David Manzur

pintor

 
 

VEA
COMENTARIOS:

El Cristo Unicornio

Fausto Panesso

Pau Llosa Eduardo Serrano

Recuento

   

 
   

Uno de los grandes del arte colombiano se confiesa. Aquí están el cómo, el porqué y el cuándo de su obra.

por Fausto Panesso

 

A uno se le vienen a veces situaciones que lo marcan para siempre. Mi primer impacto visual, el primer estremecimiento que tuvo que ver con el arte, lo sentí de niño al encontrarme con esas interminables procesiones de Semana Santa en mi pueblo. Ver esas figuras rígidas avanzando sobre mi cabeza, era una mezcla de maravilla y terror! Qué miedo y qué atracción me causaban aquellas figuras de palo vestidas con esa triste majestad que dan los terciopelos y las telas brillantes. Eran un flechazo al alma de mis tres o cuatro años, y el asombro fue mayor si le sumas que muchos años más tarde las volví a encontrar, no ya en un rito lejano y misterioso, de "carne y hueso",que era la procesión, sino cuando descubrí la pintura flamenca del primer período. Ahí estaba de nuevo todo ese encanto, toda esa ingenuidad de lo que hacemos en los pueblos nuestros. Eso eran los Van der Weyden y los Van der Goes, la posición del hombre frente al misterio, del hombre ante lo mágico. La posibilidad de huir un poco de la prisión de la lógica, y creo que esa es la base de todo artista como búsqueda. En eso se basa su patrimonio conceptual.

Y ahí está también el otro recuerdo. Fue la primera vez que vi un muerto. Era muy niño, y mi infancia fue una colección de ir de aquí para allá: barcos y lugares distintos. En Argel vivíamos al lado del mar, en una pequeña casa muy pobre. Pero yo tenía un juguete inmenso: un viejo barco encallado que dormía al frente. Era bello. Era evocativo. Yo no sabía qué era la belleza, analíticamente, pero sabía que ahí estaba... me atraía... me llamaba, y yo iba a ella. Esperaba que la marea bajara y me quedaba horas allí, hasta que la marea subía. Entre sus hierros oxidados me perdía de mi madre, de mi hermano, del mundo entero.

Entonces yo jugaba a ser el capitán de este buque muerto, y lo recorría yendo cada vez un poquito más adentro. Un día, nadando dentro de un compartimiento, me encontré de frente con un esqueleto. Estaba como recostado, y en vez de cráneo tenía una esponja verde por cabeza. Eran como las cuatro de la tarde, y yo me quedé mirándolo. No sentí miedo, y casi que me daba miedo no sentir miedo. Por que lo que veía era una forma de belleza totalmente desconocida. Me estremecí porque ahí lo que veía era algo nuevo. Tuve conocimiento de la forma de la soledad más absoluta. Sólo sé que a partir de ese momento, entré en otra dimensión con los ojos muy abiertos. El capitán, mi juego preferido, murió, y con él mucho del niño que había en mí. Y aún hoy, carajo!, siempre que trabajo un cuadro, vuelve a aparecer esa maldita forma una y otra vez. Y créeme, no sé por qué me sigue persiguiendo esa forma esponjosa, unida a un cuerpo rígido, a la que yo visto teatralmente como una figura de procesión. Es como si de mi propio almacén de imágenes visuales, estos dos retazos de infancia siempre se las hubieran arreglado para seguirme habitando, para perseguirme por siempre.

Después, ver y ver. Ver mundo, cosas, arte, en fin, todo lo que lo lleva a uno a ir creciendo, que no es otra cosa que dejar de sentirse el habitante más importante del planeta. Reconocer que lo que uno vive, simultáneamente está siendo vivido por muchos seres, es comenzar a ponerle conciencia a la vida, y eso hace todo más peligroso y más difícil.

Cuáles eran los primeros dibujos? Pues cosas imitativas, infantiles: pintaba aviones, barcos, me forzaba  a dibujar y dibujar. Pero no había nada de placer estético, era simplemente la magia, que a base de pintarlos, los poseía. Era como si pintándolos pudiera apresar para mí la imagen. Apresaba el mundo pintándolos! Pero eso que parece tan lejano, inocente e ingenuo, es, sin más, la base de todo lo que sigue. Sin duda, la base de todo mi proceso está ahí. Simplemente se ha ido sustituyendo por formas evolucionadas, donde ya empiezan los análisis, las comparaciones, la necesidad de irse ubicando. Pero el David Manzur comienza ahí. Y lo otro: la ubicación exacta no la conozco. Y creo, y quiero, nunca conocerla, porque entonces simplemente dejaría de pintar. El solo hecho de trabajar y trabajar, que es lo que hago todo el tiempo, es una necesidad de ir precisándola. Porque el misterio de la vida y del arte, no es otra cosa que encontrarse a sí mismo, hasta responderse todos los interrogantes, por medio de la obra que uno hace, y espero que ese momento no llegue jamás. Prefiero seguir trabajando y trabajando, en una búsqueda para la que no espero final feliz.

Yo no siento que haya un momento en que decida "hacerme" artista, "ser" pintor. Es como si toda la vida hubiera nacido para producir imágenes visuales que salieran de mi mano. Son imágenes a las que no agobio con una búsqueda obsesiva de la originalidad. Son, si quieres, las mismas imágenes de siempre, pero transformadas por mi ojo y hechas por mi mano. Es como si volvieran los barcos desde muy atrás. Yo no pintaba un barco que vi, exactamente, sino que lo convertía en lo que yo creía que había visto. Lo ponía a navegar a mi modo. Sólo busco modificar lo que existe, sin preocuparme en lo mínimo por reinventar lo que está hecho. Transformo las imágenes, haciéndolas a mi manera. Entre otras cosas porque no creo para nada en la invención a partir de la nada. Esos problemas se los dejo a Dios, que sabe cómo resolverlos.

De la primera exposición uno siempre se arrepiente, al menos ese es mi caso, y creo que así debe ser. Es que cuando se tienen 20 años y se es pintor, hay un afán espantoso por exponer. Ya después se aprende lo contrario. El tiempo en el arte es decisivo. La edad va en función directa de la madurez, que es la experiencia, que no es otra cosa que la repetición del acto, y eso significa el pulimento, día a día, del oficio, que toma mucho tiempo físico. Entonces ahí está mi primera exposición, en el 53, llena de búsquedas, influido por toda clase de cosas: el surrealismo, lecturas de Breton, a quien adoraba, mezclado con una obsesión por oír mucha música para envolatar el hambre. Sí, aguantaba hambre, pero vivía feliz pintando. Y vendí. Sí, comencé a vender cuadros a veinte pesos, a cincuenta... Era un bello horror de exposición, hecha en mi pobre buhardilla de la Calle 20 con Carrera Quinta. De todo eso quedó una gran pasión por la música, que siento que me ha ayudado a formarme. Y aunque hay diferencias, pues lo que en música es tiempo en arte es espacio, lo que en música es ritmo en arte es la pulsación misma de la obra. La música y yo, desde entonces, hemos pintado muchos cuadros.

Yo no estoy inventando nada, sino que sigo bus cando. Lo que siempre fue afín a mi fue la observación de muchas cosas: de los expresionistas, del constructivismo, pues con esos movimientos siempre tuve un diálogo de imágenes, que iban entre lo emocional y lo cerebral. Me metí de lleno a estudiar y a trabajar con ensamblajes, seguí buscando y trabajando. Cada época me llevaba seis, siete años. Llego a hacer construcciones llenas de rigor y matemática, con mi período de hilos tensionados, en donde busco el manejo cuidadoso de la luz. En el año 73 viene la apoteosis, cuando me encargan un mural en donde debía usar treinta y seis mil metros de hilo de acero. Diseñé el proyecto a base de dibujo, y fui donde Naum Gabo, el padre del constructivismo, a quien conocía y admiraba, pues hacía unos años había trabajado junto a él. Le mostré los dibujos y le gustaron. Pero miraba casi obsesivamente el dibujo, la parte de mi mano salía casi orgánica, viva, rápida, y me dijo: "Manzur, usted dibuja, usted puede hacerlo. Logra jugar con lo emotivo, con lo impreciso. Saque todo lo que de español pueda tener en su sangre, en su mano, busque en la pintura sus orígenes. Usted está joven, comience a dibujar, ya, porque le tomará el resto de su vida llegar a hacerlo bien".

Y bien, aquí me tienes aprendiendo a hacerlo. Sigo aprendiendo todos los días, sé todo lo que me falta, pero mi barco, al contrario de ese que naufragó en el recuerdo de mi infancia, tiene una brújula que marca un norte fijo a todo lo que de aquí en adelante alcance a pintar.

Tomado de la Revista Diners No.249, diciembre de 1990