NUEVA PROPUESTA
ESCULTÓRICA
Corría la mitad del siglo XX y el
escultor vallecaucano Raúl Álvarez tenía menos de dieciocho años y era un
muchacho tímido, recién instalado en Medellín. Con ojo avizor vio dos caras
de una misma moneda en dos lugares distintos: en un
taller de imágenes religiosas y en la exposición de esculturas de
hierro de Horacio Betancur. Dos tendencias estéticas, la humanista y la
industrial, impactantes como para pactar una tregua consigo mismo.
Al principio, en la búsqueda de un
estilo, trabó conversaciones con importantes artistas del metal como Jaime
Gutiérrez Lega y Carlos Rojas; admiró la obra de Eduardo Ramírez Villamizar
y Édgar Negret; y en viajes por el mundo estudió a Eduardo Chillida, Eusebio
Sempere, Jorge Oteiza, Andreu Alfaro, David Smith y Anthony Caro. En cada
uno observó un punto común de reconciliación entre el desarrollo industrial
y el respeto por la integridad humana.
A cincuenta años de distancia aún
subsiste la fórmula en la última de sus series de metal, llamada
Modulaciones. "En este último período me he concentrado en
desarrollar una relación más íntima entre el espacio y la obra escultórica,
así como la manera de hacer participar más activamente la circulación de la
luz a través de la estructura de la obra".
Son más de veinticinco esculturas
hechas de hierro y llamadas Sin título, de colores blanco o negro
y de las cuales hay dos formadas por ocho y quince piezas
respectivamente. En todas participan los conceptos de espacio, luz y forma
que interactúan como una sola composición, o si se
de sea, pueden ser diferenciadas unas de otras. "Estos nuevos trabajos
dejan de lado el concepto de pedestal y se colocan directamente sobre la
pared o el suelo, para lograr una mayor interacción entre la escultura y el
espacio arquitectónico".
La anterior es la explicación técnica
de la serie Modulaciones. El argumento artístico dice que son obras
que perfilan su silueta entre los fondos verdes de las montañas y los azules
del cielo, entre el anaranjado del ladrillo y el transparente de los
ventanales de los edificios bogotanos, o en cualquier pared de cualquier
salón de Bogotá.
Son esculturas que juegan a la melodía
de las sombras sin importar la superficie o el
ángulo, por sus reflejos frecuentes en los cortes, hendiduras y curvas. Y
son una propuesta nueva respecto de las escuelas convencionales del metal,
pues la de Raúl Álvarez deja la sensación de movimiento perpetuo como ocurre
con el mar, la tierra o el aire, siempre bajo la fuerza de una misma
composición.
En las veinticinco piezas de
Modulaciones, los metales y sus reflejos parecen gritar que en la
industrialización, como en toda creación humana, también hay un espacio para
la expresión del arte.
Tomado
de la Revista Diners No.423, junio de 2005