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Popayan Cuatro Siglos de Pasion |
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Por Andrés Perez V. Un círculo de plata macíza se posa sobre los cerros orientales que
fueron testigos de la infancia de Caldas, Torres, Obando, Mosquera y
Valencia, de las gestas de Bolívar, del comienzo de todas las guerras del
siglo XIX y de la formación de varios presidentes de la República. Por los andenes, una corona de fuego formada por
"alumbrantes" que con cirios encendidos iluminan las calles de
la ciudad, hacen recordar que su fe sirvió para salvarla de la
destrucción. Relatan los cronistas que miles de nativos de los pueblos paeces,
pijaos, tunibíos, yalcones y de otros provenientes del desplazamiento que
causó la cruenta conquista del Perú, aguardaban que las sombras de la
noche cayeran sobre los hombres que habían "llegado a sojuzgarlos, a
romper sus culturas incipientes, a perseguirlos, a explotarlos, y
exterminarlos, a someterlos al vasallaje físico y espiritual de un rey
extraño, cuya autoridad invocaban en una lengua incomprensible, y a un
Dios desconocido" , para acabar con ellos. Sin embargo, el ataque que prometía ser fatal se frustró ante la
aparición de dos gusanos de fuego que con paso lento, desde lo le jos, se
iban acercando a los indígenas. Éstos ante esa visión terrible, huyeron
despavoridos, sin saber que sólo escapaban de las filas de creyentes que
con una vela en la mano acompañaban la procesión del jueves santo, por
la única calle del naciente pueblito que entonces era Popayán. Las cédulas reales, suscritas por Felipe II que autorizaron las
procesiones en Popayán datan de 1558. En esos años, según señala la
Junta Permanente Pro Semana Santa, entidad gestada por el Maestro
Guillermo Valencia, para preservar esta tradición, "los
conquistadores" y los frailes misioneros atendían las exigencias del
culto y los indígenas con las instrucciones de éstos cargaban los
"pasos", alumbraban y hacían oficios menores. Posteriormente,
los "cargueros" fueron los hombres del "estado llano". Desde aquel entonces, los "cargueros" de Popayán han hecho
respetar sus barrotes. Quizá la historia que mejor refleja lo que las
procesiones significan para los hombres de la ciudad es una que data de
1840 y que tiene como protagonistas a los generales José María Obando,
Tomás Cipriano de Mosquera, Juan Gregorio Sarria y al entonces gobernador
Manuel José Castrillón. La rivalidad entre Mosquera y Obando venía de tiempo atrás, y había
llegado a su punto más alto con la acusación que el primero hiciera al
segundo sobre su participación como autor intelectual en el asesinato del
Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, ocurrldo en el paso de
Berruecos en junio de 1830. Estas acusaciones, sumadas a varios años de contiendas y divisiones,
habían abonado el terreno para que en la joven república estallara en
1840, la que más tarde sería conocida como "la guerra de los
supremos", en la que cada uno de los generales payaneses había
jurado la muerte del otro. En la semana mayor de abril de ese año, los
generales Sarria y Obando llegaron a las goteras de Popayán, aguardando
la llegada de la procesión del martes santo, para "cargar" en
la Virgen de los Dolores, que al igual que hoy, en aquel entonces salía
de la iglesia de San Agustín, consagrada a su culto. Vestidos al estilo sevillano, con la cara cubierta a la usanza de aquel
entonces, Obando y Sarria se dirigie ron a la iglesia y exigieron a
quienes los estaban reemplazando que les devolvie ran sus
"barrotes". Ante la presencia de los generales, no les quedó
más remedio a quienes pretendían tomar sus puestos que hacerse a un
lado. La noticia se regó como pólvora. La ciudadanía, partidaria en su
mayoría de Obando, temiendo que fuera apresado por el gobernador Castrillón que ya había dado la orden de capturarlo en compañía de
Sarria cuando terminara la procesión (no se atrevió a perturbar la
marcha de los pasos), acordó que al santo y seña de: "Pichón,
Pichón", los "alumbrantes" apagaran las velas y se
metieran debajo de las "andas" para reemplazar a los militares. El plan se ejecutó. En la esquina de la capilla de La Ermita, faltando
escasas cuadras para ter minar la procesión, Obando y Sarria escaparon
hacia el Patía, lugar en el cual se concentraban las fuerzas rebeldes
bajo sus órdenes. A la mañana siguiente, el gobernador Castrillón dio la orden que
desde ese momento se cumplió con rigor: "En Popayán se deberá
cargar con la cara descubierta, no para ver quién carga, sino para saber
quién no está cargando", costumbre que se conserva hasta hoy, al
igual que el grito de "Pichón" que los aspirantes a
"carguero" utilizan cuando quieren tener una oportunidad para
llevar sobre sus hombros los pasos una cuadra a la entrada y una a la
salida de cada procesión. Al recordar esta historia, alguno de los escritores caucanos decía que
el mismo era testimonio de que "en Popayán las mujeres a lo largo de
la historia no han parido hijos sino cargueros". En las procesiones el papel de la mujer es fundamental. A lo largo de
las 20 cuadras y las tres horas y media que dura cada una de las
procesiones delante de los pasos en los que van las imágenes de Jesús y
de su Madre, va una joven, que más que hija y nieta de
"cargueros", es hija de la ciudad. Los hombros desnudos color canela o blanco apenas se pueden ver. Y
cerca de ellos, en eI cuello, un Cristo de oro solitario pende de una
delgada cinta negra, que a su vez hace juego con dos candongas de oro
bordado en filigrana tosca, que recuerdan los que usan las gitanas de
Andalucía (España). Ellas son las "sahumadoras" de Popayán, que sólo pueden
aparecer una vez en la vida en las procesiones delante del
"paso" de su devoción. En las manos, cada "sahumadora" en vestido de
"ñapanga" lleva un sahumerio de barro, que suelta incienso.
Estos van adornados con flores del día de la procesión. Como complemento
cada joven lleva debajo del sahumerio un "paño" de
"carguero". El colorido del vestido de las "sahumadoras" contrasta con el
de los "cargueros". Ellos, vestidos con un sayal de penitente de
color azul oscuro, igual que el que el Nazareno llevaba cuando fue
presentado ante Caifás. En la cabeza, los "cargueros" llevan un
"capirote" que cubre el pelo. En la mano una
"alcayata" de hierro forja do empotrado en un palo de
"chonta", comple tan el vestuario. Todos estos ehmentos se conjugan en la procesión. A las 8 de la noche,
los "cargueros" se aprestan para tomar los "barrotes"
que han he redado de sus padres y éstos de sus abuelos, y éstos otros de
sus mayores en una cadena que se pierde en la memoria. Debajo de los "pasos", todos los "cargueros" son
iguales. En Popayán el profesíonal y el obrero, el político y el
artesano, en síntesis el hijo de las familias tradicionales de la ciudad
con los herederos del "estado llano", son iguales, hacen la
misma fuerza, sangran de la misma manera y transmiten la tradición a sus
descendien tes con idéntico celo. Cerca de los pasos van los "moqueros", niños que vestidos de
"cargueros" retiran "los mocos" (restos de cera), de
las velas que alumbran cada "paso" y que corren a encender las
que se apagan. Junto a ellos, "los regidores" vestidos de frac,
velan por el orden y el rigor de la pro cesión a la vez que ejercen su
autoridad portando una cruz de madera, símbolo de la que fue ra llamada
desde 1556 la Jerusalén de América. Estas imágenes se repiten, durante la semana de pascua, en las
"procesiones chíquitas", réplica de las "grandes".
"Pasos" a imagen y semejanza de los de verdad son llevados por
diminutos "cargueros" que, queriendo imitar a los varones de la
ciudad, han encontrado en la familia Paz, organizadora de este evento, su
indiscutible cómplice. Sahumadoras, sacerdotes, moqueros, monaguillos y
pequeños regidores brotan de todas las casas de Popayán haciendo de los
niños los sucesores obvíos de la tradición de sus ancestros. De la mano de la Semana Santa, desde hace más de 35 años, se celebra
el Festival de Música Religiosa, que encontró en Edmundo Mosquera,
fallecido el año pasado (2001), un aliado vital. Se utilizan iglesias
como San Agustín, con su formidable altar; San José, con su imponente
solemnidad; San Francisco, muestra del esplendor de la cíudad; Santo
Domingo, rica en imaginería; la catedral, consagrada al culto de Nuestra
Señora de la Asunción; la Ermita, el Carmen y la Encarnación que
recogen parte de las historias más preciadas de Popayán. No puede
olvidarse la riqueza de museos como el de Arte Religioso, la Casa
Mosquera, el Museo Negret y la Casa Valencia . Los payaneses abren las puertas de sus casas para que la ciudad blanca
celebre su tradición con la presencia de todo el que la quiera vísitar,
porque en últimas, Popayán no cambia. Ella tiene las puertas abiertas. Y
en ella el tiempo de Semana Santa, por convicción, se detuvo años ha. Tomado de La Revista de El Espectador, No. 37, 1 de
abril de 2001 |