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 Carol Jaramillo
Karol Jaramillo

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Jugando a ser grande

Ya vieron las fotografías: la silueta color miel, el pelo corto tirando a negro, los ojos oscuros. Ahora imagínenla en el vestidito rosa de entrecasa mirando París por la ventana mientras habla por teléfono. Y traten de escuchar la cadencia de la voz de las muchachas envigadeñas que alargan las últimas vocales como si estuvieran cantando. Tan inocente y tierna que todavía ignora lo que representa París para todos nosotros. La ciudad cuyas miserias cantó Baudelaire, la de la guillotina, el Louvre, y el Arco del Triunfo donde figura alto el nombre de Francisco Miranda, el inventor de nuestra bandera. Y la de las muchachas en flor de Marcel Proust que iban a coquetear en los Campos Elíseos. (Hoy desordenados por las protestas populares.)

Los ojos de Carol Jaramillo están puestos ahora sobre París para orgullo de París. Pero su corazón está lejos para su tristeza. En Medellín. Sentado en las piernas de su padre. Y oyendo las reprimendas españolas de su madre que ahora le hacen tanta falta. Es que uno, con un mes en París, y a su edad, no puede saber todavía a qué sabe París ni por qué lo podemos cambiar. Además está el frío. El frío macabro de los últimos ramalazos del invierno que maltrataba los huesos del pobre Paul Verlaine.

En primavera París será distinto. Y Carol Jaramillo florecerá como todas las cosas allá en primavera. Hasta, quién sabe, es posible que se nos enamore de algún jovencito de Toulouse llegado a la ciudad a estudiar diseño industrial o restauración de antigüedades. Quién sabe. Por lo pronto, guardemos esta envidia negra en su caja malva.

Ni la nostalgia de Colombia, de Colombia no, de Medellín, con todas sus bajezas y sus privilegios, y de las noches festivas y tibias y tumultuosas de El Poblado, pueden ganar ahora la partida a sus firmes propósitos de convertirse en una gran modelo. Y llenar su vida de efímeros triunfos de pasarela. Y de álbumes con carátulas de magazines para sus hijos y sus nietos. Para eso está aquí, para prepararse, en este París de vejeces lleno de helados encantos históricos, con su río de recuerdos de artistas bohemios y donde, quién sabe, un jovencito de la Toulouse de los cátaros va a su encuentro, sin saberlo los dos.

La experiencia de París ha sido dura. Y lo será más. Se lo dijeron todos en su casa y en la agencia de modelos que la trajo a París. Ella está dispuesta a pagar por lo que quiere. A sacrificar sus amores, el de su padre, en primer lugar, las noches del parque Lleras, y la fuerza apasionada de su adolescencia junto a su novio antioqueño. Ya se ve, para consolarse, de regreso en Colombia, montando un unicornio de vidrio. Ignora que los unicornios de vidrio son frágiles, que basta un parpadeo del diablo para que se rompan en pedazos. Ahora pone los ojos asombrados en el titilar de París en su ventana.

Por lo pronto su vida es toda confusión. Y tan solo se tiene a sí misma para persistir en el trabajo que se impuso. Le pido que se describa,

Tomado de la Revista Cromos No.4596, 3 de abril de 2006

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