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DAVID MANZUR El Deseo, un Tapiz, el Unicornio |
CRITICA El Cristo Pau Llosa Eduardo Serrano Recuento |
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Dos
leyendas en una: la del unicornio y la de un tapiz condenado a
no ser tapiz, felizmente acabado tras 22 años de arduo trabajo.
Por
FERNANDO GARAVITO
parte
de su historia personal, contada por Borges en El Libro de los seres
imaginarios, el unicornio parece haber sido creado para negar un verso
de D. H. Lawrence, quien hacia 1923, en su fantástico e irrepetible
poema al asno, sostiene que este "fue el primer animal que
finalmente se enamoró". No
es posible que, al escribirlo, Lawrence haya pensado en Ctesias, médico
de Artajerjes Mnemón, quien describe al unicornio como un asno
silvestre "de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos azules,
provisto de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en
la punta rojo y en el medio plenamente negro''. Esas eran cosas de
Borges, quien utilizaba este tipo de símbolos para representar a los
escoceses. Pero lo cierto es que sabemos muy poco del unicornio. Pudo
ser asno, caballo o toro. En China fue ciervo. Hoy, en un siglo que todo
lo frivoliza y poluciona, es una insignificante cabra suiza producida
en laboratorio. Y sin embargo, fue él el primer animal que finalmente
se enamoró.
INGENUIDADES
DEL AMOR Los tapices, que son una forma de escribir novelas antes de la novela, cuentan la historia. El unicornio trota tranquilamente por el campo cuando tropieza con una partida de caza. Los gentiles-hombres y palaciegos lo persiguen: quieren halagar a sus damas con la captura de ese animal mitológico. El unicornio, al cual sería irrespetuoso designar como bestia, animal o cuadrúpedo, huye despavorido. Sin embargo, una fuerza misteriosa lo atrae hacia los pabellones donde aguardan las castellanas. Perseguido por los perros y por las caballerías, corre hacia ellas. Allí están las espigadas mujeres boticcellianas, con sus trajes multicolores y sus tocados. De una sola mirada, el acosado las desecha a todas. Pero hay una, la más modesta y hermosa, que permanece al margen. En ella, un efluvio lo atrae con fuerza poderosa. Es un momento intenso. Suenan las trompas, brillan los aceros. Las mujeres inclinan la cabeza, levantan los brazos, se preparan. Quieren que el instante exacto de ese flash de hilos de oro y seda las conserve para la eternidad no como ellas son sino como creen ser, espirituales, deseadas. Entonces, con una ingenuidad que sorprende a los poderosos caballeros listos para el mandoble, y a los perros dispuestos a entrarle a dentelladas, el unicornio cae en la red del amor. Corcovea, imprime a sus movimientos una elegancia inusitada, el flexible cuello espera también la mano del artista, los cascos sacan chispas de las lajas de piedra. Se dirige hacia ella. Todo lo demás desaparece. Para él, para ellos, no hay ciervos, ni faisanes, ni estandartes ni urdimbres ni tafetanes. En un instante fugaz se miran a los ojos. Ella abre los brazos, y él, '`con los hermosos ojos medio velados" recuesta "la pensativa cabeza en vigilia/ inmóvil, como un trozo de roca" en su regazo. Esas
son las ingenuidades del amor. El unicornio pide ser domesticado. Hasta
entonces semeja al zorro del principito, un zorro entre otros cien mil
zorros semejantes. "Si tú me domesticas -dice también el
unicornio- mi vida estará llena de sol y conoceré el rumor de unos
pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me harán esconder
bajo tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una
música". La doncella, segura de ese amor, permanece callada. Su
mano acaricia el eréctil cuerno único que la estremece en el recuerdo
de emociones atávicas. Es entonces cuando la escena se detiene y el
artista comienza su labor de hilos y de lanas. de recuerdos, de sabores
de fruta en sazón, de sinsabores.
RELACIÓN
SOBRE UN TAPIZ QUE NUNCA FUE TAPIZ
A
la manera del Renacimiento, David Manzur acaba de terminar un tapiz que
no es tapiz, en el que fue artista y artesano. Primero,
el tamaño: diez metros de largo, tres metros de alto. Después,
las condiciones materiales: pintura sobre lona, sobre tela de
algodón, a partir de un gran dibujo en el cual se tiñen los valores
cromáticos básicos, se cose, se lamina la superficie total en hojillas
de oro y plata, y se matiza por medio de una trama con pinceles de
cuatro pelos que hacen líneas separadas entre sí cuatro milímetros,
lo que produce un efecto óptico que se aproxima más al tejido que al
brochazo. Luego,
la investigación: como becario de Guggenheim, Manzur se dedicó a
analizar los libros de horas, examinó cuidadosamente aquellos que
contenían, valga la paradoja, las grandes miniaturas medievales,
estudió la relación entre estas últimas y los formatos de los
tapices, las reglas de la narrativa (perspectiva, jerarquía y tiempo),
investigó los efectos del color sobre las hojillas de oro y plata,
los efectos visuales del algodón teñido, e hizo la prueba de los
colores no reversibles. Más
tarde la historia: en 1970 Manzur regresó a Colombia, mientras el
gerente del Banco Cafetero se devanaba los sesos pensando qué podría
hacer con una pared de treinta metros cuadrados situada un poco más
allá de su oficina. Tal vez un fresco del maestro Acuña sobre la
gesta del café en Antioquia. No rotundo. Quizás un óleo del maestro
Ariza sobre los cafetales de tierra templada. No rotundo. Posiblemente
un óleo de Fernando Botero donde un hombre enorme y bizco empuña una
minúscula tacita. No rotundo. Por qué no un mural de Alejandro
Obregón sobre las barracudas del café o algo por el estilo. No
rotundo. Entonces, como idea salvadora, surgió la posibilidad de un
tapiz-no-tapiz de David Manzur con La leyenda del unicornio. Aplauso y
venia. Manzur emprendió el trabajo. Pasaron 1971, 1972, 73, 74, 75,
inclusive 1976. Pero los gerentes, por fortuna, no son eternos. De
manera que el Banco canceló el pedido que, de inmediato, fue retomado
por Byron López. Manzur siguió de cuando en vez, de vez en cuando,
tejiendo, pintando, puliendo, tiñendo, laminando. Un año, otro año,
En 1987 vinculó al proyecto a Diego Franco. Hace poco lo terminaron.
Es, a la vez, varias cosas: la obra de arte más elaborada que se haya
hecho en Colombia en muchos años (tiene la minuciosidad de una
miniatura en 30 metros cuadrados); es un trabajo de tipo investigativo,
histórico y artesanal, una lección de color y de pintura, apetecible
para un artista que quiera profundizar en torno a las técnicas de su
oficio sin querer formular propuestas conceptuales de ninguna clase; es
el mejor negocio de Byron López; es el peor negocio del Banco Cafetero;
es, por último, la quisquillosidad llevada al extremo, la invención de
una técnica, la recuperación de un proceso cultural, la puerta abierta
a la fantasía, a la imaginación, al ensueño.
PALABRAS
A LA MANDOLINA En
fin. Este tapiz-no-tapiz tiene animales racionales como caballos, aves y
conejos, e irracionales como seres humanos, tiene animales míticos,
cuenta una historia, hace una investigación botánica donde salen a
relucir cinco mil flores perfectamente clasificadas, algunas de ellas
desaparecidas en los últimos años, otras con una genealogía que se
remonta a Mutis, a su Passiflora, a Mariquita, tiene nervio, temple y
disciplina. Pero, ante todo, tiene corazón. No
importa qué venga después de estos 22 años de trabajo, de estos
nobles brutos que se detienen en el tiempo. Pero lo cierto es que el
unicornio, como Joyce, cantará esta noche con dulces palabras a la
mandolina, aquello de ...
para cada doncella, nerviosa y tímida, similar ser Uicio realizo. Que
sin sorpresa reconozco la belleza sombreada de sus ojos, el "no
osad" de la dulce virginidad contestando a mi corrupto
"quisiera". Nunca.
Fernando
Garavito
Tomado
de la Revista Diners No.271,
octubre de 1992
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