Leonel Gongora

pintor

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Góngora - Colombiano errante

por Fausto Panesso

Amherst, Massachusetts, es una ciudad extraña. Si no lo es ella misma, al menos es un lugar en donde pasan cosas extrañas. Porque Amherst es una ciudad estudiantil, habitada por una población flotante de cabellos al viento y alma de bluejean, durante la mayor parte del año. Cuando llega el verano, la universidad de Massachusetts y el colegio cierran sus puertas. La ciudad se desocupa, y los fantasmas de antiguos pobladores parecen salir de sus viejos caserones a pescar un poco del escaso viento, o a ver los amaneceres, que tienen fama de ser de los más bellos de Norteamérica, "Venga a nuestra ciudad si quiere ver de verdad un otoño", dice el eslogan de uno de sus hoteles, y tiene muchos para albergar esa población flotante de muchachos que vienen no sólo de todo el sur de los Estados Unidos sino de todos los confines del mundo, incluyendo Europa y el Oriente. En la habitación 30 del Lord Jeffery Hotel, que lleva ese nombre en honor del fundador de la ciudad, está alojado desde comienzos de este 1991 el pintor Leonel Góngora. Todavía tiene el frío del invierno instalado en su cuerpo, sin que la primavera pueda disolverle aquel hielo que le corrió por las venas cuando un vecino lo llamó a Colombia a informarle que su casa, construida en el año setenta, había explotado de frío y estaba en ruinas...

"La Catedral" llamaba él a su estudio, porque tenía tres pisos. Se encontraba a cinco millas del pueblo, junto a un lago rodeado de bosques. Y es que desde el año 52, cuando Góngora salió del país, su vida se convirtió en un pasaporte errante que incluye Estados Unidos, Europa, México, viviendo en muy distintos lugares por largas temporadas, definitivas en su trabajo. Y fue sólo en Amherst donde se decidió a poner la primera piedra de su casa propia hace veinte años; y duró tres construyéndola él mismo. Todos los objetos acumulados en una vida andariega estaban entre sus muros. Y también una suntuosa colección de arte latinoamericano. Una colección como sólo puede poseerla alguien que ha sido querido por los artistas, que es artista él mismo, y que se ha pasado la vida trabajando y conversando con ellos. Allí organizó, recién terminado su gigantesco estudio, la primera exposición no oficial que entró a los Estados Unidos y que incluía los nuevos monstruos del arte latinoamericano: Rufino Tamayo, Fernando Botero, Claudio Bravo, junto con otros nombres del arte de México, país donde Góngora se fraguó como pintor, donde vivió de forma ininterrumpida por más de quince años y donde llegó a ser un hijo adoptivo y de primera línea de la nueva figuración mejicana.

Y todo eso se lo tragó el invierno. El sistema de calefacción no fue suficiente para que las cañerías no se congelaran. Entonces se represó el agua, que devolvió el torrente como si se tratara de una bomba líquida, arrasándolo todo, inundando y desplomando paredes, incluso algunos techos.

La noticia le llegó a Bogotá cuando pintaba la serie "El pintor secreto a la búsqueda de la obra maestra desconocida", que este abril exhibe la Galería Diners. Hablamos en el cuarto de hotel en donde se ha instalado intentando salvar lo que pueda de ese gran pedazo de su vida. Desde su ventana se puede divisar la casa donde nació, vivió y murió Emily Dikinsson sin abandonarla nunca, sin que traspusiera el quicio de la puerta jamás: uno de los más respetables fantasmas de Amherst, voz mayor de la poesía norteamericana, que sólo publicó en vida (en esa vida extraña de muerta-viva) cuatro poemas. Pero también al frente de su hotel hay fantasmas que lo han mirado y que no tienen, como la Dikinsson, ciento cincuenta años. Me refiero al del muchacho que se inmoló en plena plaza, convirtiéndose en una tea humana horrorizante, para protestar por la guerra del Golfo, y que a Góngora le tocaría ver con vertido en cenizas humeantes tan pronto llegaba de afrontar su propio desastre.

No puedo menos que preguntarle cómo afecta una situación como esta a su propia obra, a él, que como pintor se ha pasado la vida en un análisis voraz y fascinado del cuerpo humano' progenitor de una raza de mujeres nocturnas, eróticas, que defienden con su cuerpo muchas de sus posiciones de artista.

"Todo influye a una obra como la mía. Pero la mía ha sido ante todo una pelea con y por la pintura. Al comienzo nos enfrentamos al arte abstracto, al action painting, al expresionismo, que estaba tomándose el mundo. Nosotros abogábamos por un regreso a la figura, pero a una figura llena de bases plásticas y humanas. Eramos latinoamericanos y hacíamos una pintura para nosotros, pero con bases universa les. Una línea que venía desde Goya y que sentíamos como su continuidad en América, con Orozco. Estábamos rescatando nuestra identidad, nuestro color, nuestra tierra. Y fíjese usted cómo todo es una cita extraña. Nuestras primeras exposiciones se llamaron 'La guerra y la paz', y treinta años más tarde, al entrar al hotel, encuentro que con este ser que se inmola, el drama del hombre sigue siendo el mismo...

"Mi exposición en Diners es de diecinueve dibujos en blanco y negro que incluyen, además, cinco pinturas en formato gigante de la misma serie. Es que yo no he pintado nada distinto de lo humano. El ser humano en batalla permanente, sin descanso. Fíjese cómo hoy día la batalla de los sexos está ahí.  La gran pregunta de lo que se es como hombre y de lo que se es como mujer, nos habita a todos. Una guerra de fin de siglo en donde el sexo es casi un andrógino que anda suelto por él mundo. Una lucha del ser buscando siempre, sin descanso, su identidad. Yo he andado tanto que ya no creo que haya nacionalidades, que la verdadera lucha es la del ser humano consigo mismo. Somos todos habitantes confundidos de un hotel al que llamamos mundo...

"He pintado siempre mujeres, obsesivamente, porque para mí la respuesta inicial no está contestada. Es el encuentro de un ser con otro ser. Todo lo que eso presupone no está para mí contestado. El mundo de los afectos, el mundo de las relaciones, sigue siendo caótico. Han pasado mil años y el ser humano no sabe cómo resolverlos, siguen siendo su problemática básica. Piense que una palabra como ternura todavía es sospechosa, cuestionable. Y ni pensemos en libertad, cuando se habla del arte y el artista. Eso es peligrosísimo. Debe estar siempre el artista controlado por centros de poder, así es más cómodo. Mientras que en el mundo se tiene libertad de hacer otras cosas, como esta guerra absurda que lleva a un joven de veinte años a morir carbonizado en una plaza porque su vida es la única forma de protesta que posee".

Lo dije al comienzo. Amherst es una ciudad extraña donde el horror, la juventud, la muerte y la poesía conviven bajo el mismo cielo. Leonel Góngora lo sabe, y en la habitación 30 de su hotel escribe poemas uno tras otro, quizás parque no tiene demasiado espacio para dibujar, o porque esas cenizas a las que le tocó enfrentarse de pronto, le impiden evocar un cuerpo humano que ha fundado como un territorio en donde reina Eros absoluto. En todo caso es como si cumpliera una sombría cita.

Tomado de la Revista Diners No. 253, abril de 1991