MandDiners.jpg (34786 bytes)

David Manzur

ManDrd05.jpg (23366 bytes) VEA:
Recuento

Pau Llosa
Eduardo Serrano

EL CRISTO DE MANZUR

David Manzur conoce el lugar exacto donde misteriosamente se dan cita el dolor y la belleza. He ahí el sentido del inapreciable enigma que habita y anima su pintura. Tal vez por eso los rostros y los cuerpos que pueblan sus obras, hayan estado obscenamente asediados por unas moscas de pesadilla, gigantes, proféticas, orgiásticas y desvergonzadas, cuya misión parece ser denunciar a la

belleza como un género sutil de la desdicha. Después de entrar en el ritual pictórico de David Manzur, cual­quiera camina más ligero hacia la implacable nación de las grandes y bellas pesadillas. Pero él las dignifica con una hermosa comprensión del hombre y de su significado inabarcable. Las pesadillas de Manzur son grandes monstruos que afinan la ternura.

David Manzur nunca había pin­tado un Cristo en su vida de obse­so, de místico del arte y de la vida, y mucho menos había aceptado que na­die, importante o fútil, mercachi­fle o periodista, crítico ó saltim­banqui, le enco­mendara ni si­ quiera un trazo. Ha acometido muchas veces la eterna batalla entre el bien y el maI con su Sebastián de siempre que lucha contra los dragones. Había asediado tantas veces los universos místicos, los arrebatos de luz eterna y las luces y las sombras de los conventos de cartujos, dominicos y franciscanos. Pero nunca el gran pintor del país, el maestro de la figura humana en la pintura colombia­na contemporánea, se había atrevido a pintar el rostro de El, del Señor de la vida y de la muerte.

Pero allí en su estudio que se asoma a todas las luces de la ciudad, un atardecer, acompañado de su amigo el ex presidente Betancur que recibe del maestro cla­ses de pintura, David Manzur tuvo la visión de un Cristo que en el arte universal viene de Jerusalem, pasa por el arte copto de Egipto, entra a Grecia y a Bïzancio,

llega al renacimiento italiano y después a la pintura francesa y española. La complicidad del ex presidente Belisario Betancur, de nuevo enamorado de una mujer y de sus lecciones de arte, quizá haya sido definitiva para que Manzur entrara en el ritual y en el desgarra­miento interior de pintar por primera vez un Jesús suyo, con la fuerza interior de un creador nacido en el Quindío colombiano, educado en Africa y cultivado en los conventos españoles repletos de santos. Pero cuan­do él lo decide, se embarca en su empresa con una trascendentalidad dionisíaca, con festiva seriedad sien­te que cada uno de sus brochazos de excepción puede empeorar o mejorar el universo.

Así nació este Cristo que ilustra la carátula de la Revista Diners: Un Cristo de Manzur pintado exclusi­vamente para la Revista Díners. Un Jesús colombiano

y latinoamérica­no. Cristo nues­tro, de barriada y masacre, de fango, atropello e injuria. Cristo a la medida de los hombres, los que le adoramos pero lo vende­mos. Cristo sin concesiones, sin aditamentos, sin agentes de pren­sa, sin ningún boato.

En este universo de la perversión moderna y de consumo donde

nadie se muestra ya sin maquillaje, David Manzur, investigador del arte cristiano desde su ortodoxia ori­ginal hasta sus tentaciones coptas, gnósticas y paganas, encontró finalmente su inspiración en un campesino elemental que era amigo suyo y sabía lo que decían Ias estrellas y lo que murmuraba el río y al que le impor­taba poco si Manzur era o no una personalidad. Así pintó nuestro Cristo de portada, desplazado y sobre todo aguardando aún que le demostremos con accio­nes la verdad de nuestras plegarias. Cristo acuchillado con cada acuchillado, Cristo que sigue llorando y sigue esperando con la ilusión de que en los próximos dos milenios no volvamos a traicionarlo.

R.D.

Tomado de la Revista Diners No.357 de diciembre de 1999