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ETNIAS: Muiscas Los que sobreviven en la Bogota de hoy |
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Pertenecientes a la familia Chibcha, los Muiscas fueron los primeros pobladores de la capital. Sus descendientes dan la pelea porque sus espacios y tradiciones, no sólo sobrevivan sino que se conozcan. A sólo cinco minutos de la plazoleta principal de Suba (calle 170 con carrera 82), camino al cerro del Cuy o de La Conejera, Suagagua o, mejor, Sigifredo Niño Rocha, un hombre robusto, vestido par completo de blanco, se suelta el pelo y se pone una cinta alrededor de la cabeza como señal de respeto y fortaleza con la madre tierra. Esto significa que se ha llegado a uno de los sitios que habitaron sus antepasados, los Muiscas, los primeros pobladores de Bogotá, pertenecientes a la familia lingüística Chibcha. Los mismos que poblaron el departamento de Boyacá y algunas regiones de Santander, territorios de abundantes minas de sal, cobre y esmeraldas Suba, atravesada par una pequeña cadena montañosa, fue habitada por esta comunidad indígena hacia el año 800 de la era actual. Tras la Conquista española en 1538, los Muiscas conservaron allí un resguardo indígena hasta 1875 cuando perdió su estatus para convertirse en municipio. En 1954, fue incluida como parte anexa de Bogotá. En Suba, nombre que se deriva de dos voces indígenas: Sua, sol y Sia, agua. Según algunos cálculos, se estima 'que hay cerca de 5.000 descendientes Muiscas, de aproximadamente más de 15.000 que habitan en todo Bogotá. Siguiendo el tramo, Niño y sus acompañantes, a muy pocas pasos del sitio de partida y abriendo camino por una zona de alta vegetación encuentra un primer vestigio Muisca: un socavón de unos 200 metros de profundidad, según explica este sacerdote indígena, integrante del Cabildo Mayor Muisca de Bacatá (Bogotá) y coordinador del grupo Nación Muisca Chibcha, un programa que busca preservar las tradiciones y el patrimonio de sus antepasados. La entrada está protegida por una reja por razones de seguridad. En este lugar, saca de su capotera (mochila) un recipiente con chicha, bebe por unos minutos, riega en el sitio, y reparte a los visitantes: "Se toma chicha y se ofrece en memoria de los abuelos. Éste es el significado", dice el indígena. Allí el ritual es corto. Más adelante, a unos pocos metros, está el segundo socavón, contiguo a una casa sagrada o sitio de pagamentos que construyeron los descendientes. Éste es más profundo. Tiene alrededor de 238 metros (hasta donde se ha comprobado), y al interior se observa una serie de escalones que se pierde en el infinito. Se dice que ésta, al igual que la anterior cueva, data desde los tiempos de la Colonia hace más de 200 años, y que era empleada para la extracción de carbón, en tiempos de La Encomienda. En la actualidad, para descender al socavón, se hace con personal especializado en escalada y con los respectivos equipos de seguridad, como arnés y otras herramientas. Aquí, la ceremonia es más prolongada. El indígena cuenta que antes de entrar hay que pedirles permiso a sus antepasados, los abuelos, incluso, con días antes de la visita, con el fin de evitar accidentes. Con permiso El sacerdote Muisca se sienta en el primer escalón y se prepara para rendir tributo a la Madre Naturaleza: empieza con la quema de resinas olorosas y el toque de quena, luego rapea tabaco -no fuma-, el color del humo indica qué tan contentos están los abuelos con los visitantes. En este caso la humareda es azul, que significa que las in tenciones de quienes quieren conocer el lugar no son malas. Es señal de 'bienvenidos'. Si el color hubiera sido verdé, indicaría que hay personas enfermas que hay que sanar; rojizo, la existencia de peligro, y humo os curo es que hay malas intenciones. "La chicha no es para emborracharse ni rapeamos tabaco porque seamos viciosos, es la manera como entramos en contacto con el espíritu de los abuelos", dice el líder indígena. También es un momento. en el que los visitantes pueden pedir perdón por los actos negativos cometidos y por las diferentes necesidades que cada persona tenga para que los abuelos ayuden desde el más allá. En Bogotá. se calcula que hay cerca de unos 14 socavones de esta naturaleza, algunos de los cuales podrían llegar alcanzar 400 metros de profundidad. Los Muiscas eran politeístas y fueron un pueblo profundamente religioso, práctica que aún conservan. AI interior de la cusmuye o casa sagrada, Niño continúa con los rituales. A la derecha del lugar se ubican las autoridades, y a la izquierda la comunidad, se prende fuego y hay tinajas con chicha. También hay varios símbolos, como el del padre sol y las 13 lunas. Es un espacio donde se realizan diferentes ceremonias, y que el 27 de cada mes, y durante toda la noche -más de 10 horas-, se reúnen cerca de 40 líderes indígenas de la comunidad Muisca entre tybas, especie de acólitos o guardianes de la palabra, sacerdotes (incluidas tres mujeres), y abuelos provenientes de Vaupés, Amazonas, Santa Marta, Boyacá, Bogotá y Cundinamarca, con el fin de hacer la sincronía de las 13 fases de luna. "En este recinto se hacen festividades y -ritos como la del agua, pero igual es un círculo de la palabra o de la sabiduríá, se exponen y dirimen problemas, se hacen agendas de trabajo". En el otro extremo de Bogotá, en la lo calidad de Ciudad Bolívar, en la zona de Mochuelo Bajo, también se encuentran varios vestigios Muiscas, como las Piedras del Tyba y los Tejos de Chibchacum, sitios desde los cuales los antepasados vigilaban. las cuencas y los ríos, y en general todo el territorio. Igual está un cusmuye o sitio sagrado y el Pico del Gavilán. Según Niño Rocha, las piedras datan de unos 5.000 años atrás, de la época de la Laguna de la Herrera. Suba y Ciudad Bolívar son sólo dos de los sitios que en Bogotá es notoria la presencia Muisca, aunque también hay hallazgos importantes en otras localidades como Usme, Engativá, Fontibón, Usaquén, La Candelaria, Kennedy y en algunas partes de los cerros orientales de Chapinero Alto. Algunas de estas zonas han sido consideradas aulas ambientales etnopedagógicas, en las que se estudia la relación de la cosmogonía Muisca (origen del universo) con el medio ambiente, los ritos y leyendas, las medicínas ancestrales y las diferentes costumbres y tradiciones orales de esta población indígena. En algunos de estos sitios, se encuentran lugares sorprendentes Muiscas, enclavados en la ciudad, en pleno siglo XXI. Un patrimonio cultural para conservar. Tomado del suplemento Bogota Local, del periódico El Tiempo, marzo de 2007 |
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