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Un territorio de páramos misteriosos y lagunas sagradas
extensas sabanas con viejos pueblos coloniales,
cementerios indígenas y catedrales de sal
pueblos frios y .. pueblos calientes

 

Durante la Colonia la palabra Cundinamarca permaneció oculta durante largo tiempo. Un día de 1811 los patriotas desempolvaron el antiguo vocablo indígena para bautizar el nuevo Estado de Cundinamarca. La voz significaría "País de las alturas y de los cóndores" pero su origen es incierto. Para algunos historiadores es un vocablo quichua traído al país de los Chibchas por el conquistador Belalcázar. De todos modos señala ese hermoso territorio de sabanas, páramos, lagunas y hondonadas tropicales que se descubrió en marzo de 1537 a los ojos de Gonzalo Jiménez de Quesada y sus 166 soldados, luego de una heroica y azarosa jornada de más de mil kilómetros de marcha durante más de un año. Los pequeños y muscula dos habitantes de la niebla, envueltos en mantas de algo dón, creyeron a los conquista dores hijos del sol. Confiados les hablaron de sus dioses, de Bochca, Bachué, Súa, Chiminigagua, y de las ceremonias rituales en las que les ofrendaban piezas de oro en las lagunas sagradas. Desde entonces arrancó la leyenda de El Dorado. Cundinamarca se convirtió en un hervidero de extranjeros en búsqueda del tesoro sumergido. Más tarde otros llegaron en pos de la tierra. Después otros más con las mercaderías. Y fue así como, según el historiador Roberto Velandia, "en Cundinamarca se realizó el mestizaje a plenitud... Aquí se mestizaron no sólo aborígenes y españoles sino también negros, y sus de rivados zambos y mulatos, desde la tierra del Zipa hasta las márgenes del Magdalena; y alemanes en Fosca; ingleses y franceses en Zipaquirá y Pacho, La Mesa y Fusagasugá". De esta amalgama de sangres nació el cundinamarqués rebelde que en 1813 proclamó la independencia absoluta de España y de su rey, en un valeroso gesto que no alcanzó a contemplar el Acta del 20 de Julio de 1810. El desafiante Nariño que enarboló las ideas revolucionarias de la burgue sía europea para plantarlas en América, era cundinamarqués.

También de Cundinamarca fueron los mil indios y mestizos que empuñaron las armas para defender la independen cia. Los campesinos y parroquianos armados de trabucos, machetes y lanzas; las mujeres que convirtieron sus costureros en tertulias de la subversión, como Policarpa Salavarrieta. eran también de este territorio. Zipaquireños, fusagasugueños, chocontanos, facatativeños, mesunos, ubatenses, marcharon con las huestes libertarias desde las llanuras venezolanas hasta los desiertos peruanos y el altiplano de Bolivía. Después, durante las guerras civiles, repartidos en bandos distintos, se volverían a trenzar en numerosas pugnas. Fueron tan comunes las revoluciones en Cundinamarca que, en 1908, agobiados por la paz, los hombres se inventaron una llamada "guerra del antojo" para distraer sus ansias de combate.

Aún hoy se conservan fragmentos de los caminos que recorrieron los ejércitos de aquellas batallas. Del camino gran colombiano quedan todavía pedazos empedrados que pueden admirarse en el sector de La Mesa-Anapoima, del Alto de la Tribuna-Albán-Sasaima y Guaduas-Honda, y en el trecho del Páramo del Angel, entre Tulcán y el Valle de Chota. Son tan abundantes los lugares históricos de Cundinamarca que, insospechadamente, se tropieza con ellos. Miles de bogotanos que emprenden los fines de semana Ia ruta del norte, hacia  los expendios del melao con cuajada, las fresas y las almojábanas, pasan al lado del histórico Puente del Común. Quienes buscan nuevas rutas y avanzan hacia el norte de Girardot, por una carretera pavimentada, llegan a un pequeño pueblo colonial, Guataquí, el primer puerto que tuvo Bogotá sobre el Magdalena, y desde donde se embarcaban los conquistadores para ir hacia España.

En la enorme Sabana de Bootá, entre vastos mares de cereales o silenciosos bosques, emergen pueblos donde la impaciencia de los campesinos rememora a veces la indocilidad del pasado. En Facatativá. en un bello parque arqueológico, gigantescas piedras invocan el misterio de las formaciones geológicas y los ritos indígenas. En Zipaquirá las catacumbas labradas en rocas de sal a 120 metros de profundidad alojan una de las catedrales más famosas del mundo. Guatavita, la Nueva, de polémica concepción arquitectónica, reposa a orillas del Embalse de Tominé, donde se efectúan competencias de regatas. Cerca está la laguna natural de Guatavita.  A 42 kilómetros de Zipaquirá se encuentra Nemocón, donde se pueden admirar antiguas y rudimentarias minas de sal. Los visitantes suelen llevar carne para asar en sus hornos. También al norte de Bogotá, a 40 kilómetros, se halla Sopó, donde se paladean deliciosos quesos y derivados lácteos. Cerca existe un pequeño parque con un lago artificial. Tabio es muy frecuentada por sus piscinas de aguas termales lo mismo que Choachí, ubica da al Oriente, tras los cerros de Monserrate y Guadalupe. Al Occidente de la capital, por la Autopista a Medellín, se descubren pequeños pueblos donde se disfruta del tradicional ajiaco o el cuchuco y se adquieren frescas legumbres. De Subachoque, con un hermoso parque principal, se sigue por una preciosa carretera pavimentada a La Pradera, donde aún se admiran las chimeneas de la primera fábrica de rieles que tuvo Colombia. Subiendo hacia los cerros está La Calera, rica en minas de cal y con un frecuentado parque recreacional de lagos artificiales, kioscos y asaderos para parrilladas. AI noreste de la Sabana están Guasca y Gachetá con casonas de grandes aleros y balcones; Junín. célebre por sus criaderos de caballos de paso; Tocancipá, una de las poblaciones más antiguas del departamento; Suesca con sus descomunales rocas, una ingenua laguna, bosques en los que abunda la caza y una capilla con un valioso altar talla do en madera y dorado al fuego. A 9 kilómetros de esta población también hay fuentes termales. A muy pocos minutos de Bogotá, pueblos como Chía, Cajicá, Suba, Cota, Tenjo. Funza. Madrid, Mosquera. muestran plazas y monumentos coloniales y son un regazo de serenidad, avivado por los mercados campesinos de los domingos. AI Norte, rodeando las lagunas de Fúquene y de Suesca, se extiende el fértil y hermoso valle de Ubaté y Simi jaca. En la región de Machetá se encuentran Tibirita y Manta, donde se cultiva el fique y se consiguen hermosas vasijas de barro cocido. En la zona del Guavio el río del mismo nombre forma un desafiante salto de varios metros de altura, cerca a Santa Rosa. En Gachetá y Gachalá tozudos buscadores desentierrán algunas de las más deslumbrantes esmeraldas del mundo.

AI Oriente los páramos de Cruz Verde y Chingaza enmarcan en la niebla una vegetación y un paisaje solitarios, a menos de una hora de Bogotá en automóvil. Camino de los Llanos, Cáqueza se distingue por una deliciosa fritanga y ricas arepas de queso.

AI Occidente, al borde de los peñascos donde finaliza la Sabana, existen poblaciones como Zipacón, a la que se desvía kilómetros antes de llegar a Facatativá, y donde los domingos se venden fresco queso campesino y suculentos platos de gallina. Hacia el noroeste, después de Faca, se desciende hacia la cálida Sasaima con sus toldos repletos de frutas; a Villeta, con su frondosa y fresca plaza donde crepitan las chicharras, con sus trapiches de panela, sus cascadas del Salto del Mico y su tempe ratura ideal; al Alto del Trigo con su hermosa vista y sus talleres de cestería; a la histórica Guaduas, cuna de Policarpa y lugar de ajusticiamiento de Galán, de construcciones y calles coloniales, asiento de los museos del Virrey Ezpeleta y La Pola, sede de riñas internacionales de gallos finos a finales de enero y sitio de partida hacia el Salto Versalles en el río San Francisco; también a Utica, La Palma, Caparrapí. tranquilos pueblos donde se encuentran pequeños hoteles y balnearios. Siguiendo el curso del río Bogotá se halla el Salto de Tequendama, que revive su perdido esplendor en los inviernos; el Zoológico San ta Cruz en los alrededores de Mesitas; y Tocaima, -una de las más antiguas poblaciones de Colombia-, centro de pis cinas, pozos de aguas salutíferas y de barro azufrado. Cerca se levanta el cerro Guacaná y en el parque Venegas se conserva la babilla, especie ya en extinción. En el pueblo la capilla de San Jacinto es una muestra de la arquitectura mudéjar.

Esta vertiente del río Bogotá fue a principios de siglo el camino hacia tierra caliente de los "cachacos". En poblaciones como La Espera nza y Apulo (Rafael Reyes) aún se encuentran las lujosas muestras de la arquitectura de la "Belle Epoque" en hoteles y estaciones de ferrocarril.

Ahora la ruta predilecta del turismo bogotano pasa por Silvania, paradero obligatorio para comer o merendar; por la Fusagasugá de villas veraniegas y centenares de piscinas, y también conocida por su mercado de mulas; por Pandi, cultivadora de frutas y posee dora de fuentes termales; por Casablanca, caserío adelante de Melgar, desviándose de la carretera central hacia Nilo, y donde también se encuentran piscinas azufradas, y termina en Girardot, legendario puerto de grandes casonas de techo de zinc, camellones bor deados de acacias, coliseos ganaderos donde anualmente compiten los mejores caballos de paso fino de Colombia, espléndidos hoteles y casinos con lagos artificiales.

Tomado de la Revista Diners No.120, marzo de 1980


 


Anolaima 

La fiesta de las frutas

por María Camila Peña

Desde hace más de 200 años, los campesinos del municipio de Anolaima sustituyeron los lienzos por arcos fabricados en guadua, el óleo por frutas de vivos colores y los pinceles por sus manos, que roídas por el trabajo de la tierra, van colocando con paciencia cada una de las frutas que al final conformarán su obra maestra. Un fin de semana, con la llegada de la fiesta del Corpus Christi, los anolaimunos se convierten en artistas que engalanan el parque principal con sus arcos frutícolas, convirtiéndolo en el mejor de los museos al aire libre.

Gabino Zambra, un campesino de la zona, desde que tiene memoria, cada vez que llega el mes de junio comienza a recolectar guadua fresca. Su hijo, al igual que él cuando lo hacía con su padre, es su fiel compañero en esta travesía. Juntos recorren todas las veredas buscando guadua de la mejor calidad. Esta es la clave para construir un arco firme que dure los tres días de fiesta.

En esta fecha los campesinos dejan de lado el trabajo de la tierra y se dedican enteramente a diseñar la figura que presentarán en la plaza. Algunos incluso comienzan a hacer todos los preparativos con un mes de antelación y la mayoría desde el mes de febrero ya sueña cómo será su arco.

Para los más chicos, cada vez que llega esta época, todo es ilusión. Cada uno quiere que el arco que construya su familia sea el más lindo del pueblo. Entre gritos y risas, en las fincas, los niños se suben a los árboles con costales y recogen con emoción las naranjas, papayas, piñas, los zapotes, aguacates y demás frutas multicolores que se utilizarán para construir la obra maestra.

Tomado del periódico El Espectador, 17 de junio de 2007


   

MUNICIPIOS

 
 


La Vega, placeres muy al natural

Está a 54 ldlómetros de Bogotá (unos 40 minutos), por una vía en buen estado que se conoce como la Autopista Medellín. Es un destino apetecido para fincas de recreo o casas de veraneo, no solo por sus agradables 22 grados de temperatura, sino por su cercanía y facilidad de acceso.

Laguna El Tabacal. Ubicada en la vereda del mismo nombre, muy cerca de La Vega, rumbo al municipio de Vergara. Es una reserva natural, convertida en parque ecológico.  En el centro de la laguna hay una isla flotante que al no tener raíces, navega por las aguas.

Parque Ecológico Jericó. A 33 kilómetros de Bogotá hacia La Vega. Tiene cuatro lagos de pesca medianos, un mini zoológico con animales de pelo y algunas aves de corral, así como restaurante, parque infantil y dos cabañas para hospedaje. Organiza cabalgatas y caminatas por senderos ecológicos.

 
 
 

Villeta, y la dulce panela

Esta cálida población, ubicada a tan solo 91 kiómetros, es famosa por sus trapiches paneleros. Ha sido tal el auge de este producto, que le ha dado el sobrenombre de Ciudad Dulce.

Se les ve a la orilla del camino, en el centro de la población, compartiendo espacio con las heladerías y cafeterías, y en las veredas, al pie de los respectivos cultivos de caña de azúcar.

Incluso, organizan ferias y fiestas, en las que no falta el reconocido reinado de la panela, que se celebra en enero, con la participación de representantes de todo el país.

Para visitar están la iglesia de San Miguel Arcángel y el parque de los Novios.

Y en los alrededores, la cascada del Salto de los Micos, que son siete caídas de agua, formadas por el río Cune, en sí mismo un atractivo. Para ir hasta allá, lo más aconsejable es llegar con un guía del lugar.

 
 
 

Guaduas, ciudad comunera

De día es una y de noche otra. A medida que el sol se oculta, sus calles dejan atrás ese pasado que pretenden mantener vivo la media docena de museos y otras tantas casas ilustres que albergan testimonios de la época de Policarpa Salavarrieta.

Muchas de estas casonas hoy están convertidas en hoteles, posadas, restaurantes y sedes del gobierno local, como la Alcaldía, la casa cural y la Casa de la Cultura, mientras que otras sirven como sitios de interés para turistas.

Y cuando amanece, las primeras en dejarse sentir son las campanas de la iglesia San Miguel Arcángel, la catedral de Guaduas. Todo sucede alrededor de la plaza principal, empedrada y adornada con una fuente y con la estatua que honra a La Pola, en medio de frondosos árboles.

Son compras obligadas los bizcochos de El Néctar y los helados de aguacate, que venden a la vuelta de la plaza principal.

Guaduas ocupaba un lugar estratégico durante el virreinato de la Nueva Granada y por ello, por sus alrededores cruzan varios caminos. Vale la pena hacer un tramo del recorrido por el Antiguo Camino Nacional de Honda, que une a Guaduas con Villeta. Tiene 18,4 kilómetros y se transita en siete horas a pie.

Desde el mirador de la piedra Capira se divisan el río Magdalena y los nevados del Ruiz, Santa Isabel y Tolima. Está en la vía a Honda, por la Autopista Medellín. A mano izquierda hay un desvío y un letrero anuncia la entrada.

 
 
 

La Mesa, para sentarse a observar

La neblina recorre las calles de La Mesa al mediodía.   Una característica que además es uno de los atractivos turísticos del pueblo, porque es el único en el país en el que se presenta este fenómeno.

Aunque la leyenda cuenta que Juan Díaz, dueño de las tierras de La Mesa, aprovechó la neblina para llevarse a una doncella, en realidad esta reacción climática se presenta porque en la meseta se encuentra la corriente caliente que viene del río Magdalena con la fría de Bogotá.

Además, como Ia Mesa está entre dos valles, el de Bogotá y el del río Apulo, es considerado el municipio de los miradores. Los más conocidos son El Recreo, Rincón Santo, Toledo y Los Naranjos.

También se conservan los caminos reales que llevaban a Guataquí y a Honda en la época de la Colonia.  Es el caso del paso de la Esperanza donde que da el Salto de Las Monjas, (38 metros de caída del río Apulo). Y aunque parece un pueblo pequeño, tiene varios parques temáticos para los turistas.

Plátanos con sabor a campo extremo

Macadamia, el nombre de un tipo de nuez, es el mismo de un restauran te ubicado unos kilómetros antes de llegar a La Mesa

Después de seis años, la mente inquieta de Jorge García, el dueño, convirtió un paradero común en un parque de aventura ecológica.

Hay senderos con estaciones interpretadas por un ingeniero forestal e involucra deportes extremos como canopy, rappel y puentes tibetanos al estilo de un reality.

Desde las 9 a .m. hasta las 5 p.m., antes de que oscurezca, las atracciones ecológicas están a disposición de quienes se arriesguen a explorar el bosque.

Incluso, hay barranquismo con guía (descenso de barrancos). Se juega por equipos.

Después de la agitada jornada, viene la recompensa. En la carta del restaurante encuentra 22 preparaciones de plátanos maduros. El más llamativo es El Enviagrador (que son camarones, calamares y pulpo).

 

 
 

La Calera

 
 
El municipio de La Calera es de origen español y debe su nombre a las minas de caliza de la región. Fue fundado en 1772, tiene 25000 habitantes y su temperatura promedio es de 13 grados centigrados
 
 


Nemocón, más que una ilusión óptica

por Lucero Rodríguez, especial para El Tiempo

 
 
Un corazón llamado Halita palpita para el mundo desde las entrañas de la tierra, a 80 metros de profundidad. Se trata de un inmenso cristal de sal, en forma de corazón, que pesa 1.600 kilogramos, fue tallado en los años 60, por el minero Miguel Sánchez y es considerado por los nemoconenses como la joya de su mina, abierta al turismo desde el 8 de enero del 2005.

Con una mina de sal menos publicitada y más pequeña que la de Zipaquirá, pero no por eso menos sorprendente, Nemocón, con unos 12.000 habitantes recibe a sus visitan tes. Y, además de sus riquezas subterráneas les ofrece gastronomía, artesanía, hospedajes y museos.

La mina de sal de Nemocón es un tesoro recién descubierto por muchos colombianos, que irónicamente, según Orlando Arias, asesor de promoción de la mina "a veces llegan por referencias de algún amigo extranjero". Periodistas de medios como Discovery Channel, CNN en Español, Televisión Española y Reuters, entre otros, ya han pasado por estas tierras y han registrado sus impresiones para el resto del globo.

Quizá sea la sensación de profundidad (de abismos inexistentes) que da la cámara de los 28 espejos naturales de salmuera (pozos de agua y sal), con sus cristales de sal y luces artificiales en techos y paredes; quizá sea la cascada de sal o las formaciones similares a los copos de nieve o, tal vez las oscuras cavernas donde se presentan conciertos y exposiciones de pintura. Lo cierto es que tanto bajo tierra como sobre la superficie de Nemocón, no son pocos los atractivos para entretenerse.

2.585 m. s. n. m. está Nemo cón, incrustado entre montañas sembradas de pinos y eucaliptos como los cerros de Aguas Calientes, el santuario El Carmelo o el Cerro de la Virgen y el Cerro Bernal o el mirador de Nemocón.

Rutas de la sal al dulce 

El municipio ocupa esa región cundiboyacense, de la que se dice que hace 200 millones de años fue un inmenso mar del que solo quedó la sal. La extracción de este mineral en esta zona del país no solo es parte de la economía sino también de su cultura y costumbres y se remonta a la época de los muiscas, hace más de 500 años.

Además de la mina, a tres cuadras del parque principal, los visitantes tienen acceso a los hornos de caldera donde se procesa la sal para usos industriales. Nemocón también cuenta con el Museo de la Sal, también llamado Casa del Encomendero, frente a la plaza principal.

El lugar de arquitectura colonial, cuya construcción data de 1665, primero fue el cabildo; luego, cuartel de policía; después, colegio masculino y desde 1996 se convirtió en museo. Tiene 135 objetos, entre los cuales hay piezas originales de los muiscas como vasijas, máscaras y estatuillas.

Otro museo, el de Historia Natural de la Sabana, se encuentra a la entrada de la mina. Tiene muestra de fósiles, mastodontes, megaterios y especies marinas encontradas en Cundinamarca y Boyacá.

Pero este también es un municipio dulce y cuenta con tres fábricas de alrnojábanas, amasijos, postres y golosinas, para recuperar calorías porque Nemocón tampoco es Melgar. Su temperatura promedio oscila entre los 12 y 14 grados centígrados.

Para comer, hay seis restaurantes con gastronomía típica local, regional y nacional, y platos a la carta. Tiene sus propias versiones de cocina criolla como el plato minero (longaniza cocida y a la plan cha, rellena, lomo o costilla de cerdo, pollo o gallina, papa salada en salmuera y guacamole), que sirven en pailas negras de barro.

Para compras, Nemocón tiene cuatro centros artesanales que venden bolsos, vestidos, pañolones, bufandas, estolas, en macramé y tejidos en lana y a mano, y toda clase de souvenirs fabricados á base de sal.

Y como si fuera poco lo visto, sus cerros tienen senderos ecológicos y zonas para acampar, aún por explorar. Conocerlos es un plan que bien podría ser una maratónica aventura de un solo día o una experiencia, digna de vivirse sin prisa, que el municipio facilita con la disponibilidad de sus dos hoteles. Ofrecen servicios de hospedaje Valle de la Sal, una casa de estilo colonial, a una cuadra del parque, y el hotel ecoturístico Casa Bonita; a dos kilómetros del casco urbano, que organiza caminatas para sus huéspedes.

Tomado del periódico El Tiempo, 18 de septiembre de 2008