Carlos Julio Ramirez

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 Carlos Julio Ramírez 

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cantante barítono

 
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Por amor renunció a Hollywood

En el Grill del Hotel Tequendama las luces se apagan y los reflectores enfocan la pista de baile. El locutor anuncia a la estrella del "show" "Carlos Julio Ramírez". Y aparece sonriente y en "traje de luces", nuestro artista. Lleva un smoking blanco con solapas de raso labrado y camisa de encajes. Está menos joven que sus fotografías y menos "galán", pero más joven de la edad que le adjudican algunos de sus compatriotas y de los 47 que confiesa.

La orquesta de Lucho Bermúdez comienza a interpretar el Bossa-Nova "Acuarela du Brassil" (especie de zamba y jazz) y Carlos Julio inicia un movimiento de baile para luego dejar oír su voz. Esa voz que ya es tan familiar para los colombianos. El público -compuesto en su mayoría de norteamericanos-lo aplaude calurosamente. Carlos Julio da las gracias con gran desenvoltura, después repite más o menos lo mismo en perfecto inglés, y anuncia un estreno: la cumbia "Rosa de los Vientos", compuesta por el Maestro Bermúdez. Nuevamente el salón se llena de aplausos. Carlos Julio sonríe satisfecho. Continúa siendo el cantante internacional de gran éxito. El cantante que trabajó por siete ańos en Hollywood con la Metro Goldwyn Ma-yer y que ha actuado en más de diez películas al lado de actores y actrices famosos. En ningún momento piensa que su estrella ha decaído. Una  prueba es el contrato  por 1.500 dólares (algo así como quince mil pesos) semanales que está cumpliendo en Bogotá, pese a la crisis económica, y que le ha sido renovado por una semana más. El silencio de la prensa lo tiene sin cuidado. Por algo se dice que "nadie es profeta en su casa".

Hace 27 ańos, en 1936, se lanzaba a buscar suerte en otro país. Buenos Aires fue su meta, y el maestro Efraín Orozco quien lo llevó. Cuatro ańos vivió en la capital Argentina y durante dos ańos y medio formó parte de la Opera del Teatro Colón. Era el barítono más joven y por consiguiente el de mejor porvenir. Quizá por eso cuando le ofrecieron un contrato para cantar en Europa ni él mismo se sorprendió. Parecía algo que se acomodaba perfectamente a sus planes. Emocionado preparó maletas, se despidió de sus amigos bonaerenses y marchó. Apenas había alcanzado a tocar tierra brasilera cuando estalló la guerra. Todos los planes se fueron al suelo. Cuando aún dudaba si volver a Argentina o regresar a su tierra, surgió un contrato para trabajar en el Casino de la Urca de Río de Janeiro. Es decir, en un Night Club solo comparable al Copacabana. Carlos Julio volvió a sonreír. Su carrera de triunfos continuaba. Tenía plata, fama, juventud. Fue entonces que pensó en New York. Estaba tan seguro de sí mismo, que sin previas conversaciones llegó al Metropolitan Opera House. Creía que después de oírlo lo contratarían. Ignoraba cómo era New York, y cómo los artistas del Metropolitan eran contratados con bastante tiempo antes de comenzar la temporada de opera.

No obstante su fracaso, Carlos Julio no desmayó. Fue de teatro en teatro, de opera en ópera, ofreciéndose. Varios personajes le escucharon y le aplaudieron, pero ninguno escribió el contrato esperado. Pensó entonces en las orquestas populares. Xavier Cugat -en pleno éxito- le dijo algo que aún no olvida: "Aquí no gusta ese tipo de voz. Es mejor que se vaya porque va a morir de hambre". No suponía que tiempo después tendría que acompańarlo y obedecer sus indicaciones aún a costa de una pelea con su esposa que lo llevó al divorcio.

Siete meses hacía que Carlos Julio vivía en New York en el Hotel Belvedere, sin conseguir trabajo. Siete meses de ilusiones, de esperanzas cada vez que le daban cita para oírlo, y de fracasos. La plata comenzaba a escasear. De los ahorros hechos en Buenos Aires y Brasil quedaba poco. No obstante, su maestra María Gay (la misma manager de Tito Martini, Lili Pons, de tantas figuras consagradas), le daba ánimo. Ella estaba convencida que "su muchacho" podría imponerse. Pero quería que lo hiciera en la ópera y no como cantante popular. No obstante, para darle ánimo, lo ayudó a conseguir su primer contrato. Fue para que trabajara durante tres semanas en la Radio City. Carlos Julio estaba feliz. Allí con todo el elenco maravilloso del teatro, rodeado de muchachas preciosas, con un escenario de las mil y una noches, oyó los primeros aplausos yanquis. Cantó "Ay. ay. ay", "Granada", "Frenesí". Pero nuevamente se terminó el contrato y nuevamente el ánimo de nuestro artista comenzó a decaer. Triste, sin dominar el idioma, apenas sabiendo una que otra frase, se sentaba todas las noches en el bar del hotel. A veces, por petición de una muchacha rubia que también se hospedaba allí, cantaba. Ella fue quien tuvo la idea que lo llevaría al estrellato: "Ponte un smoking y vamonos de cabarets", le dijo. "Yo invito". Carlos Julio se rio. No podía aceptar que ella pagara y él no podía invitarla. La muchacha era convincente. No se trataba de salir a parrandear, sino de conseguir trabajo. Eso sería una especie de inversión. Y se hizo el trato. Ella se puso un traje largo y se maquilló formidablemente. Parecía realmente una estrella de cine. Así llegaron a uno de los mejores cabarets de New York: a "La Martinique". Pidieron un whisky, bailaron un set  todo parecía que iba a quedar así, cuando la orquesta entonó algo que él conocía muy bien: "Vereda Tropical". Pasaron a la pista, ella dio dos o tres vueltas espectaculares, él se animó a hacer algunos pasos raros (ambos eran buenos bailarines) y con el corazón batiéndole en el pecho, empezó a cantar a lo que le daba la voz. La gente fue retirándose, la pista comenzó a quedar sola, y los aplausos le: dieron la seguridad del triunfo. Todos creyeron que se trataba del "show", y el dueńo acogió la idea. Para la segunda canción: "Amapola", se encendieron los reflectores. La puerta del éxito se había abierto. Esa misma noche firmó contrato ganando 300 dólares semanales. Fue una noche de buena suerte. Después de "La Martinique" pasaron a "La Conga" y de ahí a otro y a otro night club. En todas partes querían contratarlo.

En ese tiempo fue cuando trabajó con Danny Key, con Douglas Fairbanks Júnior, Betty Hutton, Tony Martin... Actuaban en el mismo show pero ganaban menos que Carlos Julio. A Danny Key, por ejemplo, solo le pagaban $165 dólares a la semana. Su fama fue creciendo y llegó el día en que recibió propuesta para trabajar en el Waldorf Astoria ganando mil dólares semanales. La orquesta que le acompańaba era la de Xavier Cugat. Por él, a la entonces esposa de Cugat (aún no aparecía la sensacional Abbe Lańe) le fue cancelado su contrato.

Y llegó Hollywood. Un importante directivo de la Metro lo vio, lo oyó y lo contrató. Su sueldo era de US$1.250 semanales, alojamiento en Beverly Wilches Hotel, y "limosina" a la puerta. Sin embargo no todo era tan color de rosa. Carlos Julio debía levantarse temprano y recibir clases desde el mismo instante en que abría los ojos, hasta el momento en que se acostaba. Tenía profesor de Inglés, de canto, de equitación, de natación, de maneras sociales, de arte dramático. Iba a los estudios, hacía pruebas una y otra vez, declamaba, cantaba, alzaba pesas... En la noche estaba rendido. Al fin lo aprobaron para su primera película: "Dos Novias para un Marino" con June Allyson, Harry James, Xavier Cugat, Iturbi, Jimmy Durante. Después vino "Escuela de Sirenas" con Esther Williams., El éxito de esta película fue tan grande que a Esther (quien estaba contratada por 160 dólares semanales, es decir 1.090 dólares menos que Carlos Julio) le regalaron diez mil dólares. Fue una película que dejó* veintlclnco millones de dólares y que naturalmente, hizo popular mundialmente a Carlos Julio, no obstante que su papel no era de primera línea. "Muńequita Linda" era tarareado al verlo pasar. Después de cada film nuestro hombre se daba la gran vida. El juego (siempre lo ha apasionado) le quitó muchos dólares. En Las Vegas se le vio perder sumas exorbitantes y ganar millones. A él no le importaba y no le importa-. "Juego hasta a las escondidas... me encanta", afirma sonriendo y ladeando un poco la cabeza. Quizá en ese tiempo fue que se afirmó aquí en Colombia que Carlos Julio se había lanzado a la bohemia y qué por esa razón la Metro no le había renovado el contrato. El, hablando para CROMOS, dice que esta versión es falsa. La razón para irse de Hollywood tiene faldas y un nombre: amor.

Faltando poco tiempo para terminarse él contrato con la Metro, conoció en una playa a una muchacha lindísima: Juliet Blue. "Era una escultura" dice Carlos cerrando un poco los ojos. Y se enamoró; se enamoró perdidamente. Sin embargo no llegó a proponer matrimonio. Fue más tarde, cuando la encontró casualmente, como bailarina en un cabaret y cuando imaginaba que nunca volvería a verla. Otra vez la pasión surgió y ya no quiso dejarla ir. Se casaron, pero ella puso una condición: dejar Hollywood. Dejar aquel mundo que podía perjudicar su hogar. Y el aceptó. Por esa razón no volvió a firmar contrato con la Metro, y prefirió hacer giras periódicas a distintas partes del mundo. Simultáneamente compró dos o tres negocios que le produjeron renta y se radicó en Nueva York. Allí vive desde ese tiempo. Tiene tres hijos: Michel de 14 ańos, Roberto de 11 y Ricardo de 8 ańos. Todos cantan y a todos los ha presentado en distintos "shows". Solo durante el verano, vive con ellos. Así quedó estipulado cuando se separó de su mujer hace ya algún tiempo.

Dos norteamericanos interrumpen la charla para saludar cordialmente a Carlos Julio. El vuelve a sonreír, a decir frases amables, a posar un poco. El tema entonces cambia. Cuenta que al Gobierno le ha ofrecido grabar el Himno Nacional con la Sinfónica, pero que no lo ha aceptado. Y que a la Radiodifusora Nacional le trajo el ańo pasado el disco "For all Eternity" que "solo Caruso y un servidor han interpretado  pero que tampoco le han puesto bolas".

Con Lucho Bermúdez tiene un negocio aquí en Bogotá, de producciones musicales. En Hollywood y en New York tiene casa propia. La profesión que tanto despreciaba su padre, le ha dado dinero. No se arrepiente de haberla iniciado, hace ya varios ańos siendo un escolar, en un café de Tocaima. Entonces, a escondidas de su casa, para ganarse sus primeros pesos le preguntaba a los clientes "Quiere que le cante?". Después de oírlo, todo el mundo le regalaba algo.

Así "hizo sus primeras armas". Luego vino a Bogotá a donde los Salesianos, entró al coro y el "hobby" se convirtió en "modus vivendi". Todos los ańos aprendo canciones nuevas. Hay qué renovarse. Pero siempre incluye uno de sus éxitos de antes. Lo hace para "los más viejitos". Para los más jóvenes, los últimos "hits". El bossa-nova, por ejemplo, que ahora está haciendo furor y del cual quisimos que nos diera una clase. La falta de pareja hizo incompleta la explicación. El, en teoría, dice que es una zamba hacia los lados, con combinación de jazz. Cuando alguien duda de que la sepa bailar, afirma que fue su éxito en Puerto Rico de donde viene.

Tomado de la Revista Cromos No.2376, 25 de febrero de 1963