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Buga, Valle Estudios comunicación social en la universidad Javeriana de Bogotá. Trayectoria Se inició en el noticiero AM/PM, como productora Buenos Dias Colombia Noticiero CM& La Noche de RCN Directora de La FM
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Claudia Gurisatti en la FM Es una flaca alta de ojos grises y frenétícos. Viéndola hablar, moverse, gesticular, fumar, toser, carcajearse, pararse, sentarse, calcular, programar, pienso que aprobaría sin esfuerzo el castíng para un papel de loca. O de genio. Ahora que tiene que ajustar sobre la marcha su programa de La FM de RCN, la 'Gurí' anda más acelerada que de costumbre: nombres de colaboradores, de fuentes informativas, especificaciones de equípos, las secciones del programa y el diseño de nuevos enfoques de los viejos géneros periodísticos, son algunas de las variables que la preocupan en estos días. Quiere hacer periodismo investigativo. Es casi una contradicción en los términos: el periodismo es 'chiva', velocidad, inmediatez. La investigación es paciencia, pesquisa, reflexión. También quiere meterle a La FM un espacio de crónica. Y dar más contexto para que la noticia, además de informar, enseñe. Antes pensaba de manera audiovisual, ahora tiene que hacerlo en términos acústicos porque pasar de la televisión a la radio implica un cambio radical del lenguaje. Hacer radio es como hablarle a ciegos. Aquí no valen gestos ni miradas ni las imágenes de apoyo. A cambio, hay más tiempo. El tiempo en radio es más barato y está menos 'marcado -es decir, es más flexible-, factores que permiten un tratamiento más profundo de la información. Requiere, sí, ritmo. Y sonido constante. La radio odia el vacío. El problema de la 'ceguera' la desvela. ¡Me confiesa que quiere hacer un periodismo radial gráfico! Yo pienso: se le aflojó la última tuerca a la Gurisatti, pero le pido, muy serio, que me explique cómo diablos va armar semejante ornitorrinco. Ella se entusiasma y arranca a hablar, a 45 rpm, del 'color' del lenguaje y de otros truquítos que tiene en mente hasta que se percata de que está divulgando secretos industriales. Entonces redobla la velocidad y me deja tirado en la vía en medio de una nube de sueños periodísticos y de los oscuros vocablos de la tecnología informática de punta. Lleva un conjunto beige deportivo, botas miel y el pelo dorado recogido con un gancho veloz. No tiene una pizca de maquillaje, en parte porque se tiene confianza y en parte porque es el antónimo de la mujer 'plástica'. En el fondo sigue siendo la bugueña de yines y mochila roja que se tomó a Bogotá. Con versando con ella uno se entera de que no es una mujer especialmente culta. Está más informada que el promedio de las personas de su edad, claro, p ro lo de ella tiene más que ver con la inteligencia que con la información. Ha tenido buenos maestros, por supuesto. Antonio Morales, Yamid Amat y julio Sánchez Cristo. Justo contra ese maestro es que La Guri no ha podido. Según el último Estudio General de Medios en medición audiencia de radio, de los encuestados 116,000 personas escuchan cada mañana el espacio de Sánchez Cristo, mientras que sólo 79,000 oyen el de Gurísatti. Sólo en Calí gana La FM. A esto se suman los rumores sobre la desintegración de su equípo con la salida de Jorge Alfredo Vargas y la inquietud de Claudia por volver a la televisión, donde se ha ganado más adeptos que detractores. Salvo el caso aislado Fernando Garavíto, que la considera "una lora parlanchina y estentórea", el gremio la respeta y la valora como lo que es: un conjunto de talento, carisma, 'pantalones' y sentido periodístico. Periodista hasta la médula. La 'Gurí' es un animal eléctrico. Medíátíco. Un nervio ínformátíco. De los periodistas colombianos le gustan Pírri, porque ha remozado el lenguaje de la crónica en televisión; Antonio Caballero, por su ironía inteligente; y su 'ex', Antonio Morales, por su sensibilidad en el manejo de la información. Le pregunto cuanto gana por sus dos trabajos, la dirección de La FM y La Noche, pero no suelta prenda. "Estamos regateando", me dice. Luego logré averiguar que su básico es diez millones de pesos mensuales y un porcentaje de la pauta, y asumirá el costo de su seguridad mientras permanezca en Bogotá y el arriendo de su apartamento en Miami. Como pueden ver, la monita no tiene un pelo de boba. Sus gustos son desconcertantes: no le teme a los aviones pero la angustían los ascensores ("debo tener un 'corto' en la cabeza... algún problemita atravesado por ahí"); le gustan el cigarrillo, el licor y el atletismo (ahora ha tenido que limitarse al spinníng); le gustan las fragancias de Armani y los olores naturales; los noticieros y la TV educatíva; la comida italiana y la valluna; trabajar y hacer 'locha'; y confiesa que si no hubiera sido periodísta le hubiera gustado ser astronauta o historiadora. El exilio en Nueva York lo dedicó a una actividad que le encanta, aunque la tenía descuidada: la literatura. Y al arte. Hizo un curso de historia del arte en el Museo de Arte Moderno. "Quiero estudiar arte para entender algún día la condición humana y descubrir de dónde nos viene esa obsesión por el poder". También aprovechó su estadía allá para hacer algunas cosas sencillas que ya no puede hacer en Colombia, como caminar por la calle con su mochila roja y montar en bus. Por primera vez la 'Gurí' está hablando en voz baja. Por primera vez hace pausas y tartamudea. Quizá otra vez la están asaltando los fantasmas. Quién sabe cuáles, si los que la mandaron al exilio o los otros, los de los ascensores. Recuerdo una afirmación de Gabo: "En últimas todos estamos solos, y todos, absolutamente todos, tenemos miedos". Sí, hasta una mujer como Claudia Gurisatti debe tener miedos. Pero no está sola. Tiene a Ezequiel, un osito morado que no tiembla ante nada ni ante nadie, y a Santiago Cruz, el dueño de El Sitio. Y de su corazón. El único hombre que tiene el privilegio de verla dormir. Tomado de la Revista Cromos No.4490, 8 de marzo de 2004 |
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Retorno Modulado por Germán Hernández y Sandra Martínez En el bar Kalimán, a las doce de la noche, está la rubia de ojos
azules que alguien quería matar. La nube de oro de su cabeza se agita con el
vaivén del rock en español y los dos zafiros de su mirada fulgen como
pequeños faros en medio del naufragio brumoso del humo de cigarrillo. El hombre
que hace un par de años telefoneó para advertir que el plan para asesinarla ya
estaba en marcha apareció ahorcado en algún potrero vacío, pero aquella diosa
bruñida parece hoy cerrar los ojos al ritmo frenético de la música. Dice que se
siente feliz y protegida con sus amigos. Claudia Gurisatti ha salido de la jaula dorada que tuvieron que construirle en Nueva York para proteger su vida y pretende no sentir el miedo. Parece que el riesgo, en una reportera innata como ella, fuese un elemento de excitación y desafío y que nada le proporcionara tanto placer como salvarse por un pelo. En febrero del 2001, el propio fiscal general Alfonso Gómez Méndez le confirmó que en cualquier momento iban a ponerle una bomba y hubo que hacer enérgicos esfuerzos de convencimiento para empacarla a los Estados Unidos en medio del afán de un exilio improvisado. A ella, como buena sagitario, le gusta que la protejan pero no que le den órdenes: "Una no deja de ser una ficha de ajedrez -reconoce con languidez- y me tocó irme". En ese instante estaba en el mejor momento de su carrera profesional y era una deidad del rating televisivo gracias no sólo a ser una mezcla de niña prodigio y sex symbol, sino por haberse convertido en la primera presentadora de televisión -bella, combativa, preparada- que volaba con una agenda propia. Sin embargo, tenía que escapar. "Ese viaje -confiesa con la franqueza y seriedad de un niño de seis años- me desbarató la vida". Por eso ha regresado feliz al país, con el mismo aire infantil, ingenuo, sensual y optimista de siempre. Quien crea que va a toparse con una Oriana Fallaci, adusta y soberbia, puede llevarse una grata sorpresa: es la misma muchacha encajada en bluyines y camiseta que fuma Belmont en las tardes y que -como ya lo contó la prensa- habla en el mismo tono, fresco y desabrochado, con el dueño del Canal RCN y con el portero que le compra cigarrillos y encendedores desechables. Claudia Gurisatti continúa negándose a aceptar la seriedad de la
vida, sigue siendo capaz de cantar hasta quedarse ronca o de gastarse los
zapatos bailando, y entregándose al romance con una temeraria despreocupación.
"No soy una diosa -aclara-: prefiero hacer parte de mis amigos que de la elite
periodística". Aún así, en su teléfono celular repican llamadas de ministros y altos funcionarios, que tratan de hacerla partícipe, para bien o para mal, de las intrincadas tramas del poder. Y ella, que le dedica la misma sonrisa a un príncipe que a un mendigo, tiene que pagar a veces ese inevitable precio de la fama que es el chisme. El más publicitado: su supuesto romance con Carlos Julio Ardila, el hijo del dueño de RCN. "Es mi amigo, mi mano derecha", explica ella mientras enciende un Belmont y espanta con el humo cualquier preocupación. Es probable que ese desinterés por el poder provenga de sus ancestros europeos, originarios de la muy italiana población de Gemona del Friuri. De allí era un abuelo que escapó de la guerra con una chica nacida en Transilvania, y que llegó a Cali para nunca más salir por no tener que atravesar una carretera llena de mosquitos. Pero ella se crió con su abuelo materno, en Buga, luego de que sus padres-un matemático puro y una bióloga- terminaran su matrimonio. Claudia Gurisatti, que en el Gimnasio Central del Valle era la maestra de ceremonias de cuanto acto se celebraba, se fue a Bogotá a probar suerte en el mundo audiovisual, que era su segunda pasión. La primera fue el piano, que ella todavía acaricia, acaso a escondidas, con sus largas y delicadas manos. Mientras estudiaba Comunicación Social en la Universidad Javeriana, se metió a ayudar como practicante en el Noticiero AM-PM, cargando los casetes que había que llevar a Inravisión. Un día cubrió su primera historia: una revuelta en la localidad de Suba por un lío con el acueducto. "Se respiraba mucha utopía", recuerda ella de esa época, que duró tres años de su vida. De allí pasó a trabajar en un noticiero matinal -Buenos Días Colombia-, en el que hacía pequeños y anónimos reportajes en vivo y en directo. "Tenía más rating el Himno Nacional -bromea-, pero aprendí mucho". El siguiente paso fue como reportera de CM&, al mando del famoso periodista Yamid Amat. El azar le dio la oportunidad de presentar noticias, el día en que los habituales anchormen -en este caso, Néstor Morales y María Elvira Arango- fueron destacados como enviados especiales a otra ciudad y no había en el noticiero quién se sentara frente a las cámaras. "Mi vida ha sido de casualidades", dice. Y esa casualidad disparó su imagen después en los noticieros centrales del Canal RCN, desde donde, cada noche, visitaba las casas de quince millones de televidentes. Pero mientras a esas horas ella lucía inmarchitable y como recién salida del salón de belleza, pasaba el día con unos atractivos bluyines en el cuerpo y mucha adrenalina en el cerebro, atando cabos sueltos en medio de la batalla cotidiana de la información. Un agudo periodista que le hizo un reportaje la definió como la diosa dorada de la noche colombiana. Y hace dos años, cuando estaba a punto de naufragar el proceso de paz entre el Gobierno de Andrés Pastrana y la guerrilla de las Farc, surgieron como espantos las llamadas de advertencia de su inminente asesinato. Ahora, tras el exilio, está el nuevo reto que asumió desde el pasado 7 de abril: conducir un programa radial desde las cinco de la mañana. Y al parecer arrancó bien: en una encuesta que se publica en esta misma edición, realizada entre los más altos ejecutivos de Colombia, ocupa el tercer lugar de preferencias, detrás de `duros' en el medio como julio Sánchez Cristo y Juan Gossaín. Pero ahora el desafío es diferente al que tuvo frente a las cámaras, porque de nada servirá su seductora cabellera rubia ni sus fulgurantes ojos azules. Ahora, las virtudes tendrán que ser invisibles: su voz y su inteligencia. Tomado de la Revista Credencial No.198, mayo de 2003
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