Delcy Morelos

pintora

Recuento
 

Morelos, en erupción

por Paola Villamarín,
Redactora de EL TIEMPO

Tijuana (México) es una ciudad fronteriza, en el límite con San Diego (Estados Unidos). Sus habitantes pueden ver los dos cercos de seguridad con los que se evita el paso de los inmigrantes ilegales y los numerosos puestos de control que frenan cualquier posibilidad de llegar hasta América del Norte.

Esa situación ha sido capitalizada en la Bienal Internacional de Estandartes, que se celebra en Tijuana y que en esta edición premió la obra de la colombiana Delcy Morelos (1967). A cada artista invitado se le pide que elabore una obra cuyo tema sea la frontera y que pueda ser colgado como una bandera.

"La barda que separa Tijuana de San Diego -dice Morelos- es tan fuerte que se parece al Muro de Berlín". Para la artista, de 35 años, las fronteras son lugares violentos en sí mismos y por esa razón sus erupciones de pintura roja fueron tan pertinentes en esa ciudad como lo son en nuestro país.

La violencia es el tema de interés de Morelos. Sus grandes pinturas, cuya base es papel, evidencian con gran vigor expresivo "la relación entre la vida y la muerte, las fuerzas destructoras y libertadoras del ser", según el crítico alemán Karin Stempel.

Desde su apartamento en el centro de Bogotá, Morelos explica su continuo interés por el tema de la violencia y da como primera señal el nombre del lugar en el que nació: Tierralta (Córdoba).

"Soy de una zona de conflicto. Si en los 80 decías que eras de allá te veían como a un guerrillero; en los 90, como un paramilitar", dice la artista.

Los pequeños actos violentos también son revisados por la artista, que estudió en la escuela de bellas artes de Cartagena. En Mil Veces Campos Concentrados, una de las obras más recientes de la artista y que se expondrá en octubre en la Universidad de los Andes, se construye un paisaje de violencia a partir de pequeños e irregulares punticos.

"Lo mío es una reflexión visual. No quiero que la gente se olvide del contexto en el que nació y que tenga claro que puede aportar soluciones desde lo más pequeño", continúa.

Morelos, que compitió con 34 artistas por el primer premio de la Bienal, cree que nadie es inocente de lo que ocurre en el país. Su obra De lo que soy (1995) es una brutal autocrítica en rojo y blanco.

Tomado de El Tiempo, 31 de mayo de 2002

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De lo que soy

En una obra que se presenta con un impacto tan fuerte como esta actual de la joven artista Delcy Morelos, no hace falta subrayar una real preocupación por expresar los problemas de la intrincada condición violenta en que llega a su final la presente centuria. No obstante es preciso advertir que ella antes que los hechos considera las causas que han dado lugar a esta situación o la fuente en que han tenido origen, la cual remite a la esencia misma del hombre. 

Los sentimientos básicos que anulan o que se anteponen a la espiritualidad son el fundamento de la investigación que ha realizado desde el terreno artístico con el apoyo de la filosofía, estudio que la llevó a indagar la verdad que subyace en lo que existe y en lo que puede ser eterno. Con ese sentido inicialmente analizó la vida de los objetos, los cuales moldeaba en barro antes de pintarlos, con el fin de traspasarlos y conocerlos en esencia. 

De ese proceso resultaron serie de claras o blancas transparencias que eliminaban toda la sensación plana de la pintura al tiempo que planteaban espacios de tranquilidad espiritual, en los que pronto nacieron las preguntas contrarias y las necesidades por ofrecer interpretaciones o respuestas a una realidad que parece negar la calma y la reflexión, A partir de ese momento Delcy Morelos ha trabajado la expresión de las pasiones crudas, responsables de comportamientos impetuosos o primarios. 

De allí surgió la serie de rojos, que ha tomado también como punto de partida la vida de los objetos, aunque ahora afirmando, más que su existencia, su imposibilidad. Con ellos por primera vez se hicieron reconocibles las formas de los cuerpos analizados, pero como pretexto que señalaba las fronteras que cederían al ser des bordadas por la pasión contenida. Los rojos han sido cuerpos que estallan por la fuerza de su propia naturaleza limitada. 

En su recorrido por este camino la obra de Delcy Morelos ha ido de nuevo abandonando la apariencia una vez más y adentrándose en la búsqueda de lo que le es básico en la expresión de sus ideas. 

Sus últimas obras, 24 insistentes presencias rojas, denominadas «De lo que soy>, son, como las transparencias monocromas de hace algún tiempo, abstractadas en el sentido en que más importante que relacionar la apariencia física mutable, es encontrar aquella esencia que aunque se presiente, solo el arte cuando la penetra o la entiende, puede hacer visible y en esa vida comprensible, para que con ella la contemporaneidad o la historia analice sus verdades, sus fallas y sus huellas, y para que de la mano de muchos otros elementos, construya el discurso en el que una sociedad se entiende y se proyecta.

María A. ¡ovino M.
Tomado del folleto del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, 1995
Galería Santafé
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Las texturas de Morelos

Mirar por dentro, sentir, tocar el interior físico del cuerpo para así llegar al otro interior, ese que ha intrigado tanto a la artista monteriana Delcy Morelos, quien expone a partir de este sábado en la Galería Alonso Garcés. En la trama personal es una búsqueda a través de texturas y colores del interior humano. Para Morelos, "son iguales los matices por dentro y por fuera del hombre, su interior físico y su parte espiritual". Así, parte de esa suavidad de las texturas del estómago, la fragilidad de las vísceras que apoya en una red dura y rígida, una pared que protege, así como el ser humano se cubre y se protege de los otros, con vestidos, casas, máscaras y prejuicios, "quiero representar cómo el hombre se protege de su entorno y se separa del otro, ese otro que es un posible enemigo, ese que negamos porque no soy yo", continúala artista

Esta muestra es una continuación de las grandes preocupaciones de Morelos: preguntas que no buscan una respuesta única y verdadera; preguntas que no esconden juicios sino confusión, esa con fusión de la que todos hacemos parte, que no tiene tiempos ni historias puntuales, pero se enriquece de las propias vivencias y de las propias preguntas.

El ser y el hombre han sido los elementos recurrentes de esta artista. En Color que soy, una obra rica en colorido, y en La base oscura, trabajo de hace cuatro años, había una descripción de nuestra identidad cultural y racial partiendo del color de la piel y de cómo en las escalas, quienes tienen la piel oscura están en la base, ya sea histórica o social.

Morelos, a quien poco le gusta ser observada y sí observar, decide asomarse de nuevo, con las preguntas de siempre, pero esta vez por dentro, para sacar lo más íntimo del ser: sus entrañas, y ponerlas ordenadamente sobre figuras geométricas que no parecen formar par te de ese interior blando y desordenado sino de una clara búsqueda interior sin un fin cercano. Una propuesta que no deja de sorprender y de poner a pensar.

Tomado del periódico El Espectador, 30 de mayo de 2004

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En la trama personal

Entrar en contacto con la materia es entrar en contacto con lo sagrado, con la fisys antes del concepto, antes de la Filosofía, antes del Ser. Nombrar de nuevo la materia, pretender fijarla como realidad principal equivale a desenterrar todo lo que fue vencido por la idea de 'naturalezá con la cual el hombre griego se libera del mundo hermético de lo sagrado.

"Según se sabe, fisys era un término sagrado del vocabulario de los misterios, fuerza sobre la cual nada puede el hombre". . La destrucción de las formas. Colección "Señal que cabalgamos". Universidad Nacional de Colombia. Sede Bogotá, 2004. Pág 12

María Zambrano

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En la exposición "En la trama personal", los elementos tridimensionales, característicos del trabajo pictórico de Delcy Morelos, adquieren en esta ocasión un dinamismo lineal que les permite conformar una trama. Cuerpos que en obras anteriores se articulaban mediante una sucesión serial, se trenzan ahora en una retícula orgánica.

Las pinturas que cubren la pared lateral de la sala sugieren la idea de una reja viviente. Según la artista, "los barrotes circunscriben un paisaje interior. Tanto el formato de las obras como los espacios que dibujan las líneas entrecruzadas evidencian un impulso horizontal. Este dinamismo en la estructura, así como la ubicación lateral de las pinturas en la sala, desplazan las connotaciones tradicionales del cuadrado, así como las de la visión frontal, que generan sensación de estatismo. Estas pinturas requieren del desplazamiento del observador, y por lo tanto, el sentido de la obra se construye en el recorrido". La disposición y el color del entramado sumergen al observador en una atmósfera de extrañamiento, acentuada por la tensión que genera el contraste entre las connotaciones del objeto y los atributos de los materiales que lo conforman. El visitante parecería encontrarse en una 'prisión de carne', que recuerda culturas o religiones dualistas, cuyos místicos perciben el cuerpo como un límite a la expansión de fuerzas de carácter espiritual.

La producción de Delcy Morelos posee la capacidad de integrar polaridades. En esta ocasión, la muestra propicia miradas que permiten la coexistencia de paradojas inherentes a la vida. Así, por una parte, la reja suscita la sensación de encontrarse en un lugar que constriñe, pero por otra, construye un espacio de recogimiento. La interrelación de las obras con el espacio de exhibición marcado por huellas de ventanas en ojiva que actúan como memoria del uso que otros tiempos tuvo el recinto remite a una suerte de ermita que alberga y preserva estructuras constitutivas de la vida. De este modo, además de los fragmentos de tejido magnificados por una suerte de lente microscópica, en la sala se encuentra una serie de pinturas tridimensionales de pequeño formato, apiladas en repisas, que pueden asociarse con partículas elementales y complejas, que como las células, connotan lo originario. En estas pinturas, los fluidos vitales parecen estar cubiertos por una película traslúcida a manera membranas que protegen núcleos vitales, y que a su vez que permiten el intercambio en virtud de su condición flexible y porosa. En este ámbito, la vida se encuentra geometrizada, apilada e hibernando, y por eso la elaboración y disposición impecable de las obras, así como la blancura del espacio, despliegan la austeridad de los lugares donde se explora alrededor del misterio de la vida.

Las referencias a estructuras orgánicas primordiales se abstraen a través de disposiciones esenciales de la forma. Es decir, las pinturas de la pared se construyen mediante el entramado de líneas horizontales y verticales, a la manera en que distintas civilizaciones han representado el encuentro de opuestos como cielo-tierra, femenino-masculino, dinamismo-reposo, materia espíritu, trama-urdimbre. Las obras tridimensionales, por su parte, se encuentran dispuestas a modo de pirámide, como una figura arquetípica, que en diversas culturas posee connotaciones relacionadas el orden invisible que rige el cosmos.

La metamorfosis de los volúmenes en una retícula, conlleva también una transformación en la modulación del espacio, con respecto a otros de sus trabajos. Si en series anteriores el espacio ha sido articulado mediante la sucesión de cuerpos individuales o a través de las diferencias de color entre un patrón y otro, en la obra que expone actualmente, se aborda una problemática afín, desde otro punto de mira. En esta muestra, más que establecer una relación de cuerpos tridimensionales, la artista constituye una gran red de redes, un continuum de materia, que es piel y entrañas a la vez. Este sistema no posee médula; en él, se advierte como el punto de vista del observador establece un foco de atención, momentáneo y subjetivo, que se desplaza a medida que se lleva a cabo el recorrido de las obras, y que permite relativizar las jerarquías que instauran otro tipo de estructuras.

La artista explora desde hace algún tiempo la idea de tejido, y afirma que una estructura como la de esta figura "habla de otro orden y de otro entendimiento del mundo. Cuando hay red, existe unión, y no queda lugar para el egoísmo porque no existe un único centro. La red actúa no sólo como una metáfora de lo humano, sino del universo mismo, ya que en el infinito cualquier punto es el centro". A partir de este raciocinio que opera con base en la subjetividad de la mirada, puede inferirse también que la relatividad del lugar de observación, permite que las pinturas puedan tomar connotaciones tan diversas como reja, red, prisión otemplo.

En buena parte de su producción, Delcy Morelos evidencia de que manera la serialidad de imágenes similares entre sí, pero únicas en virtud de su factura individual, resaltan la singularidad de cada acontecimiento. En el trabajo "4.408 veces", la pintora subraya la necesidad de hacer memoria sobre distintos hechos violentos, evitando cualquier generalización que minimice o desconozca el impacto de la experiencia individual Así mismo, en la serie de trabajos que corresponde al proyecto "Color que soy", señala cómo la discriminación entre una y otra figura sólo puede generarse si existe una actitud que la legitime. "En la trama personal", por su parte, focaliza el universo de lo micro, y de esta manera complementa la mirada que caracteriza a los trabajos mencionados. Si en "4.408 veces" y en "Color que soy", la pintora alude a la necesidad de contemplar los casos particulares, buscando evitar taxonomías y generalizaciones que esquematicen la aproximación al entorno, en esta muestra propone posibles entrecruzamientos, en medio de la diversidad, que sin universalizar, originen puntos de encuentro, necesarios para entrelazar los hilos rotos por las deformaciones de la cultura.

Morelos considera que en este trabajo puede darse una convergencia entre aportes de pintores que admira, como Francis Bacon y Piet Mondrian, cuyas obras en apariencia resultarían irreconciliables. "En la trama personal", presenta una afinidad conceptual con la pintura de Bacon, en tanto la forma no controla la fuerza, sino que la impulsa a fluir; lo visceral se exterioriza sin necesidad de limitarse o acorazarse. Por otra parte, lo lineal, heredero de Mondrian y de la tradición geométrica del siglo veinte, aunque es despojada por la artista de cualquier purismo modernista, conserva el rigor y la capacidad de ordenar la emoción, propia del pintor holandés, y mantiene el poder de contener la desintegración, fundando límites ineludibles.

En el ámbito orgánico, la forma encubre el pálpito, las entrañas, ocultando aquellos elementos cuya visión resulta difícil de procesar para una cultura dualista. La condición integradora de la obra de Delcy Morelos consigue que se manifiesten en un mismo plano el interior y el exterior; los fluidos y la carne. Dicotomías correspondientes al plano de la cultura o del arte pierden relevancia en su trabajo, que se caracteriza por permitir que la forma y la fisys se presenten, sin que una oculte a la otra; sin ceder al impulso de sumergir el universo contrario en las sombras.

En la producción de Morelos, la forma permite la visibilidad de aquello que la moldea, de manera que se entremezclan la razón y lo irracional, la capacidad de orden del logos y el poderío de la vida. La materia, la fisys de la que habla María Zambrano, manifiesta su pulsación y su energía, a la vez que se interpenetra con la forma, de manera que esta última no encubre sino que revela.

Carmen María Jaramillo
Folleto exposición En la Trama Personal, Alonso Garcés Galería, 2005