David Manzur

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David Manzur

pintor

 
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El Cristo Unicornio

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Recuento

San Sebastian

A ColArte
En el Taller de Manzur Lucía Muñoz

Capitan de barco muerto

Dimensiones paralelas
www.davidmanzur.com Metáfora del deterioro
No se acabó la pintura en caballete

   

 


El �ltimo San Sebastian de Manzur

Por Germ�n Santamar�a 

David Manzur acaba de terminar una de sus obras m�s monumentales, su �ltimo San Sebasti�n. Lo so�� durante veinte a�os y hace diez lo firm�, con un rev�lver en la sien. En exclusiva, la historia y el mito de esta obra que ser� exhibida en la Galer�a Mundo en marzo pr�ximo.

Un hombre so�� la mano de otro hombre. So�� despu�s su cabeza. M�s adelante su coraz�n. Despu�s su tronco. Lo fue armando pieza por pieza, muy despacio y con mucha dificultad, hasta que lo so�� completo. Se sinti� feliz porque hab�a logrado so�ar a todo un hombre. Pero en ese momento se despert� y perdi� completa su felicidad cuando comprendi� que �l tambi�n era el sue�o de otro hombre, o sea un hombre so�ado que so�aba a otro hombre.

A David Manzur le sucedi� esta par�bola maravillosa de uno de los m�s hermosos cuentos de Jorge Luis Borges. Durante muchos a�os de pintor ha so�ado muchos hombres pero tambi�n ha so�ado muchos caballos, incluso ha so�ado muchas moscas. Como esclavo de la sentencia de uno de los Machados, seg�n la cual el destino de todo cuerpo es otro cuerpo, Manzur ha so�ado muchos hombres, no como hombres sino como cuerpos, porque tambi�n podr�an ser cuerpos de mujeres, porque lo ha venido obsesionando un solo cuerpo: el cuerpo humano.

Y en el imaginario de estos cuerpos, el pintor los construye all� en esa dimensi�n inescrutable y misteriosa donde se juntan el dolor y la belleza. La pasi�n m�stica. Y en ese lugar busca imaginar, construir con la obsesi�n del ejercicio del sue�o, sobre todo un cuerpo: el de San Sebasti�n. Hace ya muchos a�os pint� otro c�lebre San Sebasti�n cruzado por flechas, y ahora acaba de trabajar sin tregua durante un a�o y nueve meses para terminar, para imaginar pieza por pieza, para so�ar cada parte de ese cuerpo, el que ser� su �ltimo y definitivo San Sebasti�n.

Es un gigante, es un coloso, y sus venas se hinchan, y su t�rax se agita y sus m�sculos vibran y bajo el sol del medio d�a su cuerpo es plateado, pero al atardecer es como de cobre y pedernal, y ya bajo las sombras y la luz mortecina de la noche es como si una p�tina de oro blanco ba�ara toda esa geograf�a de m�sculos y piel.  David Manzur tal vez s�lo mida metro y medio de estatura, y vestido casi siempre de negro, es apenas una breve silueta en la penumbra, que se oculta como un cuchillo en la noche o como un cuerpo desnudo en las sombras. Pero �l cre� este San Sebasti�n de casi tres metros de altura, que de pie lo dobla, que en su estudio lo aplasta, que inspira a la vez la fuerza de un rayo m�stico y el terremoto de un orgasmo, porque tiene en su desnudez, como dijo Cervantes del amor, la misma condici�n del placer y la muerte.

Empez� a so�arlo hace casi veinte a�os, y en 1984, cuando lo estaba pintando en Sasaima, los forajidos de siempre asaltaron la finca de al lado y mataron al vecino. Manzur se traste� para Bogot� con los bocetos de su monumental hombre, todav�a sin cabeza definida, donde a�n no se agitaba ning�n coraz�n... Y el San Sebasti�n qued� en el olvido hasta que casi diez a�os despu�s, el 15 de abril de 1993, cuando Manzur hab�a reanudado su trabajo de pintar su gigante desnudo, otros forajidos asaltaron su estudio en Bogot� y le robaron ocho bodegones, y cuando uno de los asaltantes vio el San Sebasti�n, permaneci� maravillado por unos momentos ante aquel gigante a�n inconcluso. Fue al ba�o donde ten�a amarrado a David Manzur y lo llev� hasta la sala apunt�ndole con un rev�lver en la sien y le orden� que firmara ese cuadro. El pintor busc� un carboncillo y firm�. Era una firma d�bil, condenada a deste�irse, porque el asaltante se emocion� con el cuadro pero no sab�a de la fragilidad del carboncillo. En ese momento el gigante era apenas un hombre en formaci�n, Manzur apenas hab�a so�ado su silueta, algunos m�sculos, esas venas, tal vez la fuerza interna del coraz�n...

M�s tarde, con la ayuda de la polic�a y de Antonio Robayo, gran amigo del pintor, rescataron la obra. Poco tiempo despu�s mataron en Medell�n al ladr�n que se maravill� ante el cuadro. Despu�s, Robayo muere por una bomba terrorista. Durante esos a�os, el San Sebasti�n, desgarrado en el costado, firmado con carboncillo a punta de rev�lver, permanece abandona do, en alg�n rinc�n del vasto estudio del pintor, por que al fin y al cabo ese cuerpo de hombre representaba el sino de la belleza y de la muerte, de la poes�a y la violencia, que persegu�a al cuadro de la misma manera que urd�a la esencia de una naci�n llamada Colombia.

Hace dos a�os David Manzur, peque�o y furtivo, se coloc� de nuevo ante el boceto del hombre gigante. A su lado estaba el ex presidente Belisario Betan cur, que desde hace varios a�os todas las tardes toma clases de pintura con Manzur y a la hora del crep�sculo beben los dos un pocillo gigante de caf� con varias rebanadas de queso. El ex Presidente, que tambi�n ha conocido todos los horrores de la violencia colombiana, que hizo llorar a las Naciones Unidas en Nueva York cuando cont� c�mo �l hab�a sobrevivido a su infancia en Antioquia, que sabe m�s de arte renacentista que de pol�tica menuda, lo anim� a que siguiera adelante, a que terminara de cuajar ese cuadro. Entonces durante un a�o y nueve meses, Manzur comenz� a so�ar y a forjar, mil�metro a mil�metro, la dimensi�n colosal de este San Sebasti�n sin flechas ni acosos de dragones. Un hombre limpio, desnudo, solo ante la inmensidad de la violencia, all� donde el dolor se cita con la belleza. El colombiano solo, herido, entre la multitud.

La cara, la cabeza completa, fue 24 veces pintada, y si dentro de 500 a�os alguien con un bistur� ausculta en ese rostro que mira hacia s� mismo, hacia su placer y su �xtasis, hacia su dolor y su belleza, descubrir� esas 24 superposiciones de pintura, esos 24 hombres que son al mismo tiempo una sola cabeza y un solo rostro: San Sebasti�n. En realidad, en casi dos a�os de trabajo, en ese cuerpo proceloso hay m�s de dos mil superposiciones. Hay muchos cuerpos all�, y esa rodilla y esos brazos ca�dos y el t�rax palpitante y las costillas que esperan heridas y esas venas a punto de reventar en la garganta, expresan toda la m�stica violencia del �xtasis individual y la tr�gica condici�n de una naci�n condenada, como las mariposas, a ser bellas sin saberlo y a matar su propia belleza.

Es un San Sebasti�n que se fue construyendo, destruyendo y repitiendo, pintando y borrando, superponiendo una energ�a sobre la otra, un cuerpo de un modelo que derrota a otro para morir al d�a siguiente. El t�rax de �ste, la mano de aquel, los hombros de �l... El pintor que sucede los cuerpos reales de los modelos con sus cuerpos imaginarios, porque es capaz de cerrar los ojos y pintar, con la misma destreza, la sensualidad que se desgaja tanto por la geograf�a de un cuerpo humano como por la er�tica anca de un corcel. Cuerpos de mujer o de hombres tan bellos como la desnudez de un espl�ndido caballo.

Y as� como en el cuento del hombre que fue so�ando a otro parte por parte, David Manzur fue so�ando, construyendo, colocando, todas las piezas de �sta que es como su �ltima gran tentaci�n. Era el deseo, el placer, la duda, de un hombre que para crearlo, el pintor ten�a que trepar por un andamio para recorrer su cabeza, sus hombros, su sexo, toda una geografla con territorios de belleza y de violencia, que ven�a en una traves�a que hab�a empezado casi veinte a�os atr�s.

S�lo un artista, s�lo un pintor colombiano de ahora que piensa y act�a como un hombre del Renacimiento, pero que sabe demasiado, tanto del cuerpo huma no eterno pero tambi�n de la tecnolog�a del cine y del sonido de la postmodernidad, es capaz de durar tantos a�os para so�ar y construir un cuerpo de esta dimensi�n. Y s�lo por haberlo so�ado y forjado as�, en esta tarde de octubre del a�o tres del tercer milenio, cuando David Manzur lo termin�, debajo de esas capas de rostros y m�sculos de tantos hombres comenz� a palpitar una pieza �nica: un solo coraz�n.

Ese coraz�n que no est� pintado, que no se ve. As� como siete partes sumergidas permiten que flote ese �nico octavo del iceberg en los oc�anos, es ese coraz�n invisible el que hace que este San Sebasti�n sin el mar tirio de las flechas, sin heridas, sin sangre, palpite y viva, de manera casi miedosa, como si fuera un gigante que despierta hacia la luz. Guardadas las proporciones, como la voz que emana del m�rmol del Mois�s o del David que esculpiera el m�s grande de los hijos de Firenze.

Cuando David Manzur firm�, bajo el yugo del rev�lver, por primera vez este cuadro, sinti� por un momento que �l mismo era San Sebasti�n. Por ello pens� que al terminarlo alg�n d�a, no requer�a de heridas ni de flechas porque un artista al ser obligado a firmar su obra con un rev�lver en la sien, ya estaba dejando all� fundida toda la pasi�n del dolor y la violencia que sufri� el verdadero San Sebasti�n. Y cuando lo firm� por segunda vez, ahora en octubre, ahora de verdad, pens� que no s�lo se hab�a liberado de aquella antigua obsesi�n de los pintores de crear colosales cuerpos humanos, como el Apolo, como H�rcules, como el mismo David de Miguel �ngel. Ni siquiera pens� que aquellos gigantes desaparecieron cuando la Iglesia prohibi� pintar los cuerpos desnudos.

Pens� en la sensualidad y el deseo que est� en todos los cuerpos, desde el cuerpo de una rosa hasta el perfil de un ave en vuelo. Y al tratar de pintar en Colombia, en nuestro tiempo, ese deseo en ese cuerpo que tiene como destino siempre a otro cuerpo, se tard� casi veinte a�os, se tropez� con muchas violencias, so�� y padeci� cada parte de ese cuerpo y fue so�ando parte por parte hasta despertar, despu�s de firmar dos veces su �ltimo San Sebasti�n, como si fuera su tentaci�n final, como si �l mismo no existiera, como si David Manzur fuera un sue�o.

Bien se podr�a pensar que David Manzur no existe, porque se trata de un singular artista colombiano que naci� all� en el Ouind�o, que creci� en alg�n lugar de �frica y que se templ� bajo el rigor de un convento espa�ol repleto de santos. O David so�� a San Sebasti�n, o San Sebasti�n so�� a David.

Tomado de la Revista Diners No.405, diciembre de 2003