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etnia de Los Llanos |
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por Ligia Riveros La mano blanca de
mujer se extiende para acariciar al niño guahíbo, pero éste, con el terror
reflejado en el rostro, se esconde en la cosecha de maíz que comienza a
germinar. Luego saca de su rancho el arco y la flecha y se mantiene
vigilante. "¿Blancos en el caserío?, hum... sospechoso, piensa. Siempre vienen con
malas intenciones, para asesinarnos o para hacer cambalaches de un bulto de
yuca por una caja de fósforos". El colono que los defendía, Gilberto
Rodríguez, murió en 1974 en un accidente, y desde ese momento sospechan de
cualquier visitante. Pero los de ahora parecen ser diferentes: preguntan por
sus costumbres, las enfermedades que los aquejan, quieren saber de sus
necesidades. Poco a poco los veinticinco guahíbos en ese sector del río Ele,
se acercan. Son diez adultos y quince niños, además de cuatro mujeres
embarazadas. Tratan de hacerse entender en un dialecto que no se comprende
pero que no necesita mucha explicación porque allí está la realidad: miseria
absoluta. Y DIOS CREO AL HOMBRE... Visitar "La Conquista" en la mitad del Arauca, es como retroceder a la
creación del mundo, sólo que los hombres no viven en un paraíso terrenal.
Los guahíbos, los pocos que quedan de los miles que habitaban la región,
están acosados por el hambre, cosechan maíz, yuca y plátano sólo con
peinilla y hacha, y cazan de vez en cuando marranos de monte con flechas.
Pero esos alimentos no son suficientes para atender su necesidades, por lo
que beben vino de palma para emborracharse hasta olvidar sus penas. No tienen ropa y, aunque se bañan en el río casi a diario, visten los
mismos atuendos, hoy convertidos en harapos, que hace unos años les regaló
algún religioso que pasó por allí. En invierno soportan la plaga de los
zancudos hasta que los rostros de los niños se convierten en mazorcas. La
debilidad de las mujeres es tan grande que de cada seis embarazos en cinco
hay abortos. Cuando van a nacer los niños se aislan de la tribu y cubren su
cara con onotillo, una especie de pintura roja. Decenas de ellos mueren cada año por desnutrición y diarrea. Sienten que
su cabeza va a estallar y para eludir el dolor, por la nariz absorben yopo,
una especie de alucinógeno extraído de las semillas de un árbol tan alto
como la ceiba, que se mezcla después con caracol molido. Creen que sus muertos resucitan en el Orinoco o en el mar. Por eso los
meten en un hoyo que rellenan con hoja de palma para que puedan después
construir su choza. Desde niños, los varones escogen a la que va a ser su
mujer, pero no la tocan hasta que sus pechos toman forma. Ignoran el valor de la moneda. Su comercio es a base de trueque y por eso
los "blancos" que pasan en falcas (canoas grandes con negociantes), se
aprovechan de su ingenuidad para cambiar sus cosechas por cualquier cosa,
inclusive billetes de monopolio. Todo el mundo, en Arauca y en el país, conoce las necesidades y el
abandono que desde siempre han sufrido los guahíbos, pero a nadie le
interesa que vivan como seres humanos. Por Ligia Riveros |
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