Ethel Gilmour de Uribe

pintora

A ColArte

 

Recuento

CRITICA

por Denise Michelsen

'What is an artist?

An artist is one who is tortured beyond endurance by the lack of the tenderness in the world" Lawrence Durrell.

Los cuadros de Ethel Gilmour son una invitación a un mundo mágico lleno de color. La alegría y la fluidez de sus imágenes, la simplicidad y la ingenuidad con que se presentan nos seducen con su combinación de inocencia y nostalgia.

Pero tan pronto registran los detalles del cuadro pasamos a una realidad más compleja, donde se entrometen factores fuera de nuestro control, donde esta misma vida de colores se ve amenazada. Hay una contrapartida, un contraste entre el mundo interior y el exterior. Esto se agudiza por la disonancia creada entre su estilo naive y las realidades violentas que describe.

La obra de Gilmour nos hace más concientes de nuestra vulnerabilidad, de la fragilidad del mundo que construimos a nuestro alrededor, precisamente en un esfuerzo psicológico para alejar lo temido. Hay una tensión latente entre su estilo y el contenido, entre la ternura y la violencia, entre nuestro mundo privado de interior y la cruda realidad externa. Estos cuadros equivalen a una llamada de conciencia, a un enfrentamiento con la realidad. La artista nos está describiendo con gran sutileza el estado interior que produce en nosotros la situación que actualmente se vive en Colombia.

Gilmour utiliza los símbolos de nuestra cultura (la Santísima Virgen, los ángeles, las flores y las montañas de Medellín) y los combina con íconos más personales (sus mascotas, la imagen de una mujer en su casa, su sofá, su entorno doméstico) para recrear el mundo en que ella vive y en el cual todos podemos creer. Es como una casa de muñecas, un espacio que todos anhelamos, un mundo ideal que nos proteja y nos mantenga a salvo. y simultáneamente nos presenta con el choque de dos mundos, con el mundo interior y el exterior. Sentimos que ya no se puede negar lo que está pasando y su obra pasa así a cumplir una labor de testimonio marcando de alguna manera la crisis personal de una mujer ante la violencia. (En el caso del montaje de la obra "Querido Dios", esta crisis se agudiza a tal punto que no queda sino rezarle a Dios directamente).

Esta es, pues, la tarea que se ha propuesto: cómo decir lo indecible, decir lo más feo con la voz más dulce. Utiliza las imágenes domésticas, los colores azucarados, evocaciones religiosas para mejor contrastar la anarquía, para traducir el dolor y la angustia que vive la sociedad, para llegar así a una imagen entendible. Nos hace ver lo que puede sentir una mujer ante lo desmedido, lo inaceptable que ha invadido nuestra sociedad. Podríamos hacer alusión abierta al gran poeta irlandés, W. B. yeats, "The best have not lost all conviction". En el arte de Ethel Gilmour podemos ver que la convicción todavía no se ha perdido...

Denise Michelsen

Tomado del Folleto: Ethel Gilmour de Uribe

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LA PINTORA REVELACION: ETHEL GILMOUR

UNA POCO CONOCIDA ARTISTA NORTEAMERICANA
QUE HACE MAS DE TREINTA AÑOS SE RADICÓ EN MEDELLÍN,
ES UNA DE LAS SORPRESAS QUE TRAE
LA VIII BIENAL DE ARTE DE BOGOTÁ. 

Frente a una chimenea, con sombrero y guantes para contrarrestar el terrible frío de Carolina del Norte y que la hace extrañar aún más a su Medellín, la píntora Ethel Gilmour habla de su participación en la VIII Bienal de Arte de Bogotá que se inauguró la semana pasada. Lo hace en un español bien particular, mezcla del acento que le da su inglés nativo con un suave canturreo paisa que le viene de haber vivido 32 años en Antíoquia. 

En sus pinturas Gilmour se afana por encontrar "respuestas al problema del sufrimiento y la desesperación". Un día y cielo azul, que ocupa toda una sala del Museo de Arte Moderno de Bogotá, uno de los cinco espacios en donde se exhiben las obras que hacen parte de la bienal, no escapa de esta, su principal preocupación estética. 

A través de varios cuadros Ethel representa lo que puede ser un día cual quiera para ella. Un día en que la violencia y la ternura conviven. Allí está su querido perro Nubes, un pajarito posado sobre un alambrado, un campo amarillo con un mar de fondo pero también un avión de guerra y una diminuta niña atemorizada ante obispos y cardenales. 

Para esta norteamericana de 62 años, que fue expresamente invítada a participar en la bienal por Fernando Escobar (que junto a Ana María Lozano, Jaime Cerón y Fernando Uhía conforma el grupo de curadores que trabajó desde abril en un riguroso proceso de selección) vivir en Colombia le ha significado conocer ambas caras de la moneda. En sus días hay tanto de lo uno como de lo otro, tanto de alegría por la vida como de tristeza y temor por la muerte que ahoga el país al que llegó siguiendo un amor hace más de treinta años. 

Ethel Gilmour, pintora - fotografía por Olga Lucia JordánEthel cumple oficialmente cada cuatro años. Nació el 29 de febrero de un año bísiesto en Cleveland (Ohío) y tiene un hermano gemelo. Hizo su pregrado como Bachelor ín Arts en el Agnes Scottt College en Atlanta (Georgia). Vivió en Boston y Nueva York, trabajó como secretaria y en el Massachusetts General Hospital cuidó niños que padecían extrañas enfermedades. Después de terminar una maestría en pintura y lítografía en el Pratt Instítute, se embarcó rumbo a París. Allí la cogió la efervescencia de mayo del 68, las barricadas y el amor de Jorge Uribe, su esposo. A su lado vivió seis meses en Mallorca y otros seis en Madrid para recalar finalmente en un pequeño apartamento en Ayacucho en 1971. Ese mismo año entró a trabajar en la Universidad Nacional como profesora y sólo hasta ahora volvió a su país de origen para estar una corta temporada al lado de su madre -de 95 años- en una casa sin electricidad y en medio del más crudo invierno. 

La presencia de Ethel Gilmour en esta versión de la bienal que se extenderá hasta el 31 de enero del próximo año es especialmente importante. Además de que hace casi diez años no exponía en Bogotá, Gilmour promete ser un estímulante descubrimiento para aquellos que desconocen su trabajo. 

Como ocurre en Un día y cíelo azul, Gilmour pinta lo que se le presenta, lo que de malo y bueno trae cada día, y ese diario vivir en toda su simplicidad y su contundencia es chocante para muchos, como lo fue el arte pop en sus comienzos. Aunque no hace parte expresamente de esta corriente, a la obra de Gílmour se le suele emparentar
con ella así como se le atribuye un estilo kitsch. Ni lo uno ni lo otro, explica Imelda Ramírez González en Visita, su libro-tesis sobre la pintora publicado por la Universidad Eafit. "Por pintar el aire que respira", como dice ella y no precisa mente por misticismos, su obra ha sido enmarcada en diversas corrientes como pop, kitsch, nave o primitívista -ella preferiría que se conformaran con que lo suyo es de un estilo simple (a veces tengo la impresión que se trata algo así como de una canción de blues- y se ha ganado calificativos como el de atormentada y primitiva panfletaría o el de pintora para señoras. Ella consulta en silencio a sus maestros y responde: "Si Pierre Bonard pudo pintar su perro, su gato, su señora en la bañera y si Van Gogh pintó su pipa, sus flores ¿por qué no hacer una pintura de señoras?".
Supuesta pintura para señoras que actualmente comparte un espacio con artistas como Johana Calle, Beatriz González, Nadin Ospina, Andrés Burbano, Delcy Morelos y Bernardo Salcedo.

Tomado de la Revista Cromos No. 4427, 16 de diciembre de 2002

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Hecha a brochazos

Cuando Ethel Gilmour llegó a Colombia, hace 36 años, venía de Cochabamba, Bolivia, donde era profesora de kinder. Se había enamorado de un colombiano, Jorge Uribe, pintor como ella, y vino a Barranquilla a visitarlo. Pronto decidieron casarse, y cuando Ethel llegó a Medellín la impresionaron al divisar desde la carretera la urbe antioqueña las "luces nocturnas tocando la tierra".

Esta norteamericana de Charlotte, Carolina del Norte, con una maestría en Artes del Pratt Institute de Nueva York, se involucró con Colombia, su país adoptivo, a través de la pintura -"siempre estoy trabajando sin pensar en qué destino va a tener mi obra"- y de las clases que dictó durante muchos años en la Universidad Nacional de Medellín. Ha enseñado a varios alumnos en su propio taller y, eso sí, "los veo cada mes para observar cómo van".

Quienes conocen a Ethel de cerca destacan sus vestimentas originales y sus sombreros como una clara muestra de su excentricidad. A la pregunta sobre este calificativo, responde: "No sé, no creo ser una persona excéntrica, soy una persona del común que barre, trapea y pinta. Y uso sombreros porque me protegen del sol, lo que hace que la gente me mire como si fuera loca, pero no sé por qué aquí no se Ileva todo el tiempo sombrero. También me gusta la ropa bonita y los trapos raros, de allí quizás salga el calificativo de excéntrica".

Imelda Ramírez es una de las críticas que mejor ha logrado definir su obra, en su libro La visita, editado por Eafit: "Visita es para el lector un recorrido por la obra-casa-taller de la artista, y una invitación a recorrer la historia de un país que va desde las cafés imágenes precolombinas hasta los negros rostros enmascarados de la mafia y los verdes campos de las montañas y los mares'.

Algunos cuadros como el llamado 'Que la virgen los acompañé' son "parte de una serie de la época tan difícil que vivió Medellín, yo expresaba cómo la violencia nos estaba tocando a las mujeres, aparecemos en este cuadro Jorge y yo en la cama, y alrededor de nosotros las montañas'". El año pasado hizo una instalación en el Museo de Antioquia Ilamada 'El pueblo y el guayacán; alrededor de este árbol, en cuadros que reposaban bajo un cielo diáfano que le trabajó Libardo Ruiz, en una atmósfera que Ethel define como "muy pacífica, muy hermosa".

Tomado de la Revista Fucsia No.85, agosto de 2007

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Bailando bajo la lluvia

por Imelda Ramírez G., Medellín

Ethel Gilmour nació en un año bisiesto en compañía de David, su hermano mellizo, condiciones que, según ella, bastaban para tener una biografía especial. Su juventud transcurrió en el sur de los Estados Unidos, donde la tradición de relatos fantásticos y de historias terribles en las que se entremezclaban la ternura y la violencia —entre guerra y esclavitud— moldeó en ella una sensibilidad profunda por el dolor humano, pero al mismo tiempo, por todas aquellas respuestas solidarias que los seres humanos desarrollamos para conjurarlo y contrarrestarlo.

A lo largo de su vida y con un trabajo persistente, Ethel construyó una pintura poética y visualmente rica. Se formó en Arte y Literatura en el Agnes Scott College, en Atlanta, y realizó luego una maestría de Pintura en el Instituto Pratt de Nueva York, que complementó con estudios en París. Sus años de formación, durante la controvertida década de los 60, también marcaron su trabajo artístico: al lado de su maestro, el profesor George McNeil, Ethel recibió el legado del modernismo de Hans Hoffmann y de Clement Greenberg, fundamentado en una pintura que, una vez desprovista de toda pretensión narrativa y social, se hacía valer por la expresividad de los colores sobre la superficie del lienzo. Al mismo tiempo, también como su maestro, Ethel experimentó los límites de ese formalismo, y trabajó contra la corriente para retomar una figuración que respondiera a necesidades vitales y no solamente formales, aunque, en principio, pareciese un ejercicio torpe, como sucedió con los trabajos de Philip Guston, de Jean Dubuffet o de Francis Bacon, a quienes ella admiraba.

En esos años de estudio y trabajo en París, Ethel viajó a Rusia con una excursión de estudiantes, en la que conoció al arquitecto y artista Jorge Uribe, más tarde su esposo. Instalada en Medellín, Ethel ingresó como profesora a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional y junto con otros artistas conformó el grupo fundador de la carrera de Artes de dicha institución. Aprendió de su nueva cultura pintando con sus estudiantes: en los pueblos, en los objetos cotidianos y en los espacios domésticos apacibles encontró un nuevo color y un nuevo paisaje y, con ellos, fue configurando una poética de lo cotidiano que, muy pronto, resultó sacudida por la violencia.

A comienzos de 1980, un comando guerrillero tomó como rehén a un grupo de diplomáticos reunido en la Embajada de la República Dominicana, en Bogotá. Ethel registró la noticia en su pintura: puso sobre la cama una revista con el anuncio del acontecimiento, mientras desayunaba junto a Jorge y a sus queridos perros Pierre y Madame. Desde entonces, en casi todas sus pinturas e instalaciones, la guerra colombiana se hizo presente, con toda la crudeza de sus heridas, las mismas que ella sabía matizar con la ternura y la humildad de lo cotidiano y con una gran dosis de humor.

La pintura para Ethel era una manera de vivir. Con gran maestría en el oficio, lograba hacer de los actos y de los hechos cotidianos, muchas veces poco gratos, imágenes llenas de poesía, de justicia y de reparación simbólica. Con autodeterminación y sin temor de ir contra la corriente, su pintura contribuyó al encuentro del arte con esa poesía de lo real y de lo cotidiano tan cara a los artistas contempéranos, y lo hizo desde su vida como mujer y como colombiana por adopción, en medio de una guerra que desde hace muchos años ella venía pintando y narrando calladamente, desde una perspectiva humana, diferente a la de los informes con cifras y a los partes oficiales.

Al rememorar la vida de Ethel, su hermana recordó una frase que bien podría caracterizar la vida y la obra de esta gran artista: "La vida no es para sentarse a esperar que pase la tormenta sino para tener valor de bailar bajo la lluvia". Esta frase sencilla, a mi modo de ver, nos recuerda el universo creativo y la obra de esta gran pintora.

Tomado de la Revista Arcadia No.38, noviembre de 2008

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Medellín le rinde Homenaje a la artista

por Angélica Cervera Aguirre

Hasta el 31 de octubre de 2010 la muestra que ilustra el talento de la estadounidense, en el Museo de Arte Moderno.

"2:00 de la tarde, siesta. Tiroteo en la calle, bala perdida. Quebró la ventana, no pasó nada. Oh Dios", escribió la estadounidense Ethel Gilmour en una de sus obras, de las muchas que con dolor de patria (colombiana) creó por más de 35 años en Medellín.

Mostrando su debilidad por las flores, la naturaleza y los animales, trastocada por la violencia del país que le dio el amor de su vida y sintiendo esa necesidad de contar episodios de guerra a través de su pintura, esta artista conformó uno de los grandes archivos documentales de Colombia, legado que, casi dos años después de su muerte, se exhibe en el Museo de Arte Moderno de Medellín.

"Siempre sintió dolor por la ciudad, por la destrucción en la que se encuentra", recuerda su esposo, Jorge Uribe.

Ese dolor la llevó a crear obras en pequeño y gran formato, en las que presenta, a su manera, temas como el Plan Colombia entre una flor roja rodeada de muertos; la masacre de Bojayá pidiéndole socorro a Nelson Mandela; los 10 años de la avalancha de Armero en un cuadro lleno de cruces y el dolor de los desplazados rodeados por armas, y otras que contrastan con los grandes guayacanes, los cuadros con ovejas, perros, gatos y loros, que se pueden ver en la misma sala, pues hacen parte de la muestra central.

"De estas obras -unas que se encontraban en la casa de Uribe y otras que hacen parte de colecciones particulares-, la que más me gusta es La muerte de Galán. Hace mucho tiempo no la veía, me gusta porque recuerdo muy bien el momento que ese cuadro, que era sobre la violencia, terminó siendo sobre la muerte de este personaje", dice Uribe.

En una sala contigua, la parte más íntima de Ethel se revela. Los dibujos anatómicos con los que ilustraba su enfermedad; la trenza que colgó de su cabeza por años, ahora encerrada en un cuadro junto a la pintura de una rosa, agradeciéndole a Colombia y a su esposo, y la pintura que hizo luego de ver el mar por última vez.

Su última obra, que empezó a construirse dos años antes de su muerte, una serie de personas desnudas, secuestradas y rodeadas de alambres, a las que, con el tiempo, les cubrió los rostros de negro, y terminó bautizando 'cáncer'.

"Ella tenía muy presente su destino, y eso a veces se le interponía en su trabajo como artista, por eso también se exponen aquí aquellos objetos que hicieron parte de sus últimos días, ente ellos, un libro que ella escribió sobre el cáncer", dice Imelda Ramírez, curadora de la muestra.

Finalmente, aparece ella, en una serie de documentales y entrevistas realizados por un grupo de la Universidad Eafit, que trabajaron con Ethel desde el 2005, y hoy le rinden este homenaje.

"Así queremos recoger su experiencia y dejársela a las nuevas generaciones. Fue una gran docente, dedicada a sus alumnos. Tuvo una visión importante de la sociedad colombiana, miraba el conflicto desde los vulnerables. Cuando entraba a su casa no se le olvidaba lo que pasaba afuera", explica Ramírez.

Tomado del periódico El Tiempo, 23 de agosto de 2010