David Manzur

pintor

ManD4115.jpg (35047 bytes) Recuento

CRITICA

por RICARDO PAU LLOSA

En qué consiste la pasión de Manzur, su acto visionario, su profecía de imágenes? ¿Cuál es su lugar dentro de la antigua aventura por hacer luz de nuestros sueños? Si el sueño se manifiesta en términos de su arbitrariedad aparente, el carácter simbólico de sus imágenes, y la secuencia alógica de estas,  Manzur siempre ha buscado estructuras de conciencia que se encuentren en el propio centro de la actividad onírica. Para Manzur, no es tanto la yuxtaposición sino el combate, lo que forma la esencia de lo onírico. No se trata del sueño visto como encuentro accidental u orquestación de imágenes por el inconsciente, sino como la intersección de la mente y sus imágenes, el abrazo de la conciencia y sus objetos en un duelo mágico.  

El oniricismo lúcido de Manzur descansa sobre esta premisa: en las palabras de Merleau-Ponty, "el mundo es lo que percibimos". El encuentro entre las cosas y la conciencia es el mundo. Aunque el mundo nos trasciende, para ser tiene que ser percibido. El hecho de que el mundo sea trascendente le cierra el paso al solipsismo. El acto de conciencia es un abrazo, pero no afectivo sino feroz, pues de ese fluir de sensacíones, colores, sonidos y texturas es conquistada la inteligibilidad del mundo. El combate es la esencia de toda actividad consciente que desemboque en una expresión. La expresión es orden, es huella del combate, es el trofeo. La expresión más directa es la imagen; por ende, la imagen del combate es la imagen esencial, es el ángel de lo expresado.  En Manzur el combate como tema alcanza su más depurada realización en sus San Jorges y Notarios. Los combatientes son muñecos o seres mecánicos, vestidos con los trajes y emblemas de sus oficios. Pasamos por ellos, atravesando ropa, gesto, piel, para descubrir una estructura mecánica que asume el rostro de una acción humana. Lo mecánico es lo humano, lo forjado y construido, y nos recuerda que la pintura es taumaturgia. A su vez, vemos a los combatientes congelados en una actitud más que en pleno combate. Manzur ha construido una iconografía de la esencial actividad de la conciencia, mano y adivino, en el cual se adivina un mundo sin divinidades. Lo que es más importante, el Notario nunca aparece como mezquino o frívolo, aunque sí pequeño, incapaz de comprender la lucha en que se encuentra. El caballero no es un ser grandilocuente. Pudiera ser un Notario si el traje se lo permitiera, y el Notario un San Jorge.  

¿Pero es acaso un simple efecto de escenografía lo que hace que uno sea heroico y el otro burocrático? El Notario no representa un orden teleológico como lo representa el San Jorge. Para el burócrata, hombre terrestre, el orden que impone es tentativo y desprovisto de visiones telefinalistas. Él impone el orden, aunque frágil y pobre. San Jorge representa un orden celestial que él no impone, y que inclusive no entiende ni controla a pesar de ser su paradigma terrestre.  Es un simple ministro y agente. La lucha, entonces, es entre un

El carácter dramático de los cuadros de Manzur lo separa del surrealismo originario cuyo emblema principal es la yuxtaposición y cuya fuerza vital es el símbolo. En su afán de dramatizar (en forma iconográfica) un acto de conciencia, Manzur representa un nivel de más complejidad y sutileza en la aventura del hombre dentro de su mundo onírico que el representado por el surrealismo originario. A diferencia de este, no es lo soñado lo que le interesa a Manzur, sino el sueño, el crear una íconología del acto de conciencia.

A nivel taumatúrgico, Manzur pone dos actitudes a luchar: lo heroico, representado por San Jorge, y lo rutinario, representado por el Notario. Aún menos, ésta es la concepción temática inicial, hasta que se profundiza en el carácter de la lucha y los combatientes. En realidad, es infinitamente más complejo el combate que un simple duelo entre un ser imaginativo y un ser aburrido. El caballero es el representante de un orden celestial en la Tierra. El burócrata es el representante de un orden humanitario,  orden fragmentario, pero nuestro, y un orden resplandeciente pero inefable. No hay dragones ni damiselas atormentadas, sino la pura estructura del combate. El acto de conciencia permite que lo expresado sea conquistado del mundo, que se desprenda del flujo lo inteligible.

Manzur dramatiza el combate de órdenes, de alternativas, exaltando así la facultad del hombre de ver el mundo en forma plural y hasta contradictoria. Vemos el mundo como combate porque lo vemos por y a través del combate. Creamos metáforas y a la vez que afirmamos similitudes mantenemos las diferencias entre las cosas. La iconografía de Manzur nos asegura una ventana y un camino por el cual nos acercamos a esta estructura de la conciencia, cuya esencia y metáfora es el combate.  

En la iconografía de Manzur recurre un elemento de suma importancia: la mosca. Trátese de bodegones, Mona Lisas, San Jorges o Transverberaciones, la mosca es una presencia ubicua.  

Es precisamente como presencia que la mosca se hace importante. Si la acción metafórica es iconografía dramática, la mosca nos recuerda esto al descansar no tanto sobre una mesa o un  hombro, sino también un imaginado cristal. Sin la mosca dicho "cristal" no es percibido, y por lo tanto no existe en la fenomenología del cuadro. La mosca crea un plano paralelo a la superficie del cuadro, un plano imaginario entre el sueño y el espectador quien, a su vez, ve la mosca como su delegado en el cuadro. El acto de percibir el cuadro es otro acto de conciencia, radicalmente distinto al acto de pintarlo o concebirlo. La mosca nos señala esta vital diferencia: somos como espectadores una presencia, algo más que simples testigos, algo menos que actores en el cuadro. De cierto modo la mosca es una parodia del ángel, pues ella visita y penetra en el cuadro como el ángel penetra en Santa Teresa, pero no produce éxtasis. La Transverberación que produce la mosca es terráquea, humana, notarial. La mosca descansa sobre el sueño del cuadro y lo despierta.  

Fragmentos tomados de David Manzur, Seguros Bolívar, Bogotá 1981.

tomado del libro:  Salón Nacional de Artistas, 1992
Colcultura, Corferias, Granahorrar

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Aplauso para David Manzur

Reconocimiento/ por su aporte artistico a la plástica

El pintor caldense recibirá el Premio Aplauso a las Bellas Artes 2001 el
próximo 22 de octubre.

Para reconocer una de las labores creativas más importantes del país, el Premio Aplauso 2001 será entregado al pintor colombiano David Manzur (1929).

Desde hace 13 años; este galardón ha resaltado la labor de destacados artistas colombianos que frabajan en áreas como la música, la plástica, el  teatro o las letras. El Premio Aplauso ha sido entregado, entre otros, a Germán Arciniégas; Víctor Hugo Ayala, Eñrique Buenayentura, Luchor Bermúdez; Rodrigo. Arenas Betancourt, Sonia Osorio, Fany Mikey,  Manuel Zapata Olivella.

Manzur es uno de los dibujantes y pintores más importartes del país. Su carrera comezó en los años 50 y desde esa época su actividad plástica sido permanente: En mayo pasado presentó en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo) su exposición Un pez en mi estancia.

El artista nació en Neira (Caldas) y vivió su infancia en África. Durante la Segunda Guerra Mundial fue internado en un colegio católico, en España. Después vino a Colombia, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Luego viajó a Nueva York y se matriculó en Instituto Pratt.

Manzur es un intelectual, un gran conversador y un excelente maestro. Por su taller han pasado unos 18 mil artistas, muchos de relevancia nacional.

La temática de sus obras es religiosa. Son conocidos sus San Sebastianes.  Manzur ha realizado exposiciones individuales en Washington, Nueva York, Madrid y Argentina, entre otros países, y ha recibido distinciones de la Guggenheim Foundation y del Pratt Graphic Art Center.

El Premio Aplauso será entregado al artista el 22 de octubre de 2001, en el Teatro Colón. Participará la orquesta Filarmonica de Bogotá y asistirán mil invitados.

Tomado de El tiempo, 25 de julio de 2001

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David y su libro de sombras y colores

Por margarita Vidal

Todo está ahí: infierno y cielo, enigma y sueño. Espíritu y materia, silencio y grito. Angel y demonio, zozobra y fe. Luz y color y sombra y claroscuro. Musa cristiana y pagana, vaso profano y sacro. Bizancio, domo árabe y sinagoga, rosa sacramental, fruta carnívora. Tensos hilos de luz. Cuencas vacías, gritos sin voz, violencia inútil, llanto sin lágrimas. Liturgia del minotauro y danza de Pegaso. Sabiduría y larga paciencia del oficio. Alegoría del universo circular de Manzur y de su obra lacerante y perturbadora. Belleza sensual de la carne atormentada que invita al placer equívoco del dolor. Indefensión del hombre en su laberinto, que in crepa a un Dios improbable.

Es el rico mundo de Manzur en el hermoso libro editado con el preciosismo de Benjamín Villegas y el mecenazgo lúcido y justo de Davivienda que logra darle a esta obra un marco contundente. Allí están el Universo, encerrado en el estudio monacal, y Neira, pueblo en el paisaje de la infancia, mil veces evocado, tan próximo y lejano, siempre al alcance de su mano maestra de artesano, sufrida y ancha, tejida por mil venas, nervaduras. huellas de su vida, larga ya. Porque la obra de Manzur es su memoria que deambula en un ámbito de sueño y sobresalto, de trasverberaciones, orgasmo y éxtasis y descarnada poesía.

Como por la mente de alguien que se ahoga, pasan por el libro todos los sucesos de la vida de este pintor que nos invade tripa y corazón. Porque Manzur es también danza y teatro y canto y música. Juglares y laúdes y erotismo. Es aridez y a la vez gracia y armonía. Es matemática y es orden, literatura y algo de retórica: flecha y flor, lanza y atmósferas y transparencias, telas, alas angélicas. San Jorges y dragones y doncellas. Y moscas, tan persistentes, tan incómodas.

Están allí claustros helados, Zurbaranes, guerras, barco y naufragio y esqueletos con cabelleras de medusa y limo. El abandono familiar, el niño solo y alelado y asustado, los guardias alemanes, el `Cara al Sol', doña Pilar Primo de Rivera y Romell. La marca a fuego de la infancia. Y están Armenia y Bogotá y su primera exposición que impulsa Emilia Ayarza, epígono en Colombia de la legendaria Victoria Ocampo de Argentina, poeta ella y adoradora de poetas, mentora de pintores y de artistas, legendaria anfitriona en su casa convertida en centro cultural de los 50, abierta al pan y al vino: León de Greiff y Dora Castellanos, Jorge Zalamea y Martha Traba y Andrés Holguín, Rayo, Jorge Gaitán y Cote Lamus. La buhardilla de mala muerte donde pintaba a Silvia Lorenzo, la divina, que se dejaba arrullar por el Ave María de Araceli Ocampo, la espigada, y por Juan Lozano que perdido de amor le recitaba versos. Están la ira y el rencor y el posterior rescate de la sangre árabe y de los ancestros. Su admiración y su amor por los judíos. Sus innumerables exposiciones, sus logros, sus amores, sus penurias, su trabajo de hormiga sin veleidades de cigarra.

Tomado del periódico El Tiempo, 26 de noviembre de 2005

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PRESENTACIÓN Libro Manzur - Homenaje

Como es ya tradicional, cada año, por esta época, Davivienda entrega a sus amigos su nuevo libro de homenaje al arte colombiano. Un compromiso cuyo cumplimiento, además de llenarnos de orgullo y satisfacción, se ha convertido en tarea enteramente placentera, que esperamos con afán. Los libros sobre Antonio Roda, Ana Mercedes Hoyos, Enrique Grau, Édgar Negret y ahora David Manzur, constituyen una nómina envidiable de títulos para poner en alto el nombre de Colombia. Ningún otro ejercicio humano tiene, como el arte, tal poder de exaltación.

En este año -cuando Davivienda cumple 33 años de existencia nuestro tributo es a David Manzur, artista de vocación incuestionable, convicciones férreas y capacidad inagotable de trabajo, cualidades que los colombianos acogemos y admiramos.

Por más de cincuenta años, David Manzur, artista de tiempo completo a intuición desmesurada, ha transitado a gusto y con total independencia por el camino de la figuración y la abstracción, por las sendas del dibujo y el pastel, del óleo y el mural, explorando posibilidades, agotando vetas y depurando cada vez más su técnica y su estilo hasta producir una de las obras más fecundas y exquisitas de la historia del arte colombiano a internacional.

El afecto de Colombia por Manzur, la admiración sincera que ha expresado por su obra, así como los elogiosos comentarios que la crítica nacional y mundial ha consignado sobre ella, son garantía de la acogida que este título tendrá y aval del acierto que tuvimos al lanzarnos a la formidable aventura de divulgar el arte colombiano.

Efraín Forero, Presidente Davivienda 

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OBRA ENIGMÁTICA Y PERTURBADORA
Por Eduardo Serrano

La obra de David Manzur ocupa un puesto de primera línea en la historia del arte colombiano de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del siglo XXI. Su trabajo ha alcanzado un grado de excelencia difícil de igualar, no sólo por el cúmulo de experiencias vitales y artísticas que lo secundan, sino también por el bagaje técnico y conceptual que lo respalda y la trascendencia que por regla general ha caracterizado sus contenidos.  Manzur ha hecho gala de una aguda sensibilidad que le ha permitido captar sutilezas de la vida y de la historia que para los demás han pasado desapercibidas; ha investigado como pocos sobre diversas técnicas creativas, desde los secretos más celosamente guardados de la pintura renacentista hasta las más osadas contribuciones del modernismo; ha recorrido los más diversos senderos en el desarrollo y concreción de sus intuiciones; y gracias a una equilibrada conjugación de los designios de su espíritu con su ánimo de atleta, ha logrado producir una cantidad considerable de trabajos, cada uno de los cuales es igualmente elocuente sobre la firmeza de sus convicciones y sus prioridades en el respectivo momento.

Su obra se destaca en el contexto del arte moderno tanto colombiano como internacional por su absoluta independencia de los valores y definiciones promulgados por las sucesivas autoridades del arte y acatados por la mayoría. Su trabajo ha tenido una trayectoria singular, primero, lejos del imperativo de los cambios sucesivos de acuerdo con las modas y las fugaces supremacías de los estilos, y más recientemente, lejos del pesimismo y del cómodo escepticismo que ha empezado a imperar artísticamente con el desvanecimiento de los parámetros de la modernidad. (Fragmento)

Tomado de la Revista Diners No.428, noviembre de 2005

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Dimensiones paralelas

Entrar a la casa del maestro no es como meterse en uno de sus cuadros. aunque en el camino vayan apareciendo temas recurrentes de su obra. Unos jardines frondosos y bien cuidados rodean el refugio en el que vive hace cuatro años. La entrada está precedida por una gran claraboya de luz que se encarga de iluminar el corredor y la sala.

Desde hace más de un año trabaja en su proyecto Ciudades oxidadas, que nació del recuerdo de embarcaciones viejas en las playas africanas de su infancia, y más tarde, de la visita que hizo a Fathpur Sikri, una ciudadela abandonada en la India del siglo XVI y que conserva un rojo muy similar al óxido. Poco a poco comenzó a sentir su presencia: "Percibía que el mundo también se oxida, se daña". La serie, que ya va por 20 cuadros, se alimentó también de un reciente viaje que hizo a la Antártida para grabar un audiovisual de alta definición que saldrá al aire en un mes.

Una vez allá, se encontró con paisajes surreales: "La sensación es como estar en otro planeta, hay momentos en que no sabes si es de noche o de día, se pierde la noción del tiempo". A medida que caminaba, se sorprendía con rastros de óxido en esos territorios inhóspitos: "Llegué a un lugar donde había unos tanques gigantescos que podían medir treinta metros de altura. Había escombros y restos oxidados de un depósito que había servido durante la Segunda Guerra Mundial". La nieve manchada de metano y los caseríos de hierro que fue encontrando a su paso también aparecen metafóricamente en su obra: "Es que la mente humana va grabando las cosas de formas que no se pueden describir, por eso hay que botarlas después en una pintura".

Durante veintidós días se dedicó a captar imágenes sin gente, la entrada de los rayos solares, las nubes, las montañas de hielo: "Me enfoqué mucho hacia el mundo del arte como viendo abstracciones del planeta Tierra". Las jornadas comenzaban temprano y cuenta que hacia las tres de la tarde sentía un sueño enorme. Los guías le explicaron después que la somnolencia se debía a la ausencia de árboles, a la falta de oxígeno.

Del viaje, Manzur regresó con diez horas de material audiovisual y el espíritu estimulado por las imágenes más abrumadoras que había visto en su vida. Los meses pasaron y ese viaje se abrió ante sus ojos como un paisaje pictórico único. Profunda soledad, extrañeza, despojos de vida pasada. azules intensos, frío, imágenes lechosas, dimensiones paralelas.

Junto al taller guarda sus colecciones musicales. Hay discos de 78 revoluciones, acetatos y compactos. Un laúd, el instrumento medieval que aparece en sus pinturas, cuelga de una pared. En la casa hay varios que parecen explicarla sensibilidad musical del artista: "Creo que representa la contemplación de la música, al no ser músico es el afán de traducirlo, de evocarlo en mi obra".

Un pequeño teatro con silletería y pantalla gigante antecede su lugar de trabajo. Ahí disfruta de películas y más recientemente de los videos de la Antártida que está editando.

Muros de más de cuatro metros de altura enmarcan su estudio. Hay caballetes, lienzos, trípodes, luces, espejos... Y pinceles, pinceles de todos los tamaños que se asoman desde su mesa de trabajo. Manzur se siente cómodo en su espacio natural. Le faltan unos diez cuadros más para completar la serie. "Mientras uno descubra cosas, hay algo vital que te va llevando. Nunca hay nada perfecto ni completo. Me doy cuenta de que acabo porque voy agotando todas las posibilidades en materia de efectos visuales".

Luego de Ciudades oxidadas, con la que recorrerá las galerías de otras capitales del mundo, no sabe hacia dónde enfocará sus ímpetus. De lo que sí está seguro es de que no se quedará quieto porque es demasiado sensible a lo que lo rodea: "Vivimos en un mundo inteligente que destruye la vida y la inocencia del planeta", dice. Y en ocasiones también le ocurre que se deja arrastrar por la fuerza de sus cuadros. "A veces cuando estoy metido en esos universos siento que me desubico", dice, como si de repente quedara inmerso en esas dimensiones paralelas de su arte, ese surrealismo sui generis -como ha sido catalogado por algunos críticos- que aparece como un torrente de lugares oscuros y desolados, recordando la vida que existía y que se perdió.

Tomado de la revista Cromos No. 4729, 1 de noviembre de 2008