ETNIAS: Ingas y kamentsá

 

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* La comunidad inga es la tercera etnia más gran de del país, luego de los paeces y los guajiros.

* Esta comunidad es descendiente de los incas.

* Hacen parte de la familia lingüística quechua.

· Los inga se han caracterizado por estar en contacto constante con culturas foráneas que llegan a su territorio.

· Sus conocimientos chamánicos son conocidos no solo en el territorio nacional, sino también en Centroamérica.

Tomado de la Revista Carrusel No. 1388, 13 de octubre de 2006

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Las máscaras del Putumayo

Gloria Triana
ANTROPÓLOGA

A los indígenas inga y kamentsá del Alto Putumayo los descubrieron en los viajes de los conquistadores en la búsqueda de la leyenda de El Dorado. Cuentan los cronistas que Hernán Pérez de Quesada decidió en 1541 hacer una expedición para buscar el tesoro, y para este fin reunió doscientos españoles, otros tantos caballos y seis mil indígenas muiscas. Cuando por fin llegaron al Valle de Sibundoy, sólo quedaba la mitad de los caballos, la tercera parte de los españoles y ninguno de los indígenas, que habían muerto en la travesía por la selva. Antes de Pérez de Quesada habían llegado al Valle, en 1535, Juan de Ampudia y Pedro de Añasco, lugartenientes de Sebastián de Belalcázar.

Al ser descubierto el Valle de Sibundoy, con características ambientales semejantes a la Sabana de Bogotá, los misioneros franciscanos con sede en Quito no tardaron en establecerse en el Alto Putumayo, y permanecieron allí durante dos siglos hasta cuando fueron expulsados de Colombia. Después de esa fecha los indígenas del Putumayo tuvieron muy poco contacto con el mundo exterior hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando la demanda inglesa de quina para curar sus soldados enfermos de malaria en la India, desencadenó un auge económico que fue el anticipo del drama que para estas culturas vino más tarde con la comercialización del caucho y toda la cruenta historia de la Casa Arana. Fue precisamente en esa época cuando los capuchinos se instalaron en aquel territorio, pues algunos años después de la Constitución de 1886 el Estado colombiano le entregó a esa orden el control de la Amazonia.

Conquistadores, misioneros, fiebre del oro, teocracia colonial y republicana, fiebre de la quina y el caucho, petróleo, amapola, coca, guerrilla, colonos, paramilitares: no es posible imaginar una más variada gama de invasores y métodos más crueles de sometimiento que con diferentes matices e intensidades se mantienen de alguna manera hasta el presente.

Desde el comienzo, misioneros y conquistadores españoles proscribieron las danzas y las ceremonias e hicieron todo lo posible por descubrir y destruir sus elementos rituales, sus conocimientos y sus saberes, que al comenzar el siglo pasado buscaron afanosamente los científicos de Harvard.  Los indígenas resistieron y el poder de los chamanes prevaleció, centrado en el dominio y el manejo de la planta sagrada, misteriosa y sobrenatural: el yagé. El yagé es un ritual de sanación e introspección en un contexto colectivo y simbólico, como colectiva y simbólica es la fiesta.

Las máscaras, la música, las danzas, son reinterpretaciones post-hispánicas de tradiciones precolombinas. Cuentan los viejos chamanes (taitas) que las máscaras eran utilizadas en los rituales del yagé para comunicarse con los espíritus míticos de los antepasados. Existían en esa época dos tipos de máscaras: una femenina que representaba la Luna, y otra masculina, imagen del Sol. Al prohibirse los rituales, ellos utilizaron las ceremonias católicas para representar, por medio de las máscaras, los rostros que quieren mostrar al invasor y en los que puedan expresar la burla, el rechazo y la rebeldía, con códigos que solamente ellos entienden.

Matachines con máscaras rojas y coronas de plumas, sanjuanes con máscaras negras y cabelleras de pieles de animales y largas lenguas en actitudes satíricas, saraguayes con sombreros de espejos, acompañados de flautas y tambores en una fiesta que ellos han llamado El Carnaval del Perdón, que construyeron para celebrar el goce del resultado del trabajo comunitario, pues es la época de mayores cosechas y el reencuentro entre miembros de la comunidad en un espacio de reconciliación y perdón en el que deben solucionarse los conflictos para lograr la armonía.

Tomado de la Revista Diners No.405, diciembre de 2003