Ver sección completa |
|
|
pintor, escultor |
![]() |
a ColArte |
|
por Gabriel García Márquez
El 29 de marzo de 1944 llegó Rodrigo Arenas Betancourt al aeródromo de
México, con dos vestidos y un par de maquetas en una deteriorada maleta de
cartón. Pero entonces tenía la ventaja de ser extranjero y de haber conocido
en Bogotá al embajador de Colombia en México, Jorge Zalamea. Pero seis años
antes, cuando llegó por primera vez a Medellín —donde pagó diez pesos
mensuales por vivir en "el hueco de ña Rafaela"—era apenas un desconcertado
muchacho que parecía sacado a lazo de Fredonia. Su principal desventaja era
ser colombiano. Lo mismo en Medellín que en la Escuela de Bellas Artes de
Bogotá, y lo mismo otra vez en Medellín, en 1942, cuando regresó derrotado
por el 2.9 de Luis Vidales. Pero entonces conoció al pintor Pedro Nel Gómez
y al grupo de estudiantes que dirigían el suplemento literario de "El
Colombiano". Algunos de ellos eran conservadores en política, pero
revolucionarios en arte: Miguel Arbeláez, Otto Morales Benítez, Hernán
Merino, Belisario Betancur y Alberto Duran Laserna. Este grupo escribió
notas en el suplemento literario de "El Colombiano", con el
pseudónimo común de PRAB, que significaba: "Para Rodrigo Arenas Betancourt".
Las notas publicadas con esa firma eran liquidadas por la gerencia del
periódico y abonadas a un fondo especial, que le fue remitido a México a
Arenas Betancourt. El escultor recuerda haber recibido un cheque de cien
dólares, durante su época más difícil. Por primera vez alguien se dio cuenta
de que Rodrigo Arenas Betancourt era capaz de hacer algo de lo que decía.
Entonces su nombre apareció por primera vez en letras de molde y por primera
vez en un cheque: 1.000 pesos que le pagaron por su trabajo eh la exposición
industrial de Medellín. Su primer cheque y Pedro Nel Gómez —en un país que podría salvarse con
cinco Pedroneles, según dice ahora Arenas Betancourt— le abrieron las
agallas. Los muchachos de "El Colombiano" ayudaron a abrírselas. Y
Ramón Jaramillo Gutiérrez, director de educación de Antioquia, hizo una
maroma presupuestal y lo sentó en un avión para México. De no haber sido
así, se habría ido de fogonero en un barco. Cuando en Colombia se supo que
un colombiano era uno de los mejores escultores de México, hacía ocho años
que Arenas Betancourt había salido del país. Todavía no entiende por qué no
se murió de hambre, desde cuando Jorge Zalamea lo instaló con otros
estudiantes colombianos en "República de Chile", número 38, hasta cuando
vendió sus primeros 450 pesos de terracota, cuatro años después, en una
exposición colectiva en el bosque de Chapultepec. Durante esos años, no hubo
en México ocupación u oficio que Arenas Betancourt no desempeñara. Por largo
tiempo su amigo más solvente fue el escritor Manuel Zapata Olivella, que
había llegado sobre las suelas de sus zapatos y con quien compartía la
camilla de operaciones en el consultorio de un médico cubano.
Alternativamente fue ayudante del escenógrafo de La reina de la opereta,
una mala película con la colombiana Sofía Ál-varez, que le produjo 200
pesos semanales. Fue obrero del escultor Rómulo Rozo, por 100 pesos
mensuales; tallador de falsas miniaturas aztecas para descrestar, por cuenta
del patrón, a los turistas norteamericanos; redactor del Diario de
Sureste, en Mérida, y allí mismo asistente ocasional a la casa de
diversión de "La nena alpuche". Una noche de 1947 lo encontró en ese lugar
un borracho que le ofreció un contrato como profesor de dibujo. Arenas
Betancourt aceptó, por llevarle la corriente al borracho, y veintinueve días
después viajó a enseñar dibujo a Quintana Roo. Un territorio en la selva, en
el extremo sureste del país, donde lo único que llevó, por recomendación del
contratista, fue "un calabazo con bastante agua". En Quintana Roo, que es el único nombre pronunciable en una región donde
se encuentran Yaxcaba, Kanabsonot, Taxhibishen, el pequeño y aindiado
antioqueño se dio cuenta de que llevaba tres años de vivir en México y en
realidad no conocía a México. Misteriosamente, viviendo entre los indígenas,
enseñándoles dibujo por 218 mensuales como profesor de la misión rural
número 5, comiendo otra vez frijoles y arepa como en Fredonia, empezó a
entender retrospectivamente toda la historia que no entendió al maestro
Miguel Yepes. Cuando regresó a Ciudad de México, volvió a ser ilustrador de
revistas; fue el muchacho que le cargó las cámaras y los trípodes al
fotógrafo colombiano Leo Matiz; escribió reportajes, comió cuando pudo y
durmió cuando pudo, hacinado en una casa de vecindad, hasta cuando le
permitieron participar en la exposición colectiva del bosque de Chapultepec.
Allí vendió dos esculturas que había hecho en Quintana Roo. Y esa venta fue
como un milagro. Tres meses después era amigo de Diego Rivera, José Clemente
Orozco, y de todo lo que vale y pesa en el arte mexicano. En 1949 participó
en la exposición colectiva del palacio de Bellas Artes, con Mujer maya
torteando, que el ingeniero José Domingo Lavín adquirió por 1.000 pesos.
Fue allí donde conoció al arquitecto Raúl Cacho, que iba a construir la
Torre de las Ciencias Exactas. Raúl Cacho conversó con Arenas Betancourt, se
pusieron de acuerdo en la necesidad de "incorporar la escultura a la
arquitectura" y pidió que le llevara un proyecto. Arenas Betancourt, que
mide un metro con sesenta y dos centímetros, se le presentó con un
impresionante monstruo de siete metros de altura: Prometeo, dos
toneladas de bronce que en seis meses lo hicieron famoso en medio mundo. Ahora Rodrigo Arenas Betancourt vive bien en México, casado con Lidia
Rosas, y con un hijo de tres años, José Patricio. Su casa, centro ocasional
de reuniones artísticas, es el número 18 de la calle del doctor Río de la
Loza, a pocos metros de un coliseo de lucha romana, donde los luchadores se
rompen los huesos para comer. En el Palacio de Comunicaciones, donde trabajó
la plana mayor de los artistas mexicanos, está su monumental Homenaje a
Cuauhtémoc y la patria, más grande, más importante y mejor logrado
-según el autor— que su famoso Prometeo. Una obra incorporada ya al
patrimonio artístico e histórico de México, que le produjo 40.000 pesos, y
que para ser trasladada fue preciso desarmarla en piezas y desarmar después
el taller, para que salieran las piezas mayores. Al volver a Colombia, los
amigos de Rodrigo Arenas Betancourt se han dado cuenta de que sigue siendo
sencillo, emotivo y cordial, como si acabara de llegar de Fredonia, pero más
optimista y maduro. Atribuye más importancia al conocimiento de sus límites
que al de sus posibilidades. Ha leído mucho, novela especialmente, y
especialmente novela americana. No es fumador, salvo cuando trabaja.
Considera que es capaz de expresarse adecuadamente en dibujo y fotografía,
que cultiva como entretenimiento y va al cine tres veces a la semana, cuando
menos, de preferencia a las películas Italianas y de preferencia a las de su
amigo personal, Cesare Zavattini, a quien conoció en México y a quien visitó
recientemente en Italia. Rodrigo Arenas Betancourt tiene el pasaje de
regreso en ei bolsillo y varios compromisos en México. Pero sus amigos
aspiran a que demore un poco más en Colombia. Aspiran a que haga en Bogotá
el monumento a Bolívar que de todos modos hará en cualquier parte del mundo,
pensando en sus primeros y olvidados monigotes de Fredonia. Tomado de la Revista Mundo No. 29, 2008■ |
|
|
|
|