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David Manzur pintor |
Recuento |
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por Lucía Muñoz Ortiz Es amante de Vivaldi, de la ópera, del canto gregoriano, del jazz y admirador furibundo de Greta Garbo. Es un apasiona do de los computadores, de los equipos de vídeo, de la naturaleza, odia ir al odontólogo, pinta diez horas diarias y diseñó la moneda de 500 como homenaje a un árbol de Guacarí. Su inteligencia felina atrae y su fascinante charla lo convierte, definitivamente, en un personaje fuera de lo común. Es experto en historia del arte, en temas científicos, sabe de música, de cine, de ovnis, y en general, es un artista que, aunque pasa meses con centrado en su estudio, sigue siendo "tocado" por el mundo que lo rodea. Y es que David Manzur se conmueve con la difícil situación por la que atraviesa el país, se conmueve por un árbol que cortan en la esquina, por un perro atropellado, se conmueve al escuchar una pieza de Jessie Norman o un bolero de Pedro Vargas y se conmueve cada vez que va de visita a Neira, su pueblo natal. No hay rayo divino No puede determinar en qué momento decidió ser pintor. Desde pequeño dibujaba aviones y barcos creyendo que así los hacía suyos, además, su mente infantil fue alimentada por viajes, barcos y exóticos paisajes, gracias a que su padre, libanés, se enamoró en Neira de su mamá y cuando él tenía tres años se trasladaron a Guinea Ecuatorial. Su vida no se detuvo en Guinea, al lado de su familia, como hubiera sido lo lógico. Lo internaron en un colegio de monjes claretianos en Las Palmas de Gran Canaria, España. Allí se la pasaba vagando por los pasillos y conversando con las estatuas de los santos. De aquel colegio no salía ni en vacaciones, así que se quedaba solo, siempre con sus amigas las estatuas. Esta era una situación normal para él, no conocía otra cosa y no se traumatizó. "Cuando me llevaban a mi casa lo único diferente era que comía mejor, con los claretianos comíamos zapato hervido y enogua con támara por la guerra". La ironía era que con los monjes comía muy mal pero vivía rodeado de imponentes pinturas de Velásquez, Goya y Zurbarán. "Siempre lo he dicho: no había salchichas pero conocía a Velásquez". El niño de entonces tampoco se ubicaba geográficamente, África era un lugar donde sencillamente comía mejor y en el que había un barco encallado donde él jugaba cuando la marea bajaba. Se quedaba allí largos ratos hasta que la marea subía. "En sus hierros oxidados me perdía. Yo jugaba a ser el capitán de ese barco muerto". De Neira sabía lo que su madre, doña Cecilia Londoño, una artista de teatro y poetisa, le pintaba. Para él Neira era toda América y sólo cuando regresó a Colombia -tenía 17 años- conoció el pueblo que su madre convirtió por obra y gracia de las palabras "en el país del arco iris". A los 21 años viajó a Estados Unidos y allí conoció a una viejita judía que lo llevó a descubrir qué era un hogar, qué era una Navidad. "No sabía que la bondad, la riqueza y ese amor existían. Fue un impacto el que recibí, por eso quiero a los árabes pero también siento un gran amor hacia los judíos". En Nueva York estudió en el Art Students League y en el Instituto Pratt. Siempre fue disciplinado, siempre entregado y jamás ha creído en la inspiración. "No hay rayo divino, pintar es una sucesión de hechos analíticos que se van corrigiendo. Cuando pinto me demoro, el cincuenta por ciento del tiempo encuentro tropiezos, me autocritico, borro... trabajar es una batalla". Guanábana sensual Sus amigos saben que así como domina el tema musical también es un experto en astronomía, carrera que siguió durante un año cuando vino el derrumbe de la pintura abstracta expresionista. "Me dio tan duro que renuncié al arte y me matriculé en una escuela de astronomía, duré un año metido en ese cuento". Le tiene pavor al odontólogo, se corta el pelo él mismo y se distrae montando en cicla o veleando en Tominé. Si alguien quiere sorprenderlo gratamente, nada mejor que regalarle guanábanas, fruta que le encanta, entre otras razones por que su forma le parece sensual. Los computadores, los equipos de vídeo, el mundo de Jacques Costean y de Carl Sagal lo fascinan. También el cine lo apasiona, incluso diseñó el afiche del XIII Festival de Cine de Bogotá que se lleva a cabo entre el 3 y el 11 de septiembre y donde recrea a Greta Garbo, diva que siempre lo ha fascinado y a la cual conoció un día de junio de 1964 mientras caminaba por Nueva York. "Yo iba para el médico porque el polen de las flores en verano me ponía mal, de pronto vi a una vieja de tenis, abandonada, de pelo canoso, de ojos azules que me impresionaron, se veía arruinada pero su perfil seguía igual, al verlo la reconocí. Ella vio que yo la iba a abordar y trató de evadirme mirando una vitrina, al fin se detuvo y me dijo: ¿no le parece demasiado?" -Qué mujeres colombianas lo impresionan? -Gloria Zea, Noemí Sanín. -La mayoría de artistas prefieren Europa o Estados Unidos para vivir, usted por qué escogió a Bogotá? -No hay en el mundo un clima mejor para pintar que el de Bogotá, además, le pregunté alguna vez a Carlos Buchhols por qué estaba aquí y él me contestó: porque aquí están los problemas. De alguna manera a mí me ocurre lo mismo. -Qué lo llevó a diseñar la flor que identifica la campaña "Unidos por la paz"? -El padre Arango, jesuita, le pidió a varios colombianos que dieran una fórmula para conseguir la paz en Colombia, cuando me lo preguntó a mí yo le escribí una carta bastante pesimista, y cuando Yamid Amat la leyó, me dijo que tenían que existir caminos más amables, fue entonces cuando me comisionaron para que hiciera el símbolo. Hice nueve posibilidades y de ahí escogieron la flor. Es hora de dejar al maestro porque él mismo reconoce que su día ha sido improductivo por culpa de esta entrevista y un agradable almuerzo al que lo invitó Lina Botero; sin embargo, antes de terminar comenta: "Hay algo que sí quiero que cuente y es que estuve en la Universidad de Callos y allí conocí un plan que tienen para devolverle a los ríos las orillas reforestadas teniendo en cuenta la zona vegetativa, me llena de orgullo que el departamento mío sea el abanderado de este programa, obviamente, lo que hace falta es plata y quiero creer que aparecerá gente que los apoye económicamente porque esto nos interesa a todos". Así es David Manzur, un artista gran de, pero más allá, un hombre sensible a lo cotidiano. sensible a lo simple, sensible a la vida . Tomado de la Revista Alo, No. 212, septiembre 18 de 1996 |