Villavicencio Ciudad Capital Meta

Villavicencio, Meta

Ciudades y sitios

Paisaje

 
 

 

 

 
 

 

 
 
 


Ha crecido en población y en desarrollo.
Capital ganadera y líder en agroindustria.
De ambiente petrolero y de activo comercio.
Caliente, ruidosa v festiva.

por Julio Daniel Chaparro

En Villavicencio empieza el llano. En ella el viento es vasto. Y el día es un agite que se agolpa en la zona central, entre la plazuela de Los Centauros y el Palacio del Bambú, donde los vendedores suben el volumen del vocerío, y los ganaderos pactan sus últimos negocios, y las rifas se multiplican, y los autos sueltan unísonos sus pífanos, y el calor se pega como escarcha sobre los labios, y la ciudad hace ruido, ruge, no se calma, avanza sin temor y sin restos para culminar otra jornada.

Los días de entre semana en Villavicencio no conceden respiro, porque la actividad febril así lo impone. No es gratuito que sea una de las capitales que ofrece los mayores índices de crecimiento económico y poblacional del país. No en vano es líder en agroindustria, ciudad petrolera, poseedora de un comercio pujante, polo agrícola de los Llanos, y capital ganadera por tradición. Por eso deambular sin ruta previsible conduce fácilmente a un agobiante sofoco.

Pero Villavo tiene la ventaja de sus noches, la virtud del verde caluroso que por todas partes la rodea, la pródiga presencia de sus samanes y sus ceibas, el silbido que se deposita en el aire cuando atardecen los garceros. Porque se trata de una ciudad llena de campo, en la que aún no se han perdido los anchos solares de la infancia, en la que siguen las sombras de quienes cometieron el deicidio de fundarla, y aún es posible escuchar los cantos que ellos inventaron sobre la talla de una piedra.

Sí: Villavicencio tiene la fortuna de sus llanos, que desde las calles principales se desbocan buscando el espumaje que sube por el Orinoco tras los mares. Villavicencio, además, tiene el don de la buena ventura, pues se hace casa en cada hombre, se hace destino en cada pisada de los muchos que llegaron y seguirán llegando dimitiendo del regreso. Y tiene ríos. Y por supuesto, problemas, porque es parte de la vida. Pero, sobre todo, tiene un aire limpio, que huele a mastranto, que rápidamente evoca el cruzar de los caños por entre la campiña, el mugido de los bueyes, la gránula del sorgo, el zumbar de las muchachas. Es, en últimas, una ciudad poblada de campos, y si se la siente muy dentro, es, también, un territorio fuera del tiempo.

Tomado de la Revista Diners No. 249, diciembre de 1990
 
 


También conocida como "La puerta al llano", es una de las ciudades más acogedoras del departamento. Se halla al noroccidente en el piedemonte de la cordillera Oriental a una altura de 467 m.s.n.m. Su territorio se compone de una región montañosa y una planicie cuyas tierras se distribuyen en los pisos térmicos cálido, templado y frío. Villavicencio, o Villavo como la llaman sus gentes, se identifica por su ambiente de progreso y dinamismo económico.

LUGARES PARA VISITAR

Bioparque Los Ocarros. A sólo l0 minutos de Villavicencio contemple esta importante reserva natural, hogar de reptiles, aves y mamíferos variados. .

Las 5.5 hectareas de su area total están divididas en siete sectores y 38 habitats en donde se pueden apreciar 181 especies de fauna llanera con cerca de 1400 individuos entre aves, peces, reptiles y mamíferos (párrafo tomado de El Tiempo, 5 de junio de 2008)

Parque Las Malocas. Permite a sus visitantes tener pleno conocimiento de las vivencias de los llaneros entre espacios donde se observa el trabajo de la región. Se ubica en la vía Kirpas Puerto López.

Parque Los Libertadores. Ubicado en el centro de Villavicencio, es uno de los lugares con mayor movimiento de la ciudad por ser el punto de encuentro de turistas y residentes. Aprecie los bustos del Libertador Simón Bolívar y del general Francisco de Paula Santander.

Parque Los Fundadores. Punto de encuentro de la comunidad donde se convive y se interactúa aprovechando sus jardines, plazoletas y la fuente luminosa que embellece el entorno.

Centro Ganadero Catama. Propiedad del Fondo Ganadero del Meta, donde en su amplia estructura se lleva a cabo una dinámica comercialización de ganado. Allí, en el mes de enero, tiene lugar la Feria de Exposición Pecuaria y Agroindustrial.

Parque Sikuani. Centro recreativo ubicado al oriente de la ciudad con juegos mecánicos, canchas de tenis y basquetbol, piscinas con toboganes, gimnasio y senderos peatonales que lo convierten en un concurrido punto turístico y uno de los lugares más visitados para el deporte y el entretenimiento.

Monumento a Cristo Rey. En la parte alta de la ciudad, en el cerro denominado Redentor, se halla este monumento creado por el maestro Pedro Eliseo Achury. Hace parte de Villavicencio desde 1954 y es uno de los sitios preferidos para apreciar una espléndida panorámica de la ciudad.

Casa de la Cultura Jorge Eliécer Gaitán. Fundada en 1971 para fomentar el arte y sus representaciones, se caracteriza por cultivar el conocimiento y la cultura. Dispone de una biblioteca pública, el cine club Villavicencio y una escuela de artes.

Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007


 

 
 


El parque de Los Ocarros

Un armadillo gigante que puede llegar a pesar 100 kilos, que consume hasta tres arrobas diarias de maíz y que con cada mano saca el equivalente a tres paladas de tierra no es un animal sacado de una película de Jurassic Park.   Se trata del ocarro, una especie propia del Llano que se encuentra en las sabanas de Meta y Vichada y que está en vía de extinción.

Esta especie fue escogida como la insignia para darle el nombre al Bioparque Los Ocarros, que funciona desde el 2003 en Villavicencio.

En un área de 5,5 hectáreas, de las cuales 2,2 corresponden a espejos de agua, el visitante encontrará el Bioparque Los Ocarros.

Esta especie de zoológico reúne, en una extensión de 5,5 hectáreas a 1.900 ejemplares de 102 especies de fauna propias de la Orinoquia El escenario donde habitan estos animales es un terreno ubicado en el denominado piedemonte, por la vía que comunica a Villavicencio con el municipio de Restrepo.

El santuario natural tiene como . propósito contribuir con la preservación de la fauna, la flora y los ecosistemas de la región.

Los Ocacros es el único parque del país especializado en fauna regional. En conjunto, las especies endémicas de la Orinoquia constituyen alrededor del 70 por ciento de la biodiversidad nacional.

En este escenario, que goza de vegetación exuberante con un lago natural, además del ocarro, se pueden apreciar especies como el oso de ante ojos, el oso palmero, el puma, el ogro mariposa, la nutria gigante de río, el mico tití, el mono aullador, el caimán del Orinoco, el cachirre, la serpiente mapaná o cuatronarices, la anaconda; aves como el carrao, el paujil, la garza morena, los gavilanes, la corocora, el alcaraván, el pez lápiz; las pirañas y peces ornamentales.

Los animales están ubicados por especies y en cada sitio se recrearon sus hábitat naturales, evitando barreras físicas visibles como barrotes o fosos. Por tal razón los visitantes podrán encontrar esteros, sabana, morichal, bosque de galería y río, emulando los respectivos elementos de flora

Éste es un trabajo de alta ingeniería y arquitectura que cumple con los parámetros internacionales para este tipo de obras, pues su concepción ofrece la posibilidad de conocer, observar, estudiar, a interactuar con la biodiversidad de la Orinoquia colombiana

Entre otros, el Bioparque Los Ocarros tiene sala de neonatos, una clínica que además de servir para la atención y recuperación de los animales será un centro de investigación para las universidades que lo deseen.

Así mismo, cuenta con zona de cuarentena para las diversas especies donde se observan comportamientos y adaptación, y bioterio, donde se produce el alimento vivo para las diferentes especies animales, que sirve para visitas pedagógicas de instituciones educativas.

Ubicación y servicio

El Bioparque está ubicado al norte de la capital del Meta, a cuatro kilómetros por la vía que conduce al municipio de Restrepo.

El trayecto se realiza por una carretera pavimentada Se puede llegar en transporte urbano que se aborda en el centro de la ciudad, concretamente en el parque del Hacha con destino a Jardines del Llano, o en taxi que hace el recorrido en 10 minutos.

Como servicio para los visitantes, Los Ocarros posee restaurante, salón de conferencias, tres baterías de baños, área de parqueadero y suficientes teléfonos, zona de hidratación, zootienda, senderos naturales y lanchas recreativas en su lago principal.

Además, los fines de semana, presenta espectáculos en vivo, que por lo general tienen que ver con shows típicos de la región, presentaciones de joropo y cantos llaneros, entre otros.

Tomado del suplemento K, periódico El Tiempo, 23 de febrero de 2007


 
 


VILLAVICENCIO: la ciudad de las dos caras.

por Juana Salamanca Uribe.

En la plaza principal de Villavicencio se levantan, muy cerca uno de otro, dos bustos: el primero representa a Santander y el segundo a Bolívar. Es la manera como los villavicenses resolvieron la discusión en torno de la importancia de uno u otro prócer. Pero la presencia de las dos caras podría representar, también, la dualidad de una ciudad que a lo largo de su historia ha mirado en dos direcciones: a la llanura, de la cual es puerta, y a la cordillera donde está la capital del país. Su devenir ha estado determinado por la manera de aproximarse a uno u otro ámbito.

GUAYAPES: LOS ORIGINALES

En el siglo XVI la familia indígena Guayupe ocupaba el suroeste del actual departamento del Meta. Distribuidos en diferentes asentamientos, los guayupe fueron agricultores, pescadores y comerciantes. Productos como el yopo (alucinógeno), plumas, cueros de felino, coca, miel, cera, totumos, madera, pescado, maíz y algodón, así como humanos destinados al sacrificio, fueron objeto de intercambio entre la misma comunidad y entre ésta y los muiscas, a través de asentamientos guayupes en la cordillera, como el de Guayabetal. A los llanos llegaban mantas, cerámicas, esmeraldas, sal y oro, procedentes del altiplano. Métodos de conservación como el cazabe fueron importantes en esta economía de excedentes. En un sistema jerarquizado, los caciques controlaban la producción mediante la planeación de cultivos y otras actividades. El dominio se reforzaba mediante rituales que enfatizaban la estratificación social.

Acicateado por la fiebre de El Dorado, el primer español que pisó el lugar donde hoy se ubica Villavicencio fue Pedro de Limpias en 1536 o 37, como avanzado de Nicolás de Federmán. Les siguieron Hernán Pérez de Quesada y otros. Como en otros lugares y tiempos, los indígenas de la zona fueron sometidos, desalojados o exterminados.

EL“ PARA– ESTADO” ESPAÑOL

Al calmarse la fiebre de El Dorado, la manigua se tupió nuevamente sobre las entradas al llano. La corona española buscó desentenderse del chicharrón y entregó el territorio primero a los jesuitas y luego a otros misioneros católicos. En las misiones, los jesuitas combinaron la evangelización, la representación del régimen colonial y la producción económica. Estudiaron las lenguas y costumbres indígenas, adoctrinaron a los aborígenes, les enseñaron el castellano, los ubicaron en villas y parroquias (reducciones), les enseñaron nuevas técnicas de distintas artes y oficios y los prepararon para trabajar en las haciendas. Una de ellas fue Apiay, parte del municipio de Villavicencio. Dicha comunidad diseñó un complejo sistema económico y comercial –exitoso– basado en el autoabastecimiento y en el desarrollo de la ganadería y la agricultura. Si bien para 1544 se habían consolidado varias encomiendas –la primera fue la de Pedro Rodríguez de Salamanca– éstas nunca alcanzaron el desarrollo de las haciendas misioneras.

En la medida en que el trabajo indígena fue la base económica de las misiones, los ignacianos asumieron la defensa de los aborígenes, ordenada por la corona y sistemáticamente violada por encomenderos, curas y burócratas. No obstante, algunos testimonios acusan a los religiosos de participar en el comercio de indios.

Con la expulsión de los jesuitas de las colonias españolas en 1767, aquellos emporios se vinieron abajo. Las tierras de Apiay fueron ocupadas por los llamados Comuneros de Apiay , cazadores y agricultores, protagonistas de litigios por la propiedad de la tierra, quienes cedieron parte de sus derechos a Emiliano Restrepo Echavarría quien a su vez transfirió parte de ellos a Ricardo Rojas. En 1877 Rojas, mediante escritura pública, hizo donación perpetua al municipio de sus derechos.

FUNDACION “DE HECHO ”

Espadas y blasones, escudos y armaduras, hidalgos y clérigos, actas y pergaminos: todos brillaron por su ausencia en la fundación de Villavicencio. En su lugar, estuvieron arrieros sudorosos, proclives al alcohol y a la reyerta, que terminaban la jornada en una posada a la orilla del caño Gramalote, junto al cerro de La Estanzuela , procedentes de algún punto de los llanos, tras el ganado que conducían durante varios días hasta Bogotá. Para algunos, una fundación deslucida y prosaica; para otros, este nacimiento de hecho –que dio lugar a divergencias sobre la fecha de fundación– representa la esencia de los primeros años de la vida republicana de un país construido por arrieros y comerciantes.

Aun cuando el centenario de la ciudad se celebró en 1942, la Academia Colombiana de Historia dictaminó en 1965 que “Villavicencio fue fundada el 6 de abril de 1840” . El informe agrega que “gentes que iban a sacar ganados, y cazadores, entusiasmados por el párroco de San Martín presbítero Manuel Santos Martínez y por el relato que se hacía de la belleza y fertilidad de las tierras conocidas como Gramalote, iniciaron allí la construcción de una posada o “paradero” de ganados. Fue así como vecinos de Quetame y Fosca, atraídos por la narración de sus amigos y paisanos, se trasladaron al lugar de promisión, siendo el primero en establecerse con su familia, Esteban Aguirre y como éste obtuviera éxito en el comienzo de su empresa de fundador, seguidamente llegaron Francisco Ruiz con su esposa Matea Fernández, su yerno Librado Hernández, Silvestre Velázquez y Francisco Ardila, quienes separadamente construyeron sus ranchos o viviendas en forma de poblado para habitar con sus familias; y el 6 de abril de 1840 quedó fundada una población, plantada sobre la margen derecha del caño Gramalote a la que se puso el mismo nombre del arroyo, llamado así porque sus riberas estaban cubiertas con una especie de pasto o gramínea conocida con tal nombre”. Este lugar corresponde hoy a la parte baja o antigua del barrio El Barzal.

En vísperas del sesquicentenario, la Academia hizo un nuevo pronunciamiento y recomendó celebrarlo el 21 de octubre de 2000 fecha en que se cumplían los 150 años de haber sido erigido el Distrito Parroquial de Villavicencio en el cantón de San Martín, según Ordenanza de la Cámara Provincial de Bogotá. No obstante, se mantuvo la fecha de abril de 1990 para esa celebración.

En la década de 1840 Gregorio Fernández fue comisario y Justiniano Castro corregidor. Entre los apellidos más antiguos figuran Acuña, Carrillo, Jara, Moreno, Pardo, Gutiérrez, Romero, Prieto, Moyano y Reina. Según datos de población encontrados, en 1846 había en el poblado 30 familias.

En enero de 1845 el Gobernador de Cundinamarca ordenó al jefe político de Cáqueza “delinear la población que se está formando en Gramalote escogiendo un punto conveniente por su situación y abundancia de aguas, trazando una plaza espaciosa y por lo menos las ocho calles que a ella deben conducir con una anchura de 25 a 30 varas y designando en la plaza los lugares que deben ocupar la capilla, la casa cural, la escuela, la cárcel y la casa municipal”. En 1850, la ciudad fue rebautizada con el nombre de Villavicencio, en honor al prócer quiteño Antonio Villavicencio y Verástegui y dos años después el corregimiento fue elevado a cabecera de Cantón siendo designado Nicolás Díaz como su primer alcalde.

FROM NEW YORK TO QUETAME

Según la investigadora Jane Rausch, Villavicencio “era en 1861 una aglomeración de ranchos levantados en calles trazadas en ángulos rectos. La mayoría de los 600 habitantes cultivaban la yuca, el plátano y el arroz, o recogían el ganado que vagaba en los llanos”. Las casas eran casi todas de bahareque o madera con techo de palma. En la plaza principal, lugar del mercado dominical, las fiestas patrias y las corridas de toros, crecían varios mangos. Según Rufino Gutiérrez, en 1884 la villa tenía 3.315 habitantes.

El aristócrata de Villavicencio, según una crónica, “vestía casaca con botonadura de plata, calzón corto, medias de seda y zapatos con hebilla… Cuando el peso llegó a ser papel moneda hubo necesidad de reducir los gastos y todos usaban el sombrero “castor” y el “lique” de dril, saco abotonado hasta el cuello, con dos bolsillos a cada lado”.

La región fue escenario del espíritu civilizador y de progreso capitalista propios del momento, con un inusitado desarrollo agropecuario y comercial en varias haciendas. En 1864 el comerciante bogotano Sergio Convers –casado con Araceli, hija de Agustín Codazzi– fundó la hacienda El Buque en terrenos de Apiay, que llegó a tener 80 mil cafetos –cuyo producto se exportó hacia el interior y el exterior– y maquinaria para procesar azúcar y arroz. En 1874 en la región había más de un millón de cafetos y 120 mil cabezas de ganado.

Por su parte José Bonnet estableció la primera casa importadora de mercancías y exportadora de café, pieles y caucho. En este punto Villavicencio mira hacia la llanura, pues el comercio se realizó en un gran porcentaje, hasta finales del siglo XIX –en ambos sentidos– por la ruta río Meta (Cabuyaro), río Orinoco, ciudad Bolívar (Venezuela), Europa y Norteamérica. Las mercancías se transportaban en carros de yunta entre Villavicencio y la arteria fluvial y luego en los vapores Libertador y Boyacá de propiedad de Bonnet. Así, no era extraño encontrar ciertos elementos suntuarios en residencias villavicenses. Eduardo Carranza, bisnieto del primer corregidor, da el testimonio al referirse a su ciudad: “pueblo lejano y heroico donde hace un siglo mi tía Pilar Fernández solfeó nocturnos de Chopin en un piano Pleyel traído por el Meta mientras el tigre rugía en la plaza”.

Pero el comercio por el oriente enfrenta dificultades, y Villavicencio mira de nuevo hacia Bogotá, separada por una escabrosa trocha que se recorría en cinco días en el mejor de los casos. En 1868 (administración Santos Gutiérrez) se inició la construcción de un camino de herradura nacional de 4 metros de ancho. El puente colgante sobre el río Negro costó ocho mil pesos, que incluían el transporte entre New York –donde fue adquirido– a Quetame.

CURAS DESTERRADOS Y CONFLICTOS CIVILES

Desde sus primeros años Villavicencio fue escenario de enfrentamientos, muchos de ellos armados, por razones políticas y religiosas. En 1861, varios sacerdotes dominicos rebelados contra la administración Mosquera que decidió controlar las comunidades religiosas, confiscar sus bienes y clausurar conventos, fueron desterrados a los llanos; uno de ellos fue José de Calasanz Vela.

La Guerra de los Mil Días dio al traste con la prosperidad de las haciendas y dividió aún más a los locales. En una de las jornadas, el General liberal Críspulo Burgos se tomó a Villavicencio –protegida por tropas del gobierno– con 500 llaneros. Burgos triunfó sobre las fuerzas comandadas por el coronel Heliodoro Moyano. Tiempo más tarde –¡las paradojas de este país!– el hijo de Burgos, Tulio, se casó con la hija de Moyano, Berenice.

Y, al igual que las guerras, la naturaleza ha sido inclemente con la capital del Meta. Durante el siglo XIX, dos incendios voraces se desataron: el 9 de febrero de 1871 la conflagración se llevó todo el sureste de la población; y en 1890 se dice que quedaron solo dos casas en pie. Más adelante, en 1917 varios temblores sucedidos entre el 29 y el 30 de agosto, causaron 8 muertes al venirse abajo una de las paredes de la iglesia, 7 heridos y daños en diferentes edificaciones.

El fin del siglo sorprendió a la población en situación de precariedad en materia de servicios públicos; la existencia de solo dos escuelas es un ejemplo de ello. Se había establecido un servicio provisional de acueducto; pocas casas tenían servicio a domicilio y la gente se surtía en fuentes públicas. El excedente se derramaba por la ciudad en una canal empedrada. “Aquellas cañerías al aire libre eran aprovechadas para servicios domésticos matutinos, que ni Sancho Panza hubiera querido ‘meneallos ”, refiere el misionero Mauricio Diéres.

LLEGA EL TERROR DE LOS LLANOS

Aún al inicio de la tercera década del siglo XX las mulas seguían siendo el vehículo idóneo para recorrer los caminos, y con ellas Sansón, un hombre que transportaba sobre su lomo hasta Cáqueza a los pacientes de urgencias para ser conducidos desde allí a Bogotá en carro. Pero la capital del Meta se las ingenió para ver con sus propios ojos el milagro del automóvil, incluso antes de que alguno pudiera llegar allí por sus propios medios. En 1925 arribó, en pedazos, a lomo de mula, un carro que luego armaron para alquilarlo a razón de cinco centavos la vuelta. Como el terror de los llanos fue bautizada la primera volqueta que accedió al municipio sobre sus ruedas, en 1937.

Los agricultores, ganaderos y comerciantes, preocupados por el costo de los fletes aportaron dinero a la carretera, y en 1924 Jorge Luna Ospina, intendente del Meta y sobrino del Presidente de la República , creó un peaje. Se utilizó mano de obra de los presidiarios para la construcción de la vía que inicialmente sólo contaba con una calzada, y que se ha ido mejorando a lo largo del tiempo, tratando de enfrentar, incluso hasta nuestros días, las dificultades que imponen la montaña –que a veces le da por venirse abajo– y los ríos. Al final, las recuas de los hermanos Amaya fueron sustituidas por las primeras compañías motorizadas, la Guayuriba y la Cooperativa de Transportadores de Oriente.

LOS MONTFORTIANOS

Ordenacion de los primeros montfordianos, 1930Con el siglo XX, regresan los misioneros. Ahora se trata de los montfortianos quienes llegaron para quedarse muchos años. Entre los que dejaron huella está Mauricio Diéres Montplasir quien combinó la labor apostólica con la comunitaria, con una recia personalidad –para algunos, arbitraria y conservadora, para otros bondadosa–. Diéres “importó” a las Hijas de la Sabiduría para trabajar en las escuelas y el hospital; fundó una escuela de artes y oficios y creó en 1913 el periódico Eco de Oriente desde donde dio cuenta de la vida de la región, hasta 1950.

Cuando en el llano no había puestos de salud, en 1911 se fundó el Hospital de Montfort, al que se le fueron agregando servicios. Se cuenta que la morgue del establecimiento alojó el cuerpo del último paciente de la viruela en el país. En el Instituto Rockefeller, luego llamado Franco, vinculado al hospital, científicos encabezados por Jorge Boshell descubrieron el tripanosoma Ariari causante de la enfermedad de Chagas y 5 vectores anofelinos generadores del paludismo.

En abril de 1916 se inauguró la planta eléctrica construida por el contratista Jorge Vejarano. Tras comprobar deficiencias en la instalación, el Ministerio de Hacienda estableció un impuesto para corregirlas.

Con los materiales de construcción que llegaban por la carretera como el ladrillo, el cemento y la teja de zinc, la ciudad cambió su aspecto y se alistó para el centenario: gracias al traslado del mercado y algunas reformas, el parque central cambió su apariencia. Con 150 mil pesos destinados por el Gobierno central, se realizaron obras en el Palacio Municipal, el matadero, la escuela de artes y oficios y se emprendió la pavimentación de las calles. De esta época data también la construcción del puente sobre el río Guatiquía.

Dieres informa que entre escuelas privadas y públicas atienden a 1.193 alumnos. No obstante, indica, “quedan todavía muchos niños privados del alimento intelectual”. Agrega que en 1942 Villavicencio contaba con teléfono internacional privado (en el hotel Meta), eficiente y claro, y servicio oficial de teléfono que comunicaba, difícilmente, con varios pueblos de la intendencia. Da cuenta de la existencia de 1.150 casas, para una población urbana de 7 mil almas y del doble para todo el municipio. Habla de una producción anual de arroz de 300 mil arrobas, de la exportación de 30 mil cabezas de ganado y del sacrificio de 8 mil reses para la ciudad, y remata: en Villavicencio “no hay miseria; hay pobreza, pero las perspectivas son halagadoras para el futuro”.

LLEGAN LOS CHULAVITAS

Organizados desde las altas esferas del gobierno, a partir del 9 de abril de 1948 los chulavitas bajaron al llano y se ensañaron con todo lo que oliera a liberal. Y en esa tierra donde la libertad es vida, pudieron hartarse. En respuesta, se conformó la Guerrilla Liberal del llano. El 25 de noviembre de 1949, dos días antes de las elecciones presidenciales se inició un levantamiento en la región y Villavicencio fue tomada por la guerrilla. Tras el golpe de Estado de 1953, retornó paulatinamente la calma a la zona, hasta los años 80 cuando, nuevos factores la manchan de sangre una vez más .

LOS VAQUEROS DEL AIRE

El aterrizaje del primer avión, piloteado por Camilo Daza en el campo de El Barzal (años 30) inaugura la aviación en la región, que viene a solucionar, en parte, las necesidades de locomoción del llano y la selva. Villavicencio adquiere la condición de epicentro de un febril movimiento aéreo que llega a su clímax con la llegada de los DC 3 de Avianca en los años 50, tiempos en que el viaje en jeep entre Bogotá y Villavicencio tardaba 14 horas, a pesar de la corta distancia.

Es una aviación singular, que ha servido a campesinos e indígenas, ganaderos y operarios, funcionarios de los territorios nacionales, que suben con sus animales domésticos, sus bultos de yuca, sus enfermos. Y los pilotos, son capaces de aterrizar en un potrero, acuatizar en un río, reparar un aparato varado en la sabana. Una actividad tan dinámica que llegó a disponer de mil pistas en todo el llano y de 30 aviones pequeños que le dieron vida a la sabana, que luego se vio afectada por las medidas en contra del narcotráfico.

VILLAVICENCIO SIGLO XXI

Hoy, con sus 384.131 habitantes (Censo 2005) la capital del Meta se exhibe con todas las condiciones propias de una ciudad moderna. Al mismo tiempo, enfrenta graves desafíos especialmente en los campos del conflicto armado (con el lastre del narcotráfico), de la inequidad y de la corrupción. Como en ninguna otra ciudad colombiana, en Villavicencio se expresan con crudeza las contradicciones de Colombia. Por algo está situada justo en el corazón del territorio nacional, y se puede asimilar a una bisagra colocada entre dos países.

BIBLIOGRAFÍA

Los forjadores de Villavicencio cuentan su historia. Volúmenes. I y II.Corporación Cultural Municipal de Villavicencio. Biblioteca Germán Arciniegas. Dirección de Loreley Noriega Acosta 1998.

Mauricio Diéres. Lo que nos contó el abuelito. Villavicencio 1842 – 1942. Imprenta San José de Villavicencio. 22 de mayo de 1942.

Juan B. Caballero Medina. Monografía histórica de Villavicencio. Gráficas Juan XXIII. Villavicencio, 1990.

Germán Castro Caicedo. El Alcaraván. Editorial Planeta, junio de 2001.

Los llanos: una historia sin fronteras. I Simposio de Historia de los Llanos Colombo Venezolanos. Academia de Historia del Meta. María Eugenia Romero Moreno. Asociación Cravo Norte. Octubre de 1988.

Tomado de: Revista Credencial Historia. (Bogotá - Colombia). Edición 231,Marzo de 2009