Simon Velez

Arquitectos

Construcción

 

Simón Vélez

arquitecto de la guadua


Manizales, Caldas

Es un arquitecto sui generis que se considera conservador, pero del ala anárquica de su oficio, que se pasa de libre cuando de edificar se trata. Nació en Manizales y allá creció metido entre las fincas de su abuelo, un típico colonizador paisa que a su modo construía las casas de sus fincas. En sus primeros años se entretenía con las teorías de su padre, que al final de su carrera fue un abanderado de la vivienda social; mientras aprendía la filosofía de los jardines con su madre y le daba dolores de cabeza a los jesuitas del San Luis Gonzaga. "Me tocó vivir un ambiente demasiado religioso en la vida exterior y demasiado pagano en la vida familiar", cuenta Simón Vélez.

Su estilo, nada convencional, se aleja de las estructuras modernas y sigue la influencia de sus ante pasados caldenses, que con su abuelo a la cabeza, se inventaron las casas de campo más originales que existen, pero se aparta del ejemplo de su padre, pues nunca escatima en costos.

Aunque nunca volvió a radicarse en Manizales, siguió fiel a las tradiciones campesinas de sus antepasados. Fue uno de los primeros colonizadores del antiguo barrio de La Candelaria, en Bogotá.

Una puerta de madera verde en frente de una de esas angostas calles empedradas del centro histórico de la capital esconde el país de la maravillas que Simón Vélez se inventó para poder vivir feliz, cuando en los principios de los años 70 estudiaba arquitectura en Los Andes, escuchaba a los Beatles, le tiraba piedra a los comunistas y apreciaba la vida bohemia. Su casa es una guarida con un largo camino adoquinado, rodeado de árboles, que al final dejan ver una luz, muchas más plantas, tres casas, un pequeño lago y suficiente campo.

Sin embargo la primera casa de su vida, la diseñó en plena Guajira a los 21 años. Regresó a las aulas de Los Andes, pero se demoró en graduarse porque sólo estaba interesado en el diseño. Comenzó con suerte: construyendo casa de campo al lado del mar, en pleno verde de Girardot o junto a las montañas del Valle. Desde entonces ha forjado su propia idea de las estructuras

A los 22 años se casó con una prima y a los 26 se separó. Hoy es un consumado soltero, con todo y teoría sobre el asunto, que lo ha llevado a definirse como machista, irresponsable y mal marido.

Familiarizado con la guadua, porque era el material de las casas campesinas, hace 20 años se inventó una buena forma de usarla, no sólo como elemento decorativo, sino como parte pirncipal de la estructura. Inyectó cemento entre los cañutos y la simple guadua quindiana quedó convertida en soporte de sus casas.

Gracias al descubrimiento pudo hacer esos voladizos de guadua que caracterizan sus obras.

Con bases de concreto y guadua, muy pocos se explican cómo es que sus estructuras logran mantenerse en pie.

Detesta los materiales acrílicos y en cambio prefiere los naturales, dice que son más dignos los escaparates antiguos que los closets clásicos de los apartamentos de la ciudad.

La primera ojeada a sus obras siempre resulta engañosa: la sorpresa inicial -cuya emoción no permite percibir los pequeños detalles- hace destacar la luz del sitio. Luego los espacios asumen el carácter que Simón ha querido infundirles con su guadua sosteniendo una gran cúpula de vidrio. Altillos de la nada pasan a ser cuadrados de formas y colores o habitaciones que simulan un establo, cuando sus manos construyen un techo de tabla rústica con una estructura de eucalipto.

Así como su casa es una obra abierta e inconclusa, pero perfecta, que no ha podido terminar, porque es más fácil edificar por encargo, Simón Vélez es genialmente original y verdaderamente contradictorio.

Tomado de la Revista Semana Colección, No.60, 1997

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Entre guaduas, acero y madera

Siempre que se menciona el nombre de Simón Vélez se hace una relación con la palabra guadua. No es para menos, pues este manizaleño se ha dado a conocer en el mundo gracias a la utilización de este material en sus diseños arquitectónicos.

El año pasado, inauguró en Bogotá un puente de 45 metros de largo. Para completar la dicha, su trabajo trascendió y lo llamaron de China, país rico en guadua y bambú, para que construyera un hotel ecológico con más de cien habitaciones. Sin duda alguna, uno de los proyectos más ambiciosos y costosos en los que ha participado hasta el momento.

Y aunque todo el mundo lo conoce como el hombre del acero vegetal, a sus 56 años también construye con acero, madera y concreto. Hasta hace poco participó en la construcción de viviendas de interés social en Ricaurte (Cundinamarca), donde diseño más de un centenar de casas para gente los de los estratos más pobres. Asegura que ese trabajo no lo hizo con el fin de ganar plata, sino para demostrar "que la pobreza no necesariamente tiene que significar miseria y que puede haber viviendas dignas. "Casas en las que uno mismo sienta que puede vivir".

Entre los planes futuros de Simón está el diseño y construcción de varias casas para artistas y famosos. También quiere replicar la experiencia de Bogotá, levantando más puentes peatonales en distintas ciudades. El ambiente perfecto para pensar en sus proyectos está adecuado para tal fin: vive en una casona en el barrio colonial de la capital La Candelaria, rodeado de árboles, es culturas. en piedra y, por su puesto, objetos en guadua.

Tomado del peri{odico El Tiempo, 10 de mayo de 2004

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 La guadua en el Zocalo, Mexico

por Diego Guerrero, redactor de Cultura y Entretenimiento, El Tiempo

El arquitecto que acaba  de construir en pleno Zócalo de Ciudad de México el Museo Nómada, el edificio perecedero en guadua más grande del mundo, no trabaja en una oficina con computadoras a impresoras sofisticadas ni está rodeado de dibujantes acuciosos.

Tampoco tiene una planoteca gigantesca o un archivo digital con sus 40 años de ejercicio profesional, como se podría pensar de quien ha levantado casas, pabellones feriales y hoteles en Colombia, en Alemania y hasta en China.

No es así, porque Simón Vélez, tal vez el más grande experto del planeta en el uso de la guadua para la construcción, dibuja los planos de sus obras a mano alzada y en cuadernos cuadriculados.

Seguro habrá quien convierta sus líneas delicadas y acotadas en planos, pero lo que él consulta en sus obras es uno de los 50 cuadernos que cuando no tienen más hojas blancas pone uno sobre otro en el pequeño estudio de su amplia casa en el barrio La Candelaria, de Bogotá.

Parece mentira que ese sea el estilo del hombre que acaba de crear un edificio de 5.130 metros cuadrados, con cinco pisos de altura y que ocupa gran parte de la inmensa plaza de la capital mexicana, una de las más grandes y simbólicas de América, por los monumentos coloniales y precolombinos que la rodean.

El museo se construyó entre noviembre del 2007 y enero de este año para el artista canadiense Gregory Colbert. Él lo necesitaba para mostrar Cenizas y nieve, su obra sobre la comunión entre los animales y los hombres.

La exposición recoge años de viajes de Colbert en fotos y videos, y va por distintos sitios del globo desde el 2002, cuando expuso por primera vez en el famoso edificio El Arsenal, de Venecia (donde se realiza la Bienal).

"En julio pasado -cuenta Vélez - Colbert me citó en Tokio para un almuerzo con Emilio Azcárraga Jean (el magnate mexicano de la televisión) pues él financiaría parte de la exposición en El Zócalo. Les mostré el proyecto y les gustó".

La propuesta también fue acogida por el Instituto Rolex y el gobierno del Distrito Federal. Así que lo demás fue ejecutar el proyecto.

Del Eje Cafetero a México

"Yo lo diseñé según las necesidades de Colbert. El museo sigue siendo una evocación de El Arsenal que es un edificio que le gusta a él y que funciona bien para su obra", comenta el arquitecto, cuya propuesta es calificada en el sitio oficial del museo como ejemplo de un enfoque innovador en la arquitectura que demuestra prácticas sostenibles.

En el espacio de tres naves "Es como una iglesia de pueblo", acota Vélez- hay dos galerías, un teatro grande y dos pequeños

Para levantar la estructura, cerca de 200 obreros mexicanos y 37 colombianos expertos en el material utilizaron 9 mil guaduas que en su punto más alto llegan a los 15 metros. Las guaduas, inmunizadas con métodos naturales, fueron llevadas en 27 contenedores desde el Eje Cafetero.

"Como el piso de El Zócalo no se puede intervenir, usamos sacos de arena para detener el agua y pusimos gatos hidráulicos para sostener la estructura", explica el arquitecto.

Ésta también se apoya en contenedores y, como pesa tan poco, las columnas, adornadas con raíces en el tope, no sostienen el techo sino que están colgadas de él, de manera que su peso ayuda a que no lo dañe el viento.

Dos espejos de agua, que recorren los espacios de exposición junto a las paredes (soportes del edificio), ejercen peso adicional para mantener la estructura en el suelo.

Antes de la construcción, se hizo un prototipo en Chinchiná (Caldas) de 200 metros cuadrados que resistió cargas de 23 toneladas (tanto como una tractomula) y jalones horizontales. Su deformación, luego de tres días, fue de tan solo 15 milímetros y tuvo una recuperación (una vez quitadas las cargas) de 14 milímetros. Según el arquitecto, mejor que lo que se puede esperar del hierro. 

Cenizas y nieve ofrece más de 50 trabajos fotográficos y tres videos. La entrada es gratuita y, según datos conocidos por Vélez, han ingresado 60 mil personas por día (calculaban que entrarían 12 mil por jornada), lo que se convierte en otro récord.

La exposición estará abierta hasta el 27 de abril. Después, la estructura desaparecerá...

Las ideas de Simón Vélez

"A mí lo que más me gusta es construir casas de campo, porque es posible hacer arquitectura", dice Simón Vélez, quien, con su sombrero de Sandoná (los de Aguadas no pasan su control de calidad) parece más un finquero que un arquitecto. Más cuando camina por su casa de La Candelaria, donde tiene una jardín que crece como selva.

Allá también tiene columnas y pórticos, leones, dioses hindúes y ángeles. "Los consigo en demoliciones. Esto pórtico lo mandó tumbar un alcalde ignorante para hacer un parque parque. No hay derecho que una obra hecha para durar toda la vida la tumben". Vélez dice que su verdadera escuela fue la práctica. "En la universidad (de Los Andes) no aprendí nada, porque uno aprende trabajando. Hay gente que estudia tanto que no tiene tiempo de aprender".

Viaja mucho porque lo llaman para que construya o enseñe sobre la guadua, aunque no es fanático y en sus obras no duda en inyectar cemento o poner aluminio, vidrio o piedra donde sea indispensable.

Pero, por supuesto, defiende la guadua a capa y espada. "En Colombia, la mayor parte de la gente auto construye. Empiezan con guadua y bahareque y terminan con cemento. Es como si construir con guadua fuera de pobres. El cemento sin normas técnicas es un peligro".

"La guadua ni siquiera es sismorresistente sino sismo indiferente -agrega-. Además, para producir acero se consume oxígeno y se genera monóxido de carbono, mientras que una guadua genera oxígeno, absorbe el monóxido y su resistencia está probada".

Tomado del periódico El Tiempo, 2 de marzo de 2008

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Simón Vélez en sus dominios

SIMÓN VÉLEZ, el mismo arquitecto que hace 25 años ideó una técnica para trabajar la guadua como estructura principal en sus obras, tiene muy claro que la naturaleza juega un papel central en su vida. Y esto poco tiene que ver con el hecho de que haya crecido en una inmensa casona donde los jardines abundaban, o con sus frecuentes paseos a clubes campestres donde jugaba golf. Sencillamente la naturaleza le ofrece ese respiro que cualquier persona creativa necesita para, válgase la redundancia, crear.

Pero esa misma creatividad, que en la infancia de Simón surgía a borbotones, casi se extingue. Estudió con padres jesuítas, franciscanos y maristas, y admite que, a pesar de todo, sobrevivió a su educación: "Es imposible aprender con los prejuicios y las castraciones a las que fui sometido. Siempre me castigaban y no me dejaban dibujar". Y remata con una ironía: "Aunque yo no creo en la Iglesia, cinco segundos antes de morir me volveré católico porque si ese cuento es cierto, no quiero irme al infierno". Con todo y eso Simón sabe que la espiritualidad es importante. Por eso construyó en Cartagena un sitio que está abierto a todas las religiones y donde se permiten desde uniones gays hasta matrimonios satánicos. Se trata de un espacio que fue inaugurado con el bautizo del hijo de Cabás y que no está para alquilar, ya que el objetivo no es hacer un negocio, sino prestárselo a sus amigos y familiares, y a sus enemigos, llegado el caso. Indudablemente lo más importante para su vida es la naturaleza. Cuando llegó a Bogotá hace 42 años, quería vivir en La Candelaria porque en ese barrio podría desarrollar la zona verde con la que siempre soñó. Así construyó una casa "lo más pequeña posible para tener un jardín lo más grande posible". Medía ocho metros cuadrados y el primer árbol que plantó fue uno de caucho que aún sigue en pie. Siguió comprando terrenos aledaños para agrandar su lote y sembró plantas sin ningún criterio para que crecieran libres y silvestres.

Así logró consolidar un pulmón de 2.000 metros cuadrados en pleno centro de la ciudad. Allí se levantan varias casas donde viven sus cuatro hijos, cinco nietos y su socio, Genaro Mejía. Cada casa está unida por caminos de piedra que atraviesan estancos y jardines, que son el resultado de lo que Simón llama "safaris botánicos": "Siempre viajo con amigos a zonas con el mismo clima de Bogotá y arranco con mis manos todo lo que se deje arrancar, para trasplantarlo en mi casa". Lo mismo hace cada vez que viaja al exterior: "Traigo plantas con tierra y gusanos, a pesar de que sé que está prohibido, y lo hago porque la globalización hace absurdas las cuarentenas y yo actúo como un animal dispersor de semillas". Alguna vez en China pagó un sobrecupo de 3.000 dólares por cuenta de un exceso de equipaje de 95 kilogramos. Traía bambúes de la familia Phyllostachys edulis, que resisten temperaturas de hasta -20°C. Sólo uno sobrevivió y hoy luce fuerte y vigoroso frente a  un estanque de su casa. "Me parece importante tener verde alrededor y poder ver cuánto ha crecido una planta o florecido una flor". |

Su colección incluye bambúes tan exclusivos como uno del Palacio de Katsura -de la familia imperial del Japón- que se lo regaló el jardinero real, y especies nativas tan exóticas como la melastomataceae o sietecueros del Putumayo, que consiguió en un safari botánico. A pesar de esto, Simón se considera pésimo horticultor porque la mayoría de cosas que siembra, mueren. Todos los días examina sus plantas y -caso curioso- orina el jardín: "Me sentiría el ser más desgraciado si tuviera que orinar en un sanitario; además, el orín contiene urea, que es un gran fertilizante para el suelo". Simón Vélez ha construido más de 200 casas de campo en tres continentes, tiene una vetusta camioneta roja marca Mercedes-Benz, colecciona cuadros de los maestros Luis Caballero y Gonzalo Ariza y su casa está repleta de muebles de madera diseñados por Marcelo Villegas. A pesar de que es con la guadua con la que se ha hecho notar, no se considera fundamentalista: "También trabajo con acero y con concreto, pero en sus justas proporciones". Si tiene que tumbar un árbol para construir lo hace sin agüeros y paga la multa sembrando diez más.

Piensa que Colombia no tiene identidad arquitectónica -"somos una partida de acomplejados que imitamos todo lo que nos llega de afuera", dice-, y sabe que el gremio no reconoce su trabajo -"solo porque yo no trabajo el ladrillo y el concreto como lo hizo Salmona creen que lo que hago es la arquitectura de Tarzán", termina-. Irónicamente y a pesar de la atracción que la naturaleza ejerce sobre Simón Vélez (el mismo arquitecto que hace 25 años descubrió que se podían hacer grandes estructuras en guadua inyectando cemento y arena en las uniones), él es urbano y sólo podría vivir en una urbe. "Por eso es que me empeño tanto en traer el campo a la ciudad".

Tomado de la Revista Cromos No.4762, 22 de agosto de 2009