el pintor los construye allí en esa dimensión inescrutable y misteriosa donde se juntan el dolor y la belleza. La pasión mística. Y en ese lugar busca imaginar, construir con la obsesión del ejercicio del sueño, sobre todo un cuerpo: el de San Sebastián. Hace ya muchos años pintó otro célebre San Sebastián cruzado por flechas, y ahora acaba de trabajar sin tregua durante un año y nueve meses para terminar, para imaginar pieza por pieza, para soñar cada parte de ese cuerpo, el que será su último y definitivo San Sebastián.

Es un gigante, es un coloso, y sus venas se hinchan, y su tórax se agita y sus músculos vibran y bajo el sol del medio día su cuerpo es plateado, pero al atardecer es como de cobre y pedernal, y ya bajo las sombras y la luz mortecina de la noche es como si una pátina de oro blanco bañara toda esa geografía de músculos y piel.  David Manzur tal vez sólo mida metro y medio de estatura, y vestido casi siempre de negro, es apenas una breve silueta en la penumbra, que se oculta como un cuchillo en la noche o como un cuerpo desnudo en las sombras. Pero él creó este San Sebastián de casi tres metros de altura, que de pie lo dobla, que en su estudio lo aplasta, que inspira a la vez la fuerza de un rayo místico y el terremoto de un orgasmo, porque tiene en su desnudez, como dijo Cervantes del amor, la misma condición del placer y la muerte.

Empezó a soñarlo hace casi veinte años, y en 1984, cuando lo estaba pintando en Sasaima, los forajidos de siempre asaltaron la finca de al lado y mataron al vecino. Manzur se trasteó para Bogotá con los bocetos de su monumental hombre, todavía sin cabeza definida, donde aún no se agitaba ningún corazón... Y el San Sebastián quedó en el olvido hasta que casi diez años después, el 15 de abril de 1993, cuando Manzur había reanudado su trabajo de pintar su gigante desnudo, otros forajidos asaltaron su estudio en Bogotá y le robaron ocho bodegones, y cuando uno de los asaltantes vio el San Sebastián, permaneció maravillado por unos momentos ante aquel gigante aún inconcluso. Fue al baño donde tenía amarrado a David Manzur y lo llevó hasta la sala apuntándole con un revólver en la sien y le ordenó que firmara ese cuadro. El pintor buscó un carboncillo y firmó. Era una firma débil, condenada a desteñirse, porque el asaltante se emocionó con el cuadro pero no sabía de la fragilidad del carboncillo. En ese momento el gigante era apenas un hombre en formación, Manzur apenas había soñado su silueta, algunos músculos, esas venas, tal vez la fuerza interna del corazón...

Más tarde, con la ayuda de la policía y de Antonio Robayo, gran amigo del pintor, rescataron la obra. Poco tiempo después mataron en Medellín al ladrón que se maravilló ante el cuadro. Después, Robayo muere por una bomba terrorista. Durante esos años, el San Sebastián, desgarrado en el costado, firmado con carboncillo a punta de revólver, permanece abandona do, en algún rincón del vasto estudio del pintor, por que al fin y al cabo ese cuerpo de hombre representaba el sino de la belleza y de la muerte, de la poesía y la violencia, que perseguía al cuadro de la misma manera que urdía la esencia de una nación llamada Colombia.

Hace dos años David Manzur, pequeño y furtivo, se colocó de nuevo ante el boceto del hombre gigante. A su lado estaba el ex presidente Belisario Betan cur, que desde hace varios años todas las tardes toma clases de pintura con Manzur y a la hora del crepúsculo beben los dos un pocillo gigante de café con varias rebanadas de queso. El ex Presidente, que también ha conocido todos los horrores de la violencia colombiana, que hizo llorar a las Naciones Unidas en Nueva York cuando contó cómo él había sobrevivido a su infancia en Antioquia, que sabe más de arte renacentista que de política menuda, lo animó a que siguiera adelante, a que terminara de cuajar ese cuadro. Entonces durante un año y nueve meses, Manzur comenzó a soñar y a forjar, milímetro a milímetro, la dimensión colosal de este San Sebastián sin flechas ni acosos de dragones. Un hombre limpio, desnudo, solo ante la inmensidad de la violencia, allí donde el dolor se cita con la belleza. El colombiano solo, herido, entre la multitud.

La cara, la cabeza completa, fue 24 veces pintada, y si dentro de 500 años alguien con un bisturí ausculta en ese rostro que mira hacia sí mismo, hacia su placer y su éxtasis, hacia su dolor y su belleza, descubrirá esas 24 superposiciones de pintura, esos 24 hombres que son al mismo tiempo una sola cabeza y un solo rostro: San Sebastián. En realidad, en casi dos años de trabajo, en ese cuerpo proceloso hay más de dos mil superposiciones. Hay muchos cuerpos allí, y esa rodilla y esos brazos caídos y el tórax palpitante y las costillas que esperan heridas y esas venas a punto de reventar en la garganta, expresan toda la mística violencia del éxtasis individual y la trágica condición de una nación condenada, como las mariposas, a ser bellas sin saberlo y a matar su propia belleza.

Es un San Sebastián que se fue construyendo, destruyendo y repitiendo, pintando y borrando, superponiendo una energía sobre la otra, un cuerpo de un modelo que derrota a otro para morir al día siguiente. El tórax de éste, la mano de aquel, los hombros de él... El pintor que sucede los cuerpos reales de los modelos con sus cuerpos imaginarios, porque es capaz de cerrar los ojos y pintar, con la misma destreza, la sensualidad que se desgaja tanto por la geografía de un cuerpo humano como por la erótica anca de un corcel. Cuerpos de mujer o de hombres tan bellos como la desnudez de un espléndido caballo.

Y así como en el cuento del hombre que fue soñando a otro parte por parte, David Manzur fue soñando, construyendo, colocando, todas las piezas de ésta que es como su última gran tentación. Era el deseo, el placer, la duda, de un hombre que para crearlo, el pintor tenía que trepar por un andamio para recorrer su cabeza, sus hombros, su sexo, toda una geografla con territorios de belleza y de violencia, que venía en una travesía que había empezado casi veinte años atrás.

Sólo un artista, sólo un pintor colombiano de ahora que piensa y actúa como un hombre del Renacimiento, pero que sabe demasiado, tanto del cuerpo huma no eterno pero también de la tecnología del cine y del sonido de la postmodernidad, es capaz de durar tantos años para soñar y construir un cuerpo de esta dimensión. Y sólo por haberlo soñado y forjado así, en esta tarde de octubre del año tres del tercer milenio, cuando David Manzur lo terminó, debajo de esas capas de rostros y músculos de tantos hombres comenzó a palpitar una pieza única: un solo corazón.

Ese corazón que no está pintado, que no se ve. Así como siete partes sumergidas permiten que flote ese único octavo del iceberg en los océanos, es ese corazón invisible el que hace que este San Sebastián sin el mar tirio de las flechas, sin heridas, sin sangre, palpite y viva, de manera casi miedosa, como si fuera un gigante que despierta hacia la luz. Guardadas las proporciones, como la voz que emana del mármol del Moisés o del David que esculpiera el más grande de los hijos de Firenze.

Cuando David Manzur firmó, bajo el yugo del revólver, por primera vez este cuadro, sintió por un momento que él mismo era San Sebastián. Por ello pensó que al terminarlo algún día, no requería de heridas ni de flechas porque un artista al ser obligado a firmar su obra con un revólver en la sien, ya estaba dejando allí fundida toda la pasión del dolor y la violencia que sufrió el verdadero San Sebastián. Y cuando lo firmó por segunda vez, ahora en octubre, ahora de verdad, pensó que no sólo se había liberado de aquella antigua obsesión de los pintores de crear colosales cuerpos humanos, como el Apolo, como Hércules, como el mismo David de Miguel Ángel. Ni siquiera pensó que aquellos gigantes desaparecieron cuando la Iglesia prohibió pintar los cuerpos desnudos.

Pensó en la sensualidad y el deseo que está en todos los cuerpos, desde el cuerpo de una rosa hasta el perfil de un ave en vuelo. Y al tratar de pintar en Colombia, en nuestro tiempo, ese deseo en ese cuerpo que tiene como destino siempre a otro cuerpo, se tardó casi veinte años, se tropezó con muchas violencias, soñó y padeció cada parte de ese cuerpo y fue soñando parte por parte hasta despertar, después de firmar dos veces su último San Sebastián, como si fuera su tentación final, como si él mismo no existiera, como si David Manzur fuera un sueño.

Bien se podría pensar que David Manzur no existe, porque se trata de un singular artista colombiano que nació allá en el Ouindío, que creció en algún lugar de África y que se templó bajo el rigor de un convento español repleto de santos. O David soñó a San Sebastián, o San Sebastián soñó a David.

Tomado de la Revista Diners No.405, diciembre de 2003