Cordoba Departamento

Cordoba

Ciudades y sitios

Paisaje

 
 

A ColArte
  Vea:

    
Reinas de Belleza de Córdoba   
     Artistas de Córdoba    

Cocina en Córdoba

Música

Córdoba, 1995

Santa Cruz de Lorica

 
 

En la parte noreste de Colombia, Córdoba se precia de tener dos zonas de gran riqueza y belleza: la costa Caribe con playas inexploradas y las serranías de Abibe, San Jerónimo y Ayapel, esto hace que sea uno de los departamentos con más recursos hídricos representados en centenares de ciénagas y ríos como el Sinú y el San Jorge. En su geografía se levanta el Parque Nacional Natural Paramillo, considerado el de mayor fauna y flora del continente. Su principal actividad es la ganadería, y cuando atraviese el territorio se encontrará con pueblos alegres y amistosos que todavía usan el "sombrero vueltiao" patrimonio artesanal de Colombia. Habitó estas tierras la cultura indígena zenú, de gran prestigio en la elaboración  piezas en oro y cerámica. 

LUGARES PARA VISITAR

Cereté. A orillas del cańo Bugre, ramificación del Sinú, Cereté se caracteriza por ser una de las poblaciones más importantes y desarrolladas del departamento, debido a su dinámica actividad ganadera y algodonera. La separan 18 km de Montería.

Ciénaga de Oro. Conocida también como la "Capital del casabe" o la "Tierra de la yuca", está ubicada a 34 km de la capital del departamento y posee algunos atractivos de gran interés, como las celebraciones religiosas y sus construcciones coloniales. Visite la iglesia San José de Ciénaga.

Lorica. Cuando llegue a Lorica, conocida también como la capital del bajo Sinú, no deje de visitar el mercado público para degustar un exquisito sancocho de boca chico y de paso admirar su arquitectura. Aprecie los vestigios de interés histórico y arqueológico y algunas construcciones de estilo mozárabe y republicano.

San Bernardo del Viento. Distante 85 km de Montería. Este caluroso municipio cuenta con divertidos balnearios y la mayor porción de playas entre los municipios cordobeses. Es punto de partida hacia el archipiélago de San Bernardo, en el golfo de Morrosquillo, y uno de los destinos más frecuentados del departamento.

San Antero. Rodeado por las hermosas playas de Porvenir, Punta Bolívar, Carbonero y Playa Blanca. Limita con el mar Caribe, el departamento de Sucre y San Bernardo del Viento. En la población, retirada de Montería 83 km, predomina la cordialidad y la alegría de sus gentes, entusiasmo que se refleja en su vida cotidiana y en celebraciones tan particulares como el Festival del Burro. Visite el volcán de lodo.

Sahagún. Nombrada la "Capital cultural de Córdoba", se distingue por ser uno de los cuatro núcleos urbanos de importancia en la región. Dista 71 km de Montería, posee tierras aptas para la siembra de algodón, ńame y tabaco, además del gasoducto de Ballenas que cubre la franja costera del Caribe. Se recomienda comprar panela en Colomboy, corregimiento del municipio.

San Pelayo. Municipio invadido por la alegría, especialmente en junio cuando se lleva a cabo el Festival Nacional del Porro, evento que convoca bandas musicales provenientes de todo el país.

Ciénaga de Ayapel. Con un clima cálido y frescas brisas es la mayor reserva hidrobiológica del departamento. Hay confortables casas de recreo para los visitantes, quienes pueden practicar varios deportes náuticos y recorrer un importante centro arqueológico que aún conserva uno de los pocos relojes de sol del país.

Parque Nacional Natural Paramillo. Entre el norte de Antioquia y el sur de Córdoba resaltan 460 mil hectáreas, con alturas que van desde los 100 hasta los 3.960 mt...  

Puerto escondido.  En esta población se celebra periódicamente el Festival de bullerengue, fiesta nacional dedicada a este ritmo

Chimá y San Andrés de Sotavento conservan los mayores vestigios indígenas de la cultura zenú.

GASTRONOMÍA DE CÓRDOBA

La cocina cordobesa emplea diversidad de productos, y se caracteriza por su variedad y esmerada preparación. Berenjena y almendra propias de las costumbres gastronómicas de los árabes, arroz, plátano y ńame de la cultura africana y asiática son los ingredientes que unidos al pescado y la carne conforman la esencia de la cocina del departamento.

ARTESANÍAS

En los alrededores de Lorica los indígenas de los resguardos zenú viven del cultivo y el trabajo de la cańaflecha, material utilizado en la elaboración del célebre sombrero "vueltiao", una de las artesanías más representativas de Colombia. También realizan tapetes, bolsos, billeteras y pulseras que se adquieren en el mercado artesanal de la población de Tuchín al igual que  en Lorica y otros poblados como Purísima y Momil. La hamaca, un tejido colorido, muy bien trabajado y artículo ańorado para el descanso, es otro producto del in genio de los artesanos cordobeses.

Tomado inicialmente del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007


 

El zooparque

Tomando la Troncal Occidental se Ilega al zooparque Los Caimanes, ubicado entre Buenavista y el puente sobre el río San Jorge. Allí, dońa Marta Acosta de Raigosa con su equipo de guías lo conducirán hacia varios sitios maraviIlosos del parque donde Timoteo el hipopótamo encontró su hogar y donde además se revive la historia del famoso "hombre caimán". Este lugar es un parque temático donde enseńan de manera didáctica y divertida la belleza a importancia de la naturaleza. 

En un pintoresco tren sin rieles y sobre un sendero habilitado como carreteable, se hace un recorrido de 4,5 kilómetros y se van conociendo diferentes sitios y atracciones, a manera de estaciones. Atracciones que incluyen shows de vaquería, con serpientes, o carreras de avestruces o con los gigantescos caimanes. Además, se dispone de un hotel con trece habitaciones que miran hacia un hermoso lago donde se ven patos y chigüiros y se puede recorrer en bote con todas las seguridades del caso. Las habitaciones son de acomodación múltiple para cuatro o cinco personas.

También está disponible un campamento safari como para sentir la realidad total del entorno circundado de comodidades.

Museo Arqueológico Zenú

Si aún le queda tiempo para seguir recorriendo la tierra cordobesa, conozca el Museo Arqueológico Zenú, ubicado en Tierra Alta, al sur, en donde mucho más allá sigue la ruta hacia el embalse de Urrá y el Parque Nacional Natural Paramillo. El museo contiene numerosas muestras de la cultura zenú y podrá percibir lo que representó su aporte en el pasado.


 

GUIA DE CORDOBA.

Ferias y festivales

Abril

o Ayapel, Festival de Acordeones.

o En Semana Santa: Festival del Burro, en San Antero. Ciénaga de Oro.

Mayo

o Planeta Rica, Festival de Bandas.

Junio

o Montería, Feria Ganadera, Reinado Popular y Reinado Nacional de la Ganadería.

o San Pelayo, Festival Nacional del Porro.

e Cereté, Reinado del Algodón, Festival del Bollo Dulce y de la Cumbiamba.

e Puerto Escondido, Reinado Nacional del Bullerengue.

Noviembre

e Los Córdobas, Reinado del Plátano.
 


 

La deliciosa cocina del fogón sinuano 

Por: Julián Estrada 0

No se quede sin probar

- Rosquitas de queso y sagú de Montería.

- Queso costeńo y/o bajero.

- Pava de ají.

-Bolitas de ajonjolí con sal. -

- Dulce mongo mongo.  

- Dulce de icaco. 

- Dulce de papaya verde.

- Quibbes y empanadas de Cereté.

- Buche de pavo (ajonjolí confitado).

- Panelas de Colomboy 

- Café León y/o Café Córdoba.

Las cocinas de crianza jamás se olvidan... En el departamento de Córdoba cuatro etnias históricamente diferentes mezclaron sus recetas de origen, para configurar una auténtica cocina regional que apenas se está descubriendo.

Es un hecho, una de las mejores cocinas de nuestro país es la de la costa caribeńa v dentro de esta se destaca, de manera especial, la cocina de la costa sabanera, es decir, aquella de las fincas ganaderas, de las llanuras de arroz, algodón y sorgo, aquella en donde el mar, aunque lejano, salpica de sabores las preparaciones cotidianas, las cuales se mezclan sabiamente con productos vernáculos como sucro, ńame, palmito, fríjol blanco de cabecita negra, yuca, plátano, coco y otras tan tas maravillas propias de esa tierra. De manera más precisa, se trata de la cocina del departamento de Córdoba en donde el marrano en compańía de otros tantos animales como la vaca, la iguana, el chivo, la guatinaja, la pava, el pato, el saíno, el bocachico, el bagre, la hicotea, la liebre y muchos más, crean un recetario difícil de igualar. Se trata de una cocina sencilla pero extremadamente gustosa, derivada de un adobado proceso histórico en el cual hacen aportes al fogón y la mesa de esta región diferentes culturas, pues de manera contundente aporta la población indígena sinuana, como también lo hace la negritud de ancestros africanos, pero no menos importantes son aquellos de una vieja colonización espańola a igual a esta son los de una reciente colonización antioqueńa; finalmente, y de manera muy especial, merece destacarse lo propio a la cultura sirio-libanesa, denominada por los habitantes de aquella región "la cultura turca". Así pues, con un suculento inventario de vegetales y animales sumamente característico y con un crisol de costumbres culinarias como pocas regiones del país lo poseen, la cocina de Córdoba resulta ser una de las mejores propuestas gastronómicas para mostrar a propios y extrańos.

ASí SE PREPARA

Toda cocina regional tiene su radiografía de sabor en el mercado popular y para el caso de la cocina cordobesa, nada más provocativo que el mercado de Lorica. En esta hermosa ciudad, todos los días, pero especialmente los sábados, la oferta de productos naturales o procesados es un verdadero Potosí de especias, vegetales, animales y productos elaborados; en efecto, bajo los techos de su hermosa galería al lado del río Sinú o en las numerosas callejuelas atiborradas de mujeres y hombres de característica estampa, se observan pescados secos, hicoteas, pato pisingo, cecinas ahumadas, botellas de suero, garrafas de aceite de achiote, galones de ajisuero, potes de pava de ají, bolas de ajonjolí en aceite y ajo, bloques de queso bajero o en su defecto queso de capa, puchas de hojas de coca, canela, ajíes dulces y chivatos, huevos de iguana, costilla frita, quibbes, carimańolas, yucas sudadas, hojas de bledo y un etcétera sin fin, ofrecido con el más amable y particular lenguaje.

De todo lo anterior se deriva una cocina en cuya preparación interviene la prodigiosa mano de la mujer sinuana, cuya fantástica sazón se hace difícil de homologar y quien en sus ollas y calderos prepara cotidianamente recetas que con sólo mencionar su nombre (dos de sus recetas se llaman morir quisiera y vuelve y ven) permiten imaginar la bondad de su sabor. En su taller doméstico la cocinera sinuana prepara pasteles de arroz con cerdo y pato en vueltos en hoja de bijao, arroz con cangrejo desmenuzado, arroz engańado la base de ajos fritos), bocachico ahumado para sopas de mandinga, bocachico arrollado y guisado, bocachico fresco a la majuana; bollo de coco, bollo limpio cortado con batata, bollo dulce, bollo de yuca y bollo de plátano maduro; en su recetario de carnes, sopas y sancochos la cocinera prepara: carnero guisado a la sinuana; carne puyada, chuletas fritas en vinagre, costillas de puerco asadas, pollo ahogao, pollo jacto; viuda de carne salada, mote de ńame y queso, sopa de guandú, sopa de berenjena, sancocho de cabeza de puerco ahumada, sancocho de pato, sancocho de bagre; y en cuanto a las chichas (léase bebidas refrescantes) los tinajos de barro los llena con chicha de algarrobo, chicha de concha de pińa con arroz, chicha de corozo con ajonjolí; chicha de cańandonga con leche y chicha de maíz cortada con batata; finalmente para paladares infantiles y golosos la cocinera sinuana en sus pailas y mecedores prepara: arrancamuelas; cabellitos de ángel de papaya verde, casadillas, casa bito doblado; carisecas; alegrías de ajonjolí; diabolines, mongo mongo, enyucado al anís y veinte dulces más todos hechos de las más exóticas frutas en almíbar.

BUENAS DIRECCIONES

Todo to anterior es una mínima mues tra de esa deliciosa cocina que permite asegurar que en el departamento de Córdoba la buena sazón se encuentra por todas partes. No en vano una hip tética travesía al departamento de sur a norte permite afirmar que de frontera a frontera la variedad de sabores resulta evidente: famosos son entre viajeros de todo el país los sancochos de bagre y las postas fritas con yuca y ajisuero en el río San Jorge (La Apartada), más famosos aún son los jugos de frutas en Planeta Rica, siendo los más vendidos aquellos de zapote, mango biche y níspero; a todas las ciudades del país despachan desde Montería las rosquillas de queso y sagú cuya tradición tiene más de 75 ańos; como los mejores del país califican los expertos los quibbes y las empanadas árabes de leche agria de Cereté; calidad "gourmet" le otorgan los especialistas a la panela de Colomboy; como para concursar en Francia es el elogio que recibe el queso bajero de Carrillo; finalmente hasta los expertos de la Federación Nacional de Cafeteros reconocen las virtudes aromáticas y de sabor de los cafés que se venden en Lorica gracias a su especial proceso de torrefacción proveniente de sus habitantes libaneses.

Sin lugar a dudas para quienes la comida es únicamente una necesidad cotidiana, la variedad de la cocina cordobesa pasará inadvertida; pero para quienes sean amantes de la buena mesa y del buen comer, dicha cocina será un auténtico tesoro de productos y sabores.

Tomado de lAvianca en Revista No. 36, mayo de 2007



 

 


CORDOBA:  todas las aguas

por Manuel Zapata Olivella  


Si planteamos el recorrido por el hoy territorio del Departamento de Córdoba, a diferencia de sus descubrimientos y colonizadores que ignoraron lo que se escondía más allá de sus costas, nosotros disponemos de múltiples y variadas rutas de acceso con rumbos, puertos y ciudades bien demarcados en nuestra guía de viaje: 

1) El aeropuerto "Los Garzones" de Montería.2) La carta naútica con la ruta desde Cartagena a las bahías y radas de los pequeńos puertos de la "Costa Abajo", así llamada por los antiguos capitanes de canoas de vela.3) La red de carreteras asfaltadas que unen las principales ciudades y pueblos de los Valles del Sinú y el San Jorge. 

La escogencia de las rutas depende de nuestros medios de transporte. Nereo, siempre pensando en la lente de su cámara fotográfica, nos invita a la aventura por el aire, mar y tierra. 

El Zenufaná, donde nace el oro

Hay un poco de frío en el moderno aeropuerto "José María Códoba" de la ciudad antioqueńa de Rionegro. La bruma nos oculta el sol en esta mańana, pero ya hay suficiente claridad para que el helicóptero alce el vuelo. 

Somos tres los personajes a bordo: el capitán, poco amigo de la publicidad, nos pide la reserva de su nombre; Nereo, armado hasta los dientes con sus cámaras, teleobjetivos y rollos: y
este servidor, con un equipaje liviano: un bolígrafo y la libreta de apuntes. 

A los pocos minutos de recorrido el capitán nos advierte que sobrevolamos la vertiente occidental de la Cordillera Central de los Andes. Hemos dejado atrás a Medellín, y ya en el río Cauca, en su curso medio, estamos viendo las que fueron tierras auríferas del Zenufaná, una de las tres provincias del legendario Reino de los Zenúes: Santa Fe de Antioquía, Cáceres, Remedios... Pueblos indígenas que se mezclaron con africanos y espańoles. 

Mil ańos antes de la Conquista, de esos filones los Zenúes extraían el metal sagrado para que los orfebres de las provincias vecinas, Panzenú y Finzenú, elaboraran máscaras, pectorales, brazaletes, narigueras y diademas para sus difuntos y sus príncipes.

El Panzenú, el reino encantado

Tras de sobrevolar la Serranía de Ayapel, divisamos la hebra cenicienta del San Jorge, lo que quiere decir que estamos sobre el territorio del antiguo Reino del Panzenú. Desafortunada mente estamos a poca altura y no podemos apreciar los miles de kilómetros de terraplenes, corrales y terrazas construidos por los antepasados de los Zenúes para contener las aguas del río e irrigar sus sementeras. 

Pero sí alcanzamos a ver en su amplitud la cuenca del San Jorge, desde los primeros afluentes -Río Sucio, San Juan, San Pedro, Uré, etc.- hasta la ciénaga de Ayapel, en cuyas inmensas llanuras adyacentes pasta el ganado y crecen cultivos de maíz, arroz, plátano y algodón. Al contemplar su belleza de hoy, sońamos con el paisaje virgen que debió deslumbrar a los descubridores europeos. 

El helicóptero desciende a poca distancia de la población de Montelíbano. El capitán nos hace una seńal y todos miramos hacia abajo: -Pueden apreciar muy bien los altos hornos de Cerromatoso para la fundición del níquel-: 

Las altas chimeneas, los campamentos y la amplia área de explotación, unidos por una red de carrete ras, nos revelan la importancia de los yacimientos, de los más ricos del Continente. 

En la orilla derecha del río, desbordado por las lluvias de junio, se aprecian las siembras de pino del INDERENA para restituir los bosques destruidos por la quema y la erosión. 

Finalmente somos atraídos por el embrujo de la Ciénaga de Ayapel. Los indígenas aseguraron a los descubridores espańoles que las bellezas naturales de sus contornos -aguas, árboles y peces- eran los espíritus encantados de sus ancestros Zenúes.

 "Ay del Perú, si se descubre el Sinú!" 

El cronista Pedro Cieza de León frente a las no menos ricas y bella: tierras del Inca, las subestimó al reme morar el paisaje y el oro hallados pop don Pedro de Heredia, exclamando ""Ay del Pirú, si se descubre el Sinú!". 

La profecía, 450 ańos después, parece anunciar las aún inexploradas riquezas del reino de Finzenú. La leyenda sin embargo se torna realidad si se tiene en cuenta que el Valle de Sinú está catalogado entre los más fértiles del mundo, al lado de los de Nilo, el Missisipi, el Ganges, el Amazonas y otros más extensos e igualmente feraces. 

Siempre sobre la ruta que nos seńala el lomo de la Serranía de San Jerónimo, alcanzamos el Cerro de Murrucucú, con 1.720 metros de altura, de cuya cima se desprende una de las principales fuentes que originan el río Sinú. 

Circunvalamos el territorio selvático en una extensión con más de 80.000 hectáreas de bosque, posible asiento de las represas del proyecto Urrá I y Urrá II. Los nombres de Río Verde y Río Esmeralda, apenas son una vaga alusión al colar intensísimo de este paraíso. 

Sobrevolando el río 

Ahora es el propio río Sinú el que nos guía, aguas abajo, hacia sus feraces valles. Con la brújula marcando el norte, a nuestra izquierda nos acompańa la Serranía de Abibe que marca los límites de Córdoba y Antioquía. Desde alturas coma las de Carrizal (2.200 metros), Quimari (2.000) Ca repa (1.600), va descendiendo hasta sólo 100 metros frente al Mar Caribe. 

Entre nubes, muy difícilmente identificamos los pueblos de Tucurá, El Paraíso, Valencia, Tierra Alta, Tres Piedras, Tres Palmas, hasta divisar las torres de la catedral de Montería, anunciadoras de La sultana del Sinú. 

Apreciamos los modernos edificios, el puente metálico, los barrios residenciales, la arboleda ribereńa y sus tugurios. Montería, su nombre lo indica, ha nacido de los montes, aun que haya historiadores que hablen de un cacique así llamado. Es una ciudad cuya prosapia ha de encontrarse en su futuro de gran metrópoli ribereńa y costanera. 

Volveremos por carretera a la bulliciosa alegría de sus calles, la belleza de sus mujeres y el jolgorio refrescante de sus bandas de músicos. 

A la altura de Cereté, el río Sinú se bifurca y forma el Cańo del Bugre, para irrigar el amplio litoral de su desembocadura. Por él recibe las aguas de los cańos de San Carlos y El Venado. 

El Valle de los Muertos

Surcamos el cielo despejado y reverberante de la Ciénaga de Oro.  

iOro! "Oro) "Oro! 

Para los aborígenes del Finzenú, el oro, ojos del sol, devolvía la vida a los muertos. Por eso engalanaban con él el cuerpo y los rostros de sus momias. Los conquistadores espańoles, conocedores de esta práctica sagrada, se dieron a la tarea de profanar las tumbas. Ciegos por la codicia, sólo buscaban las preciosas obras de orfebrería para fundirlas en lingotes y monedas.
Cuenta la historia que el Finzenú, gobernado por una cacica, era considerado el valle sagrado para enterrar a sus principales. En su sociedad matriarcal, el amparo de la soberana les confería respeto y honores. Por eso don Pedro de Heredia saqueó tantas tumbas que el botín de sus profanaciones opaca el brillo de su gloria. 

Pero en el Sinú hay otra leyenda convertida en historia. El río, un mal día, se olvidó de los pueblos ribereńos. Cuando en verdad, son éstos los que le han dado la espalda al cauce con el advenimiento de las carreteras. Hubo una época en que las embarcaciones de motor y de vela atracaban en sus barrancas para cargar ganado, frutos y pasajeros. San Pelayo, Carrillo, Gallinazo, Palo de Agua, La Doctrina, San Bernardo del Viento, Santa Cruz de Lorica, eran escalas forzosas para embarcarse río arriba hacía Montería o corriente abajo a Cartagena. 

Podemos apreciar que los cementerios, ayer en la parte trasera de los pueblos ribereńos para impedir que las inundaciones ahogaran a los muertos, ahora miran hacia la carretera. 

La Ciénaga Grande de Lorica

Asustadas por las hélices y el zumbido del gavilán mecánico, las garzas confunden sus graznidos con el ulular de los pisingos y el revoloteo de los patos-cuervos. Nos anuncian la Ciénaga Grande de Lorica, la vasta superficie de agua -40 kilómetros de ex tensión- ahora en invierno recubierta de plantas flotantes, la "taruya", y de las cúpulas de los árboles ahogados por la inundación. Bordeando la orilla, los ranchos de palma de las pobla ciones anegadas recuerdan los tambos lacustres de los primitivos aborígenes. El Carito, sede del festival de la chicha; Cotorra y el Bongo. 

La isla de Lorica, circundada por tres ríos -Sinú, el Cańo de Aguas Prietas y el brazo del Cańito- confiada en el palmo de tierra firme que la sostiene, alza desafiantes las torres de su ermita,
.Nereo rogó inútilmente al capitán que se acercara para fotografiar la vieja construcción de mampostería del mercado, y las canoas abarrotadas de pasajeros en las escalinatas del puerto. No hubo lugar para la maniobra aérea: las agujas en el tablero de control indicaban que el combustible, tras más de una hora de vuelo, se agotaba. Torcimos el rumbo y nos dirigimos, con cierto desespero, al aeropuerto "Los Garzones", en inmediaciones de Montería. La ciudad, dividida en dos por el cańo del Bugre, se hizo tan corta que Nereo no tuvo tiempo de disparar su cámara sobre la Iglesia ni el puente metálico. 

Montería: La Rosa de los Vientos 

Del viaje en helicóptero pasamos a loma de jeep. En el aeropuerto "Los Garzones" nos esperaba un campero cabinado de doble transmisión. Aun que todas las cabeceras municipales de Córdoba están unidas por carreteras, el recurso de un vehículo de tal potencia nos permitiría entrar a aquellos sitios inundadizos, generalmente escondidos, donde la lente de Nereo podría captar el momento histórico, el detalle folclórico, el rostro humano que escapa al turista inadvertido. 

Decidimos hacer de Montería el cuartel general de nuestros desplazamientos. Desde el centro de la ciudad se puede partir por carretera a cual quiera de los cuatro puntos cardina les de Córdoba.
Pero antes haremos un recorrido por la historia y la presencia contemporánea de la ciudad. Si quisiéramos definir en una frase a Montería, diríamos que es una ciudad sin puertas. Así nació, abierta a los caminos de la vaquería que la cruzaban en todas las direcciones. Puerto fluvial, puede afirmarse que también es ciudad costeńa. El río Sinú le abre la vía acuática al Mar del Caribe. Ayer con la desembocadura por la bahía de Cispatá, hoy por las torrenciales bocas de Tinajones. 

Una carretera la comunica con los pueblos a la orilla del Golfo de Morrosquillo: San Antero, Coveńas y Tolú; otra con las playas de San Bernardo del Viento, Puerto Escondido y
Mońito. Y aún mas lejos, por la troncal, con Cartagena, Barranquilla y Santa Marta. Quien llegue a Montería tiene las llaves del mar. 

Ubicada en el curso medio del Sinú, en forma natural es el centro agrícola, ganadero y comercial del valle. Para comprender su importancia recordemos que el río Sinú tiene una extensión de 336 kilómetros y que su hoya hidrógrafica cubre una superficie de 4.200 kilómetros cuadrados. Uno de los valles del país más aptos para la agricultura y la ganadería. Su mercado es una despensa siempre surtida con los cultivos regionales: algodón, arroz, maíz, sorgo, plátano, ńame, frutas, y productos lácteos. 

El río atraviesa la ciudad, generando en su orilla derecha el centro urbano más importante; en su ribera izquierda, unida con aquella por un puente metálico, se desarrollan nuevos polos -universitario, comercial y turístico-. 

La Universidad de Córdoba posee Facultades de agronomía, veterinaria, zootecnia, topografíay otros estudios.
Funciona además la Universidad de la Corporación Educativa de Cór doba con Facultades de Derecho y licenciaturas de administración de empresas, bienestar social e idiomas. 

Estos centros se complementan con colegios de bachillerato y un instituto de enseńanza técnica del SENA. El potencial industrial de Montería es uno de los más prometedores de la Costa Atlantica: los proyectos de construcción de la represa de Urrá; la explotación de los yacimientos de níquel en Cerromatoso y su río navega ble; su cercanía al mar y al interior del país: es la ciudad más próxima por carretera a Medellín, Bogotá, Cali y otras capitales. 

El monteriano es alegre y descomplicado.  Ama el trabajo, el estudio, el arte y el deporte. No hay que olvidar que tiene a su Miguel "Happy" Lora, ex-campeón mundial de los "gallos".
El visitante que llega por primera vez se sorprende del gran número de ciclistas que transitan sus calles. El vehículo metálico suplantó el caballo que tanto abundó en el pasado.
Montería es una ciudad de marca dos contrastes entre el desarrollo urbano y la vida rural. Grandes edificios se levantan al lado de ranchos de pal mas y de barrios residenciales. Pero sobre todo, es la ciudad de las golondrinas: al ocultarse el sol, millones y millones de golondrinas en vuelos vertiginosos caen del cielo sobre los postes eléctricos de las avenidas centrales. 

Viaje al reino del Finzenú  

"Dónde estaba la capital del Finzenú? Es una pregunta que se hacen historiadores y poetas. Y desde luego, el Sinú tiene por doquier lugares hermosos donde la realidad supera a la fantasía. La Ciénaga de Betancí, cerca de Montería, donde los pescadores esperan, en noches de luna, capturar sirenas sońadas. 

Por la carretera que conduce a Cereté, tras dejar a Retiro de los Indios, un pueblecito donde nunca escasean mameyes, mangos y nísperos, se desvía hacia Ciénaga de Oro, tímida, escondida entre montańas y cańadas. Las crónicas cuentan que constituyó un centro de contacto entre los Reinos del Panzenú y el Finzenú. Su importancia aborigen la revela la fundación que hizo aquí Antonio de la Torre y Miranda en 1775. Es la cuna de la poetisa Soad Louys de Farah, quien ha escrito bellos poemas y cuentos, rememorando su infancia por patios, cańos y corralejas. 

Cereté mestiza 

Ubicada en el recodo donde el río Sinú se bifurca en los cańos de Lara y El Bugre, su nombre recuerda al cacique Cereté; la población fue fundada por los jesuilta  en 1721 con 60 familias indígenas. Es de presumir que se tratara de una comunidad arawak y no de rebeldes caribes, insumisos a toda catequización.

Cualquiera que haya sido su pasado aborigen, Cereté es una ciudad mestiza. La única en Córdoba que tiene una plaza de toros para corridas mayores, lo que no impide, según la tradición, que en los festejos populares se construyan corralejas para manteros descalzos. El torero y cantante Noel Petro se hizo en las dos escuelas. Las mismas que en el campo de la narrativa nutrieron al malogrado cuentista Leopoldo Berdella de la Espriella, rubio con alma de indio, también oriundo del solar. 

La cita con el porro 

San Pelayo a sólo cinco minutos de Cereté, por la carretera que va a Lorica, nos espera, a cualquier hora del día o de la noche, con una sinfonía de clarinetes y trompetas. Una valla nos detiene e invita: "San Pelayo, sede permanente del Porro". 

Seguimos con nuestro tema. Estamos en otra gran dimensión de los Zenúes: la música. Fueron, y sus descendientes lo son, entusiastas cultivadores del arte. Las ocarinas de barro tan profusamente encontradas en sus tumbas precolombinas, ya nos hablan de músicos sagrados. En la actualidad  San Pelayo tiene tres bandas de música de viento y el 20% de sus pobladores toca algún instrumento. No es de extrańar, pues, que un Francisco Zumaqué haya heredado de padre ce reteano, como quien dice pelayero, el genio musical de su etnia mestiza. 

Lorica, la ciudad de los tres ríos

Efectivamente, antes de entrar a su recinto, mitad colonial, mitad republicano, cruzamos un puente metálico sobre el cańo de Aguas Prietas. Otro de mampostería, a sólo quinientos metros, sobre el Cańito, da paso a la carretera que viene de Montería y que sigue a Coveńas. Al entrar a la ciudad, a mano izquierda, inexorablemente iremos a dar a la orilla del Sinú. Aquí, donde desagua la Ciénaga Grande de Lorica, el río tiene el mayor caudal de todo su curso. Los Zenúes erigieron ahí el centro funeral a sus antepasa dos más notables. 

Don Juan de Castellanos nos habla de que en este lugar los hispanos ha  llaron un templo de bahareque en donde los indígenas adoraban a un centenar de guerreros momificados con sus armas, pectorales y diademas de oro. 

Don Antonio de la Torre y Miranda, sobre los trazos de una villa que ya existía desde el ańo de 1733, erigió el plano definitivo de la ciudad el 3 de mayo de 1776 con el nombre de Santa Cruz de Lorica. Quien observe las calles del reducto colonial, advertirán que ninguna de ellas sale al despoblado; desembocan unas en otras, con formando un laberinto, aparente mente sin salida. Estrategia que aconsejaba el arte militar para defender una posición que había sido asaltada varias veces por los "indios bravos", los temibles Caribes, que habitaban la comarca. 

Lorica, con el tiempo, devino a capital administrativa, económica, religiosa y cultural de la Provincia del Sinú. Aquí el Almirante José Prudencio Padilla venció, en batalla memorable, a los realistas que apoyaban con alimentos a los sitiados espańoles atrincherados en Cartagena, en 1820. 

Con tan ricos filones étnicos e históricos, David Sánchez Juliao, loriquero, urdió la trama de sus personajes - el Pachanga, el Flechas, etc. - ya conocidos en el ámbito nacional por sus estupendos relatos. Otro novelista del lugar, Nelson Castillo, con la misma urdimbre, ha escrito obras premiadas en concursos literarios del país.

Los resguardos indígenas

"San Sebastían de Urabá! ..."San Andrés de Sotavento! ...;San Nicolás de Bari! ... Sitios de catequización indígena, regados como otros muchos que rabiosamente han conservado sus nombres indios: "Cotocá! "Arache! "Chinú! "Chimá! "Tuchín! 

Territorios que fueron y son misiones, testigos presentes de la riqueza espiritual de los pueblos indígenas que hicieron parte del Reino del Finzenú. Admira que 450 ańos después
de la conquista, aún persistan con su etnia y sus tradiciones, pese al fuerte proceso de aculturación que les arrebató sus dioses, lenguas y costumbres. 

Una carretera que bordea por el occidente la Ciénaga Grande de Lorica permite llegar hasta las plazas que fueron asiento de las comunidades indígenas. Purísima, Momil, Chimá y
San Andrés son hoy prósperas cabeceras municipales con oficinas de teléfono, puesto de salud, colegios de bachillerato y luz eléctrica. 

Sin embargo, es en los corregimien tos y veredas donde se ha preservado más pura la tradición aborigen. Inexplicablemente, pese a las cercanías de unos y otros, se encuentran rasgos diferentes en la etnia y las costumbres que hacen pensar en varias culturas: "Caribe? "Arawak? "Chibcha? "Mestizos? 

Los moradores del antiguo resguardo de San Sebastían de Urabá son ceramistas y pintores espontáneos. Entre otras familias, preservan esa tradición los Alegría: el padre modela y pinta. La madre, Adriana, es incomparable creadora de imágenes en barro. Y Marcial, su hijo, desborda con sus cuadros ingenuos el ámbito nacional. Pero no preguntemos a nadie en el pueblo si es tejedor, a menos que se trate de confeccionar atarrayas. En cambio, sus vecinos (a sólo 15 minutos en automóvil), los nativos del resguardo de San Andrés de Sotavento, son inimitables tejedores del sombrero indiano, de petaquillas, canastos y abanicos.

En Momil, asiento de comunidades prehistóricas, un grupo de jóvenes estudiantes ha rescatado la tradición de la talla en piedra. Otro tanto su cede con los alfareros de San Nicolás de Bari, a la orilla del Sinú, por el tramo carretero que va a San Bernardo del Viento, quienes se han dedicado a la construcción de esteras de enea. 

"A qué se debe esta especialización tan acentuada de los oficios tradicionales? En forma impositiva, es necesario pensar que los antiguos Zenúes, en su larga y desconocida historia, debieron constituir una suma de pueblos, tal vez en un horizonte cultural que se extiende más allá de las fron teras centroamericanas, venezolanas y antillanas: Quimbayas, Taironas, Arhuacos, Wayúu (guajiros), son pueblos que evidencian un mestizaje de las etnias Arawak, Chibcha y Caribe.

Viaje al San Jorge 

Por la troncal de occidente, saliendo de Montería hacia Antioquía, debemos pasar por Planeta Rica, cuyo nombre hace presuponer tierras pródigas. Y lo son. Planicies entre los Valles del Sinú y el San Jorge, con una ecología privilegiada para los cultivos y la ganadería. Pero aún más: en Montelíbano y sus alrededores ya se explotan ricos yacimientos minerales. 

En la Apartada, la carretera troncal de occidente se divide en dos ramales opuestos: uno, San Jorge abajo, hacia las sabanas y la Ciénaga de San Jerónimo de Ayapel. Recogida contra la orilla, desde lejos se ve la torre de la iglesia colonial. El primer espańol que llegó a la ciénaga fue Alonso de Heredia, en 1534, quien se enfrentó y derrotó al cacique Yapé. Más tarde, el lugarteniente Juan de Rodas Carvajal, en 1584, formalizó la fundación con el nombre de San Jerónimo del Monte de Ayapel. Desde entonces se convirtió en puerto de avanzada de las tropas conquistadoras que procedían de Cartagena hacia Antioquía. Después fue obligado descanso para los viajes de ganado que subían por los mismos senderos al suelo antioqueńo. Final mente, con el mestizaje del indio, del espańol, del negro y del árabe, se ha fundido el cuńo del nuevo ayapelense. 

El otro tramo carretereo, San Jorge arriba, nos llevó a Montelíbano. Si Ayapel es el pasado redivivo, Montelíbano, ciudad minera, es el presente agresivo del níquel. La gama de rostros, venidos de todas pautes, habla de su cosmopolitismo, ya irreversible de un pueblo donde se oyen conversaciones coloquiales en inglés, francés y aún en japonés. Los cargamentos de níquel tienen destinos que nunca imaginaron los cordobeses más sońadores. 

Los cimarrones de San José de Uré 

A mitad de camino entre los horno, de fundición y la mina de Cerromatoso, en amplias y modernas avenidas se desprende un camino carretero que se interna en las tierras montańosas de San José de Uré. De entrada el pueblo nos anuncia que ayer y hoy los africanos fueron y son lavadores de metal en la quebrada aurífera que recorre el territorio. 

Altos, fornidos, el machete en el ángulo Bulo del brazo, caminan detrás de 1a mula o del burro cargado de plátano maíz o yuca. Otros, ancianos, se sientan a la puerta de sus viviendas a rememorar sus largas historias, indiferentes al transeúnte ocasional. No miran para afuera. Esa costumbre les viene seguramente de los primitivos cimarrones que huyendo de sus amos y de los centros mineros de Zaragoza, Cáceres o Santa Fe de Antioquía, se adentraron en las entonces selvas vírgenes, para no volver nunca más a la esclavitud. 

La raza se conservó pura hasta hace dos o tres decenios: pero ahora, y aun desde antes de la fiebre del níquel, los interioranos se fueron viniendo de a uno en uno, de dos en tres, hasta mezclarse con alguna negra o india catioemberá, que las hay por los alrededores. Los negros continúan siendo la mayoría; el comercio es de los paisas; refugiados en la montańa, pero permanentes visitantes del casco urbano, los indios vienen con sus caras tatuadas, varones y mujeres, éstas con sayas y corpińos y aquellos con pantalones y camisas; venden los frutos que traen y a toda prisa, sin pernoctar, regresan a sus ranchos. 

Así, San. José de Uré, antes rincón cerrado de cimarrones lavadores de oro, se ha convertido eri tierra abierta para todos: negros, indios, blancos, hasta ex-obreros de las minas de Cerromatoso. Aquí nace un nuevo mestizaje. 

Viaje a las sabanas de Córdoba

Emprenderemos una nueva salida desde Montería, a través de las sabanas al nororiente del Departamento de Córdoba

La carretera, bordeando el río Sinú, lo abandona a la altura de Cereté para seguir por las llanuras que en algunos trechos son interrumpidas por pequeńas y altas colinas, últimos ramales de la Cordillera de San Jerónimo. Por un primer ramal es posible avanzar hasta San Carlos de Colosiná, a 220 metros de altura, y fundado en el ańo de 1775 por el entonces gobernador de Cartagena, don Antonio de la Torre y Miranda. Todavía pueden apreciarse su iglesia y otros edificios coloniales. San Carlos, un poco marginado del comercio, posee sin embargo luz eléctrica, servicios de salud, teléfono y telégrafo. 

A lo largo de feraces sabanas pasta el ganado en dehesas naturales. Hasta mediados del siglo hubo extensos cultivos de cańa que nutrían el desaparecido ingenio de Berástegui. Quedan restos de sus antiguos molinos. 

El camino carretero prosigue por colinas circundantes hasta Laguneta, famosa por su banda de músicos, ganadora en concursos regionales y nacionales. 

De regreso a la carretera asfaltada, pasamos de largo por Ciénaga de Oro. La alta torre de la repetidora de televisión nos reitera que hay otros caminos abiertos al desarrollo de Córdoba.
Después de cruzar el antiguo campamento de Montería, por entre cortes de la serranía y vegetación montańosa, nos topamos con la Y, punto de intersección con la carretera troncal que baja desde Planeta Rica. 

Sahagún, sede cultural

Entramos a plena sabana, asiento de la próspera villa de Sahagún, fundada el 12 de junio de 1776 por el ya conocido don Antonio de la Torre y Miranda. Creemos necesario explicar por qué este activo visitador está ligado a muchas de las poblaciones de las antiguas provincias del Departamento de Bolívar. 

En la hora primera de los descubrimientos, los conquistadores interesados en dejar plazas de avanzada fueron fundando pueblos bajo jurisdicción de la Corona sobre antiguos poblados indígenas. Presencia concreta que anunciaba a los naturales que desde entonces, "y para siempre", aquellas tierras constituían dominios del Rey de Espańa. 

Pasando el tiempo y conocida mejor la geografía, la Corona vio la necesidad de reafirmar algunos asentamientos y de mudar otros, de acuerdo con los nuevos intereses coloniales. Siguiendo estas instrucciones, el gobernador de Cartagena, don Juan de Torrezán Díaz Pimienta, comisionó a Torres y Miranda para que en repetidas y sucesivas correrías diera cumplimiento al mandato real. 

A diferencia de San Carlos, cuya fundación se le adelantó en cuatro ańos, Sahagún, en mitad del camino que conducía a la provincia del Sinú, acrecentó su población e importancia. Su promoción a capital municipal data del ańo de 1834. 

Actualmente sus nativos le dan, no sin razones muy justificadas, el título de "Ciudad cultural de Córdoba". Posee varios planteles de educación me diay es la sede de un festival de teatro y folclor. 

La Antigua y Nueva Villa de Chinú 

A sólo pocos kilómetros se encuentra Chinú, cabecera municipal, en los límites con el Departamento de Sucre. Su nombre original fue Chenú, case río indígena gobernado por la poderosa y rica cacica Tota. La actual villa fue fundada tan. sólo un ańo después de Cartagena de Indias (1534) por don Alonso, hermano de don Pedro de Heredia; éste, por su importancia estratégica, la repobló más tarde. De aquí partió su lugarteniente Francisco César, célebre por sus correrías por el Finzenú, Panzenú y Cenufaná, donde finalmente fue muerto a manos de un hermano del cacique Nutibara. 

La plaza principal de Chinú rememora su importancia colonial. Casonas de grandes arcadas, parque y una iglesia remodelada. La población muestra un creciente desarrollo, acentuado no sólo por estar a la orilla de la carretera troncal de occidente, vía arteria que desde el interior conduce a Sincelejo, Cartagena, Barran quilla y Santa Marta, sino por el ramal que la enlaza con Lorica y pueblos circunvecinos a la Ciénaga Grande. 

Además, en sus inmediaciones funciona la termoeléctrica que lleva su nombre, importante unidad de interconexión regional. 

Viaje al Alto Sinú 

No podíamos dejar de excursionar por las tierras del Alto Sinú, refugio de los Emberás, una de las comunidades indígenas costeńas con lengua de substrato chibcha. Desde la colonia, su territorio selvático y desconocido inspiró la fantasía de colonizadores y descendientes mestizos. En él hay un lugar visitado por todos aquellos que gozan de la naturaleza virgen: la angostura del Sinú, donde las altas montańas reflejan en la corriente límpida del río sus multicolores vetas de pizarra. 

Por siglos, los descuajadores de la selva bajaron a las barrancas de Montería los troncos milenarios olorosos a resinas vegetales. 

Cruzado el amplio metálico sobre el río Sinú, la carretera avanza casi en línea recta al norte, hacia Tierra Alta y pueblos vecinos. 

Pueblo Bujo:
La canción de los abuelos 

No habíamos andado muchos kilómetros cuando, advertidos, pudimos encontrar la entrada de un camino carretero que conducía a Pueblo Bujo. El invierno había inundado la trocha y nos encomendamos a la fortaleza del yip, la doble trasmisión y las llantas pantaneras. Salimos mucho mejor librados de lo que el camino hacía imaginar. Entre arboledas, potreros con ganado y sembradíos de plátano, maíz y yuca, se escondían los ranchos de palmas. Unos nińos descalzos y con rostros indios nos indicaron la casa de los músicos, más conocida que la iglesia. Era nuestro objetivo; Nereo ya tenía lista la lente de su cámara y yo mis oídos. 

Los ejecutantes eran cuatro; sus caras redondas y lampińas nos decían que su raza-"Caribe? "Chibcha? "Ara wak?- permanecía viva a pesar de la palabra espańola, del vestido de dril y de las abarcas de tres puntadas. Uno de ellos era ciego, alumbrado por dentro con la lámpara de la experiencia. Hablaba poco, pero al tocar su gaita macho, podía apreciarse que su plumilla musical era un río de palabras. 

Los instrumentos preservaban con gran autenticidad la cultura de los antepasados: carrizos con cabeza de cera (gaitas); flautas trasversas de lengüeta; tamboritos de dos parches, percutidos con bolillos; pequeńas maracas y "guacharacas" de cańa. 

Escuchamos sus cantos, remembranza de canciones totémicas: "la mica prieta", "el armadillo", "el sapo", la tradición oral aborigen no olvidada por sus ejecutantes indios y mestizos. 

Tierralta: frontera de la esperanza

Después de 100 kilómetros de carretera destapada, polvorientos llegamos a Tierralta, en la margen oriental del río Sinú. Las calles bulliciosas donde confluyen gentes de todos los colores y atuendos, revelan que es una población fronteriza para detenerse o seguir. Sus puertas, siempre abiertas, conducen al río, a la selva, a la aventura. También es territorio de asentamiento firme, como lo testimonian sus grandes cultivos de arroz,  plataneras y pastizales con ganadería. El comercio ofrece todo cuanto senecesita para la agricultura, la tala montańosa, la navegación o el transporte. Los bases, camiones, caballo> y canoas están siempre repletos de gentes que llegan con sus mercaderías. 

Acueducto, telégrafo y electricidad son recursos indispensables que se ofrecen al visitante. Desde una iglesia con torre moderna y altavoces nos dan noticia de que estamos en tierra de misiones. 

Por las calles encontramos a grupos de indígenas emberás y catíos. Un padre que avanza desconfiado por entre extrańos, acompańado de su mujer y numerosos hijos; varias familias acuclilladas a la orilla del río en espera de alguien, de una hora o de un futuro siempre inciertos. Los vestidos multicolores; abundantes y apretados en las gargantas los collares de cuentas rojas, blancas, negras y amarillas; el pie ancho, desnudo y fir me. Los tatuajes en sus caras, nos dicen que no están dispuestos a ceder sus tierras ni su cultura a los intrusos.

Las Águilas y las Palomas 

Encontramos un pueblo joven, Valencia, que comenzó a formarse en la década del 30. Acuńado en las faldas de la cordillera de Abibe, es paso obligado para quienes desean llegar a Antioquía. Aquí nos hablan de las serranías de "El Aguila" y de "Las Palomas". Nombres simbólicos. Este es un punto de llegada de sinuanos y foráneos. Todo el mundo sabe que pisa tierra rica. Hay muchos caminos qué recorrer: la agricultura, la madera, el ganado, la represa, la esperanza.
Prendemos el motor. Sabemos que en Cartagena nos espera un pequeńos yate para recorrer las aguas y los pueblos litorales de Córdoba. 

Crucero a la costa abajo de Córdoba 

Recogemos información de dos fuentes marineras: los cuentos, ya legendarios, de los antiguos capitanes de canoa y la carta náutica. 

Los primeros nos recuerdan nombres que en sus viejos tiempos hacían temblar a los capitanes de canoas de vela más atrevidos: "El Cerro del Aguila", "Punta de Tigua", "Punta Brava". Los nuevos, muy seguros con sus yates de motor, nos despliegan con cierta indiferencia la carta de navegación. 

En tres horas estaremos cruzando entre La Punta y las islas de San Bernardo; seguiremos directo para llegar, aproximadamente en cuatro horas, a la bahía de Cispata, donde atracaremos, dice el práctico. 

En mi infancia, ese mismo recorrido en canoas de vela y con buen tiempo, se hacía en doce horas. 

-Los vi hace dos días en el golfo-, nos dice el práctico de la embarcación refiriéndose a los delfines. Es un joven mulato de Bocachica, de sólo 25 ańos. 

A la hora fijada, pasamos frente a las islas de San Bernardo, con su cohorte de olas blancas, como si fueran otras tantas naves navegando en rumbo contrario. Más adelante las aguas cambiaron el color azul por un verde intenso. 

-Navegamos en el Golfo- nos indica el moreno, escatimando sus palabras.  

Una hora después, según lo anunciado, anclábamos en la Bahía de Cispata. De exprofeso dejo de acentuar la última vocal del nombre, como lo acostumbraban mis abuelos capitanes. "Cispatá" es, voz cachaca. 

En un bote que nos viene a buscar después de oír nuestros gritos, de sembarcamos en la orilla. La bahía es amplia y hermosa. En otros tiempos era honda y disponía de muelle, del cual sólo quedan los pilotes para descanso de alcatraces. Desde que el río Sinú salió al mar por las bocas de Tinajones, la bahía comenzó a perder profundidad y caudal. En cambio ganó una isla, hermosa, amplia y fértil que no conocieron los viejos capitantes de canoa.

Una camioneta desvencijada, sólo al servicio de transporte de pescado, nos llevó a San Antero por un corto tramo de carretera. La presencia de los negros, mulatos y zambos nos revela que estamos frente a otro tipo étnico cordobés: el costeńo. Alto, bailarín al andar, nos saluda con sonrisas abiertas. Las mujeres llevan en sus ca bezas las pesadas palanganas repletas de pescados frescos: róbalos, pargos, jureles. Una decena de nińos, pantalones cortos y hombros desnudos, invitan a Nereo para que les fotografíe. 

San Antero está conformado por tres largas calles que confluyen frente a la plaza de mercado. Muy cerca, la iglesia y un parquecito; por otra calle, el cementerio; en la tercera, el colegio de bachillerato. Un tanque alto nos muestra que hay acueducto; los postes anuncian la luz eléctrica; una bandera, el puesto de policía; en el mismo edificio de mampostería, la alcaldía y el telégrafo. 

Isla Fuerte y La Rada 

Recalamos en Isla Fuerte (Bolívar). Un buen sancocho de sábalo preparado por una isleńa no es menú que se halle en ningún restaurante del mundo. 

Después cruzamos la corta distancia hasta la playa. Los bandazos del yate nos hicieron caer en cuenta de que el nombre de "Caribe" no es precisamente para un mar manso. Frente a La Rada, antes de que echáramos el ancla ,ya llegaban por nosotros en una chalupa. El pueblo es una ranchería  que siempre atisba el mar. Pescadores, cocotales y ranchos llenan la playa. Una escuela, tiendas, caballos y burros se aglomeran en la playa que llaman calle, plaza y carretera. Aquí se respira un poco más de tierra firme; el hombre mira a los mercados, al transeúnte y a una no muy escondida esperanza. 

Mońitos, el más joven 

Para llegar a Mońitos, a pocos kilómetros de La Rada, preferimos las bestias, a la incertidumbre del paso ocasional de un carro. 

Mońitos es el más joven de los municipios de Córdoba. Para sus habitantes no se trata de un honor, sino de un verdadero desafío: su hazańa no ha terminado con la organización administrativa, sino que continúa con el empeńo de echar las bases de una infraestructura sanitaria, educativa y social.  

Mientras tanto, el pueblo ofrece la acogida entusiasta de sus autoridades. Nos hablan de sus necesidades y logros: su hermosa playa espera la debida atención para el desarrollo turístico; un muelle para incrementar la navegación con otros puertos; una carretera asfaltada y con puentes que aseguren el tránsito en invierno.

San Bernardo del Viento 

Por el mismo camino hollado por los caballos, regresamos ahora en un yip que nos conduce a lo largo de la playa, escoltada por algunas casas de calicanto entre palmeras: sillas plegables en la orilla y nińos de cabellos rubios son las avanzadas de los interioranos en busca del mar. 

El viento es otro acompańante que no falta de día o de noche. Acertados estuvieron quienes dieron el apellido a San Bernardo, pero mucho más los nativos, hijos de navegantes, que lo llaman simplemente "El Viento". 

San Bernardo del Viento fue el más próspero emporio arrocero del Bajo Sinú, cuando el río buscaba salida por Cispata. La vasta extensión del delta ofrecía los "secos", islotes inundadizos donde los campesinos sin tierra cultivaban el arroz a manos llenas. Entonces San Bernardo conoció prosperidad sin cuento: tres grandes arroceras descascaraban el grano, día y noche; las canoas y lanchas de vapor atracaban en su barranca; las tiendas abarrotadas de artículos y los vendedores ambulantes anunciando bocadillos de guayaba lo atestiguaban. 

Puerto Escondido: el bullerengue 

Barloventeando la "costa abajo", nombre que le daban los patrones de las antiguas embarcaciones de vela, divisamos las palmas de coco a lo largo del litoral. Hermosas y productivas plantaciones ya famosas desde la colonia. 

Desde el barco se descubre la iglesia y las casas sobre terreno rocoso y quebrado. Sentimos el calor de la mulatería que nos acoge como desde tiempo atrás lo hace con todo nave gante. Las casas de palma; los balcones de madera; algunas construcciones de mampostería. Todo indica que aquí hubo tráfico de veleros y que la tradición no se pierde a pesar de que la carretera que une al puerto con Montería (90 kilómetros) le abre un comercio terrestre más seductor. 

Esa noche las abuelas cantadoras y los tamboreros que no saben reír cuando palmotean la piel templada, prendieron para nosotros el bullerengue. Noche de ron blanco, mujeres bailadoras y estrellas al alcance de la mano. Amanecimos con el mismo sol de la música que cada vez más, lejos de apagarse, encendía la madrugada. Dimos término lentamente a la parranda. Nereo se había olvidado del flash y yo, perdido entre primos, oía otras historias. 

El yate, sin velas, navegaba contra el viento. Algunos botes de pescadores en nuestra ruta, nos saludaban como antiguos conocidos. Las puntas de Buenos Aires, el Prieto, Santa Bárbara..., el práctico nos indicaba los puntos en la lejana costa. Las desembocaduras del río Canalete, de las quebradas Murindó, Sabalito, La Yuca y El Coco. Playa adentro, los pueblos de las Córdobas, Cristo Rey, El Pantano y San José de Canalete. 

Avanzamos hasta Punta Arbolete en los límites con Antioquía. La carta náutica nos invitaba con nuevas y más seductoras distancias, pero el práctico, atenido al crucero previamente es tablecido, dobló el rumbo hacia el nordeste, apuntando a las Islas de San Bernardo. 

Hasta luego, Córdoba 

Con buena mar, la costa de Córdoba es accesible en cualquier lugar donde se arroje el ancla. Siempre ha brá en la playa la voz amiga que espera y ofrece sombra, agua de coco y pescado. Si la noche acompańa, saltarán el tambor, los cantos y la mujer que danza con igual garbo a los 15 que a los 80 ańos. 

Decir "adiós" a Córdoba es mentira. "Hasta luego". Sabemos que volveremos, por donde quiera que queramos: mar, aire o tierra.

Manuel Zapata Olivella
Tomado del libro Colombia, Qué linda eres; Tomo 2, de Educar, Recreativa