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por Angela Castellanos Aranguren Desde el Morro, el Fundador Belalcázar, vuelve a ver hoy a su ciudad, tan señorial y altiva como cuando la fundara un 13 de enero de 1537. En efecto, Popayán, la histórica villa levantada en el Va lle de Pubenza, antiguo asentamiento indígena, está nuevamente en pie, nueve años después del catastrófico sismo de 1983. Tras una ardua labor de ingenieros, pintores, talladores, escultores y -por supuesto- arquitectos, renació como el ave Fénix, para orgullo de sus egregios hijos: el poeta Valencia, el libertador López, el sabio Caldas y el jurista de la independencia, Camilo Torres. La reconstrucción de Popayán no fue una tarea fácil. Su arquitectura revela la mezcla de arte moro y cristiano-reproducido por los maestros y frailes de la Conquista-, de elementos tradicionalmente ibéricos legado de la Colonia- e inclusive matices de influencia francesa estilo republicano. Pero la restauración fue ante todo una obra de amor, según sus propios artífices, los arquitectos Germán Téllez y Juan Manuel Caicedo: "Popayán no quiere figuras de grandes creadores; quiere curar la herida para que los payaneses recobren lo que perdieron". En otras palabras, recobrar el pasado, la memoria colectiva de los "patojos". En efecto, pocas son las ciudades con una tradición equiparable a la de Popayán. Baste decir que sin ella no se puede concebir la historia de Colombia. Sus primeros habitantes fueron distinguidos miembros de nobles familias españolas, cuya descendencia aún hoy se reconoce y se respeta. Hacia el siglo 16 se convirtió en la más extensa gobernación de la nación. Fue entonces obligado paso de mercaderes que comerciaban entre Quito y Cartagena. Más tarde sus valles vecinos fueron escenario de importantes batallas de la Independencia, y más de una de sus casonas dio cobijo al libertador Bolívar. Aquella época de campanarios sonoros, calles empedradas, caballerías y faroles de vela de sebo, aún deja oír su eco. En el casco histórico, ya no son 16 calles sino 30 manzanas, pero continúan tan rectas y anchas como cuando las trazaron. Las fachadas siguen la tradición blanquecina, fruto de aquella epidemia que se combatió no con química sino con la ilusión de la desinfección del color blanco. En las vastas casas todavía se distinguen las antiguas pesebreras y las habitaciones de techos altísimos donde apenas podían asomarse los esclavos negros. Pese a los múltiples terremotos, perduran algunos de los viejos muros de boñiga de donde penden hoy los escudos de familia, símbolo del linaje de los antepasados. En los solares al fondo de las casonas, allí donde los "bimbos" o pavos engordaban, crecen árboles frutales. Y en las ventanas continúan los poyos, ya sin "ñapangas" o mujeres que sentadas en ellos maten su curiosidad y su ocio a la espera de algún transeúnte. La edad dorada de Popayán aún está presente. La riqueza hecha a lomo de indio y a brazadas de esclavo negro se encuentra en el decorado y en las joyas de las iglesias, aunque algunas de ellas fueron vendidas durante la Independencia para financiar la campaña de Antonio Nariño al sur del país. Entre los trabajos de orfebrería más destacables se encuentra el púlpito de talla y oro de la Iglesia de San Francisco y las maderas en pan de oro del Templo del Carmen. El Palacio Nacional, el Panteón y la Catedral de la Asunción son algunos de los múltiples monumentos históricos de esta ciudad señorial, pero la Torre del Reloj es sin lugar a dudas el testigo por excelencia de Popayán. Con tres centurias a cuestas, ha visto nacer y morir una generación tras otra. Pese a que en el terremoto de 1736 perdió uno de sus tres cuerpos, y que las piezas de plomo de su reloj fueron convertidas en balas para los patriotas, la Torre del Reloj es el símbolo más querido de los payaneses. Pero lo que simboliza a Popayán para los que no son "patojos" es la Semana Santa. La celebración de las pascuas tiene una importancia tal que se dice que cuando Bolívar llegó allí por primera vez, la ciudad se propuso darle la bienvenida con la celebración de la Semana Santa aun que no coincidiera en el tiempo. La fastuosidad de este evento le ha valido la admiración mundial. Los payaneses se preparan con varias semanas de anticipación: pintan todas las fachadas de las casas, los párrocos retocan los "pasos", los cargueros reparan sus trajes, las iglesias son engalanadas y los feligreses alquilan balcones para mirar de cerca el desfile de las procesiones. La tradición de la Semana Santa data de 1558, época en que Popayán fue erigida Diócesis y residencia del obispo mediante bula papal. Esta tradición religiosa es quizás la responsable de la gran infraestructura hotelera de Popayán. Allí se encuentran algunos de los más antiguos hoteles del país, en donde se puede sentir el ambiente aristócrata del pasado. Este ensueño parece real cuando se recorre la ciudad de noche. La tenue luz de los faroles dibuja apenas los portalones de piedra, y en medio del silencio se puede llegar a escuchar .el galope de un toro que, según cuentan, salió huyendo después de que fuera utilizado por la noble dama doña Dionisia de Mosquera y su amante don Pedro Lemus, para disfrazar el asesinato de Pedro Crespo, el esposo engañado. Una leyenda más de esta ciudad histórica por excelencia y acogedora por vocación. Tomado de la Revista Mundo al Vuelo, Avianca, No. 158, marzo de 1992
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Popayán, por estar sobre la vía Panamericana, tiene buena conexión con la ciudad de Cali en un trayecto de dos horas. Hacia el sur del país está distanciada de Pasto, en Nariño, por seis horas, tomando la misma vía transnacional. Si prefiere viajar por avión al aeropuerto Guillermo León Valencia, las aerolíneas Satena, Aires y Avianca cubren esta ruta con varias frecuencias diarias semanales. Visitar las principales iglesias. Puede empezar por visitar la Catedral Basílica Metropolitana, construida en 1537 con la fundación de la ciudad, en la que se destaca su hermosa cúpula a interior. La iglesia de La Ermita, la más antigua de la ciudad, es orgullo de los payaneses, no sólo por la relevancia histórica sino por la sencillez y humildad que la caracterizan. En la Capilla de Belén sobresale la arquitectura con su cruz de piedra y está ubicada sobre una colina a la cual se llega por los Quingos de Belén. La preciosa iglesia de San Francisco presenta una hermosa fachada de influencia barroca. En la carrera 8, la iglesia de San José permite la oración con el marco de fondo de la linda sacristía y el Lavamanos. Sobre la plazoleta de Santo Domingo se ubica el templo del mismo nombre, con hermosos retablos barrocos que inspiran a los creyentes en las procesiones de la Semana Mayor. Por último, pero no menos importante, la iglesia San Agustín, contiene varios retablos como el de Jesús Nazareno, así como la imagen del Cristo, quizás la más valiosa y antigua cuyo origen data del siglo XVI. Es el punto de partida de la primera procesión el martes santo. Visitar los museos. Imprescindible conocer el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso, antigua casona de estilo neoclásico inaugurada el 21 de septiembre de 1979 con obras de arte de origen quiteño y payanés. En el Museo Casa Mosquera, que perteneció a Tomás Cipriano de Mosquera, presidente de la República en cuatro ocasiones, observe valiosos objetos coloniales y una magnífica muestra de arte precolombino. Casa Museo Negret y Museo Iberoamericano de Arte Moderno. La obra del maestro Edgar Negret, determinante para el ámbito artístico nacional, ha sido reunida en esta casa que data de 1781. Adicional, el Museo Iberoamericano de Arte Moderno inició labores en 1994 y está enfocado a la exposición del arte moderno de Iberoamérica. Los bellos pasos que desfilan en la Semana Mayor, pueden apreciarse en las instalaciones de la Casa de la Junta Permanente Pro Semana Santa donde funciona la oficina del programa de artesanías Manos de Oro. En el Museo Casa Valencia, se exhiben las pertenencias de la familia Valencia, entre las que se destacan los archivos personales, mobiliario de la época, pinturas y objetos. En el mausoleo reposan los restos del cuatro veces presidente Guillermo León Valencia. Muy cerca, el Teatro Municipal Guillermo Valencia es considerado uno de los mejores del país, por su excelente acústica y el estilo ecléctico que lo caracterizan. Visite la Hacienda Calibío que data de finales del siglo XVIII y cuenta con una preciosa capiIla de 1801. En esta hacienda de jardines inmensos, dos niveles y grandes habitaciones, se alojó el Libertador en dos ocasiones. La Torre del Reloj, constituye un bello atractivo de la ciudad. Construida entre 1673 y 1682, con 96.000 ladrillos, y un reloj de origen inglés colocado en 1737, merece una visita y muchas fotos. El Parque Caldas, creado en 1537 y se usó inicialmente como galería. En 1910 colocaron el busto del sabio Caldas. Está acompañado por árboles y lindos faroles que alumbran los caminos. Cerca del Museo Valencia, el Puente del Humilladero mide 240 mt de largo por 5.5 mt de ancho, y se levanta sobre 11 arcos de admirable belleza. Era la entrada principal a la ciudad por la que ingresaron los ejércitos libertadores, y enlaza a la ciudad histórica con el barrio Bolívar. El Paraninfo F. José de Caldas,
construido en 1892, es ahora el Aula Máxima de la Universidad del Cauca y El último punto para visitar y apreciar
una linda panorámica de la ciudad es en el Morro de Tulcán, un pequeño cerro
en forma piramidal que antiguamente fue utilizado por los indígenas como
cementerio. La estatua de Sebastián de Belalcázar sobre su caballo dominando la ciudad, es de obligada fotografía. Tomado del libro Guía de Rutas por Colombia, Puntos Suspensivos Editores, 2007
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por Kendon Macdonald Carentanta: es lo que queda pegado a la olla en la preparación de la masa de los tamales. Esto se retira, se tuesta o se frita y se utiliza en diferentes formas. Uno de sus usos es en sopa. Tamales de pipián: son pequeños y deliciosos. El relleno se hace con papas coloradas, cerdo, cebolla y achiote. Empanadas de pipián: se usan los mismos ingredientes que en el reIleno del tamal. La masa es de maíz con achiote, muy delgada y crocante. No puede visitar Popayán sin probarlas. Ají de maní: como Cauca fue parte del Imperio de los incas, no es sorpresa que el maní forme parte de su cocina. Allí se prepara un ají de maní molido y cebolla. Torta de ullucas: la ulluca pertenece a la familia de la papa. Tiene un sabor fuerte de tierra. La torta es muy común para acompañar los platos principales. Se prepara con leche, harina, mantequilla, queso y perejil. Manjar blanco: es uno de los gran des platos de la región, muy parecido al arequipe. Se prepara con leche, azúcar, maicena y almidón de yuca. Ternero nonato: sólo se encuentra en la plaza de mercado de la ciudad. Es un ternerito que no ha nacido. Aristóteles Onassis pagaba USD4.000 por plato, en la plaza vale apenas $4.000. Se prepara con una salsa con mucho achiote. Champús de maíz: es una maza morra hecha con maíz blanco, panela, canela, clavos de olor, piña, píñuelas y limones. Aplanchados: doña Josefina es de las pocas reposteras que todavía utilizan horno de leña. Ella es la responsable del sabor muy especial que tienen sus productos. Parecen milhojas. Sango: es una sopa indígena que tiene maíz molido, carne de res, papa amarilla, yuca, repollo, perejil y tomates. Tomado de la Revista Avianca No. 28, julio de 2007 |