David Manzur

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En el taller de Manzur
por Maria Paulina Ortiz
La Revista de El Espectador, 15 de septiembre de 2002

Una bandera colombiana cuelga del andamio. El pintor David Manzur acaba de bajarse para descansar de su rutina de catorce horas diarias de trabajo. En un par de meses estará listo el cuadro que tiene en proceso. Un San Sebastián, variación número doce, tema en el que ha trabajado durante los últimos quince años.

Vestido con un overol manchado de todos los colores, el maestro explica que este cuadro -de tres metros de alto- marcará el final de una etapa y el principio de otra. A partir de él espera dar un giro completo, empezar a ofrecerle más libertad a su pincelada. "Creo que he llegado a un momento de madurez dentro de mi obra y siento la necesidad de expresionismo, de alterar la proporcionalidad de las formas", dice Manzur, mientras camina por su estudio ubicado en el piso trece de un edificio del sector de Rosales, al norte de Bogotá. 

Allí pinta desde 1993, precisamente desde cuando tuvo que trastearse de su primer estudio tras ser víctima de un robo. En aquella ocasión los ladrones entraron a su taller y, además de llevarse seis cuadros terminados, lo obligaron (con una pistola clavada en la nuca) a firmar una pintura que aún no había finalizado. David Manzur, 1993, plasmó el maestro. Por razones que aún desconoce, aquel cuadro fue dejado por los atracadores en la mitad de la calle. Es el mismo que ahora está en su bastidor. Manzur decidió terminarlo, borrarle aquella firma, como muestra de lo que todos los colombianos deben hacer con las huellas dejadas por la violencia: reemplazarlas por algo mejor. 

Antes de que fuera invitado por el gobierno pasado a participar en los diálogos con la guerrilla, como miembro del comité temático, David Manzur tenía la idea de irse a vivir a los Estados Unidos, país en el que se siente como en su casa, como en su Caldas natal. Sin embargo, la experiencia vivida en San Vicente del Caguán lo acercó más a la realidad colombiana. Hoy es un optimista sin remedio. Un convencido de que el conflicto del país no puede ni debe resolverse por medio de la guerra sino del diálogo, de concesiones venidas de parte y parte. Manzur se quedó definitivamente en Colombia. Tanto que dentro de poco estrenará taller. Al tiempo que explica las virtudes de su andamio y señala los lugares donde están las dos cámaras que lo graban día y noche durante sus largas jornadas (con el fin de dejar un testimonio de su obra y de su proceso de trabajo), Manzur cuenta que muy pronto estará listo el estudio que construyó en Barichara, Santander. Cerca de la casa de su amigo el ex presidente Belisario Betancur. 

Ccuando habla de la guerrilla, del 11 de septiembre y las torres caídas, los asuntos técnicos de su estudio o de la Bogotá que puede verse a sus anchas desde su terraza, a David Manzur le fluyen las palabras. No es así cuando habla de su obra. "Yo tuve un taller de pintura y hablé mucho, pero de esto hace muchos años. Ahora ya no hablo, y al tener que expresar oralmente lo que he vivido en silencio, pues... pierdo un poco el sentido de las palabras. Uno trabaja con cierta tranquilidad y disciplina, pero en el fondo hay algo que quiere explotar". Manzur se refiere a que a pesar de que hay períodos en los que el artista se ajusta a la forma y a la precisión, con una aparente frialdad, llega un momento en que quiere romper con esto para ir tras una manera más emotiva y explosiva de trabajar. "Esto es el expresionismo que ahora busco. Quizás es un impulso que obedece a un querer gritar... es como quien pide auxilio", dice. Y luego calla. Por eso presiente que tan pronto termine el San Sebastián que hoy ocupa su atención vendrán formas diferentes. Presiente, apenas. En el camino todo puede cambiar. 

En su taller no se nota cuando la luz del sol empieza a desaparecer. Un sistema automático de iluminación le permite contar con la claridad del mediodía a cualquier hora. Las luces artificiales van prendiéndose mientras la natural se va despidiendo. Todo está controlado para que cuando el maestro se dedique a pintar nada lo perturbe. Resulta un privilegio entrar a su estudio, mucho más en estos días cuando no se despega ni un solo minuto de su trabajo. Está afanado por terminar ese cuadro, tal vez por el entusiasmo de enfrentarse al nuevo reto que lo espera. Por eso dudó en participar en la actual exposición de artistas colombianos en conmemoración de los hechos del 11 de septiembre en Nueva York. Pero al final participó con una obra: dos paneles blancos con dos flechas que se revientan. "Es un aporte más filosófico que visual". 

Su más reciente exposición individual la realizó en mayo del año pasado en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Muchas otras muestras están en proyecto, pero le duele la cabeza de sólo pensar en su organización. En la de Bogotá, Manzur contaba con que los dueños de las obras las prestaran para la exhibición, pero no fue así. Comprendió entonces que necesitaba tener una amplia colección personal si quería cumplir con las invitaciones que en diferentes países -como Chile, Perú, Costa Rica y México- le hacen para que exponga sus obras. Y eso sí que se va a llevar su tiempo. David Manzur no es de los que corre con el pincel. Él se toma con calma cada cuadro. De hecho el San Sebastián que ahora pinta, el mismo que le intentaron robar en el 93, lo acompaña desde 1987. Y es posible, sólo posible, que esté terminado en dos meses.

Tomado de La Revista, de El Espectador, No.113, 15 de septiembre de 2002