Muisca Precolombino

Cundinamarca, Boyaca

Precolombino

Figura

 
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Arte Precolombino

Muisca

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Museo del Oro

Museo de
Antropologia

Marques de
San JMorge

 

CULTURA MUISCA

Los Muiscas habitaron el altiplano cundiboyacense, sobre las fértiles sabanas de Zipaquirá, Nemocón, Ubaté, Chiquinquirá y Sogamoso .

Su economía, basada en la agricultura, se desarrolló óptimamente gracias al aprovechamiento de las laderas y sistemas de cultivo, canales de sague y riego. Su producción de mantas, cerámicas y artesanías fue abundante, lo que les permitió destinar el excedente al comercio de la sal, las esmeraldas y la tributación.

Su estado fue gobernado por poderosos caciques llamados el Zipa y el Zaque, secundados por otros de menor jerarquía, los Usaques, especie de consejeros; los sacerdotes, los guerreros y el pueblo compuesto por agricultores, alfareros, orfebres, tejedores y comerciantes.

Los alfareros elaboraban la cerámica para uso ritual y ofrendatario, además de enormes vasijas para procesar la sal, ollas jarras y cuencos de uso doméstico.

Sobresalen la cerámica de tipo ceremonial, adornada con figuras zoomorfas como la rana, la serpiente, y figuras antropomorfas que quizás representaban a los caciques.

Tomado del Folleto: Cerámica Precolombina

Colección Fondo Cultural Cafetero - 1979

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Tocancipa

Tocancipá se reconoce como una de las primeras civilizaciones prehistóricas de Colombia y entre los más antiguos poblamientos de América. Vestigios que nos determinan la época en que los territorios de Tocancipá fueron poblados se encuentran:

De 14.500 años en las rocas del Abra o rocas de Sevilla, las cuales determinan los límites entre Tocancipá y Zipaquirá a la altura de la vereda de la fuente. Rocas en las que además se encuentran inscripciones jeroglíficas de épocas más recientes.

De 11.700 años en la vereda de Tibitoc.

Estos vestigios nos ubican entre los más antiguos poblamientos de América.

Estos poblamientos del continente Americano son provenientes del Asia desde tiempos muy remotos.

Estas primeras civilizaciones prehistóricas fueron el resultado de emigraciones que se convirtieron en ordas herrantes entregadas a la vida nómada y salvaje.

La pictografía simbólica hallada en los jeroglíficos de las rocas del Abra, fue ejecutada por una raza diferente a las primeras civilizaciones anteriormente anotadas y diferente a la de la raza de indios conquistada por los españoles. Pero es de una raza que se extendió por todo el continente y tiene el mismo carácter que la de los valles y cordilleras de Venezuela y de las márgenes del Orinoco y del Amazonas. Y las características de estos jeroglíficos son iguales para toda América ya grabados sobre rocas, ya pintadas con tinta roja indeleble, bien sea colocados sobre alturas inaccesibles o en las orillas de los ríos o demarcando sitios fronterizos.

Una tercera civilización nos permite definir la cerámica: Nuestros pueblos Muiscas en esta región de la sabana se caracterizaron como alfareros y es la alfarería una de las manifestaciones culturales que nos permite situarlos en el tiempo, basados en los análisis practicados a las vasijas de cerámica y se puede apreciar que la época de la alfarería esta ubicada entre el año 310 hasta el 1.305 lo cual permite establecer que los Muiscas llevaron ocupando estos territorios alrededor de doce siglos antes de la llegada de los españoles. 

Agricultura, caza y pesca

La alfarería fue una actividad importante pero también lo fueron la agricultura la caza y la pesca esto lo deducimos por la base de la alimentación.

En Tocancipá los Muiscas fueron excelentes agricultores y administradores de la tierra.

Si bien es cierto el maíz es un cultivo importante. No era el único fundamento de la alimentación, pues este se mezclaba con la yuca y los fríjoles, se incorporaba además a su dieta verduras y frutas.

Hibias, cubios, papas, ahuyamas, melones todo ello contenido en la ofrenda de la princesa y proteína animal: venados, curies, perros mudos, zaínos y pecarí; peces y aves como perdices, patos, pavos y pajaritos, por tal motivo la niñez se criaba lúcida y hermosa, los adultos de gran fortaleza y las mujeres muy fértiles tenían un parto cada año.

Dentro de sus actividades combinaban muy bien la caza, con la pesca, frutas, verduras y raíces. La caza era abundante: faizanes, codornices, conejos, pavas, tórtolas, paloma torcaz, muchas otras aves, venados, puercos monteces y armadillos.

Tomado de la RevistaToquencipe, No. 9, 1995

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MUISCAS Y GUANES 

Los Muiscas ocupaban las tierras altas de la parte más ancha de la Cordillera Oriental, en los departamentos de Cundinamarca, Boyacá y Santander. Se sabe por los relatos de los cronistas españoles de los siglos XVI y XVII, que los Muiscas tenían una economía agrícola bien desarrollada, cultivaban maíz y papa, coca y algodón. Con este último elemento se identifican como grandes tejedores de textiles o mantas. Aspecto importante fue su estructura socio-política. (Broadbent: 1989-10-16). 

Al norte del altiplano cundiboyasence, en el actual departamento de Santander, la cordillera cambia radicalmente en su topografía. La ocupación de las tierras altas de Santander por parte de la etnia Guane se inicia probablemente alrededor de los siglos VIII o IX de nuestra era. El conocimiento que se tiene sobre la organización socio-política, lengua y costumbres de los Guanes se deriva de las crónicas y documentos dejados por los conquistadores y colonizadores. (Lleras:1989-17-21). 

Muiscas y Guanes elaboraron cerámica: múcuras, ollas, cántaros, copas, además de representaciones humanas y de animales. 

The Muiscas lived on the high plateaus of the Eastern Andes, in what today corresponds to the Departamentos of Cundinamarca, Boyacá and Santander. It is well known, based on the documents left by the Spaniards during the 16th and 17th centuries, that the Muiscas had a well developed agrarian economy, and that they cultivated corn, potatoes, coca and cotton. The Muisca were notorious for their production of blankets; another important aspect was that of their socio-political organization (Broadbent 1989: 10-16). 

North from the Altiplano Cundiboyacense, in the Departamento of Santander, the Eastern Highlands change in nature. Initial Guane occupation of this portion of the highlands probably dates back to the 8th or 9th century A.D. The knowledge that we have on matters such as social organization, language and traditions of che Guane is based on Spanish accounts as well as on documenta left by conquerors and colonists (Llevas 1989: 17-21)

Both Muiscas and Guanes elaborates long-necked jars known as múcuras, cooking pots, cups and representations of humana and anímals.

Tomado del folleto Arte de la Tierra - Colombia
Fondo de Promoción de la Cultura, 1994

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La tumba abierta en los antiguos terrenos de la hacienda El Carmen del barrio Oasis de Usme, en el sur de Bogotá, revela los restos óseos de una mujer de 20 a 30 años de edad.

En el momento de su muerte, posiblemente ocurrida hace más de 1.000 años, ella tenía las piernas medianamente recogidas a inclinadas hacia el oriente. Sus manos, superpuestas detrás de la espalda y a la altura de la pelvis, muestran unos dedos crispados, encogidos como un signo de terror o dolor.

La posición de los huesos en esa tumba prehistórica indican que la mujer fue enterrada viva, como parte de un complejo ritual con sacrificio humano, algo natural y característico de antiguas culturas.

Esa es la explicación que Virgilio Becerra, director del departamento de Antropología de la Universidad Nacional, le dio a la Secretaría Distrital de Hábitat, al confirmar uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de los últimos tiempos en Bogotá: la existencia en esa hacienda de Usme de una gigantesca necrópolis prehispánica, que podría tener unos 2.000 años.

En ese camposanto, que habría sido centro de adoración y de sacrificio también de niños como ofrenda a los dioses, se calcula que habría unas 1.500 tumbas, dada la densidad de enterramientos halla dos en las pocas hectáreas exploradas de la hacienda.

Teniendo en cuenta los informes preliminares de la Universidad Nacional, el personero de Bogotá, Francisco Rojas Birry, y la secretaría de Háb tat, Catalina Velasco, revelaron que los restos arqueológicos descubiertos pertenecerían a distintas épocas, de antes del siglo I al siglo XVI, pero hay vestigios que indicarían que algunas tumbas serían de tiempos anteriores.

Los antropólogos a cargo de la investigación indicaron, sin embargo, que los primeros cuerpos los habrían enterrado en el periodo cultural llamado Herrera, es decir, entre el siglo I y el V de nuestra era, antes de que llegaran los muiscas. Luego hubo inhumaciones que corresponderían a la etapa muisca temprana, del siglo V al X; y los últimos enterramientos se habrían hecho en el periodo muisca tardío, después del siglo X.

La antigüedad de las tumbas y restos óseos fue establecida luego de tres meses de trabajos de la facultad de antropología de la Nacional. Para ello, hicieron una recolección de muestras, pozos de sondeo, use de varilla introducida en la tierra y utilización de un moderno radar para de terminar mediante ondas electromagnéticas, condiciones y distintos movimientos hechos en el suelo.

Luego, fueron cavando y encontrando decenas de tumbas con "individuos" adultos, masculinos, femeninos a infantiles, en distintas posiciones y, algunos, enterrados con collares, unos hechos con conchas, que aún sorprendentemente se conservan. También hay en el lugar vasijas y utensilios hechos en piedra. Hasta ahora, no han hallado un miligramo de oro en los recipientes cerámicos ni en las tumbas.

Ahí está, por ejemplo, el esqueleto que perteneció a un hombre que probablemente fue el sacerdote o chamán de esa población prehispánica.  Sus huesos, en especial el peroné, y vértebras tienen vestigios de que por mucho tiempo el `chamán no recibió el sol.

Sus manos crispadas indicarían que fue enterrado vivo, dijeron los investigadores al personero Rojas Birry, durante la visita que hizo el miércoles pasado al sitio del hallazgo.

La indicación de que varios de los restos arqueológicos pertenecen al periodo Herrera obedece, entre otros aspectos, a que varios esqueletos, entre ellos los de niños, tenían cerca vasijas que identifican este periodo: fueron hechos en arcilla y en algunos de sus bordes fueron impresos rústicamente uñas y peines, característicos de esa época, corroboró la arqueóloga Marianne Cardalee, reconoci a investigadora del periodo Herrera.

(El artículo continúa ...)

Tomado del periódico El Tiempo, 20 de abril de 2008

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La industria textil muisca

por Alvaro Chaves Mendoza

Pueblo de tejedores, podría llamarse con justicia a los Industriosos habitantes del altiplano cundiboyacense y de las montañas santandereanas, que estructuraron una compleja sociedad, la muisca, en la cual las mantas constituyeron elemento significativo en el orden social, económico y religioso.

Desde el origen mítico, en los relatos sobre la creación de los seres humanos, transmitidos oralmente generación tras generación para fijar las pautas culturales y rememorar los acontecimientos trascendentales, aparece el tejido para ejemplificar un oficio esencialmente femenino. Chiminigagua, el dios creador, esencia de la vida sin representación material, da forma al mundo, a los animales, a las cosas y a dos caciques divinos, Iraca y Ramiriquí, que se convertirían, respectivamente, en Luna y Sol después de haber fabricado el primer hombre de tierra amarilla y la primera mujer de una hierba alta de tallo hueco, que no es otra que el junco que crece en las orillas de las lagunas, ese mismo junco que, entrelazado, formaba las esteras y fue el origen de la industria textil entre estos Indígenas.

Dueños en un tiempo de las tierras bajas vecinas al río Magdalena, los muiscas cultivaron el algodón y dominaron las técnicas del hilado para convertir sus copos en delgadas fibras por medio del huso o rueca, instrumento formado por una varilla de madera o de caña de guadua, de 30 o 40 centímetros de longitud, que lleva en uno de sus extremos una entalladura en forma de gancho para sujetar el hilo y en el otro un tortero de pizarra —cilindrico, semiesférico o troncónico— que facilita el movimiento de torsión que con los dedos de la mano derecha se le imprime, mientras con la izquierda se sujeta el hilo que se va formando. La mujer muisca, cualquiera que fuese su condición social, era habilidosa hilandera y se aplicaba a esta labor en todo momento libre, aun al caminar, con paso corto y rápido, con su niño a la espalda, por las colinas y valles de la altiplanicie.

En cada casa indígena había un telar funcionando permanentemente, que podía ser el telar de cintura, sujeto en su parte superior a un palo o a un árbol y con una faja que rodeaba la cintura de la tejedora y permitía que ella controlara la tensión de la urdimbre. También se usaba el telar horizontal, llamado así porque los dos palos que llevaban la urdimbre tensionada se hallaban colocados sobre cuatro maderos enterrados que sostenían y formaban la armazón. Pero tal vez el más común fue el telar vertical, compuesto de dos estacas enterradas sobre las cuales se amarraban dos gruesos palos horizontalmente, uno arriba y otro abajo. Los hilos se templaban paralelos para dar cuerpo a la urdimbre y se iba formando la trama con el paso de la lanzadera. Algunas veces el trabajo se ejecutaba esencialmente a mano, con ayuda de un palo suelto para sostener los hilos.

Estas adquisiciones técnicas de los pueblos, establecidas por invento o difusión y perfeccionadas hasta convertirse en tradición, aparecen en la mitología adjudicadas a un personaje que genéricamente se denomina "héroe cultural" o "dios civilizador". Entre los muiscas fue Nemquerequeteba, un hombre no conocido de nadie, cargado de años, con la barba hasta la cintura y el cabello largo recogido con una cinta, que vino del este, entró por Pasca y pasó a Soacha, Bosa, Bacatá y Cota, predicando y enseñando a la gente a hilar y tejer mantas. Cuando sal ía de un pueblo dejaba los telares pintados en las piedras, y de él aprendieron los muiscas a dejarse crecer los cabellos y a usar una manta puesta con un nudo hecho de las dos puntas sobre el hombro derecho, sobre una túnica sin cuello que les llegaba a las pantorrillas. Nemquerequeteba, o Nemqueteba o Xué, llegó hasta la provincia de Guane, volvió al este, entró a Tunja y en el valle de Sogamoso desapareció.

Las tinturas —vegetales, animales y minerales— usadas para dar colorido a los tejidos, nos las describe Miguel Triana en 1922, cuando aún se aplicaban regularmente en la industria campesina: "El añil (Indigofera tinctórea), de primorosos tintes azules, desde el celeste hasta el que se confunde con el negro; la cochinilla, que se cultiva con esmero en los valles de Tinjacá y Ráquira, para producir la púrpura más vehemente; la púnciga (oreodaphne laurínea), cuyas hojas verdes, a! refregarlas, producen una mancha morada; la batatilla (pharbitis colorante); el azafrán (crotus sativas), de color de oro, el trompeto (beconia frutescens), de un bermellón anaranjado, y muchos otros que la decadencia Industrial hizo olvidar, proporcionaban a los tejedores del zipa, del zaque y de Suamox los más variados elementos de pictórica para la urdimbre de los telares. Para buscar la adherencia del color en la fibra, empleaban cierta química intuitiva, de consejo práctico, mezclando a la materia colorante algún mordiente vegetal rico en tanino, la sal de cocina o la lejía de ceniza. Así también lograban combinaciones de colores para nuevos tintes; por ejemplo: para producir el carmelita (siena) mezclaban con lejía el gamón (dlanella dubia), el cual a solas produce el color mofado; para producir el azul verdoso, mezclaban la uvilla (cestrura tlnctorium) con pepa de aguacate y sal; para producir el negro revolvían el zumo del raque (vallea stipulares) con yerbabuena (menta sativa) y barro podrido".

Estos colorantes los utilizaron para teñir los hilos de algodón, para pintar las mantas con pinceles o plumas, o para aplicarlos sobre rodillos cilíndricos de cerámica con grabados geométricos, que dejaban estampado el diseño al deslizarlos sobre las telas.

Los Indígenas de la Sabana se proveían de algodón en las regiones de Fusagasugá y Cáqueza; los de Tundama, Soatá y Ubaté lo conseguían en el mercado de Sorocotá, y los de Tunja en Sogamoso, donde una carga de algodón en rama —cuatro arrobas— se cambiaba por una buena manta. Desmotado, hilado y tejido, ese algodón alcanzaba para fabricar una manta fina y cuatro chingamanales, que era el nombre dado a pequeñas mantas, bastas y mal tejidas. La manta fina equivalía a cuatro mantas bastas; o sea que la carga de algodón proporcionaba dos mantas finas.

Lucas Fernández de Piedrahíta describe así la industria muisca: "En esta nación los naturales son más políticos, andan todos vestidos, a que los obliga el temple de la región fría que habitan, cuando corre el viento sudeste, atravesando sus páramos que llaman Ebaque. Sus más ordinarios vestidos son de algodón, de que tejen camisetas, a la manera de túnicas cerradas que les llegan poco más abajo de la rodilla, y de las mismas mantas cuadradas que les servían de palio: las más comunes son blancas, y la gente ilustre las acostumbra pintadas de pincel, con tintas negras y coloradas, y en las frentes medias lunas de oro y plata, con las puntas a las partes de arriba. Las mujeres usaban una manta cuadrada, que llamaban chircate, ceñida a la cintura por una faja, que en su idioma llaman chumbe, y sobre los hombros otra manta pequeña nombrada líquira, prendida en los pechos con un alfiler grande de oro y plata, que tiene la cabeza como un cascabel y es llamado topo".

El relato confirma que se aplicaba la norma establecida por el zlpa Nemequene, el legislador, quien ordenó en su famoso código el uso de ornamentos de oro y mantas pintadas para las personas de elevada condición social, reservando para el pueblo los vestidos del color crudo de la fibra sin teñir y los adornos de plumas o semillas. El color del traje en la sociedad muisca constituyó signo externo de diferenciación social, no solamente establecido por la tradición, sino impuesto por disposición legal.

En todos los acontecimientos Importantes de la vida del muisca, las mantas cumplían una función. Los sacerdotes dedicados al culto del Sol, en Sogamoso, llevaban vestiduras rojas y los que atendían el templo de la Luna, en Chía, las usaban blancas. Dos mantas y un poco de oro debían pagar los fieles a estos sacerdotes por las ofrendas a los dioses. La manta roja y el rostro pintado del mismo color eran señal de luto. El color verde lo llevaban en sus túnicas los personajes que ejercían el poder.

Para pedir en matrimonio a una muchacha, el novio enviaba al futuro suegro dos mantas, una carga de maíz y un venado. Los funcionarios encargados de cobrar tributos recibían del contribuyente una manta por cada día de mora en el pago. En los sitios de frontera y en los grandes depósitos estatales, como el de Cajicá, se guardaban armas y mantas para proveer a los soldados y servidores.

La posesión de los caciques era ocasión de festejarlos con regalos de mantas finas, y en las procesiones reales se cubría de mantas el sitio que pisaban los soberanos. Para estrenar las casas y cercados de los caciques se organizaban carreras y se premiaba con seis mantas al que llegaba primero, con cinco al segundo y así sucesivamente hasta el sexto, que recibía una. En los juegos atléticos de las fiestas agrícolas, el zipa galardonaba con mantas a los luchadores más destacados.

En el ritual que se celebraba en las cumbres que miraban a oriente, se sacrificaba sobre una piedra, tendido en una rica manta, abriéndole el pecho y sacándole el corazón, a un joven traído como cautivo de la región de los llanos, llamado el moxa, que debía conservarse virgen para ser digno de que su sangre alimentara al Sol.

Los cuerpos momificados de los difuntos de alto rango se cubrían con mantas y se adornaban con diademas y collares de oro, para luego colocarlos en cuevas de regiones altas y frías, con su ajuar funerario de utensilios de piedra, vasijas de cerámica y algunas veces artefactos relacionados con la industria textil, como husos, torteros, lizos, lanzaderas y agujas de ojo.

Las mantas eran vestido y abrigo, diferenciadores de edad, condición y oficio, tributo a los caciques, ofrenda a los dioses, objeto de retribución y premio, y tan importante elemento de trueque, que podría considerarse como moneda.

Y puesto que las principales actividades de una sociedad se representan simbólicamente por un dios, considerado como patrono y protector de quienes se dedican a ellas, los muiscas tuvieron a Nencatacoa como deidad de los pintores y tejedores. Este ser mitológico se aparecía en figura de oso, cubierto con una manta, y cantaba y bailaba con pintores y tejedores en sus borracheras. Era también el dios de la bebida y se llamaba Fo cuando tomaba la forma de una zorra y su cola esponjada asomaba bajo la túnica de un bailarín en medio de la euforia de la fiesta.

Las mantas en la historia

En el descubrimiento y la conquista del Nuevo Reino de Granada, las mantas desempeñaron interesante papel como factor decisorio en el ánimo de don Gonzalo Jiménez de Quesada. Cuando el conquistador llegó, después de grandes penalidades, al pueblo de La Tora, encontró en los bohíos mantas de algodón muy delgadas y bien tejidas, pintadas a pincel con franjas angostas llamadas maures, y como hasta entonces sólo había tropezado con gente desnuda, pensó que provenían de alguna tierra de indios Ingeniosos que andaban vestidos, lo que le alentó a remontar la cordillera Oriental en busca de quien hacía y usaba aquella ropa, pues sin duda era gente de consideración.

Tras las mantas del altiplano se encaminó Jiménez de Quesada con sus soldados y a lo largo de la ruta conquistadora las tomó como botín en las rancherías, junio con el oro y el maíz, o las recibió como presentes de los conquistados en Guachetá, en Suesca y de especial finura en Bojacá. En la toma de Tunja, a las esmeraldas y al oro obtenidos de los súbditos del zaque, se agregó el hallazgo de tres bohíos llenos de rollos de finas telas de varios colores. Capas y sayos fabricados en telares indígenas reemplazaron a las gastadas vestimentas de los soldados españoles y, ya establecida la colonia, el tributo anual de los indios incluía las mantas tejidas.

Muy diversos acontecimientos de la historia neogranadina se relacionan con el tejido indígena. El soldado Juan Gordo, acusado en Cucunubá de tomar por la fuerza varias mantas que los indígenas llevaban como obsequio al general Jiménez de Quesada, pese a sus protestas de inocencia, argumentando haberlas recibido como regalo, fue condenado a la pena de muerte y ejecutado en el garrote. Bien distinto el papel del tejido cuando en 1555 Antonio de Santana, encomendero de Sutamarchán, mandó pintar en un lienzo indígena la imagen de la Virgen de Chiquinquirá que, renovada en 1586, ha sido desde entonces objeto de la veneración popular.

En tiempo colonial el padre Basilio Oviedo escribe: "El algodón que se siembra en tierras calientes es el socorro universal para todo el Reino, porque sus tejidos son muy curables, y es de lo que viven todos los pobres y campesinos en casi toda la tierra caliente; unos que llaman lienzos se suelen fabricar en los llanos que llaman de Macote, por ser este pueblo donde más se fabrican. Hacen también otros muchos tejidos que llaman mantas, de varios colores, que fabrican pabellones al tanto que los de Quito, en particular en la jurisdicción de la villa de San Gil, y sobrecamas de estos lienzos. Y de estas mantas se conducen muchas cargazones para Mompós, para Neiva, para An-tioquia y otras muchas partes. Donde se siembran más algodones es en los Llanos y en las jurisdicciones de las ciudades de Vélez, Girón y villa de San Gil, que también se producen en las otras jurisdicciones de Santa Fe, Tunja, Muzo y las demás".

En 1789 don Francisco Silvestre, secretario del virreinato, aconseja, como uno de los "remedios oportunos que necesita para sanar de sus males políticos", establecer una relación de necesidad entre España y el Reino de Santafé, para mantener su dependencia, porque "es sumamente preciso; y por tanto no conviene permitir fábricas de tejidos finos de lana, algodón o seda, como se pretende en Quito y pudiera hacerse aquí, a excepción de aquellas de algodón, que sólo tienen consumo en el país, como ruanas, etc., y por caras no pueden conducirse fuera, y las otras de géneros bastos, por la razón misma porque no se permiten las viñas y olivares, aunque pueden permitirse las parras, olivos y otras especies para comerlas como frutas".

Pero aunque se impida la exportación, el tejido tradicional mantiene su vigencia y se continúa usando ya bien entrada la república. Liborio Zerda, en 1882, se refiere a la vestimenta indígena diciendo: "Hoy se les da el nombre de camisetas a unas mantas cuadradas que tejen los naturales de nuestro país, tanto indígenas como mestizos; a estas mantas les dejan una abertura en la mitad para colocarlas en el cuello y cubrir el tronco sin cerrarlas por los costados. Probablemente las camisetas llamadas también ruanas, que hoy se usan por el vulgo, fueron derivadas de las antiguas mantas chibchas que, cerradas por los costados, formaban la vestidura que cubría el cuerpo desde el cuello, en la época a que se refiere la cita de Piedrahíta, pues una túnica chibcha, sin cerrar por los costados, es una manta cuadrada, o una camiseta o ruana. El origen, pues, de la ruana, fue la manta de la túnica chibcha de la misma forma cuadrada que el chircate y demás telas que fabricaban". Comenta además que "en los pueblos en que se conserva aún la raza indígena sin degeneración y en donde sus costumbres tradicionales han sido inalterables, no obstante la influencia que ha ejercido sobre ellos la civilización contemporánea, conservan esta pequeña industria y la forma de estos telares enteramente primitivos. En ellos hacen tejidos de lana, ordinarios, para sus camisetas o ruanas, y todavía en algunos pueblos miserables algunas mujeres usan el chircate de lana".

A comienzos del presente siglo, en 1922, Miguel Triana, comentando sobre el apego de los indígenas a la industria de los tejidos, escribe: "Resulta que en la actualidad los chibchas sobrevivientes en el departamento de Boyacá han perpetuado los procedimientos precolombinos en hilados, telares y coloración de las hilazas". Los tejidos relnosos mantuvieron su fama de calidad y duración hasta el nacimiento de la industria textil en Cundlnamarca, Antloquia y Santander.

Los tejidos en la arqueología

La arqueolog ía ha rescatado vestigios materiales de la industria textil prehispánica, entre los cuales los más numerosos son los torteros de piedra con dibujos incisos rellenos de pasta blanca, de formas geométricas o con figuras estilizadas de aves que tienen un significado mágico-religioso, pues la luz vino al mundo cuando Chiminigagua creó unos pájaros negros que al volar lanzaban de sus picos un aire translúcido. Estos torteros, hechos de cerámica por casi todos los grupos aborígenes, en la cultura muisca se distinguen porque la mayoría están fabricados de pizarra; se encuentran muchas veces al arar los campos o como parte del ajuar funerario, y corroboran la importancia del tejido en la economía de este pueblo.

Las pequeñas piezas de orfebrería llamadas tunjos, personificaciones de los hombres y las mujeres que los colocaban come ofrendas en las casas ceremoniales, muestran diversos tipos de trajes, lo mismo que las piedras matrices que servían para la obtención de delgadas láminas de oro. Las vasijas antropomorfas de arcilla cocida indican tocados de pieles de animales y gorros tejidos.

El Museo Nacional guarda una pequeña máscara de fique tejido, de ojos rectangulares, adornada con un tocado de plumas, semillas y cuentas de vidrio, que fue hallada sobre la calavera de una momia. Las cuentas son señal inequívoca de que después de la Conquista se dio una continuidad tanto en la utilización de los tejidos aborígenes como en la práctica del embalsamamiento de cadáveres. Un ejemplo similar lo encontramos en la momia que exhibe el Museo del Oro, encontrada en una cueva de Plsba, Boyacá, envuelta en dos redes de fibra anudadas y en una tela de algodón blanca. Lleva en la frente dos bandas de esparto entrecruzado y tenía como ajuar un poporo, dos copas de cerámica pintada y una mochila de tejido doble, blanca y carmelita, con diseño de figuras geométricas, cruciformes, antropomorfas y zoomorfas. Un cuero de oveja que la envolvía y varias cuentas de vidrio verde que adornaban el palo del poporo, indican una fecha poshispánica para este hallazgo. Otras momias se encuentran en el Museo Antropológico de Barranquilla, en el Museo de Pasca, en la Casa de Bolívar de Bucaramanga y en otros museos del país, todas ellas envueltas en mantas finas, ricas en color y de variados diseños que tienen gran similitud con la decoración pintada de las ollas y copas de cerámica, en las que prevalecen los triángulos, los círculos concéntricos, las grecas rectilíneas, los signos cruciformes y las estilizaciones de aves.

Las telas guanes

Los guanes, antiguos habitantes de Santander, famosos por la valentía de sus guerreros y la belleza de sus mujeres, usaban vestiduras descritas así por Juan de Castellanos:

De telas de algodón que van tejidas

con hilos variados en colores;

con una se rodean la cintura

y otra que de los hombros va pendiente

al izquierdo trabada con un nudo

dado con los extremos de la manta;

traje también común a las mujeres que por su honestidad y más resguardo usan debajo pampanillas con que cubren las partes impudentes las casadas [...]

y aunque las solteras no tuvieran esa precaución, lo cierto es que las telas se conservaron en buen estado durante siglos, en la Mesa de los Santos o Mesa de Jéridas, lugar de recreo del Guanentá, soberano de este pueblo, que con los muiscas fue, al decir de los cronistas: "una misma gente y una misma lengua" —la lengua chibcha—. Las cuevas de los altos flancos rocosos de la meseta sirvieron de cementerio a los más importantes personajes y de ellas provienen cuerpos momificados y mantas que hoy conserva y exhibe la Casa de Bolívar de Bucaramanga. Los historiadores Martín Carvajal y Mario Acevedo y otros miembros de la Academia de Historia de Santander las exploraron, y donaron a la institución la más completa colección de tejidos prehispánicos con que cuenta el país. Exhibidas desde que se inició el museo con la asesoría de la an-tropóloga Edit Jiménez de Muñoz, las telas fueron catalogadas y sometidas a tratamiento de limpieza dentro del plan de reestructuración que inició su actual directora, una santandereana de armas tomar, Lucila González Aranda, quien, rodeada de arquitectos, arqueólogos, historiadores, dibujantes y museógrafos, resolvió rescatar del olvido al pueblo guane y colocarlo en el lugar que merece ocupar como antepasado de la laboriosidad y la bravura del santandereano.

Olga de Wong, experta en tejidos prehispánicos, inició en el Centro de Restauración de Colcultura una labor de recuperación y estudio de los tejidos, continuada por las restauradoras María Teresa Duran y Emilia Cortés, la arqueóloga Mariane de Shrimpf, de la Fundación de Investigaciones Arqueológicas del Banco de la República, y las tejedoras Gladys de Téllez y Carmen Urbina, de la Universidad de los Andes. Todas ellas han contribuido a la conformación de un estudio científico de las mantas guanes, que abrió a la arqueología colombiana un nuevo horizonte para el rescate de este patrimonio histórico y cultural.

Interesantes conclusiones se han obtenido de estos estudios: por ellos sabemos que se utilizaron los tres tipos de telares descritos; contamos con cuadros detallados sobre las diversas plantas tintóreas, el tratamiento de las fibras, los instrumentos del telar y los tipos de hilado y tejido. Sabemos que no sólo se usaron el algodón, el fique (ochroma tomentosum) y la lana de ceibo (furcraea sp.) para los tejidos, sino también el pelo para la confección de gorros, que hubo especialistas para el hilado, que se usaron más los colores castaños y ocres, que se tejió en urdimbre adicional, en mallas anudadas y con agujas. El conocimiento de los materiales, las texturas, los colores y las técnicas, se ha enriquecido con la búsqueda de sus raíces, y el modelo conseguido servirá como base y aliciente para las futuras investigaciones.

Tomado de la Revista Lámpara No.94, Tercera entrega 1984

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