Arte Precolombino

Colombia

Precolombino (Culturas tairona, sinu, quimbaya, guane, muisca,tolima, calima, malagana, tierradentro, San Agustin,)

Varios, Visual

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ARTE PRECOLOMBINO

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Escritos sobre Arte
de Luis Alberto Acuna

Pintura

El arte de los indios colombianos

De igual manera que la arquitectura, y aun mas que ella, la pintura fue entre los indios colombianos un arte insipiente, que jamás logró rebasar los limites del mas absoluto primitivismo: así nos lo demuestran los escasos documentos que poseemos para juzgar el estado en que este arte se hallaba en la época prehispánica. Constituyen tales documentos, ante todo, las piedras pintadas con abundancia de signos tan extraños como elementales, aun cuando no por ello carentes de significado, de carácter y de algún interés como expresiones de arte. Son, asimismo, documentos importantes para el estudio de la pintura indígena, aquellas piezas cilíndricas de barro cocido, conocidos generalmente con los nombres de rodillos o pintaderas y que no tuvieron otra finalidad que la de servir para el decorado de las mantas y de los cuerpos desnudos. También las antiguas crónicas nos instruyen sobre la muy grande importancia que tuvo para los indios la pintura, así en el embellecimiento de sus propias personas como aplicada a otras artes, en especial a los tejidos y a la cerámica, y aun a sus armas, como nos lo refiere Castellanos de aquellos aguerridos naturales que le salieron al paso a Jorge Spira:  

"En hacer estas armas no son rudos, 
ni tienen, cierto, sutileza poca;
Pintan el sol en todos sus escudos,
Con sus rayos, nariz, ojos y boca".
 

Las pinturas sobre piedra que abundan en algunos lugares de Colombia, especialmente en los términos que delimitaron el asiento de la antigua jurisdicción chibcha, son de una morfología tan curiosa y de un sentido abstracto tan sugerente, que por estas muy principales circunstancias y por las no menos importantes de estar trazadas con tintas rojas indeebles, en lugares especialmente visibles, en una orientación determinada, con una repetición insistente de figuras o caracteres, (aun en lugares situados a muy considerable distancia) y con tal semejanza unos de otros que parecen trazados todos por la misma mano, nos atrevemos a pensar que tales pinturas no son otra cosa que signos escriptorios. Signos desde luego muy naturales en un pueblo que, como el chibcha, había puesto especial atención en la fijación, cuidado y sostenimiento de sus fronteras, que guardaba entre sus mas preciadas tradiciones la referente a la manera como su civilizador Nemterequeteba o Bochica les había enseñado el arte de hilar el algodón y tejer mantas, y para que no se les olvidasen tan útiles conocimientos les dejó su enseñanza fija en la piedra por medio de signos. Razonables, por lo demás, resultan estas manifestaciones de insipiente escritura rupestre en un pueblo que por contar con una organización política y religiosa bastante avanzada, y por haber cubierto ventajosamente en muchos aspectos la época primitiva y haber ahondado grandemente dentro del período arcaico, estaba en condiciones de preocuparse ya en fijar sus ideas por medio de signos. En estado semejante halláronse otros pueblos, como el egipcio, cuando ya usaban de un cierto genero de escritura que más tarde había de evolucionar, hasta la muy estética forma de sus jeroglíficos. 

No es por mero capricho, sino porque la comparación resulta en extremo interesante por lo que nos permitimos insertar en este estudio, junto a los primitivos caracteres alfabetiformes de los egipcios, algunos signos de los petroglifos chibchas. Tampoco queremos significar con ello la equivalencia de unos y otros en punto de significado, ya que tal labor, sobre manera atrevida, solo incumbe a los paleógrafos; pero si es lógico pensar que si entre los primitivos habitantes del valle del Nilo aquellos signos tuvieran un valor escriptorio, igual valor debieron tener entre los chibchas, estas análogas pictografías.

Quizá pueda pensarse que al hablar de esta manera nos hemos distraído en una disgreción de orden científico, dejando a un lado el interés artístico de tales pinturas, único que aquí debe preocuparnos. Pero es lo cierto que estos productos de la cultura chibcha (algunos los juzgan como pertenecientes a la cultura caquesia o prechibcha) tienen un muy diferente valor si se los juzga como signos escriptorios, o como mero y vulgar pasatiempo, según la versión de Restrepo. (1)

En contra de estas aseveraciones, formuladas de tan rotunda manera, merece citarse la lacónica cuanto elocuente noticia de Fray Pedro Simon, testigo de tantos notables hechos como se vieron en tiempos de la Conquista en el suelo de Colombia. Al referirse a los Catios de Antioquia, culta tribu perteneciente a la gran familia chibcha dice: "Escribían los catios sus historias con jeroglíficos pintados sobre mantas".

Abundan entre estas pinturas los triángulos, los rombos, los círculos, las espirales, las figuras concéntricas, las paralelas y meandros, y representaciones en extremo esquematizadas de la figura humana, del sol, la rana, la serpiente y algotros animales. En atención a su valor puramente artístico tomamos algunas de estas figuras para formar con ellas y con otras procedentes de su cerámica pintada, donde las estilizaciones y motivos ornamentales son, por lo general, de mas esmerada factura y cuidadoso trazo, un como seleccionado muestrario del no muy extenso pero si muy curioso repertorio ornamental de los chibchas.

No obstante la poca riqueza de imaginación y recursos técnicos que estas manifestaciones pictóricas acusan, no las hubo mejores entre las otras parcialidades cultas de Colombia primitiva; porque ni los mejores vasos pintados de la cerámica quimbaya las superan, ni las pinturas en rojo y negro que decoran el interior de las tumbas halladas en Tierradentro son mas ricas de temática o mejores de ejecución. 

No siéndonos posible referirnos a los murales y demás pinturas con que los chibchas, los guanes y otros pueblos decoraban sus mantas, debemos suponer que el mejor genero de pintura indígena, aún cuando parezca guaza, fue el practicado en la decoración de sus propias personas, cuando pintados con jagua o con bija, y merced a los rodillos, estampaban sobre sus cuerpos las franjas y zonas mas admirables que se pueda imaginar.

La antiquísima costumbre de pintarse el cuerpo no ha tenido en todos los pueblos la misma importancia; débil entre los europeos y asiáticos, ha sido cultivada grandemente entre los sudafricanos, malayos, polinesios y en muchas parcialidades de indígenas americanos, entre algunas de las cuales aún supervive. Se trata, desde luego de un arte hondamente arraigado en la humanidad y al cual nunca se ha podido renunciar completamente; circunscrito exclusivamente al genero femenino y practicado tan solo en el embellecimiento de las unas, los labios, las mejillas y los ojos, hasta nuestros días ha llegado el arte del maquillaje como una supervivencia de la primitiva costumbre de la pintura y el tatuaje.

Mas los procedimientos usados por los primitivos en la decoración del cuerpo varia grandemente según los pueblos y las épocas; por lo que a los precolombinos se refiere cumple decir que no todos procedieron por el estampado, usando los sellos y rodillos, según lo confirma el hecho de que estas piezas solo han sido halladas al sur de los Estados Unidos, en México, América Central y Colombia. Su empleo pues, no parece haberse conocido entre los incas, aimaras y guaranies. Y al confirmar los estudios arqueológicos y los hallazgos cada día mas numerosos que estos medios de estampar (especialmente los rodillos) no constituyeron objetos comunes a todas las civilizaciones de la América precolombina, sino que son privativos de un determinado sector, establecen por este solo hecho una conexión entre aquellos pueblos identificados en el uso de unos mismos objetos para producir idéntica finalidad. Tal motivo de unión se fortalece cuando los rodillos encontrados en lugares tan distantes el uno del otro, como son la meseta del Anahuac y el altiplano de Cundinamarca, contienen motivos de una admirable y evidente semejanza.   

Aún cuando comúnmente usados por Nahuas y por chibchas, el empleo del rodillo ornamental no parece haber tenido la misma popularidad en los dos pueblos, ya que dada la gran cantidad de hallazgos de piezas de cerámica en el suelo de México, los rodillos escasean;  no así en Colombia donde sin organización para la búsqueda de objetos arqueológicos, con frecuencia se hallan tales piezas, de modo especial en la cuenca del río Cauca en tierras que fueron asiento de la civilización quimbaya.  De otra los más bellos ejemplares de rodillos hasta hoy conocidos pertenecen a esta civilización, por lo cual no resultaría aventurado aseverar que fue entre los quimbayas de Colombia  donde el arte de estampar por rodillo llegó a su más alto grado de perfección.   No podría decirse igual cosa por lo que a los sellos se refiere ya que, estos sí, constituyeron un arte que había alcanzado gran desarrollo en México, donde se emplearon no solo como mero objeto ornamental sino también como medio de marcar. En el famoso lienzo de Tlaxcala esta representada la embajada que envió Hernán Cortés ante el senado tlaxcalteca en solicitud de permiso para pasar hacia Tenoztitlan; allí el sello que acredita la autenticidad de la solicitud no aparece estampado sobre el pliego sino en la mejilla del indio emisario que lo entrega.

El arte de los cilindros para reproducir motivos decorativos, usado algunos milenios antes de nuestra era por los caldeos, asirios y persas, encuentra en la América prehistórica su justo equivalente en los rodillos ornamentales, los cuales al ser modelados de tan esmerada manera por los artífices de ciertas parcialidades cultas cómo los nahuas de México o los chibchas y quimbayas de Colombia nos demuestran el empeño que pusieron en su uso y confección aquellos antepasados, que de esta manera, al imprimir sobre la superficie una imagen cualquiera, mediante la presión de tales objetos entintados, se mostraron en posesión del conocimiento fundamental en aquel arte de maravilla que muchos siglos más tarde, allá en el viejo mundo, Juan Gutemberg había de llevar a la mas perfecta y util de sus formas.  

De otra parte, los rodillos ornamentales o pintaderas nos revelan los admirables conocimientos que los indios que los fabricaban tenian de la geometría. Porque no de otra manera se explica la posibilidad de desarrollar repetidamente, alrededor de una forma cilíndrica, un determinado motivo, repartido y dispuesto con absoluta precisión y justeza.

Ya en las labras agustinianas y en algunos objetos de orfebrería se advierten estos conocimientos geométricos, mas es en las pintaderas, detenidamente observadas, donde se halla de patente manera revelada la muy grande intuición y los no escasos conocimientos que de arte y ciencia tan complicados tuvieron nuestros indígenas.

Otro genero de pintura mas digno ya de este nombre, es el practicado por algunas parcialidades de indios semisalvajes que aún viven en el suelo de Colombia, como los ticunas, habitantes del trapecio amazónico de Leticia, los cuales trabajan sobre la corteza, debidamente preparada del árbol que denominan tururi. Aun cuando en estas pinturas no aparecen aun resueltos el sentido corpóreo de las formas ni la armonía de las tonalidades del color, son sin embargo apreciables por el gusto decorativo que contienen, y porque en algunas de ellas existe ya un vago indicio de la perspectiva lineal.

Tradicional parece ser entre los ticunas esta manifestación de arte, porque todos los atavíos usados desde muy antigua data en sus periódicas fiestas, estaban fabricados en corteza de tururi, artísticamente dispuestos y pintados.  El viajero francés Alcide DObigny tuvo ocasión de presenciar, a mediados del siglo pasado, una extravagante pero sin duda muy pintoresca fiesta ticuna, de la cual dejo un relato realmente impresionante.

Arte muy digno de toda atención, y aun de especial estudio, y hermana inseparable de la pintura indígena, es la tintorería. Si gracias a su poderosa intuición el indio alcanzo en las artes de los metales y textiles un adelanto a todas luces admirable, a esta maravillosa condición debió, igualmente, y a algunas felices casualidades, sus grandes conocimientos sobre las propiedades tintoreas de las plantas. 

Vegetales eran, ciertamente, sus principales y mas ricos colorantes, empleados en la esmerada decoración de sus tejidos y en la pintura de sus personas. Vegetales eran los azules, morados, vermellones y el amarillo denominado cromo. El blanco, tan necesario, casi infalible para los ceramistas en la decoración de sus productos, debió ser de origen mineral. Igualmente mineral debieron ser el ocre obscuro, el pardo, algunos rojos y el azul grisaseo, porque todos ellos se obtienen con tierras y su empleo es muy frecuente en la pintura de vasijas. También algunos colores de origen animal debieron emplear, como el carmelita calido muy prieto, producido mediante el aprovechamiento de la sangre. El negro muy intenso, obtenido con el hollín de huesos calcinados, y el amarillo comunmente llamado indio, que resulta de la orina de ciertas serpientes. La tonalidad morada mas rica y transparente, a la vez que la mas firme, la obtuvieron con el frotamiento de la hoja verde de la púnciga. De la tan común planta llamada añil extrajeron una gama de azules tan rica que va desde el mas profundo ultramarino hasta el celeste pálido. Del trompeteo sacaron el vermellón anaranjado, y del azafrán una tonalidad dorada deliciosa. 

Una planta hubo popular entre todas las demás por su frecuentísimo uso, no tan sólo entre los indios colombianos sino entre la casi totalidad de los primitivos habitantes de la zona tórrida. Esa planta tan apreciada fue el achote, arbusto de la familia de la bixineas, que se produce en nuestras regiones cálidas y cuya semilla, tratada por maceración, se obtiene una violenta tonalidad roja. Al achote, nombre con que se le conoce en Colombia, se le llama mas comunmente bija, palabra de origen caribe, que significa rojo encarnado.

De las características de esta planta, de sus propiedades y del empleo que de su color hacian los indios nos da muy bien razón en su admirable Historia el cronista Fernandez de Oviedo, cuando dice":

"Este es arbusto o planta, producido de si mismo por industria e obra de la natura, como todos los que he dicho. Pero también este e los otros los plantan los indios, quando quieren; y puse aquí este porque vino a propósito de la pintura de los indios con la bixa e la xagua.  Esta planta o bixa hay en esta e las otras islas en la Tierra Firme, e son tan altas como estado y medio de hombre,  poco mas o menos. Tiene la hoja quassi de la manera del algodón, y echa unos fructos en capullos que quieren parescer a los del algodón, salvo que por de fuera tienen un vello grosezuelo por ciertas venas que de fuera señalan los apartamientos o partes que dentro tiene el capullo, dentro del qual están unos granos colorados, o roxos, que se pegan como cera o mas viscosos; e de aquellos hacen unas pelotas los indios con que despues se pintan las caras, e lo mezclan con ciertas gomas, e se hacen unas pintas como bermellon fino, e de aquella color se pintan las caras y el cuerpo, de tan buena gracia que parescen al mismo diablo. E las indias hacen lo mismo, quando quieren hacer sus fiestas e areytos o bayles, y los indios quando quieren parescer bien, e cuando van a pelear por parescer feroces. Despues aquesta bixa es muy mala de quitar hasta que passan muchos dias; mas aprieta mucho las carnes e dicen que se hallan muy bien con ella e aun tiene un bien o sirve a los indios en esto: que quando estan assi pintados, aunque los hieran, como es la pintura colorada e de la color que le sale la sangre, no desmayan tanto como los que no están pintados de aquella color roxa o sanguina; y ellos atribuyenlo a la virtud de la bixa, e no es sino por ser ansi de color sanguina, con la qual no paresce tanta la sangre, como se paresce en otro indio que no este embixado. Ella es pintura que, demas de su mal parescer, no tiene buen color, a causa de las gomas o cosas con que la mezclan. Mas para pelear e mostrarse feroces en la batalla se pintan de tal color: y no debemos mucho maravillarnos de aquesto, pues los romanos, quando triunphaban, yban en el carro en silla dorada, con vestidura palmada y el rostro tinto de roxo, a imitacion del elemento del fuego". 

Asimismo se refiere el citado cronista a otra  planta de coloración muy empleada por nuestros indígenas para producir una tonalidad negra muy intensa y brillante: es la jagua, cuyo nombre se deriva del mexicano xahualli, y de la cual apunta que:

"Es buena de comer quando esta madura e sazonada: de la qual fructa se saca agua muy clara, con la qual los indios e indias se lavan las piernas, e a veces toda la persona, quando sienten las carnes floxas del cansancio. 

E tambien por su placer se pintan con esta agua, la qual, damas de ser su propria virtud apretar e restringuir poco a poco, se torna tan negro todo lo que la dicha agua ha tocado, como un fino e polido azabache, o mas negro: la qual tinta por cosa alguna no se puede quitar, sin que passen quince o veynte dias o mas: e muchas veces lo que toca en las unas, nunca dexa de ser negro hasta que se mudan, o cortándolas poco a poco, como van cresciendo e se acaba de mudar toda, si una vez la dexan enxugar en el agua de la xagua despues de puesta: lo qual yo he algunas veces probado, porque los que en Tierra-Firme avemos andado en la guerra, o trabaxando en aquellas partes, a causa de los muchos rios que se passan, es muy provechosa la xagua para las piernas, porque como he dicho aprieta".

Empero, ni el azabache de la jagua, ni la viveza de la bija, ni el profundo azul del añil, ni colorante alguno de procedencia vegetal igualo en transparencia, intensidad y hermosura a la vehemente tonalidad purpura producida por la cochinilla, insecto que se tiene como de origen mexicano, y que los chibchas amorosamente criaban en sus valles de Tinjaca y Ráquira. En tanto aprecio como los indios, y mas aun si cabe, tuvieron los españoles la cochinilla, maravillados como quedaron al conocer sus propiedades colorantes, que por su extraordinaria y nunca vista finura abría para ellos un nuevo y productivo renglón comercial. El padre Acosta, tan acucioso para consignar en su Historia Natural de Indias cuanto de notable pasaba ante sus ojos, al referirse a las tunas de América dice: Hay otros tunales, que, aunque no dan ese fruto, los estiman mucho mas y los cultivan con gran cuidado, porque aunque no dan fruta de tunas, dan empero el beneficio de la grana. Porque en las hojas de este árbol, cuando es bien cultivado, nacen unos gusanillos pegados a ella, y cubiertos de cierta telilla delgada, los cuales delicadamente cogen, y son la cochinilla tan afamada de Indias, conque tiñen la grana fina: dexanlos secar, y asi secos los traen a España, que es una rica y gruesa mercadería: vale la arroba de esta cochinilla o grana muchos ducados. En la flota del año de ochenta y siete vinieron cinco mil seiscientas sesenta y siete arrobas de grana que montaron doscientos ochenta y tres mil setecientos y cincuenta pesos; y de ordinario viene cada ano semejante riqueza".

Es muy de lamentar que nuestros indios, que poseyeron en productos colorantes una variedad y riqueza incomparables, no hubiesen sabido ponerlos al servicio de un arte pictórico más aventajado y digno de tal nombre, porque ni siquiera supieron mezclarlos, degradarlos y armonizarlos. El empleo de las tintas planas y cierta tendencia a las tonalidades desapacibles y violentas y a la monocromía, nos hacen pensar en que quizá no anduvieron errados algunos autores al suponer en el indio, por razón de su misma índole primitiva, una manifiesta insuficiencia para percibir los colores en su cabal valoración. Ya este punto fue tratado en Colombia por el estudioso y muy entendido indigenista Carlos Cuervo Márquez, quien así se expreso sobre asunto de tanto interés:

"Como los actuales paeces de Tierra Adentro, como los salibas de los Llanos del Meta y los tunebos y guahibos de Casanare, los chibchas tienen menos desarrollada la facultad perceptiva del órgano visual que individuos de otras razas que pueden considerarse superiores. Es así, que todos ellos confunden los rayos azules y verdes del espectro solar, como puede deducirse del hecho de que solo tienen una palabra para designar ambos colores. 

El paez los designa con la palabra sein. 

El saliba los llama nonchi.

El chibcha, achisguyn, nague y también chisguyco.

Lo cual, por una parte, viene a confirmar la teoría del celebre profesor de Oftalmologia de la Universidad de Breslau, quien sostiene, apoyándose sobre todo en datos filológicos, que en los primeros tiempos de la Historia del hombre no distinguía la mayor parte de los colores.  Así es que, según él, se puede seguir en los autores griegos anteriores a Jesucristo el progreso gradual de la percepción visual en la precisión mas o menos grande de las palabras empleadas para designar los objetos colorados.  Debe tenerse presente que los niños tampoco ven el azul del cielo ni el verde de los árboles". 

El designar con el mismo nombre el verde y el azul indica claramente que, por falta de suficiente desarrollo en los órganos de la visión, el paez los percibe de idéntica manera: esto es, que para el, verde y azul es un mismo color. 

Pero esta anomalía, o mejor dicho, esta curiosa deficiencia visual no es exclusiva de los paeces, puesto que se observa en otras tribus indígenas de Colombia, como se deduce de los respectivos vocabularios y de personales observaciones.

En efecto: el padre Fabo, agustino recoleto que por algunos años estuvo sirviendo las misiones de Casanare, en su interesante libro idiomas y Etnografía Oriental de Colombia, dice:

"Tengo averiguado de más a más que los guahivos y tunebos tiene unas facultades perceptivas menos desarrolladas que nosotros. Un día, acabando de rodar por sobre nuestras cabezas un formidable chubasco de esos que anegan las tierras en poco rato, apareció hermoso y muy bien determinado el arco iris; yo lo miraba con un numeroso grupo de salvajes...Cosa rara!: el color azul y el verde del iris los confundían, no veían en el arco los colores que yo, y algunos individuos aseguraban que no distinguían sino cinco"

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(1) De la misma opinión es Cuervo Márquez, quien en su libro Estudios Arqueológicos y Etnográficos Americanos, dice: "Por otra parte, los chibchas no conocían la escritura ni tenían, como los peruanos, medio alguno para conservar el recuerdo de los acontecimientos pasados, fuera de la tradición oral, que en pueblo primitivos es siempre defectuoso, tanto por la alteración que sufre la narración al pasar de boca en boca, como por no poderse conservar en toda su pureza sino los que pertenecen a tiempos recientes".

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LUIS ALBERTO ACUÑA

Ediciones Samper Ortega, Mexico, 1942.
Tomado del libro Acuña Pintor Colombiano
Biblioteca Santandereana - Fundación Santandereana para el Desarrollo Regional, 1988