Llanos de Colombia Region

Llanos

Area Natural

Construcción, Paisaje, Figura Humana, Fauna

 

Artistas
del
Llano

 

 

Los Llanos

 

Tomado de la Revista Diners No.122, mayo de 1980  

Misterío. Parece la única palabra adecuada para señalar la terrible soledad, la desbordante belleza y el aplastante silencio de los 25 millones de hectáreas de los Llanos Orientales. Hombres de caparazón frágil, como el prodigioso José Eustasio Rivera, pu­dieron allí escuchar hasta la "vibra­ción de la luz".

La enorme llanura colombiana se desprende desde la Cordillera Oriental y va a interrumpirse al Sur casi en las márgenes de los ríos Inírida y Guaviare, al Este hasta el Orinoco y al Norte al Arauca y el Meta, abarcando la geografía de las divisiones territoriales del Casanare, el Vichada, Arauca y Meta, que cubren cerca de la cuarta parte de la extensión total del país y albergan a un dos por ciento de su población.

Bajo el vacío de su inmensidad azul, erraron desde principios del siglo XVI conquistadores de diversas sangres y afanes, desde Federman, Herrera, Pérez de Quesada, Jiménez de Quesada, Be­rrío, Solano, Hohermuth de Spira, Hulfen...

Hoy, en los pueblos de la vasta planicie a veces se tropieza con veteranos alemanes desalojados por las guerras que han instalado un acogedor hotel en uno de sus puertos, o con adolescentes rubias y semisalvajes, doradas por el sol, con el aroma de la tierra reseca enredado en sus lacios cabellos, descendientes de pioneros eslavos que también quieren conquistar el indómito Este colombiano.

Pero los verdaderos domesticadores de esta fiereza tropical son unos hombres de mediana estatura, cobrizos, de ojos negros y fulgurantes, envarados por ramales de nervios templados en crudos inviernos o en atosigantes veranos. Todos los colombianos los conocen co­mo "los llaneros" y por su enrolamiento en las jornadas de la Independencia, más de medio país les reconoce que les debe la libertad. Ariscos como sus potros salvajes, los llaneros son alma fértil para el envalentonamiento. Así como Bolívar los necesitó en sus ejércitos, así mismo los retóricos caudillos de las guerras civiles del siglo pasado bajaron desde las cordilleras hasta la llanura para excitar su apoyo. Ya no tan recientemente, unos 30 años atrás, los llaneros volvieron a terciarse un fusil en los hombros para defender una sensación antigua que poco los ha acompañado, la paz.

En sus composiciones, la más célebre de las cuales es el joropo, los llaneros cantan sus gestas y sus ansias sempiternas de justicia. Se acompañan con el arpa y el cuatro, instrumentos que les dejaron los jesuitas, primeros lati­fundistas y comerciantes del Llano en los siglos XVII y XVIII. De los primitivos pobladores, de los indígenas, heredaron una rústica bandola de tres cuerdas que compositores entrañables, como Luis Quinitiva, reclaman como el único y verdadero instrumento autóctono del Llano.

Desde el interior del país, remontando la Cordillera Oriental, existen numerosas rutas hacia los Llanos. La principal es la carretera pavimentada que de Bogotá conduce a Villavicencio, en sólo tres horas de automóvil. Desde Sogamoso se desprende la ruta que baja hasta Yopal, en un extenuante recorrido de 7 horas de automotor pero que pasa por hermosos valles y cañones. También desde Machetá (Cundinamarca) y Pamplona (Norte de Santander) descienden caminos que desembocan a los deslumbrantes piedemontes de la Mesa de San Pedro y de Saravena y Tame. Antiguas rutas por gargantas y estrechos desfiladeros se pueden recorrer también a pie, encontrándose viejas ruinas coloniales, como las de Morcote -en la ruta seguida por los ejércitos libertadores-, que fue un esplendoroso pueblo de famosas hilanderías.

Aunque algunos consideran que Villavicencio no es aún el Llano, esta pujante ciudad sí es la principal puerta de la planicie. Allí se respira la ansiedad de partir horizonte adentro. Para los visitantes la mejor época para ha­cerlo es en el verano, que comienza en noviembre y se prolonga hasta principios de abril. A mitad del verano los caudalosos ríos han descendido y las excursiones terrestres son posibles. Con un buen guía y, preferiblemente, en campero, toda la inmensa sabana puede ser transitada. Durante el invierno la avioneta recupera su pr­macía como el único medio de transporte para abarcar los Llanos. En promedio, el pasaje individual por hora de vuelo cuesta unos mil pesos y un expreso por igual tiempo unos cinco mil (1980). Por aire se puede ir a cualquier lugar. Los Llanos poseen cerca de cien aeropuertos con permiso de operación, tal vez como ninguna otra región colombiana.

Para los viajeros que dispongan de tiempo, y de sobrada paciencia, los lentos ríos de los Llanos les pueden conducir a inusitadas aventuras. En pequeños vapores o lanchas la imaginación se alcanza a deslizar por el Ariari, el Guaviare o el Inírida, en cuyas márgenes se descubre a veces a los indoblegables descuajadores de montañas venidos desde Antioquia o a cultos comerciantes que no dejan de escuchar a Mozart bajo la sombra de la selva. El Vichada, el Meta y el Arauca, ricos bastiones para los pescadores, buscan en el Este al monumental y arrogante Orinoco. Arauca y Puerto Carreño, al borde mismo de Venezuela, comparten hazarias y costumbres con el vecino país, o emigrantes que huyeron, o aún huyen, de algún despotismo. Los llaneros entremezclan sobre la frontera su vida y hasta su canto común, el galerón, con sus iguales venezolanos, los apureños. A veces, ebrios de alegría, despiden las fiestas descargando sus Colt de largo cañón sobre el abierto universo de estrellas.

En Tame, Arauca, vaqueros apenas adolescentes hablan como hombres de los potros salvajes que han domado o de los bravos toros que han enlazado y derribado. A veces en sus labios aso­man arcaicas inflexiones del mohoso castellano que les enseñaron los jesui­tas. Y para rebatir a quienes los acu­san de no saber utilizar el idioma, algunos recitan de memoria las ende­chas de Sor Juana Inés de la Cruz, y una sardónica sonrisa ilumina al final sus rostros oscuros.

En la verde y amarilla llanura de Ca­sanare, aún se mantienen en pie, ba­tallando contra el abandono y el viento, pueblos milenarios como Pore, que, durante un día, en la campaña liberta­dora, fue capital de toda la Gran Colombia. Los escombros de una enorme muralla y los vibrantes relatos de los viejos son lo único que resta del pasa­do de Pore. Yopal, capital del Casanare, es el punto de partida hacia inconmensurables hatos de millones de hectáreas y de reses y de caballos. Allí aún se admiran la doma de potros salvajes y el "coleo", persecución de un toro a caballo hasta derribarlo agarrán­dolo por la cola.

Tanto para los ornitólogos y los apa­sionados por la investigación de las es­pecies del trópico, como para los sim­ples amantes de la naturaleza, los Llanos ofrecen los parques naturales de la Sierra de la Macarena, Tuparro y Arauca y comparte también las estribaciones de los parques de Tamá, El Cocuy y Pisba. En ellos infinidad de animales encuentran reposo a una ca­cería cuyas consecuencias no pocas veces han sido nefastas. Aún sobreviven el chigüiro, la lapa, la danta, el tigre, el venado, la nutria, el lobón, el arma­dillo, el caimán, la boa, el terecay, entre otros, y unas 850 especies de aves.

Para un rápido vistazo a los Llanos y a sus costumbres, para saborear la "mamona" -típico asado de carne de res- y las "hallacas " -deliciosos tamales-, para escuchar sus joropos y sus danzas, para admirar el "coleo" y para compartir la intensa amistad que brindan sus hombres y sus hermosas mujeres, lo ideal es asistir a sus fiestas, en Acacías (del 4 al 12 de octubre), en la antigua y bella San Martín (del 10 al 13 de noviembre), en Arauca (del 4 al 8 de diciembre) y en Villavicen­cio (del 8 al 11 de diciembre). En San Martín, año tras año se escenifica una especie de ballet ecuestre, cuyo origen se remonta hasta la época de la Conquista. Lo llaman la "cuadrilla" y re­presenta dos épocas en una sola: la guerra hispana contra los moros y la conquista de América y la rebeldía indígena... Como se ve, es inevitable es­cribir sobre los llaneros sin traer a cuento batallas y refriegas. Pero ellos, con su sencillo coraje, parece que no se cansaran nunca de combatir.