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David Manzur |
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VEA: Recuento |
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EL
CRISTO DE MANZUR David
Manzur conoce el lugar exacto donde misteriosamente se dan cita el dolor
y la belleza. He ahí el sentido del inapreciable enigma que habita y
anima su pintura. Tal vez por eso los rostros y los cuerpos que pueblan
sus obras, hayan estado obscenamente asediados por unas moscas de
pesadilla, gigantes, proféticas, orgiásticas y desvergonzadas, cuya
misión parece ser denunciar a la belleza
como un género sutil de la desdicha. Después de entrar en el ritual
pictórico de David Manzur, cualquiera camina más ligero hacia la
implacable nación de las grandes y bellas pesadillas. Pero él las
dignifica con una hermosa comprensión del hombre y de su significado
inabarcable. Las pesadillas de Manzur son grandes monstruos que afinan
la ternura. David
Manzur nunca había pintado un Cristo en su vida de obseso, de
místico del arte y de la vida, y mucho menos había aceptado que
nadie, importante o fútil, mercachifle o periodista, crítico ó
saltimbanqui, le encomendara ni si quiera un trazo. Ha acometido
muchas veces la eterna batalla entre el bien y el maI con su Sebastián
de siempre que lucha contra los dragones. Había asediado tantas veces
los universos místicos, los arrebatos de luz eterna y las luces y las
sombras de los conventos de cartujos, dominicos y franciscanos. Pero
nunca el gran pintor del país, el maestro de la figura humana en la
pintura colombiana contemporánea, se había atrevido a pintar el
rostro de El, del Señor de la vida y de la muerte. Pero
allí en su estudio que se asoma a todas las luces de la ciudad, un
atardecer, acompañado de su amigo el ex presidente Betancur que recibe
del maestro clases de pintura, David Manzur tuvo la visión de un
Cristo que en el arte universal viene de Jerusalem, pasa por el arte
copto de Egipto, entra a Grecia y a Bïzancio, llega
al renacimiento italiano y después a la pintura francesa y española.
La complicidad del ex presidente Belisario Betancur, de nuevo enamorado
de una mujer y de sus lecciones de arte, quizá haya sido definitiva
para que Manzur entrara en el ritual y en el desgarramiento interior
de pintar por primera vez un Jesús suyo, con la fuerza interior de un
creador nacido en el Quindío colombiano, educado en Africa y cultivado
en los conventos españoles repletos de santos. Pero cuando él lo
decide, se embarca en su empresa con una trascendentalidad dionisíaca,
con festiva seriedad siente que cada uno de sus brochazos de
excepción puede empeorar o mejorar el universo. Así
nació este Cristo que ilustra la carátula de la Revista Diners: Un
Cristo de Manzur pintado exclusivamente para la Revista Díners. Un
Jesús colombiano y
latinoaméricano. Cristo nuestro, de barriada y masacre, de fango,
atropello e injuria. Cristo a la medida de los hombres, los que le
adoramos pero lo vendemos. Cristo sin concesiones, sin aditamentos,
sin agentes de prensa, sin ningún boato. En
este universo de la perversión moderna y de consumo donde nadie
se muestra ya sin maquillaje, David Manzur, investigador del arte
cristiano desde su ortodoxia original hasta sus tentaciones coptas,
gnósticas y paganas, encontró finalmente su inspiración en un
campesino elemental que era amigo suyo y sabía lo que decían Ias
estrellas y lo que murmuraba el río y al que le importaba poco si
Manzur era o no una personalidad. Así pintó nuestro Cristo de portada,
desplazado y sobre todo aguardando aún que le demostremos con
acciones la verdad de nuestras plegarias. Cristo acuchillado con cada
acuchillado, Cristo que sigue llorando y sigue esperando con la ilusión
de que en los próximos dos milenios no volvamos a traicionarlo. R.D. Tomado
de la Revista Diners No.357 de diciembre de 1999
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